"El miedo nos impulsa a mejorar, a crecer"

Entrevista a Javier Vásconez

Por Carlos Restrepo
EL TIEMPO, Bogotá

Desperté en medio de la no­che con el ruido de los disparos en el corredor. Fue como si re­botaran desde el rellano de la escalera hasta mi conciencia y, unos segundos después, el es­truendo había prendido como un relámpago dentro de mí».

Javier Vásconez. Foto: Miguel Gener, El País

Para el escritor ecuatoriano Javier Vásconez, los comienzos de sus novelas son la chispa de arranque del motor creativo. Por eso, se toma los meses o años que necesite hasta encon­trar el tono. Así le pasó con La piel del miedo, su novela más re­ciente, que presentó en el país.

La piel del miedo transcurre en esa Quito imaginada, tan aplaudida por la crítica. Con ese telón de fondo, que se ubica entre los años 50 y 60, se desa­rrolla la historia de Jorge Villamar, afectado por la epilepsia, quien en su madurez intenta rescatar pedazos borrosos de una vida signada por el temor.

Vásconez, invitado a la próxi­ma Feria del Libro de Bogotá, habló con EL TIEMPO.

 

¿Cuándo sintió que estaba listo para narrar la historia?

Les doy mucha importancia a las primeras palabras de mis novelas y mis cuentos. Es como si me dieran la pauta de quién y cómo va a contar la historia. Así me di cuenta de que tenía que comenzar con esa frase vio­lenta, en la que se cuenta la primera crisis del muchacho, en una noche de crisis familiar, con el padre enloquecido co­rriendo por la casa.

 

¿Es esta una reflexión sobre la memoria y los recuerdos?

Toda mi literatura es un ejer­cicio sobre los recuerdos. La no­vela sin memoria y sin una rela­ción profunda con el tiempo se­ría simplemente una crónica con personajes, que es lo que es­tá ocurriendo en la literatura actual. La piel del miedo está contada de forma memoriosa, muchos años después de que el niño tuvo esa crisis y se convir­tió en un adulto reflexivo.

 

¿Qué lo llevó a volver al miedo?

El miedo, que es quizás otro de los protagonistas, nos impul­sa a mejorar, a conquistar nue­vas posibilidades y a crecer. Y para un escritor, por lo menos para mí, se trata del miedo a la impotencia a escribir, a la pági­na en blanco, a seguir adelante, a la imposibilidad de la perfec­ción, a lograr la adjetivación perfecta y la atracción del len­guaje. El miedo es algo que va mucho más allá de esa sensa­ción primaria, es algo que atra­viesa la vida humana.

 

¿Cómo estructuró a Jorge Villamar, el protagonista?

Mi relación con los persona­jes siempre es visual y después, auditiva. Primero aparecen, lo­gro perfectamente ver su aspec­to, su vestimenta, cómo cami­nan. En muchas ocasiones ten­go la impresión, incluso, de que me hablan, y ahí me doy cuenta de que el personaje está hecho.

 

¿Qué tanto trabajó el rasgo de la epilepsia en Jorge?

He hecho lecturas exhausti­vas sobre la enfermedad, pero en este caso hay algo más auto­biográfico: yo la he padecido. He querido convertir el tema de la epilepsia en un material li­terario.

 

¿Cómo es su Quito literaria?

He escogido una serie de elementos de la realidad, como esa sensación de laberintos y de encierro, esa que puede producir Quito, sobre todo por estar construida al pie de un volcán activo (Pichincha). Le he añadido elementos como la lluvia, el miedo y la oscuridad, y a partir de ahí he inventado esta ciudad personal. Siempre he pensado que las ciudades existen en el momento en que los escritores escriben sobre ellas; antes de eso son un lugar en el mapa.

 

¿Cuál es su mirada sobre la literatura ecuatoriana?

Ecuador se ha caracterizado por una riqueza muy grande en la poesía, desde el siglo XIX. También ha habido cuentistas geniales. En la novela no hemos tenido la misma suerte.

 

Desconocidos

Ecuador no tiene una industria del libro pujante, sino editoriales modestas que no logran promover a sus autores hacia afuera.