Desperté en medio de la noche con el ruido de los disparos en el corredor. Fue como si rebotaran desde el rellano de la escalera hasta mi conciencia y, unos segundos después, el estruendo había prendido como un relámpago dentro de mí».
Para el escritor ecuatoriano Javier Vásconez, los comienzos de sus novelas son la chispa de arranque del motor creativo. Por eso, se toma los meses o años que necesite hasta encontrar el tono. Así le pasó con La piel del miedo, su novela más reciente, que presentó en el país.
La piel del miedo transcurre en esa Quito imaginada, tan aplaudida por la crítica. Con ese telón de fondo, que se ubica entre los años 50 y 60, se desarrolla la historia de Jorge Villamar, afectado por la epilepsia, quien en su madurez intenta rescatar pedazos borrosos de una vida signada por el temor.
Vásconez, invitado a la próxima Feria del Libro de Bogotá, habló con EL TIEMPO.
¿Cuándo sintió que estaba listo para narrar la historia?
Les doy mucha importancia a las primeras palabras de mis novelas y mis cuentos. Es como si me dieran la pauta de quién y cómo va a contar la historia. Así me di cuenta de que tenía que comenzar con esa frase violenta, en la que se cuenta la primera crisis del muchacho, en una noche de crisis familiar, con el padre enloquecido corriendo por la casa.
¿Es esta una reflexión sobre la memoria y los recuerdos?
Toda mi literatura es un ejercicio sobre los recuerdos. La novela sin memoria y sin una relación profunda con el tiempo sería simplemente una crónica con personajes, que es lo que está ocurriendo en la literatura actual. La piel del miedo está contada de forma memoriosa, muchos años después de que el niño tuvo esa crisis y se convirtió en un adulto reflexivo.
¿Qué lo llevó a volver al miedo?
El miedo, que es quizás otro de los protagonistas, nos impulsa a mejorar, a conquistar nuevas posibilidades y a crecer. Y para un escritor, por lo menos para mí, se trata del miedo a la impotencia a escribir, a la página en blanco, a seguir adelante, a la imposibilidad de la perfección, a lograr la adjetivación perfecta y la atracción del lenguaje. El miedo es algo que va mucho más allá de esa sensación primaria, es algo que atraviesa la vida humana.
¿Cómo estructuró a Jorge Villamar, el protagonista?
Mi relación con los personajes siempre es visual y después, auditiva. Primero aparecen, logro perfectamente ver su aspecto, su vestimenta, cómo caminan. En muchas ocasiones tengo la impresión, incluso, de que me hablan, y ahí me doy cuenta de que el personaje está hecho.
¿Qué tanto trabajó el rasgo de la epilepsia en Jorge?
He hecho lecturas exhaustivas sobre la enfermedad, pero en este caso hay algo más autobiográfico: yo la he padecido. He querido convertir el tema de la epilepsia en un material literario.
¿Cómo es su Quito literaria?
He escogido una serie de elementos de la realidad, como esa sensación de laberintos y de encierro, esa que puede producir Quito, sobre todo por estar construida al pie de un volcán activo (Pichincha). Le he añadido elementos como la lluvia, el miedo y la oscuridad, y a partir de ahí he inventado esta ciudad personal. Siempre he pensado que las ciudades existen en el momento en que los escritores escriben sobre ellas; antes de eso son un lugar en el mapa.
¿Cuál es su mirada sobre la literatura ecuatoriana?
Ecuador se ha caracterizado por una riqueza muy grande en la poesía, desde el siglo XIX. También ha habido cuentistas geniales. En la novela no hemos tenido la misma suerte.
Desconocidos
Ecuador no tiene una industria del libro pujante, sino editoriales modestas que no logran promover a sus autores hacia afuera.
