Los escritores estamos obsesionados por el dolor, las enfermedades, la muerte, el tiempo, la codicia, el amor y los sueños de los hombres.
Javier Vásconez
El vacío había llegado a ser una forma de vivir.
El viajero de Praga
Dentro del ámbito de los nuevos modos narrativos, de las diferentes escalas de la postmodernidad, el desagarrado mundo de Vásconez surge por encima de modas y de conceptos teóricos. Se aleja de la tradición de la narrativa ecuatoriana para instalarnos en un mundo más abierto, que permite recoger de modo más amplio las zonas de una realidad signada por el vacío y las grandes debacles cotidianas. En este quicio de siglos, en el que reaparecen más que nunca temas como la soledad, la angustia y la enfermedad del hombre, su obra aborda la realidad con la complejidad de unos personajes que se mueven en el plano del escepticismo y que ya hace tiempo renunciaron a las grandes utopías.
Desde una labrada y pulida escritura armada con una prosa densa y equilibrada emerge el mundo de Vásconez. La arquitectura de sus novelas es impecable y ajustada hasta el mínimo detalle. Todos los elementos aparecen concatenados para crear un mundo que nos lega un logrado contrapunto ficcional. En su universo literario ya nos son familiares el doctor Kronz, el coronel Juan Manuel Castañeda, Violeta, Roldán, el fotógrafo Félix Gutiérrez etc., personajes que deambulan por mundos que se reconstruyen cada día, que se deshacen y se levantan para volver a caer.
Dentro de su ya extensa obra narrativa se entrecruzan tres temas esenciales: la distopía, el viaje y la debacle existencial. Junto a ellos la falta de toda esperanza, la inutilidad de todo gesto de redención y la perenne enfermedad del que apuesta su vida desde el vacío, desde el convencimiento de la imposibilidad de la utopía. Son personajes instalados en la inacción, pero claramente dibujados, apenas una pincelada basta para transmitir el desolado mundo en el que se encuentran ubicados.
Los seres humanos que pueblan sus historias son viajeros, apostadores, espías; en todo caso seres que buscan fuera de sí, porque en su interior ya no se encuentra la esperanza o no reside ninguna fuente efectiva de búsqueda; seres que perviven en la mascarada de sobrevivir o sobrellevar otro día haciendo frente a su más descarnada intemperie. No hay grandes cambios en sus vidas, se someten diariamente a una rutina que no ponen en entredicho; nada sucede, en apariencia, de extraordinario y, es en esa ausencia de acción donde se cifra por lo general la gran distopía que recorre sus vidas; a medida que se dejan guiar por cada uno de esos actos cotidianos se alejan de la consecución de la más mínima utopía: […]si es que podía llamarse vida a esa sucesión de días muertos, tediosos, que giraban sin cesar en el vacío.
La dimensión mítica que parece en las novelas de Vásconez le une a Faulkner; percibimos una franja literaria reconocible: el sur de los Estados Unidos en Faulkner, la región andina del Ecuador en Vásconez, y en ambos una misma tendencia al fatalismo, al pesimismo. Una atmósfera de decadencia que termina envolviendo a todos sus personajes.
Si pensamos en la condición existencial de sus personajes, nos damos cuenta de que la esencia de su vacío no es consecuencia de una situación de crisis profunda debido a una terrible posición de violencia o destrucción masiva a gran escala como pudiera corresponder a la época de entreguerras; su crisis existencial se debe a la incapacidad para actuar más allá de su propia supervivencia, al desinterés para realizar acciones que conlleven cierto heroísmo, dicho heroísmo se canaliza simplemente en el marco de la supervivencia cotidiana. Hay, por lo tanto, una parálisis en la acción, similar a la que se quiere mostrar sobre lo que ocurre en un país como Ecuador.
No hay tampoco grandes tragedias, sin embargo se dejan llevar, son extranjeros, extraños a sí mismos, de los que en todo momento huyen (a través del alcohol, el ejercicio de la medicina, el asesinato, el espionaje). Ajustan sus pasos para sobrevivir un día más, afuera de sí mismos. Son personajes que sobreviven, que viajan, cuyas vidas se bifurcan en mil caminos que no llegan a ninguna parte, que se instalan en la náusea cotidiana.
En Vásconez está presente el mundo andino, su honda y estática realidad, pero dicho mundo, escenario de sus novelas, ya no puede reducirse a los tópicos del pasado, no es el mundo maniqueísta planteado en los años 30 por Icaza, ni tampoco el controvertido mundo de Alfredo Palacios, es un mundo oscuro, siniestro, captado con gran maestría a través del logrado uso del tiempo y de una atmósfera densa que nos transmite una oscura realidad. Vásconez se aleja en su obra del pintoresquismo y de los elementos estereotipados propios de la narrativa del pasado y se sitúa en una temática más amplia que compendia mejor la difícil tensión entre lo regional y lo global en que sobrevive el hombre contemporáneo, cuyas angustias más centrales como la alienación existencial, adquieren un sentido universal.
El periplo narrativo de Javier Vásconez lo consolida como uno de los narradores esenciales en la definición del Ecuador; pero ahí quedaría trunca su narrativa ya que en ella hay un ajustado ritmo en el que el ámbito andino forma parte del tramo del viaje, constituye otra de las estaciones del vía crucis de los personajes de Vásconez.
Quito aparece como un lugar en el que recalan los personajes, como una escala, pero en general debido a su encierro es trascendida por ellos; se recrean en otros ámbitos de acción; Ecuador está como una presencia difusa y a veces incluso dolorosa por su estatismo, por la ausencia de futuro que hay en los seres que allí residen. Vásconez transmite la densidad psicológica de su región, pero no de la forma que pudo hacerse en el pasado, desde un punto de vista antropológico o político, dicho punto de vista no podría comprender la nueva realidad del inicio del siglo, de ahí que Vásconez, sin desdeñar los aportes de la tradición para el ámbito andino, trascienda aquella forma de nombrar la realidad, y vuelva a nombrar literariamente a Quito, lo que quiere decir refundarlo, asentarlo en una nueva y más amplia visión, legándonos así al modo onettiano una ciudad que reconocemos, en cada uno de sus libros.
En el mundo de Vásconez los personajes sobreviven de la nada, ajustan sus vidas a una rutina que les permita, en la repetición de actos, justificar su existencia; son mundos cerrados, que lo mismo pueden situarse en algún lugar de los Andes que en los recuerdos de un país de Europa del Este. No hay plenitud en sus vidas, tratan de “reponer” (curar) las vidas de los otros o espiar en ellas (como Smiley) para ajustar sus pasos a una difícil justificación vital. Así George Smiley, el protagonista de su última novela El retorno de las moscas, al llegar a Quito señala:
De golpe fue como si regresara a un amanecer de invierno, en el que las húmedas calles de Budapest estaban desiertas… y experimentó la misma sensación de pérdida, de desamparo, como si hubiera errado el blanco durante toda su vida.
La literatura puede ser vista, por lo tanto, como una nueva forma de recreación, de dar realidad a una región que ha sido tratada fragmentariamente, y atendiendo a su marco indígena sin acercarse a otros encuadres de la realidad tan legítimos como el indigenismo para representar a un país andino como Ecuador. De ahí que Vásconez en relación con la actividad literaria de su país haya señalado:
Este país desconoce los estímulos literarios. De mi parte hay una obstinada resistencia contra la mediocridad y la parálisis de la “gran costumbre”, como diría Julio Cortázar. Ecuador siempre aparece en mi obra. Pero he intentado interiorizar y describir desde otros ángulos a la gente de este país. No me interesa la ciudad como historia. Ni como retrato de costumbres, sino como escenario de unos cuantos personajes. Me interesa inventar la naturaleza de esta ciudad. Evocar su vibración, su atmósfera, la luz que irradia –esto para mí es muy importante- y, por último, captar su densidad sicológica.
Su escritura muestra una gran capacidad a la hora de presentar ambientes. Es una pluma certera que con apenas unos mínimos trazos de pincel deja definida la ciudad, el rostro de una persona y a través de él (de su mirada) su alienación y su estado de desolación y desamparo. Podemos decir incluso que las profesiones elegidas por Vásconez: médico, fotógrafo, espía, incluso asesino, se sitúan en posturas similares a las del escritor, puesto que permiten una disección de las zonas presentes y ocultas de esa realidad.
La realidad postmoderna ya no es tan fácil de compendiar, de definir en unos límites precisos; sus personajes navegan entre diversos puertos y no persiguen nada preciso, ya estén en el Ecuador o en cualquier otro lugar, hace tiempo que dejaron de ser “perseguidores”, se encuentran perdidos en una atmósfera urbana, que corresponde a una ciudad andina bien caracterizada, pero cuyos anhelos y modos de alienación podrían ser experimentados en cualquier ciudad del mundo, puesto que no es la ciudad sino los personajes los que traen consigo esa angustia y contribuyen a la inercia.
Vásconez nos transmite –si bien como decíamos no hay esa crisis profunda de agonía existencial- la alienación del individuo no centrada en su pertenencia a la periferia, sino una alienación marcada por la despersonalización; personajes como nuevos “extranjeros” camusianos en una sociedad cada vez más globalizada y por lo mismo, sujetos a nuevos horrores. Asimismo, de un modo camusiano hay en los personajes de Vásconez un sentimiento de “caída”. Así vemos que en determinados momentos del doctor Kronz, protagonista de El viajero de Praga se señala: “ni siquiera tenía la certidumbre de ser él mismo. ¿Fue siempre así? (99).
Los personajes viven a pesar de la propia voluntad, no se trata de ir a contracorriente sino de verse desde fuera en un mundo que es ajeno, pero del que a su pesar forma parte. La ausencia de lucha, de ahí la distopía. Nos encontramos con personajes, anclados en el vacío, convencidos de la imposibilidad de la utopía. Así Kronz en el hospital “más de una vez, al mirarse en el espejo, había dudado si aquel hombre vestido de blanco era él”. Asimismo, en su última novela a su llegada a un aeropuerto de Los Andes, George Smiley “Experimentó la misma sensación de pérdida, de desamparo, como si hubiera errado el blando durante toda su vida (48)”.
Nos acerca a la realidad ecuatoriana pero sin detenerse ahí, sino mostrando sus contradicciones y redescubriéndola y a la vez rescatándola en la universalidad. Puesto que en él queda trascendida la literatura como representación de la realidad o de determinadas ideologías por un mundo cuyo principio básico es la creatividad. El Ecuador que hay en sus novelas es insondable, se intuyen las vidas sombrías y la morosidad con que son presentados; tanto la acción como los personajes procuran una ambientación en la que apenas sin ser nombrado se insinúa un gran abismo.
El engranaje de cada novela permite una continuidad con el mundo mantenido en la siguiente, pero a la vez ampliar el campo de significación a un nuevo tramado con nuevos hilos que entretejen una realidad que sigue siendo insondable y que muestra, -en las nuevas tramas presentadas- que el hombre sigue siendo sometido a los mismos impulsos distópicos: “Se dijo que siempre sería un extraño, donde quiera que fuera. ¿Por qué tendría siempre la sensación de estar en la orilla equivocada del río?” reflexiona el doctor Kronz (107)
Si nos preguntáramos si es posible la utopía en Vásconez habría que responder que decididamente no; al modo de Dostoievski o Kafka, resurge ahora con más fuerza la alienación humana y la angustia que el hombre arrastra. El mundo de Vásconez hay que entenderlo desde esa conciencia de alienación y de vacío. Sin embargo, si bien en Kafka la realidad les supera igualmente, los personajes ponen una voluntad de entender, aspecto que no encontramos en Vásconez, sino desde los límites difusos del sueño: “…hay que seguir soñando para darle un sentido a este vacío” (El viajero de Praga: 57).
Sus personajes, y en particular Josef Kronz se sitúan siempre a la intemperie, en el límite de la demencia. Dentro de las ideas de Kronz aparece continuamente la idea de enfermedad: “Al doctor, de pronto, se le ocurrió una idea descabellada. El mundo como un vasto hospital” (27). La enfermedad, el tedio, la sensación de angustia, la enfermedad de los personajes que habitan el Ecuador no es tan distinta a la que puede experimentar un médico venido de Praga: “Sí, el mundo está enfermo… Totalmente enfermo. Ahora lo normal es ser uno de ellos. La gente sana no existe, va siendo una rareza – había comentado Kronz a un colega del hospital” (9). Unida a la enfermedad, la muerte permanece como un elemento central y clave de esa distopía en la que se encuentra asentado el mundo de Vásconez. La pasividad del Ecuador, la inacción de los personajes los sitúa próximos a la idea de la muerte:
Ahora no había nada al otro lado del valle, salvo la sombra de la cordillera: porque ni siquiera el imperturbable rumor del río podía ahuyentar la certidumbre de la muerte (94).
La enfermedad, la inutilidad de buscar la felicidad, la creencia en el desamparo hacen de Vásconez un narrador en el límite del existencialismo, con personajes siempre extranjeros, camusianos. Kronz tiene miedo de depender de alguien (Olga, Violeta), le da miedo la esperanza, siente una “gran incapacidad para esperar” (69), esto le lleva al desarraigo continuo. De ahí el absurdo del mundo y la inutilidad de todo gesto que aparecen en cada uno de los elementos de los protagonistas, sobre todo de Kronz:
En su soledad, Kronz había decidido que no tenía sentido organizar su inteligencia, tampoco pretendía una inútil comprensión del absurdo. El mundo no era más que una sustancia absurda que no se dejaba aprehender (290).
Junto al absurdo aparece la idea de culpabilidad; no dejan de ser dos manifestaciones de un mundo que se deshace, de una consciencia de la enfermedad inherente al hombre, que nace imposibilitado para la felicidad. El mismo enfermo Franz Lowell señala: “En un hospital, o dentro de una cárcel, uno no pasa de ser enfermo o culpable” (296).
Enmarcando las sensaciones de los personajes está la presencia de la lluvia que todo lo embarga, que nubla la existencia de los personajes como de las ciudades; que convierte a los seres en simples fantasmas opacándolos tras su vértigo; esa lluvia cuyo significado se revela en la banalidad del vivir, en la inutilidad de todo esfuerzo por llevar una vida más plena o simplemente por establecer nuevas pautas cotidianas, y en este caso, Quito si queda singularizada:
Para el doctor, ninguna otra ciudad poseía, como ésta, la virtud de ocultarse tras la lluvia, anulando así su propia identidad y negándose a celebrar el vértigo de la noche (263).
Apenas hay cuestionamientos sobre la felicidad; por lo tanto, si no existe cuestionamiento tampoco inquietud para esforzarse en lograrla; sigue presente la inacción, incluso para pensar sobre temas que atañen a la vivencia más honda del ser humano: “Kronz pensaba que la soledad -¿acaso la felicidad?- de un hombre comienza cuando la luz no ha penetrado del todo en su alma y aún persiste la borrachera del sueño (180).
Curiosamente los personajes viven en ciudades con puerto, estamos ante el deseo del viaje, la continua presencia del movimiento de una ciudad a otra pero que no cambia nada en lo respectivo a las vidas de los personajes; puesto que el viaje no les conduce a ninguna parte, el viaje no cambia su hastío vital, cada viaje les instala en la misma alienación y en el mismo dominio de la desesperanza:
Kronz perdió la capacidad de desear y soñar. Se estaba convirtiendo en una rata de ciudad: observador y desconfiado. Era una sombra solitaria que medraba por los cafés y en cuyos espejos se veía reflejado con el rostro demacrado y ensimismado (130).
Los ritmos de cada novela son diversos y los personajes, si bien han ganado en complejidad, permanece esa distopía, esa imposibilidad de búsqueda de una salida alternativa a ese “dejarse vivir”, a ese no creer en la posibilidad de una plenitud que no puede lograrse. En todo momento y situación, relacionado con cualquier aspecto de su vida, aparece la alienación continua en la que se encuentran instalados los personajes:
Día tras día Kronz se asomaba con expectación a la ventana, pero su ánimo se había ido aflojando en la espera. Pensaba una y otra vez en Violeta, restregando su cara contra el vidrio. Entonces tenía la impresión de ser un extraño de sí mismo. Esta sensación había aumentado, sobre todo tras haber aparentado ser lo que jamás fue, un hombre hecho para la esperanza de una mujer (49).
Las circunstancias les vienen impuestas a la mayoría de los personajes, no luchan para cambiar la realidad. De este modo, es como puede entenderse la aceptación del crimen en La sombra del apostador, el crimen no es una transgresión, es un acto más, no tiene ningún contenido moral, puede verse en esto la proximidad con obras como El extranjero o La caída de Camus.
En su última novela, El retorno de las moscas Vásconez incursiona en el tema del espionaje, dicho tema conecta con el oficio de la escritura, Vásconez ha señalado “Todos, absolutamente todos, practicamos una especie de espionaje”. El escritor tiene del mismo modo que George Smiley, el espía protagonista de la novela “un instinto certero para integrar las zonas más inquietantes de la realidad” (El retorno de las moscas: 26). Dicha novela de algún modo condensa su arte literario; el espionaje como tema central de la misma es en muchos aspectos revelador de la mirada del escritor, que se acerca, bucea en las vidas de los demás para recrear una realidad que está delante de sus ojos. Así lo que le llevó a Smiley al espionaje fue, quizás la misma que motiva al escritor “la pasión constante, casi despótica, de intervenir y de manipular hasta la obscenidad la vida de los otros (El retorno de las moscas:85).
El novelista Vásconez ya no es del mismo modo que Stendhal el que pasea un espejo a lo largo del camino, no le interesa recrear el camino sino una atmósfera determinada de ese viaje. El escritor, cual espía se vuelve cronista de la enfermedad continua del hombre, de la falta de voluntad en que se halla instalado. Los personajes de sus novelas siempre están, como el George Smiley “acostumbrados a improvisar un viaje en todo momento” (46). En Vásconez encontramos un nihilismo que lo enlaza con el pesimismo más descarnado del Céline de Viaje al fondo de la noche; un profeta de una decadencia anunciada en cada uno de sus personajes; todo ello encauzado a través de una escritura que no señala sino que vislumbra y deja intuir la gran debacle que azota a cada uno de los personajes.
La ruptura de la lengua, la capacidad de sugerencia que traslucen sus frases nos lleva a una narrativa que enmarca una atmósfera; todos intuimos la inercia del Ecuador tras sus palabras, pero esa inercia se engloba en una mayor que es la decadencia del hombre contemporáneo, la gran debacle de entre siglos, la alienación, la soledad en medio de la muchedumbre, nueva “Guerra fría” en la que no hay tregua ni salida y cada día se convierte en el “fondo de la noche” celiniano.
Hay en esta última novela un deseo de interconexión, de juego intertextual con otros personajes literarios, como en un deseo de mostrar la literatura o al escritor, al autor como un continuo espía, como si los personajes creados estuvieran ahí para ser recreados de nuevo en otra novela, para recobrar vida, para seguir viviendo (Cortázar, Jonh Le Carré, Kafka…), como único modo de sobrevivir a cada día.
Las reflexiones realizadas sobre el amor, lo único que podría salvar, lo que salvaba en sus anteriores novelas (sobre todo en el caso de Kronz y su experiencia con Violeta) nos devuelven aquí mayor desamparo:
¿No es un juego o un disfraz el amor? Su verdadero rostro, ¿no es acaso más intrincado de lo que muchos creen? ¿No está íntimamente relacionado con la traición? Quizás añoraba la voz y la presencia de Ann tanto como los altibajos de su relación, justamente porque carecía de consuelo y de esperanza (63).
¿Qué le une a Smiley con los demás personajes? Quizás que cumple con su trabajo, y ve su trabajo como un modo de no pensar, de apartarle de su vida personal, de desentrañar los entresijos de la vida de los demás como un modo de huir de la suya propia, la misma búsqueda de Karla, ¿no es quizás una búsqueda desesperada de sí mismo?.
En el espacio latinoamericano la reflexión que aparece en los textos narrativos de Vásconez se sitúa en el espacio de Los Andes, pero proyecta en el ámbito universal la pertinencia de una nueva reflexión para repensar desde la narrativa el escenario andino y latinoamericano.
Todo ello contribuye a hacer de Javier Vásconez un autor con una voz propia, complejo en la representación de las relaciones humanas, que expresa el aislamiento y la inercia del Ecuador pero situándolo en las tensiones que vive el hombre contemporáneo.