Ha viajado mucho. De todos los países en los que ha estado, ¿cuál ha sido el qué más le ha impresionado y por qué?
Me gusta volver a los lugares que conozco. Es muy distinto viajar que hacer turismo. Viajar por un país cuya lengua desconoces, es como empezar a escribirlo. Eso me pasó en Marruecos. De México quedé deslumbrado por la diversidad, riqueza, intensidad de su cultura. Irlanda me gustó por su misterio, por la pasión por sus poetas.
Quito es recurrente en sus historias. ¿Qué significa para usted la capital? ¿Y qué tiene está urbe que no ha podido encontrar en otras ciudades cosmopolitas?
Nací en Quito, viví frente a La Compañía en la casa de mis abuelos. He utilizado a Quito como escenario de mis novelas y cuentos, junto con ciudades como Barcelona, París, Londres y Madrid. Pero le faltan muchas cosas que añoro de otras ciudades. Cines, teatros, grandes librerías, cafés.
Háblenos de su oficio. ¿Cómo es la vida de un escritor?… No tiene horarios, no recibe un sueldo mensual, no tiene un jefe…
Mi vida es ordenada, sencilla. Salgo a caminar, escribo, leo mucho. Antes escribía por la noche. Ahora, prefiero hacerlo muy temprano en la mañana. Trabajo de cuatro a seis horas, pero cuando estoy embalado puedo prolongarme hasta la madrugada. Por las tardes me dedico a mis labores de editor.
¿Cómo es su relación con la lengua española. ¿Qué opina de esta materia prima del escritor?
Todo escritor mantiene una relación conflictiva con la lengua. De humildad, de curiosidad, de fascinación pero también de asombro, pues el instrumento de su trabajo. Al principio era el verbo. Así empezó el mundo y así empieza la literatura, aunque yo me considero un perdedor frente a la desmesura de la lengua.
¿Cómo encuentra aquello que algunos llamamos “la inspiración” para empezar a escribir y cómo logra mantenerla para llegar al clímax de una historia y lograr un buen final?
Algunos creen que la inspiración es algo que uno puede tomar o dejar. La inspiración viene con el trabajo. Es un hecho que hay cuentos y novelas inspiradas. Los adioses, de Onetti. “Luz de Agosto”, de Faulkner. “El hombre muerto a puntapiés”, de Pablo Palacio, etc.
¿De joven qué leía? ¿Quiénes fueros sus referentes literarios?
De niño leía lo que lee todo el mundo. Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Zane Grey. Luego descubrí los fantasmas de Shakespeare, con sus monstruos podridos por el poder. La Celestina de Rojas, Lope de Vega. Hasta que leí Moby Dick, de Melville, y entonces comprendí los alcances de la literatura, y no digamos cuando me interné en El Quijote.
El viajero de Praga cumple 10 años. ¿Cómo nació esta novela? ¿Esta última versión que presenta es la definitiva? ¿Qué ha cambiado en el camino y por qué?
Esta versión es especial y la definitiva porque lleva un prólogo del escritor mexicano, Juan Villoro, y un DVD con ensayos críticos, artículos de prensa, videos, etc. Escribí El viajero de Praga, entre otras cosas, porque estaba convencido de que la literatura estaba en otra parte. Deseaba escaparme de los sórdidos «huasipungos» literarios de nuestra sofocante república de las letras. Quería explorar el horizonte y apartarme de toda esa palabrería incoherente, confusa, atestada de mala conciencia denominada indigenismo, costumbrismo o mundo andino. Buscaba otras estaciones donde apearme, otras ciudades y filiaciones literarias. En definitiva, ambicionaba escribir una novela que me vinculase sin complejos con la literatura de otras latitudes y me permitiera sentarme a la misma mesa de Kafka, fumar durante la noche con Onetti, tomar whisky con algunos escritores de talento incomparable de la novela negra, jugar al juego de los espías con John Le Carré.
Alguna vez aseguró que un escritor no se hace sólo de sus lecturas, sino también de sus fracasos. ¿Cuáles son sus lecturas formadoras, y sus fracasos formadores?
De Shakespeare aprendí el valor de la individualidad y la importancia de los personajes, todo lo humano y el sentido del espacio. En literatura hay dos grandes polos: la lengua y lo que yo llamo lo «humano». Son muchos los escritores por cuya obra he transitado, así sería interminable enumerarlos. ¿Fracasos? Cada mañana, al empezar a escribir estoy preparado para el fracaso.
Escribir no es precisamente sinónimo de felicidad. ¿Alguna vez se le ha ocurrido no serlo?
Escribir es sinónimo de felicidad cuando uno logra torcer el cuello a las palabras.
¿Qué es lo mejor y lo peor de ser Javier Vásconez?
A lo mejor es sólo una máscara. Pero hay la leyenda negra de que soy un energúmeno.
Hay quienes pronostican el final del libro. ¿Cuál es la razón de ser de la literatura en los tiempos actuales?
Puede ser que desaparezca el libro. Pero la gente adora que le cuenten historias.
¿De qué habla su siguiente novela, y cómo surgió como tal?
Del miedo. Se titula La piel del miedo. Tarde veinte años en encontrar la voz, el tono con que debía ser contada. Y dos años en escribirla.
¿De todo lo que ha escrito, qué novelas o cuentos han cambiado profundamente su manera de ver el mundo?
Fue suficiente con escribirlos. Son los lectores quienes tienen la última palabra.
