Los renglones torcidos del mal

Sobre Ciudad Lejana

Por Cristóbal Zapata

Una furia lasciva, profana, sacrílega, recorre estos cuentos. Furia y lujuria que atraviesan como dato genético, como consigna de sangre de los Castañeda, el tiempo ritualizado de la Colonia, el tiempo heroico de la República,  hasta llegar _ ya convertido en estertor agónico, en el desquisciante y epectral grito de la niña estuprada _ , a la baja noche del siglo XX, donde el último hijo de la estirpe, abandonado por su esposa, solo en la ciudad vieja, está atrapado por los ensordecedores ruidos de la memoria que ni el silencio de sus fotos consigue conjurar. Nada ni nadie lo redime de su desarraigo; el postrero escupitajo en la cara de la puta que encuentra al azar de su errancia _ sórdida encarnación de la traidora, de aquella que lo dejó por un mediocre acuarelista-, se vuelve contra sí mismo al violentar el sosiego que persigue en los rostros.

Tras la visión de una familia cuyo esplendor declina a través de la historia, Ciudad lejana (1982) suscribe a una poética del mal, reanuda el curso de ese poderoso río subterráneo que en Occidente y Oriente ha irrigado excéntricas escrituras, y que en la literatura ecuatoriana funda Un hombre muerto a puntapiés (1927) de Pablo Palacio. Pues la abyección, como los perversos y escatológicos ceremoniales que celebran o padecen los personajes de Vásconez, no solo remiten a una sintomatología de la descomposición social, de la decadencia _ invariablemente diagnosticados por la crítica _ , sino que enmascaran su patología esencial, su condición de malditos, de poseídos por ese «malheur de corazón y pasión», según la fórmula de Eugenio Trías.

Así, el gesto iconoclasta del niño epiléptico en «El caballero de San Juan», que investido de Julio César arremete contra los retratos familiares _ hay una pulsión parricida en varios personajes de estos cuentos _ , le permite reconvertir simbólica y transitoriamente su derrota y enfermedad en el triunfo que le otorgan sus batallas imaginarias, esto es: combatir su mal desde el mal. Del mismo modo, fundiendo en un solo acto erotismo y blasfemia, el Jacinto de «Angelote, amor mío» procura liberarse y burlarse de la autoridad divina _ encarnada en la imagen de la Dolorosa _ , y de la autoridad terrenal _ que representa la foto de la madre_ , dos iconos que censuran y culpabilizan su homosexualidad.

Estrategias del mal, pues el Maligno, a semejanza de Dios, también escribe en renglones torcidos, oblicuos, gracias a las cuales estos personajes cumplen su destino, su misión, y su redención. De algún modo todo lo que tocan lo pervierten, lo profanan, y esta profanación parece redimirlos de su culpa, de su mal, de su pena y condena:  la Marquesa transforma el cuerpo atormentado por el recuerdo en el gozoso cuerpo del placer; el reo de «Cristo rey» «bebió aguardiante en copón de oro, escupió en una casulla recién robada, comió lentejas en una patena…»; Sor Juana Rosa presa de un rapto sexual, desvía su energía mística gratificando al canónigo con una virtuosa fellatio; Mamía linda deshonra la memoria de su amado y degrada el Palacete Castañeda con sus amantes plebeyos; horror, destrucción, muerte, y dolor  _ signos y efectos del mal _ es lo único que emerge desde el abismo del tiempo a la conciencia del protagonista en «Recuerdos en el fondo de un espejo», y el debut de Roldán y el Coronel en la saga narrativa de Vásconez está ya marcado por la maldición; por una malditez canalla.

El mismo narrador encuentra en la retórica neobarroca el fundamento para sus transgresiones metafóricas, el espacio propicio para pervertir algunos elementos de la arquitectura y utilería religiosas: el falo puede ser «…una mitra congestionada, babeante, pletórica…»; «una torre mayor», y el culo: «campanario anal», «altísimo campanario». Otro procedimiento de filiación barroca, empleado con cierta frecuencia, es la anáfora, recurso que en el primer cuento resulta de gran eficacia para transmitir esa atmósfera opresiva, enviciada, obsesiva que habita la patrona.

Ciudad lejana somete la estructura tradicional del relato al brillo del texto, privilegia la materialidad del lenguaje, explota la potencia musical y sensual de su textura; de ahí sus morosas descripciones,  como si a la lujuria de su asunto correspondiera una escritura suntuosa, llena de «lujos» _ en la acepción barthiana del término_. La fuerte dimensión onírica, incluso epifánica, de varios de estos relatos, gobernados por la visión, la aprehensión, el presentimiento, explican su carácter ambiguo, su particular organización diegética. No obstante, estos cuentos nos deparan los placeres de la clausura.: prefiriendo siempre la sutileza y hasta el equívoco a las resoluciones inesperadas, Vásconez sabe arribar a cada uno de sus finales con una gracia espontánea, poética, como si la intensidad que cada historia abre _ consustancial a su tensión y voluntad estilísticas_ , se cerrara naturalmente, por su propia cuenta.

Comentario aparte merece «Angelote, amor mío», pequeño hito de la literatura homoerótica en lengua española. Particularmente cabe advertir sobre el sentido oculto del uso que hace el narrador de la segunda persona, esta elección no sólo imprime al monólogo su carácter de imprecación, de diatriba, de maldición, sino que al mismo tiempo esconde una suerte de plegaria invertida, es decir, da un giro blasfemo y pagano a la oración religiosa.

Estos cuentos de la ciudad vieja _ la ciudad de los ángeles alucinados_ , ya lejana en el tiempo porque muchas de sus historias comprometen la Historia, y lejana en el espacio porque la expansión de la ciudad la ha alejado, desplazándola de su centro, descentrándola, convirtiéndola en centro histórico, concluye justamente cuando en el último cuento el protagonista vislumbra estremecido la ciudad de la abundancia, la urbe grandilocuente que el auge petrolero ha contribuido a edificar de espaldas a la villa del pasado.

Vásconez continuará su exploración de la ciudad, y del mal. Siempre innombrada, Quito volverá a ser el telón de fondo de sus relatos y novelas, más aún: dedicará una parte de sus esfuerzos a repensarla, a reinventarla, a otorgarle una entidad y una existencia literarias, sin la cual las ciudades no existen, sólo ocupan un lugar en el mapa, según lo ha declarado en varias ocasiones. Las referencias y alusiones históricas cederán paso a las citas y alusiones literarias, al régimen de la intertextualidad. Como ya lo hizo en «Angelote», donde el narrador parafrasea unas líneas de El pozo, de Onetti, y cuyo protagonista parece perfilar al Octavio Ramírez de Un hombre muerto a puntapiés, título a su vez re-citado por el narrador en el transcurso de su monólogo.

En sus próximas publicaciones, el autor ampliará el registro de sus menciones y homenajes literarios. Para entonces se ha convertido en un maniático cazador y ensamblador de historias, está embarcado en la construcción de ese universo unitario y cíclico que la crítica ha señalado ya, una empresa tan ambiciosa como su empeño por configurar un estilo, por escuchar y hacer audible esa singular cadencia y música que todo escritor de fuste procura o lleva dentro. La tradición – su particular santoral artístico _ , y los sueños de una vigilia siempre atenta constituyen la materia prima con la que desde el Centro de la Tierra Vásconez levanta sus impercederas fábulas, lleva a acabo su lúcida y apasionada indagación sobre la difícil y difusa condición del ser andino, del ser ecuatoriano.

Pero mientras su dicción se ha desprendido de los artificios y «excesos» barrocos que dominan Ciudad lejana, para optar por una prosa más concisa y ascética en su fundamental escepticismo _ aunque nunca exenta de intuiciones y fulguraciones poéticas _ ; su inspiración sigue fiel a los dominios y demonios que este libro atraviesa y prefigura, sigue encontrando en la parte maldita de los hombres su fuente de provisión. Baste recordar por ahora al psicópata de su nouvelle El secreto, o el exquisito pasaje incestuoso de La sombra del apostador, hasta el momento su última novela.

Desde la opacidad radical que instituye el mal, Javier Vásconez imagina, con la devoción y paciencia que exigen la escritura, un mundo a imagen y semejanza de nuestras más ocultas y temibles pasiones; un mundo que empieza tras los ruinosos portales de Ciudad lejana.