Siempre lo abrí para iniciar una lectura sin prejuicios, que suponía debía hacer sobre un autor ecuatoriano, pero no, no lo leí durante doce años desde que lo compré. El libro me acompañó por varios lugares. Pasó de la casa de mis padres, por un cuartucho que arrendé cuando me fui a vivir solo, luego estuvo metido en una caja de cartón por un año en el departamento de unos amigos y más adelante retornó a la casa de mis padres.
Y el ‘milagro’ se produjo el verano de 1996. Ciudad lejana apareció en la primera casa que arrendé en Quito después de siete años de estar fuera del país. Al desempacar las cajas de cartón que había encargado a mis padres todo ese tiempo, lo reconocí y tomé asiento. Abrí sus páginas una por una y, como si el brebaje del polvo me hubiera drogado, me pasé una hora y media leyendo los cinco cuentos que escogí al azar. La frase que me iluminó fue la que en los últimos años he tratado de descifrar cómo nació, cómo llegó al pulso de su autor y cómo pudo engarzar un cuento que tiene la nobleza de enriquecerse con el paso del tiempo.
«De Eva no he vuelto a saber nada a partir de aquel día en que pretendí abandonar la ciudad vieja para internarme, sin propósito alguno, en los vericuetos de la nueva».
Así de simple, así de fuerte, así de profunda, así de todo es esa entrada del cuento más admirado, para mí, de los tantos que ha escrito Javier Vásconez: “Eva, la luna y la ciudad”.
En lo personal me trasladaba a las mismas sensaciones y aromas del Quito que un día abandoné jurando no volverlo a ver jamás. Y, en el fondo, narrando una historia que la había vivido en soledad una noche, en un sueño quizá o en una borrachera sin compasión. Luego vino la pasión y el fanatismo. Leí todo ese libro, compré El hombre de la mirada oblicua y un buen día supe que Vásconez lanzaba su primera novela, El viajero de Praga.
La primera conversación fue el 22 de octubre de 1997. Fue una mañana clara, invadida de nubes transparentes y con un café de por medio. El centro de la plática fue Quito, La Habana, México, la novela policiaca, la literatura ecuatoriana y ni una sola palabra sobre la obra del autor de Ciudad Lejana. Al final, la despedida, generosa de su parte, fue con un regalo: un ejemplar de un libro desconocido para mí: El secreto. De ahí en adelante, ya no paramos. Hemos hablado de todo, en diversos lugares, a cualquier hora, sobrios o semiborrachos, de frente, por teléfono, vía e-mail. Hubo un tiempo que nos distanciamos y supe después que estaba embriagado con su última novela, La sombra del apostador. Y entonces, saltó la propuesta que me ardía en los labios más de un año atrás: «Quiero que estés en mi libro de entrevistas». Y las razones no podían ser sino literarias. Había descubierto un autor ecuatoriano que hacía, de verdad y sin aspavientos, literatura por la literatura. Una frase de Mercedes Mafla fue certera y definitiva antes de la decisión de entrevistarlo: «Vásconez ha mantenido la conversación más frontal y, al mismo tiempo, la más imaginativa, consigo mismo y con su realidad». Cuando indagué sobre su vida, todas las versiones eran contradictorias. Entonces, decidí quedarme con la que me haría luego de cada conversación con Javier Vásconez, un quiteño nacido en Quito, en 1946, de carácter recio. Irónico, a ratos severo, incansable provocador de imágenes cuando de metaforizar se trata y con una voz que a mi hija Amanda sorprende cuando contesta el teléfono. «Es muy ronca, papi».
Y esa voz denota un aire marino que envuelve la vida misma de Vásconez. Si se le pregunta dónde le gustaría vivir, responde «frente al mar».
¿Cuál es el primer recuerdo de su vida?
No puedo asegurar si el primer recuerdo de mi vida estuvo relacionado con el mar, porque estaría haciendo literatura. Recuerdo la importancia que el mar tuvo para mí, a los cinco años. Hicimos un viaje a Playas. Fue la primera vez que vi el mar. Así me adentré por esa playa tan amplia y bonita. Eso me produjo temor, pero al mismo tiempo una increíble fascinación. Entonces comprendí que soy un exiliado en la sierra. Me cuesta vivir entre montañas, entre volcanes. No dejo de admirarlos, pero mi elemento natural es el agua.
Si se le consulta sobre la primera gran obra que leyó y lo deslumbró, de nuevo, tiene que ver con el mar.
Creo que fue Moby Dick. No obstante, hay otro autor al que yo admiro muchísimo, que también está relacionado con el mar, Conrad.
Y abunda en el tema:
Hasta que leí un libro impactante, lo cual me hizo pensar que estaba frente a otra cosa, a una obra maestra, y fue Moby Dick. Lo leí dos veces seguidas. Ese fue mi primera incursión por la gran literatura. Ocurrió cuando tenía 15 años. La complejidad de la novela, su sintaxis interior y su estructura, la simbología y ambición con que está escrita fue una revelación para mí. A riesgo de parecer cursi, debo decir que sentí algo muy cercano al asombro, como contemplar un paisaje insondable, distante, difícil de captar a primera vista en su totalidad. En mi ingenuidad, pensaba que Melville había escrito el libro para mí. Esa es una característica propia de una obra maestra. Creer que fueron escritas para uno, como si se tratara de una carta personal. De ese modo penetré en el universo personal de un escritor. Así comprendí, agradecido y feliz, lo que es la buena literatura. Es como recibir una ofrenda, un regalo excepcional otorgado por alguien ajeno a tu vida. En mi opinión, todo escritor, cuando recién lo descubres, tiene que seducirte y hipnotizarte con su mundo interior, construido con palabras. Así me convertí en ferviente lector de Melville. Bartleby el escribiente es uno de mis libros preferidos. Es fundamental para la comprensión de la literatura moderna. En Melville se anuncia a Kafka, y a toda esa literatura relacionada con el arte de escribir. Es una novela corta genial.
¿Por qué vives en Quito si no te sientes bien en ella?
Es verdad, no tengo ningún apego ni arraigo especial con la ciudad de Quito, prefiero otras ciudades pero aquí nací. Por lo tanto, la considero mi ciudad. Además, la conozco bien. He ascendido por sus escaleras que no van a ninguna parte. Conozco su perversidad cortesana, la sordidez de sus tabernas y bares. Estoy familiarizado con su jerga popular, con la inclinación de sus habitantes por la elipsis y el hipérbaton, y el color violeta de sus amaneceres. He padecido su humor desgarrado y violento, detrás se oculta una enorme ternura. Y también estoy familiarizado con sus zonas de belleza, porque Quito es una ciudad excepcional para ser fotografiada, aunque nadie parece darse cuenta de ello. En general, los fotógrafos la ignoran. Esta ciudad tiene sus cosas buenas, puesto que me ha permitido escribir. Aquí he escrito la mayoría de mis libros. Por otro lado, es la ciudad de mi infancia, de mis contradicciones. Mantengo con ella una relación de amor y de odio. Sin embargo, yo podría vivir en cualquier parte. De hecho he vivido en Barcelona, Madrid, Roma, Londres y París.
Y Quito, la ciudad de Javier Vásconez, rodeada de montañas y nevados, contaminada por todas partes, tiene un puerto, deja escuchar la sirena de un barco y hasta tiene un aliento marino. «Te aseguro que dejará de llover y hasta llegaremos a ver la llegada de un barco», dijo en una entrevista. Es decir, este autor ‘inventó’ la ciudad con la que muchos quiteños soñamos. Al mismo tiempo, le dio un lugar en la geografía literaria universal, para que quien no la conozca físicamente, la encuentre en los libros de Vásconez en su idealización mejor lograda. «Las ciudades existen cuando los escritores escriben y se ocupan de ellas, antes son apenas una mancha sin importancia en el mapa», dice.
En 1982 aparece Ciudad lejana, cuando su autor tenía 36 años, un poco tarde para algunos.
“Supongo que soy un escritor tardío. Sí, nunca me arrepentiré por el hecho de haberme tomado con calma la compulsión de publicar. Pues siempre he pensado que en este país hay demasiado apresuramiento. Cualquiera publica una colección de cuentos, una novela inacabada o un puñado de poemas, y los resultados son nefastos. Ciudad Lejana, desde el comienzo, fue un proyecto ambicioso. Quería dar una visión personal y por lo tanto diferente de la ciudad barroca, del Quito antiguo y colonial. En ningún caso, quise que fuera un retrato pintoresco de la ciudad colonial, sino más bien la radiografía de un grupo de gente, la cual empezaba a estar a en retirada», reflexiona sobre sí mismo y sobre Ciudad Lejana, sin dejar de mirar la ventana.
Antes había escrito mucho, varios de esos borradores están guardados en algún lugar de su residencia, una casa de los años sesenta, en la zona más movida de Quito, rodeada de enredaderas y en donde se respira un aparente aire aristocrático, pero que después de cinco minutos se descubren unos cuantos cuadros coloniales, miles de libros empastados, y el aroma penetrante del cigarrillo. Su interés por la escritura empezó cuando tenía 14 o 15 años:
«Nunca estuve en contacto con escritores ni con intelectuales. Los conocí a casi todos a mi regreso de Europa, en los años setenta”.
¿No influyó el hecho de que tu padre fuera escritor?
“Publiqué mi primer cuento en el periódico del colegio Spellman. La noticia no fue recibida con entusiasmo en mi casa, y menos aún por mi padre. Siempre hubo libros en casa. De hecho, crecí entre libros. Es falso creer que uno se vuelve lector, por el hecho de haber vivido rodeado de libros. Hay gente que no tiene dinero, y sin embargo a la hora de leer o conseguir un libro son capaces de cualquier cosa. No hay nada que los detenga. Los conozco bien. Son una raza en extinción. Son vampiros. Se alimentan de papel y tinta. Viven en las bibliotecas. No es conveniente convidarlos a tu casa, porque te llevarán un libro. Son insoportables y peligrosos. Confunden las cosas, como el sentido de la vida”, afirma irónicamente.
En otra ocasión y entrevista Vásconez comentó:
“Escribir es una pasión practicada por muchos años Al principio fue algo secreto, personal, sólo me permitió aislarme del mundo. Empezó siendo un juego, a los diecisiete años. Después, con los años, el juego se volvió serio, como todos los juegos, y me ganó la partida. Hoy día no sé hacer otra cosa. Estoy envenenado de literatura.»
Y no se queda ahí, siempre reitera una afirmación que dice mucho de su trabajo y describe bien el resultado:
«Mi formación ha sido siempre solitaria. Yo nunca participé en un taller literario. Al contrario, como escritor he seguido un doloroso camino circular. Muchas páginas rotas, algunos viajes, muchos errores, debilidades, pérdida de tiempo, lecturas desordenadas. He sido un asiduo lector de buena y mala literatura, lo cual tiene su lado bueno y malo. Un escritor se hace no sólo a partir de sus lecturas, sino a partir de sus fracasos.»
Su mayor ejemplo, la perseverancia y la exigencia consigo mismo. En la víspera del lanzamiento de su novela, La sombra del apostador, revisó conmigo dos veces el discurso y encontró ‘errores’. Se sentía insatisfecho, nervioso, angustiado. Y con el borrador de esa novela sucedió algo parecido. Una copia, fechada en junio de 1999, me la obsequió para que la leyera como un ‘apostador sin sombra’. De esa copia, muchas cosas cambiaron, para bien de la última versión y del lector.
Conserva la barba que estuvo de moda en los años setenta y ochenta. Por su casa han pasado muchos escritores y amigos que refieren de Javier Vásconez su grandeza literaria, pero desconfían de su carácter. Por eso, tal vez, Diego Cornejo dijo que «los amigos de Javier Vásconez son aquellos que pasan por la estrecha retícula de su diatriba luminosa». Javier suspira, mira hacia abajo, pone su dedo índice sobre la sien y responde:
«Es una leyenda fabricada por Diego. Esas diatribas luminosas, a las cuales él se refiere, supongo tienen que ver con el rigor literario. Eso es fundamental. Exigencia que, por supuesto, empieza antes conmigo. No exijo a nadie lo que no soy capaz de exigirme a mí mismo. Los ecuatorianos nos exigimos muy poco. Tenemos una capacidad extraordinaria para mentir, hacer trampa, y bajar la guardia en todos los terrenos. Por razones políticas, esa fue una práctica corriente en los setenta. Eso nutrió, me parece, la mediocridad, el conformismo y hasta el amiguismo. En realidad, todavía, muchos siguen comportándose de esa manera. A pesar de que las noticias llegan tarde, supongo que ya se han dado cuenta de que ya cayó el muro de Berlín.»
Alejado de las corrientes y círculos literarios, según él, muy apegados a las ideologías de moda, este escritor empecinado, confiesa, a veces con timidez, su devoción por el oficio de editor, otra de sus obsesiones donde no perdona nada. Su editorial lleva el nombre de Acuario. Hay varios libros editados por él que ya forman parte de la historia bibliográfica del Ecuador, ya por su calidad, por el autor escogido o por el momento en que fueron publicados: Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal; Obra poética, de Gonzalo Escudero, y, Obra poética, de Jorge Carrera Andrade.
¿Para qué escribir si hay miles de libros publicados?
Un escritor vive condicionado por las necesidades que arrastra desde muy atrás, de la adolescencia, o del primer texto que admiró, quiso imitar y hasta superar. Escribir es como respirar. Debe ser una deformación profesional. Me siento incompleto. Pues mi verdadera voz está en lo que llevo escrito. Intuyo, es una suposición, que los escritores tenemos muchas vidas, y vivimos vidas prestadas. Somos un disco donde están grabadas infinidad de voces. No me interesa el realismo o el costumbrismo. Por eso he inventado un país y una ciudad, por cierto muy personal, ya que en literatura es lo único que cuenta. Además, cada época necesita ser reescrita, porque cada época vuelve a hablar sobre lo mismo: el amor, la muerte, la codicia de los hombres, el poder. Es sobre lo que hablan siempre los escritores. Los temas en realidad no cambian. Pero todo, claro, es un lugar común…
¿Eso me llevaría a pensar que tu generación cometió el error de no escribir acerca de esta realidad?
No voy a hablar de mis colegas. Además, me considero incapaz de responder aquí a una pregunta tan amplia. Sin embargo, a título personal, puedo afirmar que todos los recuerdos, visiones, lecturas, pensamientos y experiencias que yo he acumulado de este país, los he puesto sobre el papel después de darle un sello personal. Sin embargo, me sorprende ver que no hay un crítico capaz de ordenar y jerarquizar nuestra literatura. En poesía quizá sea diferente, pero los criterios empleados para leer o analizar una novela son obsoletos. Pasan por los consabidos filtros políticos, sociológicos, antropológicos y argumentales. Sospecho, con riesgo de equivocarme, que estos criterios son muy limitados.
Lo que más destacan los críticos y lectores de Vásconez es el universo literario que ha creado desde su primer cuento, “Historia secreta de una campanilla” hasta su última novela La sombra del apostador. Incluso, parece ser el único autor contemporáneo que ha fijado su labor creativa alrededor de esa construcción de forma firme, coherente, sostenida y con resultados admirables. La crítica Mercedes Mafla es quien mejor ha indagado y analizado su obra, acierta cuando afirma: «tan intensa es la rebeldía del escritor que, inconforme con inventar una realidad paralela a través de sus relatos, se ha empeñado en que ésta tenga la consistencia de un ‘universo unitario y cíclico. No estamos, sin embargo, delante de una empresa realista, sino más bien ante una particular concepción de la realidad, entendida como la confusa y siempre sorprendente mixtura de aquello que miramos, recordamos o soñamos«.
Y el propio autor, cuando se le consulta sobre su formación y universo literario, responde:
«Escribo sobre mi pasado y escribo acerca de una ciudad a la cual he inventado durante todos estos años. No obstante, al referirme a ella, me he tomado ciertas libertades. No le doy importancia a su realidad histórica. La he construido, ladrillo a ladrillo, usando la imaginación. Es complicado seguir mis huellas, si es que alguien piensa seguirlas, más aún entender de verdad al escritor que he llegado a ser. A veces percibo contradicciones, porque mo es mi fuerte la línea recta.
Pero para llegar a eso, Vásconez tuvo una presencia fuerte de autores que están en las entrelíneas de sus cuentos y novelas. A Faulkner lo leyó íntegro. A la lectura de Absalón, Absalón, cuando tenía 18 años, la define como “un momento iluminador de mi existencia. En efecto, hubo un lector ingenuo antes de esta novela, y después de esta novela. Su lectura significó una crisis y una revelación”. Y añade:
«Al acabar el libro supe que estaba frente a un monstruo literario. Faulkner no es sólo un escritor, sino que es toda una literatura».
El otro autor es Juan Carlos Onetti. Afirma haberlo descubierto tarde y tímidamente, en comparación con otros escritores latinoamericanos. Esa experiencia, significó el contacto directo con una tradición y con el Río de la Plata. Ahí se escribía en serio, con buena tinta, sin el pintoresquismo retórico al que nos tenían habituados ciertos escritores latinoamericanos. Me refiero a Asturias, Alegría o Icaza. En relación a Rulfo, «otro encuentro sorprendente». Una de las cosas buenas que nos brinda la literatura es la relación con el azar. Una día entras a una librería y compras un libro, digamos que de Onetti, o de Juan Rulfo. Vas a tu casa y te topas con ese vagón de carga que es la prosa de ese autor. Pura atracción fatal. La razón no interviene para nada. Pasa a un segundo plano. De hecho, su tesis en la Universidad de Navarra versó sobre Juan Rulfo. De pronto hace una revelación:
«En muchos aspectos, el doctor Kronz (protagonista de El viajero de Praga) está tomado del hombre Onetti. Me ayudó mucho el libro de Luis Haars, cuando cuenta que lo veía caminar por Buenos Aires, una sombra que iba empujando el viento helado del invierno. Esa es una de las imágenes iniciales con la que nació el doctor Kronz”.
Otro aspecto que se rescata de la lectura de su obra es la presencia o influencia de la novela policiaca y la novela negra. Sobre esto, Vásconez no da muchas vueltas y entra de lleno, afirmando:
«Creo que la novela negra y, por añadidura, la novela de espionaje está presente en todo lo que he escrito. Dashiel Hammet, Chandler o Le Carré son escritores notables. No creo que nadie haya escrito con tanta inteligencia sobre la guerra fría como Le Carré. Sus espías no son buscadores de información política, sino que poseen una personalidad minada por las dudas. Un Smiley, por ejemplo, está más cerca de los héroes de Conrad que los de un vulgar aventurero. Es indudable que tengo una deuda con la novela negra.
Un análisis interesante de Mercedes Mafla señala que El secreto, Café Concert y Un extraño en el puerto son una síntesis de la poética de Vásconez. El autor no acepta globalmente la afirmación porque tiene otros elementos para la polémica:
«Supongo que tiene que ver con la siguiente reflexión: ¿donde empieza realmente la diferencia entre un hombre que anda por la calles, digamos un dentista, y un asesino que viaja a lado tuyo en el autobús? ¿En qué instante ese hombre normal, padre de familia ejemplar, se vuelve peligroso y se transforma en un asesino? Incluso, hay quienes piensan que por abundar en este asunto hago una apología del crimen en El Secreto. No me interesan las objeciones morales, sino lo que está relacionado con el mundo psicológico y, aunque resulte pedante, con el aspecto metafísico del asunto. Quise ponerme en lugar del criminal. Me preocupa el asesino sofisticado, aquel ingeniero del mal, que calcula y mide cada paso de su vida. Es un personaje fascinante. Como escritor, debo sentir asombro frente a la realidad. Esta es una de las razones por las que escribo, de lo contrario me aburriría en el acto. Si después de leer una novela no siento ese misterio y no posee el don de lo insondable, estoy seguro que esa novela no es buena y va a dejar de interesarme. Sin embargo, no confundamos el suspenso con lo que estoy diciendo, aunque a veces no sé dónde localizarlo. Tal vez en el lenguaje…
¿Algún título?
Los adioses, de Onetti. La metamorfosis, de Kafka. El corazón de las tinieblas, de Conrad. El extranjero, de Camus. Pedro Páramo. Absalón, absalón. Lolita. Todas poseen esa cualidad que está por encima del escritor. Es como una bruma que se queda flotando y uno se olvida de su estructura, hasta que uno encuentra eso que logró Henry James en La vuelta de tuerca. Para mí esto es fundamental.
Kundera dice que «hay un Kafka para cada necesidad»
Se puede decir lo mismo de Cervantes. Todo gran escritor es un camaleón.
¿Por qué el doctor Kronz es checoslovaco?
«Cuando escribí “El Jockey y el mar” yo no sabía que el doctor Kronz iba a ser checoslovaco. Le leí el cuento a un amigo y me hizo la misma pregunta, pero no pude contestarle. Muchos años después, cuando le conocí mejor al doctor Kronz, después de haber escrito otros cuentos y principalmente El viajero de Praga, comprendí por qué tenía que ser checoslovaco. Kronz se ha impuesto como personaje, gracias a una serie de elementos literarios y oníricos. De algún modo, representa la soledad de Kafka, combinada con la figura un poco mítica de Onetti, en Buenos Aires, cuando andaba por los cafetines en los años cuarenta. Pero también es un homenaje a Kafka, por supuesto.»
Siempre me inquietó aquella afirmación de que Vásconez, con El viajero de Praga, «ingresó de manera consistente y definitiva en la galería de narradores ecuatorianos de primera fila», según Agenor Martí. En la relectura, siempre se ha dicho, las zonas oscuras se aclaran y las claras adquieren otras tonalidades. «Esta novela – como dice la presentación de la obra – es la historia íntima y nostálgica del checoslovaco Kronz, y narra la naturaleza compleja, distante e intangible de un hombre que se abandonó a las manos del destino, cuando emprende un viaje del que parece no haber retorno».
La lluvia recorre, como un intruso, a lo largo de la novela. Parece un manto necesario para cobijar el mundo que observa el narrador. Y sobre todo hay pasajes que conmueven y deleitan o quizá constituyen una perturbadora forma de decir que la literatura tiene otro «menú de opciones». Por ejemplo:
«Cuando el doctor Kronz leyó en el boletín del hospital que se precisaban voluntarios para dictar un seminario en Barcelona estampó sin demasiada fe su nombre en el tablero que colgaba a la entrada del hospital. Estaba convencido que nunca haría ese viaje, así que se olvidó del asunto».
Ese pasaje desata la explosión narrativa que cautiva al lector.
Pero a Vásconez no le gusta comentar sobre lo publicado. Es más parece un pariente lejano del que ya no se habla ni se lo invita a cenar y menos a pasar unos días en casa.
«No tengo una idea muy clara de la novela. Los libros después de escritos pasan a un segundo plano. Mientras los escribo conservo una relación muy intensa con ellos, se podría decir que es física y hasta incestuosa. Después de publicados, me sorprendo cuando ciertas personas comentan cosas sobre lo que han leído. Escribir El Viajero de Praga fue como participar de un viaje y una aventura. Antes sólo había escrito El secreto”.
Sobre El Secreto la crítica ecuatoriana no fue tan generosa o atenta. Sin embargo, esta nouvelle es anterior a Plenilunio de Antonio Muñoz Molina. Juan González Soto, crítico catalán, habla en buenos términos de las dos, pero fundamentalmente pone en el lugar adecuado a El Secreto.
¿Le faltó audacia, rigurosidad, empeño o extensión para que, a nivel internacional El Secreto tuviera el mismo o quizá mayor recibimiento que tuvo Plenilunio?
Mi propósito fue colocarme en el terreno ambiguo y penumbroso de un asesino, que camina detrás de una niña por una ciudad. En las novelas relacionadas con crímenes, el policía es un representante de la ley y del sistema. Así nos convertimos en cazadores y seguimos encantados al asesino. Mi apuesta fue hacer exactamente lo contrario: en vez de ayudar al lector a descubrir al asesino, seguramente en compañía de un detective, quise hacer algo bastante arriesgado. Quise resaltar el lado humano de todo asesino. Me aburre contar una historia sólo por el hecho de contarla. Eso para mí no tiene sentido. Me gusta raspar y encontrar los enigmas ocultos debajo de la realidad. En todo caso, la novela fue mejor recibida afuera que aquí. Y en términos generales, muchos la leyeron desde el punto de vista esencialmente moral. En literatura la ambigüedad, los juegos, tienen más interés que lo otro. Si sólo hubiera sido la historia de un asesino de niñas, habría sido una novela como cualquier otra, pero esta nouvelle posee su secreto. Por eso se llama así. El secreto es mucho más que un título. Detrás hay varios secretos.
¿Cómo se explica aquella afirmación tuya de que «el asesino y el poeta andan tomados de la mano»?
En mi opinión, los poetas se han movido siempre en el terreno del absoluto. De alguna manera, los asesinos hacen lo mismo. Habitan esa misma zona de la realidad. Es algo que lo he pensado muchas veces.
Un aspecto de la narrativa de Vásconez que, de verdad, atrae es el tratamiento a sus personajes femeninos. No hay atrevimiento al afirmar que en la literatura ecuatoriana no hay un universo tan bien encuadrado y acentuado con las mujeres. Cada una de ellas, en los cuentos y novelas del autor, tienen un peso gravitante en el equilibrio narrativo: cuando aparecen en escena tienen el poder de mitigar la nostalgia y en la medida que crecen miran con otros ojos el escenario, de modo que dislocan la visión machista de varias obras ecuatorianas. Y esto se explica, gracias al propio autor, del siguiente modo:
«De todas las mujeres que he conocido ninguna se propone aparecer fijada a una sola visión. Todas poseen una gran capacidad para el cambio. Mi descripción adolece de cierta vaporosidad, pues así las veo. Los hombres, en cambio, estamos empeñados en ser, pese a que detrás de esta ilusión hay una gran mentira. Deseamos representar un solo papel, engañándonos cuando únicamente somos el malo, el poderoso, el débil o el galán. Las mujeres, en cambio, no pretender representar un solo papel, sino que actúan alternativamente en varios papeles. La historia les ha obligado ser más moldeables.
Con el lanzamiento de la novela La sombra del apostador, Vásconez pisa fuerte en el terreno de la literatura. Incluso existe el comentario que ese libro pudo haber ganado, sin dificultades, el premio Alfaguara 2000, aunque el autor no lo presentó a concurso. Independientemente, la obra tiene varios elementos que devuelven a la misma visión del universo de Vásconez. Por ello, aquí se reproduce íntegra la entrevista realizada el 8 de diciembre de 1999.
¿Cómo nació la obra?
Escribir El viajero de Praga fue como cumplir con una ceremonia y un ritual. Me despertaba cada mañana, encendía un cigarrillo, y empezaba a trabajar guiado por el doctor Kronz. La novela estaba ahí. Sólo tenía que seguir los pasos del doctor. En cambio, La sombra del apostador, es el producto de una serie de visiones, voces y fragmentos que no se dejaban atrapar. Nació con la imagen de una niña encerrada en una casa llena de perfumes y un caballo galopando en un hipódromo. Pero nada parecía tener sentido.
¿Y de ahí qué vino, cómo fue creciendo, cómo se fue materializando la escritura?
La sombra del apostador es un diálogo entre varios personajes: Roldán, Sofía, Lena, el Coronel. Me costó organizar este material. Pues estaba atado de pies y manos. Hasta que al fin capté el tono mítico con que debía ser contada esta historia, como si todo hubiera ocurrido muchos años atrás. Por otro lado, me di cuenta de que me hacía falta libertad literaria para escribirla. Entonces ignoré la verosimilitud y di más importancia a la veracidad de la ficción. En ese instante se me abrió la novela… Así empezó la escritura fluida. Escribí los tres primeros capítulos bajo un impulso creador muy poderoso, después sobrevino una especie de bloqueo o de parálisis. Fue cuando tuve conciencia del narrador J. Vásconez.
Háblame de los homenajes…
El Viajero de Praga y La sombra del apostador están llenos de homenajes. Hay homenajes, explícitos y casi desvergonzados, a varios escritores que admiro. Entre ellos están Cervantes, Kafka, Onetti, Camus, Celine, pero también he homenajeado a escritores como Le Carré y Chandler. Estos homenajes aparecen en casi todos mis libros, desde que empecé a escribir.
¿Fundamentalmente es un homenaje a la literatura? Porque se nota muchísimo trabajo de investigación, los caballos, lo del hipódromo, Quito mismo. ¿Cómo fue esa investigación, tardaste en ubicar los sitios o es ficción pura?
Toda ficción parte de una semilla, o de un germen que está relacionado con la realidad. Nunca hubo un hipódromo importante en Quito. Hace muchos años existió La Carolina. Fue un proyecto precario y sin mayor resonancia. No obstante, para escribir esta novela leí libros y reportajes sobre los hipódromos de Londres, París y Buenos Aires. También leí una biografía del jockey Shoemaker y otra de «Tiny» Wells. Dispuse de un material bastante amplio para informarme, aunque como tu bien sabes, esta anécdota del hipódromo pasa a ser secundaria en la novela. Hay otros elementos tan importantes como la carrera, el amor, la corrupción y el poder.
¿Cómo es posible que un escritor ecuatoriano con todas las dificultades que tenemos, con todas las carencias culturales, trabaje a tiempo completo?
Mi relación con la literatura es el producto de una pasión. Escribo porque quiero, nadie me ha obligado. Escribo con un ojo entrenado para ver de manera diferente las cosas. Y eso toma tiempo. A pesar de todas las limitaciones de este país, creo que nos quejamos demasiado. La literatura es lo que a mí me permite vivir, sin asfixiarme, puesto que la realidad no responde a ciertas perspectivas deseadas.
¿Eso te hace feliz?
Escribir y entregarse a literatura no son ingredientes para la felicidad. Porque incluso en sus mejores momentos, durante su etapa más creativa, escribir produce angustia y una sensación de incertidumbre. Es igual a lo que ocurre antes de una carrera. Nunca se sabe si el caballo va a ganar o perder. Es en el desafío, y en esos instantes donde radica la felicidad. No creo que la literatura sea un refugio para tristes. Aquí creemos, erróneamente, que con la literatura uno puede aislarse del mundo, y no es así. Para escribir es necesario estar en contacto con la vida.
En la novela aparece Roldán, quien es un asesino que aparentemente se lanza a un proyecto con todas las de ley. ¿Por qué de nuevo este personaje en la literatura de Vásconez?
He dicho en varias ocasiones que estoy construyendo un universo unitario y cíclico. Roldán ha circulado por algunos cuentos anteriores (“Crónica de la sangre”, “Un resplandor en la ventana”), y al contrario de lo que dices es un hombre lleno de terrores. Recuerda los capítulos del hotel, cuando recibe esa misteriosa llamada telefónica. Luego, los reflexiones que se hace al contemplar el cementerio, aparte de su soledad y de los recuerdos de su infancia, todo eso lo convierte un ser angustiado. Pero al mismo tiempo, es un profesional dispuesto a cumplir a cabalidad sus propósitos. En todo caso, Roldán no puede a renunciar a la muerte.
¿Quien es J. Vásconez para Javier Vásconez?
J. Vásconez para Javier Vásconez es un personaje, gracias al cual he podido moverme con soltura y libertad por los pasadizos de esta novela. Es un personaje, un narrador que me ha ayudado a descubrir, con sabiduría y calma, ciertas sutilezas y recovecos de la narración.
¿Se te ha aparecido J. Vásconez en algún momento?
J. Vásconez apareció pro primera vez en “Café Concert”. Luego, en otro cuento: “Un extraño en el puerto”, y por último en esta novela. Al contrario de lo que me ha ocurrido con otros personajes, quienes han sido el producto de una visión súbita y poderosa, como es el caso del doctor Kronz, sobre el que creo haber hablado cuando lo vi caminar una tarde lluviosa por la Mariscal, en cambio J. Vásconez es como un iceberg salido bruscamente de la nada. Quizá estoy haciendo trampa, quizá lo he vislumbrado arrinconado en un pequeño periódico de provincia, teniendo que escuchar y tragarse todos los acontecimientos y la mugre que ocurre en la ciudad.
¿Con la creación de este personaje la literatura ecuatoriana entra en otra dimensión?
No podría responder a esa pregunta. A veces me pregunto si de verdad existe la literatura ecuatoriana. Quizá sólo sea una lista de novelas más o menos logradas, y para decirlo con honestidad, lo que se destaca es la poesía y el cuento que han tenido continuidad. Tenemos Carrera Andrade, Gangotena y César Dávila, pero en novela andamos por la cuerda floja. Hay épocas de silencio, es como si el país le hubiera dado la espalda a la novela.
Quito casi siempre está presente en tu obra, pero en La Sombra del apostador es otra ciudad, no la de las calles del centro colonial precisamente, sino la de las expresiones de la gente. Hay tantos espejos donde uno puede mirarse.
El Quito sobre el que hablo es una invención. En ningún momento he pretendido que el Quito de mis cuentos y de mis novelas sea real o auténtico. En esta novela hay incluso una buena dosis de libertad fabuladora en cuanto a tiempos y épocas.
En “Un extraño en el puerto” Quito incluso tiene un puerto y se oye la sirena de un barco.
El Quito de tus novelas, ¿es el que desearías que sea o el que puede ser posible algún día?
Es un Quito imaginario y el que nunca va a existir, porque no se puede cambiar la geografía. También es el Quito de mi infancia, de una época que ya sucumbió, es el Quito barroco del centro, con sus iglesias y sus campanarios, con sus pasajes y zaguanes. Pero sobre todo es un Quito inventado. Aunque también es el que va creciendo con otras opciones de vida. Sin embargo, deseo insistir que todos estos Quitos, esta acumulación de Quitos, como cuando uno inventa un personaje, no corresponden a una sola persona ni está tomado únicamente del Quito real.
¿Por qué la intriga es importante como una forma de trabajar la literatura?
En esta novela estuve más preocupado por captar esas voces dispersas, confusas, por reunir y comprender a todos los personajes que se iban configurando de manera casi automática en mi cabeza, que por la intriga. Una novela es una visión del mundo, es una relación con el lenguaje y también es una forma de adentrarse por ciertas zonas enigmáticas de la realidad. Alguien dijo que no se debe juzgar un texto por lo que anuncia sino por lo que tiene de inexplicable, con La sombra del apostador espero haber alcanzado, de algún modo, esa región donde convive con el mismo derecho lo inexplicable y lo misterioso, donde a veces, sólo a veces accedemos a la áspera realidad de la literatura.
Hay gente que relaciona la obra de Vásconez con la película de Sebastián Cordero, Ratas, ratos y rateros por el enfoque de la realidad ecuatoriana.
No creo que exista relación entre el cine de Cordero y mis obras. Yo respeto su película, la verdad es que me gustó mucho. Pero hace muchos años que yo estoy metido de lleno en el mundo marginal.
Con La sombra del apostador, ¿cuánto ha crecido Javier Vásconez con respecto a su novela anterior El viajero de Praga?
Quizá soy más sabio y por lo tanto más humilde. Porque escribir es como caminar por los hilos de una telaraña.
Quito, 8 de diciembre de 1999 y 29 de julio de 2000,
además de varios apuntes de algunos encuentros en distintas fechas desde 1997.