La obra del escritor quiteño Javier Vásconez se la puede encontrar por ahí, por doquier casi, al azar y sin intenciones preconcebidas para negarlo o reconocerlo. La publicación de sus diferentes títulos siempre ha estado acompañada o seguida de una celebración, inclusive de ciertos ritos que se imponen como la marcación de un paso dado, reafirmación de un imparable continuar, como el tiempo que siendo igual para todos, el autor lo asume desde su particular concepción: escribir con disciplina, rigor y sin premura.
Ninguno de los títulos de Vásconez ha entrado en el canon de lo popular, en el sentido de tener lectores masivos, como es de suponerse ha sucedido con otros autores de su generación, pienso en Polvo y ceniza de Eliécer Cárdenas; algo de esta incidencia tuvo, recientemente, su policial novela corta El retorno de las moscas, por cierto giro de estilo, por el juego con las novelas de espías, por la arista que tomó su prosa, menos intrincada, más directa.
Se puede decir que los lectores de Vásconez son «pocos», de los que caen en la devoción por su línea narrativa, por la visión de su entorno, por la relación universalista de sus personajes, por los argumentos personalísimos del autor, por aquella escenografía urbana, aparentemente similar a otras, que está recortada con otras armas, bajo nuevos influjos, desde la respiración de otros aires; no describe lo que ve sino que imagina lo que va describiendo y lo trasmuta vital, presente. Su nostalgia, de haberla en el sentido de saudade, no es por el rancio olor a viejo, sino por conseguir entender el medio desde donde escribe.
Hace algo más de una semana se reunió un grupo de escritores, intelectuales y amigos de Vásconez, para ofrecerle un homenaje por sus sesenta años cronológicos cumplidos y por sus varias décadas en la escritura. Javier es un escritor de oficio y no sólo ante su máquina de escribir, ahora teclado de PC, sino leyendo, viendo cine, caminando por esta ciudad y por las que le ha tocado transitar desde muy joven. Vásconez es el observador nato que va registrando en su memoria personajes, dichos, y actitudes que, en la cadencia de su muñeca, la pluma los va delineando y su mente creadora les otorga la forma final en sus textos.
En el homenaje se presentó el volumen Apuesta, Los juegos de Vásconez (Taurus, 2007), un conjunto de textos escritos, por diferentes autores del país y del exterior, para esta edición, proyectada por el poeta Iván Carvajal y el ensayista Francisco Estrella. De algún modo este libro tiene resonancias de semejanza con el aparecido hace, más o menos, tres años: Vásconez ante la crítica. La diferencia sustancial está, más allá de que ciertos autores coincidan en ambas publicaciones, en que es un homenaje a la trayectoria vital por la literatura del autor en cuestión.
Visto desde el ángulo que se quiera, por la amistad o las pasiones que provoca, el ciudadano escritor Javier Vásconez es un individuo de carácter difícil, de recias actitudes que van desde la más absoluta generosidad hasta la más exacerbada intransigencia con aquello que va en contra de su posición ante la literatura, sus devociones particulares, su noción de país, su relación con los otros, la lealtad entre sus pares. La pasión por la escritura, en Vásconez, es apenas semejante a la del hagiógrafo medieval o a la del más recalcitrante inquisidor del renacimiento.
En Apuesta… los autores abordan a Javier por los diversos ángulos de su narrativa, personajes, situaciones, paisajes, estilo y relaciones biográficas en sus textos. Pero más aún, y es lo interesante en este volumen, es que todos están unidos por la misma red, tejida con los hilos de la amistad y la admiración de cada uno. Carvajal y Estrella (compilador), los editores, han conseguido realizar un homenaje muy merecido a un escritor de nuestro medio, que tiene resonancias en el exterior, mientras es posible reclamar y esperar mucho más de su escritura en la creación.
Javier Vásconez es visto desde el análisis literario con el colombiano Guido Tamayo, desde la intimidad de su oficio de escritor con la entrevista de la poeta María Aveiga, Cristóbal Zapata y su imagen del espía. Los viajes de Vásconez y sus personajes viajeros, sus invitados, sus delirios y sus monstruos. La ciudad, esa ciudad tan suya, y los insectos. El autor como entomólogo y voyeur de las vidas de sus personajes. Tantas lecturas como voces, tantas interpretaciones como personajes. Críticos todos los que intervienen en el volumen, veinte y tres, porque su ejercicio es de admiración.
Sin duda Javier Vásconez es un escritor y un hombre de retos, siempre está en lucha con la literatura, un buscador incansable de formas de decir, de historias que contar con el único destino de forjar, con su obra, su propio universo, definirlo. Enemigos íntimos se llamaron Carvajal y Vásconez, y alguien a la literatura la llamó amante que no perdona. Más allá de cualquier definición la obra de Vásconez tiene mucho que decirnos y seguirá resonando en los sentidos de sus lectores desde el duelo íntimo de dos personajes a cuchillo hasta en el trago compartido entre las disputas amistosas de dos habitantes andinos.
Publicado en La Hora, domingo 22 de abril de 2007.