La importancia del acto en la novelística de Vásconez

Sobre sus novelas

Por Nora Sigal de Eliscovich

Se intentará en este análisis de textos dar cuenta de la importancia de algunos actos  fundamentales en el desarrollo de las novelas El viajero de Praga y La sombra del apostador de Javier Vásconez.  El objetivo es aplicar el concepto de acto a momentos discursivos de las novelas así como demostrar que existen actos a lo largo de dichos textos. La hipótesis es que en las antes nombradas novelas la marca del acto es fundamental. Dichos actos marcan cortes en la dimensión circular de la novela a partir de los cuales se  producen  giros discursivos. Podemos extender este concepto acerca de lo fundamental del acto y su significación a la novela en general.

En  El viajero de Praga los actos sólo son posibles en relación a viajes, el acto es siempre aquél de decidir un viaje. No podríamos desligar este concepto de cierta nostalgia de Dios presente en la novela: Dios existe y castiga, a veces con la muerte. Resulta imprescindible, para huir de Dios,  escapar de los orígenes y las marcas familiares (el judaísmo, el suicidio, el hambre en Europa). Éstas deben quedar como estigmas lejanos para poder darles forma de conjunto no tan fragmentado. Viajar es la manera de producir distancia con estos significantes iniciales.

Si los actos van a modificar definitivamente la vida de alguien, éstos no pueden ser frecuentes ni sencillos.  El sello indeleble se inscribirá en la historia personal, así  como se rotula, se graba el nombre propio. Haber elegido el significante “viajero” en el título de la novela nos da una pauta de la impronta de este significante en la vida del personaje. También nos remite directamente a Praga, que en el mundo literario es una clara referencia  a uno de los padres de la obra,  me refiero a Kafka, por supuesto.

Estos actos parecerían decisiones voluntarias, sin embargo, sabemos que el inconsciente aquí tiene mucha más influencia que la voluntad, marginal y periférica. Una fuerza particular mueve al Doctor a cambiar de escenario de una vez y para siempre.  ¿Cuál es esta fuerza que lo impulsa? No podría mencionar otra que el inconsciente, base y motivo para todo acto humano.

La manera particular de resolver un duelo marca la dirección y el sentido de su vida. Salirse de la escena es una forma de reaccionar como cualquier otra, y ésta es la suya. Podría haberse suicidado para escapar, sin embargo elige esta manera de no estar, de saltar a otra pantalla.

Josef Kronz, un extranjero eterno donde quiera que se encuentre, desencantado de la vida, marcado a fuego por las dificultades e imposibilidades, no quiere  ni espera nada en esa vocación de desterrado y solitario por lo que termina renegando del mundo. Los únicos actos posibles en su vida se relacionan a los viajes, la huida como solución posible al momento de tener que enfrentarse con las decisiones cruciales de la existencia. La estructura verano-paréntesis-verano nos acerca a la circularidad de un tiempo en espiral hacia la muerte. Los actos de la vida son imposibles, sólo resta mudarse y viajar para escapar.

Un duelo imposible por su madre, como casi todos los duelos por los suicidas, lo obliga a repetir la huida ante la menor posibilidad de repetición del abandono. La rutina lo preserva de todo acto decisivo y permite que se desplace apaciblemente sin darse mucha cuenta que ese desplazamiento es hacia la muerte. El intento de olvidar la propia historia es otra manera de instalarse en la muerte, intento que es por momentos bastante bien logrado.

En un texto posterior: La sombra del apostador, los actos son más numerosos, existe la posibilidad de moverse, de hacer y no solo de pensar. Dios ha muerto definitivamente y todo está permitido, sin consideraciones ni culpa. Los tres valientes  personajes principales (Roldán, Lena y el Coronel) pasan al acto sin temor ni temblor, apostando su valor más preciado: la vida.

Lena deja su país, es decir actúa sin detenerse a pensar demasiado en qué encontrará afuera y se juega por cualquiera. Los muertos no la aferran a ningún terruño y se permite tomar posesión de la tumba más cercana con el sencillo acto de ponerle unas flores. Cuando habla es para tomar una decisión fatal (en el sentido de determinación absoluta). Estilo particular es el de esta mujer que casi no se disfraza, muestra sin ambages su deseo y toma partido sin dudar, reflexionar o temer. El narrador la define entre el enigma y el acto, creo que está más cerca de lo segundo que de lo primero con esa rara manera suya de seducir. Su padre le dirige una carta sin nombrarla y a partir de ahí  habrá de buscar su nombre  (¿el suyo o el del padre?)  en cada tumba, por supuesto, sin jamás encontrarlo. La rueda circular de su bicicleta la lleva de lápida en lápida  en el vano intento de no toparse nunca con el freno de la muerte.

Roldán ya fue expulsado del paraíso y desde ese momento no le teme a nadie, ni siquiera a la sombra del  abuelo que parecía detenerlo en el cuento en que aparece el personaje por primera vez.  En este segundo momento un empleado es culpado impunemente y carga con el peso de la ley , eximiéndole a él para siempre de esta culpa. Precisamente por no haber sido marcado por esta ley puede cargar el arma y disparar sin dudar. Su manera de perpetuarse, de hacerse un nombre es mediante el pasaje al acto criminal, el asesinato. En esta novela es difícil encontrar una razón “moral”, sin embargo, asesinar a un padre que permitió que su hijo muera al caer de un árbol podría esgrimirse como razón suficiente. Al concretar el crimen su efectividad es tan certera como atinada: “al oprimir el gatillo había alcanzado la plenitud”. Más astuto,  esta vez no se dejará apresar fácilmente. “Se desafió a sí mismo apostando por la sombra de la muerte” y  ganó (al menos en esta novela).

El Coronel Castañeda infunde pavor con su “increíble capacidad de convencer y delirar”. Él también  estaba resuelto a perpetuarse en sus actos.  Su propio padre suicida le había marcado el camino en este sentido. El Coronel ya había degollado a alguien en su juventud y nada le impide violar a su propia hija o volver a matar. La tierra arenosa e inconsistente del hipódromo es una metáfora de su propio origen, de ese padre que se deslíe en la memoria y la palabra, quien en lugar de proponerle la lucha por la vida se instala voluntariamente en la muerte.  Víctima de sus propios fantasmas, rememora esos tiempos en que podía mirar desde el corcel, épocas donde la fuerza surgía como por arte de magia y él también se sentía “un ángel que va sacándole alas al caballo”.  Pero estas alas serían como las de Icaro, deshaciéndose en inequívoca muerte al final de la pista circular.

Actuar es causar o experimentar un acontecimiento. Ser activo o pasivo es tan sólo una posibilidad entre otras.  Nos interesan especialmente las frases que representan estos acontecimientos que determinan la estructura de la novela. A partir de estas confrontaciones1 podemos deducir una arquitectura. Las tres fases de un acontecimiento: su posibilidad, el acontecimiento en sí mismo y su resultado son formas de división artificiales que nada agregan  a la naturaleza de la confrontación: que ésta representa un acto decisivo y fundamental.

Existen actos por los que se destruye al otro (se comete el crimen), se cumple una tarea en conjunción con aliados que permite la eliminación del oponente. Roldán se inscribe en esta línea, con la presta colaboración de “dadores” como Lena y el Coronel Castañeda. En otra categoría de actos,  el aniquilado es el propio sujeto, quien se deteriora frente al sacrificio y por supuesto soporta un merecido castigo. En El viajero, el Doctor Kronz lleva sobre sus espaldas una culpa no pagada que lo impulsa al estatismo e inmovilidad. Viajar escapando es la única manera de cambiar su posición subjetiva. Cambiar de entorno, pero no de discurso. En La Sombra del Apostador esta figura es representada por el jockey, víctima pasiva hasta las últimas consecuencias, o sea, la muerte. Roldán, Lena y el Coronel son sujetos activos, actúan, mientras el Doctor y el jockey se someten pasivamente.

El acontecimiento es por definición breve, siempre puntual, acotado y efectivo mientras el desarrollo es una cadena de crisis donde el acto pone un límite a lo que podría devenir una metonimia eterna. Es posible agrupar los acontecimientos mediante un criterio meramente cronológico. En las novelas que nos ocupan, mientras la primera es más lineal y sigue un orden, la segunda altera la cronología, da saltos que le confieren un ritmo vertiginoso.  Las múltiples elipsis o supresiones de acontecimientos son la prueba de estos brincos. Aquellos puntos sin retorno, clímax dramáticos o momentos que cambian la situación, rompen una línea. Son los que aquí nos interesan; acontecimientos significantes que tienen gran influencia en el curso de una historia narrativa llevados a cabo por personajes redondos o complejos que sufren o perpetran un acontecimiento. Necesitamos gran variedad de datos para construir una imagen de estos personajes y en particular  precisamos definir sus transformaciones a lo largo de la obra. Transformaciones acontecidas para otorgarles la posibilidad de actuar. Como contrapuestos a dichos acontecimientos situaríamos las pausas, momentos en que el paso del tiempo se ralentiza.

Existen dos maneras opuestas de relacionarse con las acciones,  la manera del héroe y la del antihéroe. No están relacionadas con las categorías del bien y el mal sino con la actividad y la pasividad. Kronz, en la primera novela podría ser considerado un antihéroe, mientras Roldán, pese a estar en el camino del crimen y el mal, sería el héroe de la segunda.

Los acontecimientos tienen lugar en algún espacio. Si el movimiento es la transición de un espacio a otro, en El viajero hay una gran limitación de éstos, mientras en La Sombra se salta de un lugar a otro  sin pausa, en un ritmo que podríamos calificar de vertiginoso.

La puntuación e identificación de los acontecimientos como rasgos distintivos de la historia, marcan nuestro interés, perfilan un camino por la cual es factible avanzar en busca de sentidos. Nos interesa especialmente la capacidad de producir modificaciones definidas y determinantes del futuro. Ningún personaje, como tampoco ningún sujeto humano, permanece intacto después de un acontecimiento. La manera como los sucesos intervienen para transformar las vidas en las novelas nos posibilita una reflexión sobre nuestros propios actos y sus consecuencias para nuestra vida y la de algunos otros.

Las distancia lograda entre los actos imposibles y los posibles marcan una diferencia entre las dos novelas. Más arriba nos referíamos a un Dr Kronz todavía  nostálgico en El viajero contrastando con el nihilismo absoluto de la segunda novela, donde Dios que ha muerto definitivamente.

Escapar de esta espiral hacia el fin, es decir, la muerte, es la senda que guía a los personajes y a nosotros mismos en estas lecturas. Apostamos a poder decir algunas palabras con sentido antes que la sombra caiga sobre nosotros en ese viaje sin retorno.

 

Versión corregida del trabajo presentado en el Seminario El Universo literario de Javier Vásconez.