Siempre serán los escritores los más universales y cosmopolitas de entre los hombres. Su fácil capacidad para adaptarse a culturas diferentes a las suyas y hacerlas semejantes por las palabras hace del escritor un ser transparente para las fronteras, y tal vez también por eso tan perseguido. Comienzo este análisis sobre la obra del escritor ecuatoriano Javier Vásconez para justificar que, ante tal situación, son el estilo y las palabras de sus relatos los que únicamente delatan su procedencia. Y en este autor son probablemente tres elementos los que nos hacen descubrir su pertenencia al mundo que conoce y describe. Lluvia, ciudad y memoria van a ser los elementos que nos trasladen por su obra porque son las señas de identidad que hacen de Vásconez un escritor desde sus raíces proyectado hacia el exterior.
Si la primera es la cortina que separa su mundo del nuestro, la cascada a través de la cual penetra el lector en un espacio mágico para él, la ciudad es el paisaje elegido por el autor para representar la obra. Tras ellos la memoria será el brazo ejecutor de sus desvelos de escritor, de su mensaje de hombre que vive y recuerda, que recuerda imaginando a la vez lo que no es, o tal vez sí desde otro punto. La lluvia es mero pretexto que acompaña y guía, rosa de los vientos que sirve de punto de referencia. La ciudad es elemento esencial por cuanto que vertebra y estructura las historias que se narran y a las que da cobertura espacial. La memoria es el hilo conductor que traslada a los personajes adelante y atrás en el tiempo y, en definitiva, lo que les hace existir o llorar por lo que dejaron de ser.
1.- La lluvia
En la narrativa de Vásconez la lluvia mancha todo aquello que toca. Una lluvia intermitente y sucia que dura meses abre y cierra la novela El viajero de Praga. Una lluvia que no sólo es externa al hombre, sino que refleja su propio estado interior, en este caso, el del doctor Kronz, abandonado por Violeta, vacío y solo, que no le encuentra sentido al dolor del mundo, a pesar de tener que encontrarse constantemente con él por su profesión. Una lluvia común a todas las ciudades tristes, que invade no sólo los espacios externos, sino que se hace notar en los gestos cotidianos. Una lluvia que cambia el orden de las cosas y llega a alterar las rutinas cotidianas, y que hace que el hombre se sienta parte de un sueño superior a él.
En este sentido, el sueño aparece en la obra de Vásconez asociado con el agua o con la niebla. Llama la atención en todos sus relatos cómo los seres que los pueblan viven en un estadio intermedio entre la realidad y la ficción, como si aquello que les sucede no terminara de pasarles del todo. O como si encarnaran el poema de Octavio Paz en el que escribe: «Mis pasos en este calle/ resuenan en otra calle/ donde oigo mis pasos/ pasar en esta calle/ donde/ sólo es real la niebla.» Así, si en el relato «Un extrao en el puerto», el narrador inventa el contenido de una escritura que suplanta a la vida, en la novela El viajero de Praga, el protagonista camina en una ciudad sin armonía y triste, llena de seres marginales, ante los cuales tiene la impresión de «ver las cosas como a través de una cortina de humo», reproduciendo «en la realidad lo que antes había vislumbrado en algún sueño». Sueño y realidad que confundidos apuntan a la posibilidad cervantina o unamuniana de que otro ser superior también esté soñándonos a nosotros. Quizá por eso, los personajes de Vásconez saltan de unas obras a otras buscando su verdadera identidad, e incluso el propio escritor se busca a sí mismo como un personaje más de sus relatos.
De aquí que el único momento en que el hombre se acerca infructuosamente a los dioses es mientras está creando. Aunque al final, como ha escrito el autor, cada libro sea una «Renovada forma de fracasar».
2.- La imaginación
Escribe Vásconez en uno de sus relatos que «escribir es una forma de conjurar el descontento». Podría pensarse que el escritor se presenta, a la luz de estas palabras, como un hombre infeliz que busca el sentido en una vida paralela a la suya. Una vida construida con palabras, donde Él elige cómo son las cosas y hacia dónde proyectan su mirada las personas. No ha de extrañarnos, por tanto, que el narrador del relato que da título al libro «Un extraño en el puerto» empiece a perseguir por las noches con su imaginación a un personaje que le absorbe la vida y que se impone como una realidad superior a la de la propia existencia. También el lenguaje se contamina de la ficción, y el escritor emplea fórmulas verbales como «recordé cuando la vi por primera vez» cuando en realidad no es el recuerdo sino la imaginación la que está dando vida a este ser.
Imaginación y memoria se funden en la narrativa de este ecuatoriano hasta confundirse. La imaginación como sustituta de la vida es uno de los grandes temas que palpitan en las obras de Vásconez. En ocasiones lo que se nos muestra es el flashback del cinéfilo cuando lo que se imagina es la vida que se tuvo y se perdió, aquellos momentos que sólo imaginándolos vuelven a revivir ante nosotros. En su novela El viajero de Praga, la memoria es tan importante como lo que acontece en el presente. También Félix Gutiérrez, uno de los protagonistas del relato «Café Concert», ese lugar habitado por artistas e intelectuales, quiere regalarle a Gipsy, la cantante boliviana que alegra con su voz el local, el mar. Una sola mirada de aquel ser frágil le compromete a llevar el océano a que aquella mujer, cuyo único deseo es fotografiarse junto a sus aguas. En este caso serán una pintura y una cámara de fotos los instrumentos de la capacidad mágica del arte de transformar nuestras vidas, y llevarnos hasta los lugares que existen con más fuerza entre sus formas que en el propio mundo. Por eso, mientras él está fotografiándola, ella es consciente de su auténtica realidad, y empieza a cantar un canto de sirena que los une por un instante en su secreto. Después la vida se impondrá de nuevo, pero ya no podrá volver a ser igual, porque cuando se ha rozado, aunque sólo sea por un instante el milagro, éste salvará para siempre de la rutina y el desamparo.
No en vano las mujeres son en la obra de Vásconez umbrales en el tiempo; demostración total de que es con los personajes de Vásconez con los que realmente viaja el lector. En El viajero de Praga, por ejemplo, una novela donde las mujeres se suceden, éstas aparecen indicando al lector que el protagonista se halla en otro tiempo y espacio: Violeta y Olga: cuyos recuerdos se entremezclan trayendo de lo lejos el pasado gris ó viejo mundo de Praga; Isabel en América; o, antes en Barcelona, doña Encarna, la Roja. Y siempre, quizás eco también de la nostalgia, sugerencias de lo sexual que impregnan cada encuentro del autor con cada una de ellas.
3.- La ciudad
Si el rostro de los sueños para Vásconez coincide con el de la literatura, el de las pesadillas tiene el nombre de la ciudad. Por eso a Roldán, protagonista de «Un resplandor en la ventana», que visita por primera vez la ciudad, le persiguen las sombras y los gemidos a lo largo de las calles de una ciudad que le ofrece su rostro oscuro, hasta hacerle tocar los límites de la locura. También el lenguaje se tiñe del ambiente y lo retrata. La prosa se carga de metáforas que degradan la realidad y la animalizan. De este modo Roldán escucha el llanto de un niño que gime «como una perra en celo», «el olor se agazapa en la oscuridad de los patios», el protagonista siente que le invade una «culpa con mirada de perro», y los hombres o las sombras que le persiguen le hacen sentir como «un venado tras el que corren una jauría de perros».
La ciudad se transforma así en una alegoría del mundo opresivo en el que el hombre vive. Los personajes duermen en hoteles como exiliados de su propia vida. Roldán usa los recuerdos de su hacienda como un somnífero para evitar sentirse extranjero en sus sueños. Hoteles llenos de ruido donde hasta una mariposa en la habitación es el índice de la culpa y del miedo.
La ciudad es también un lugar de persecución. Y ésta es otra idea reiterativa en Vásconez, quien tiene una sorprendente capacidad para describir escenas románticas y mágicamente lúgubres. Algo del relato gótico se ha quedado prendido en su pluma y surge de manera especial cuando Ésta acelera los pasos huidizos de alguno de sus personajes. Pero hay aún más. La ciudad es también el lugar de la muerte. Así Camacho, el protagonista de «El secreto», se refugia en su capacidad de perfección para conseguir ser un dios con el único arte que es capaz de realizar hermosamente: el asesinato. Este poeta de la muerte usa el hotel como lugar de reflexión, lugar de imaginación de cada uno de sus asesinatos. La ciudad, en este caso, será el tablero de ajedrez donde Camacho realiza sus jugadas mortales.
Afirma Vásconez en una entrevista que le hicieron en Babelia: «yo entiendo que el poeta y el asesino aspiran a la perfección». Creo que difícilmente se puede encontrar una expresión que defina tan bien toda la concepción de la literatura de este escritor. La literatura o la perdición. El Camacho de «El secreto» o el Roldán de La sombra del apostadorson los dueños de abrir o cerrar la espita de la vida de sus víctimas porque el asesinato es su lugar de huida de la mediocridad.
En este sentido, para Vásconez la ciudad y el miedo se muestran como los dos rostros de una misma herida. La ciudad le ofrece al hombre el espejo en que mirarse. Es ésta y no otra la razón por la que los protagonistas de sus textos deambulan perdidos en un estado constante de extrañeza, midiendo con éste su capacidad de desarraigo y de soledad. Quizás sea ahora cuando mejor pueda evocarse la apoteosis a la que llega Roberto Bolaños en Los detectives salvajesal dejar caer a sus personajes sobre la urbe que los engulle y amamanta.
Pero la ciudad no es sólo el espacio físico que angustia, sino que es también el símbolo opresivo de unos comportamientos sociales hipócritas que se reflejan perfectamente en el relato «Angelote, amor mío». Un relato perfecto para descubrir la crueldad infinita que pueden alcanzar los hombres. En este texto, magnífico, un hombre, ante el cadáver de su amante homosexual, pasa revista a una relación que se ha forjado contra todo. A pesar de que la voz narrativa, en un monólogo ó diálogo denso y sentido, va dirigida al muerto, de quien se afirma que es un demonio por saltarse las leyes sociales, es al final del relato donde, tras el gesto cruel de la hermana del muerto, queda claro quién encarna el mal y quién el bien.
El mal por antonomasia se encarna ahora en la sociedad. Una sociedad hipócrita que rechaza a aquellos que no respetan sus costumbres. No es de extrañar, por tanto, que con este relato Javier Vásconez ganara la primera mención de la revista «Plural». Posiblemente, sea éste el relato en el que con mayor densidad expresiva se refleje la contradicción del mundo. El propio Vásconez ya recoge esta oposición en las palabras de su narrador, quien al dirigirse a su ante muerto, lo llama ángel, pero también demonio. Es éste un texto duro y crítico con el mundo que no permite que dos hombres se amen. Tema tabú, éste de la homosexualidad, «para casi todo el género humano», como llegaría a escribir Reinaldo Arenas y que en Vásconez se halla lejos de la frivolidad con que ha sido tratado por otros escritores como el peruano Jaime Baily.
En esta ocasión Vásconez es un ejemplo perfecto de las posibilidades infinitas del lenguaje como creador de realidades contradictorias: ternura y dureza conviviendo juntas en el idioma, ironía y patetismo, y al fondo de todo este lienzo de crueldad, la terrible soledad del hombre ante un universo que intenta hacer de él un miembro más de la falacia. Un mundo en el que la verdad y la mentira, como en la vieja historia tantas veces contada, han cambiado sus vestiduras y ya no es posible reconocerlas. Un ejemplo perfecto de cómo la literatura puede llegar a asfixiar. Cómo la mejor y más bella prosa puede conducir, desbocada, a la blasfemia. Pero las sociedades civilizadas, las que generan holocaustos y violaciones de todo tipo, no están preparadas para reconocerse en dichos actos. Y por todo eso paga el escritor: el Sade que desvela lo que todo el siglo XVIII conocía; el Canetti o el Primo Levi que han de tragar saliva antes de hablar, y respirar a pleno pulmón aún después de haber hablado. Y todavía hay quien duda. Y si el escritor no está manchado ya, lo acaba estando con la sangre de las víctimas que hablan por su boca; como Alejandra Pizarnik lo hizo con su relato sobre la condesa que asesinó a más de medio millar de doncellas.
Escribió Alfonso Reyes hace medio siglo que la literatura «no es una actividad de adorno, sino la expresión más completa del hombre». Desde esta perspectiva, sólo el escritor hace suyos el terror y la violencia de sus personajes, sus dolorosas frustraciones, sus identidades prohibidas, como la homosexualidad, con la que el autor persevera en luchas que vienen de atrás y de otros no menos célebres escritores latinoamericanos por el reconocimiento de las identidades, bien sea de carácter racial, político, religioso o sexual. Es el empeño por ignorar las risas de esa vetusta burguesía aristocrática que en cinco siglos sólo parece haber mudado el color de su piel, y a veces ni eso, pero que continúa expulsando a los judíos de sus barrios.
Por lo demás, qué decir de un autor que, además, sabe seducir al lector y hacerle olvidar las prisas desde la primera línea. Su escritura está pensada para leerse de un tirón; sobre todo en sus relatos, género que domina a la perfección y en el que figura con un estilo propio. Pero sobre todo, y esto es lo que hace de este autor un «escritor visible», pese a ser ecuatoriano, porque Vásconez domina el símbolo y la metáfora como pocos, y esto es, en definitiva, lo que ha caracterizado siempre a la mejor literatura: su pervivencia por encima de los arquetipos o merced a ellos. Su forma de narrar es cosmopolita en tanto que los personajes que enhebran la trama de sus narraciones son habitantes del mundo porque a él se han lanzado huyendo. La descripción de esta realidad es lo que hace de Vásconez un escritor dotado de una prosa cruda sobre cuyas líneas, sin embargo, penden mocárabes de realismo mágico que sazonan su escritura. Porque durante años, o tal vez décadas aún, va a ser muy difícil evitar que América Latina siga rezumando realismo mágico por cada uno de sus escritores. Y eso alimentará su literatura y la mantendrá viva a ella.
Paradójicamente, esta magia se contrapone con la oscura realidad que habitan sus protagonistas, pues los personajes de Vásconez atraviesan constantemente un desierto que tiene no poco de existencialismo.