En la mitad del parque Santa Clara de Quito -como en un cuento de Vásconez- hay una iglesia cuyos contornos se desdibujan al contacto con el día.
Frente a ella, en el segundo piso, vive un hombre de mirada extraña. Acostumbrado a la delicadeza de la ropa de pana y algodón, su caminar es un poco sosegado y su voz siempre expresa la seguridad de tener la razón, aunque sea solo para decir cosas triviales.
Ese hombre escribe cosas como estas: “Me acordé de sus ojos redondos y vivos, del perfil manchado de barro y sobre todo de esa mirada que no se volverá a repetir y que tal vez sea una invención mía o de la muerte”.
La mirada a la que se refiere el narrador es la de una chica muerta que ha visto hace pocos días.
Un cadáver de una belleza quieta y sucia que ha clavado sus ojos en el narrador, a la sazón un fotógrafo capitalino, aristócrata y fracasado. Una mirada hundida en la conciencia de su admirador, como un clavo roto.
La frase corresponde al cuento ‘El hombre de la mirada oblicua’, uno de los mejores que han salido de la pluma de Javier Vásconez (Quito, 1946). La frase con que finaliza ese relato es una clave emocional y plástica (los dos ámbitos que sostienen su estilo literario) de la nueva compilación de relatos Estación de lluvia, editada por el sello español Veintisiete letras.
La mencionada frase dice: “Como si todo fuese un sueño o la fotografía de un sueño que no acaba de ser revelado”. Esa sensación, precisamente, es la que dejan los cuentos de Vásconez: la de algo difusamente terrible que acaba de pasar y que nadie, o casi nadie, ha visto. Como una fotografía que, vagamente, revelase una vileza.
La edición lleva prólogo del novelista argentino Horacio Vásquez-Rial, quien asegura que si le hubieran hecho pasar este texto por una novela, él se lo hubiera creído sin problemas.
Y hemos de concederle razón si se atiende a esa subrepticia entonación a medias melancólica, a medias rabiosa, que hila el discurso de Vásconez.
O si se constata la oscura unidad temática que atraviesa sus cuentos: fotógrafos que buscan escenas imposibles, mujeres enloquecidas por el recuerdo de una infancia pomposa, médicos que toman cerveza con jinetes rufianescos en mesas de fórmica, escritores que se extravían en sus propias historias…
De todos sus libros de cuentos el escritor ha realizado una selección, excepto de uno, que decidió ponerlo entero: Invitados de honor’ De Ciudad lejana’(1982), ‘El hombre de la mirada oblicua’ (1986) y ‘Un extraño en el puerto’ (1998) se han incluido historias que más bien parecen los jirones de una historia más grande, más ambigua, bien lograda.
Los 17 relatos de la compilación (presentada en mayo pasado en Madrid y el próximo 30 de septiembre en Quito) sugieren un escenario propio que identifica -a la vez que les otorga significado- a todos.
Una calle, o el recuerdo de una calle; un árbol, o el rumor que produce el viento en sus ramas; un rostro, o la desfiguración que en él produce el tiempo… con esos huidizos insumos, con esas obsesiones ya maduras, Vásconez crea su mundo literario. Un mundo que quiere persuadir al lector que su vida está “en el centro de un sueño, quizás en el vacío”.
Publicado en el Diario El Comercio, el 23 de agosto de 2009