Relatos para reinventar el vacío

Sobre Un extraño en el puerto

Por Edwin Alcarás

En la mitad del parque Santa Clara de Quito -como en un cuento de Vásconez- hay una iglesia cuyos contornos se desdibujan  al contacto con el día.

Frente a ella, en el segundo piso,  vive un hombre  de  mirada extraña. Acostumbrado a la delicadeza de la ropa de pana  y algodón,  su caminar es un poco sosegado  y su voz siempre expresa la seguridad de tener la razón, aunque sea solo para decir cosas triviales.

Ese hombre escribe cosas como estas: “Me acordé de sus ojos redondos  y vivos, del perfil manchado de barro y sobre todo de esa mirada que no se volverá a repetir y que tal vez sea una invención mía o de la muerte”.

La mirada a la que se  refiere el narrador es la de una  chica muerta que ha visto  hace pocos días.

Un cadáver de  una  belleza quieta y sucia que ha clavado  sus ojos en el narrador, a la sazón un fotógrafo capitalino, aristócrata y fracasado. Una mirada hundida   en la conciencia de su admirador, como un clavo roto.

La  frase corresponde al cuento  ‘El hombre de la mirada oblicua’, uno de los mejores que han salido de la  pluma de Javier  Vásconez (Quito, 1946). La frase con que finaliza ese relato es una  clave   emocional  y plástica (los dos ámbitos que sostienen  su estilo  literario) de la nueva compilación de relatos Estación de lluvia, editada por el sello español Veintisiete letras.

La mencionada frase dice: “Como si todo fuese un sueño o la fotografía de un sueño que no acaba de ser revelado”.  Esa sensación, precisamente, es la que dejan los cuentos de Vásconez: la de algo difusamente  terrible que acaba de  pasar y  que nadie, o casi nadie,   ha visto. Como una fotografía que, vagamente,  revelase   una vileza.

La edición lleva prólogo del novelista argentino Horacio Vásquez-Rial, quien  asegura que si le hubieran hecho pasar este texto por una  novela, él se lo hubiera creído sin  problemas.

Y hemos de concederle razón si se atiende a esa subrepticia   entonación a medias melancólica,  a medias rabiosa, que hila el discurso  de Vásconez.

O si se constata  la oscura unidad  temática que atraviesa sus cuentos: fotógrafos que buscan escenas imposibles,  mujeres enloquecidas por el recuerdo de una infancia pomposa, médicos que toman cerveza con jinetes rufianescos en mesas de fórmica, escritores que se extravían en sus  propias  historias…

De todos sus libros de cuentos  el  escritor ha realizado una selección, excepto de uno, que  decidió  ponerlo entero:   Invitados de honor’  De  Ciudad lejana’(1982),  ‘El hombre de la mirada oblicua’ (1986)  y ‘Un extraño en el puerto’ (1998) se han incluido  historias que más bien parecen los jirones de una historia  más grande, más ambigua, bien lograda.

Los 17 relatos de la compilación (presentada en mayo pasado en Madrid  y el próximo  30 de septiembre en Quito)  sugieren  un escenario propio que identifica -a la vez que  les otorga significado-  a todos.

Una calle,  o el recuerdo de una calle; un árbol, o el rumor que  produce el viento en sus ramas;  un rostro, o la desfiguración que en él  produce  el tiempo… con esos   huidizos insumos, con esas obsesiones ya maduras, Vásconez crea su mundo literario. Un mundo que  quiere persuadir al lector que  su vida está “en el centro de un sueño, quizás en el vacío”.

Publicado en el Diario El Comercio, el 23 de agosto de 2009