¿Qué le parece la novela latinoamericana que intenta una representación en códigos realistas de conflictos sociales contemporáneos?
Me parece importante que América latina haya rescatado una corriente que en el mundo anglosajón hace mucho que se viene escribiendo. Novelas cuyo instrumento literario procede del periodismo: novelas con lenguaje claro, preciso, personajes arquetípicos y de poca hondura psicológica. Lo paradójico es que a diferencia de mi generación, en la cual los escritores parecían estar poco comprometidos literariamente con la política, muchas de estas novelas posmodernas, industriales como las llamo yo, están más comprometidas políticamente que las de mi generación.
¿Una estética subordinada a la ética?
Estos escritores utilizan la novela como balcón para exponer sus ideas. Demuestran casos extremos de violencia, de terrorismo, de racismo, de género y corrupción. Personalmente, las encuentro muy esquemáticas, aburridas, pues utilizan los mismos recursos siempre: no hay riesgo ni parece haber un desafío para quién las escribe.
¿Cuál es la poética novelística de Javier Vásconez?
A mi parecer una novela tiene como centro el lenguaje, su compleja ingeniería, algo enigmático que se percibe entre líneas. Posee una sintaxis específica que sostiene el resto del edificio, la historia y los personajes. Sí, por supuesto que me interesa el tratamiento del personaje. En mis novelas el lector se va a encontrar con un puñado de personajes cabalmente definidos: el doctor Kronz, Aníbal Ibarra, Lucinda, Saturnino Collaguazo, Violeta, Roldán. Un lector de ficción nunca olvida a los personajes que admira, ama o le parecen convincentes. En términos generales, uno olvida la estructura, el tono y hasta el estilo de una novela, pero nunca olvidas a un Fushía en La casa verde, a Larsen en Juntacadáveres, a D’Artagnan en Los tres mosquetero. En otros aspectos, toda novela es un homenaje a la memoria. Escribir es una forma de conocimiento, de recordar lo que no queremos olvidar, es una manera de ordenar ciertos episodios difusos, contradictorios que rondan por la niebla del tiempo. Mediante la escritura yo he podido deslizarme como un espía por el territorio secreto de la conciencia para obtener un mejor conocimiento de los personajes y de la vida.
¿Cuáles fueron los primeros narradores que influyeron en tu concepción del diseño de los personajes como forma de conocimiento de la condición humana?
Admiro incondicionalmente a Faulkner, lo considero el mejor escritor latinoamericano. Supongo que se lo ha leído más en Latinoamerica que en Estados Unidos. Pero claro hay muchos otros, Dostoievski, Nabokov, Rulfo, Benet, Conrad, Coetzee y Onetti, entre otros. Leo mucha poesía. Para mí la poesía es imprescindible. Sí, Vargas Llosa ha diseñado memorables personajes masculinos, pero nunca me han convencido los femeninos, siempre me parecieron un tanto resecos.
¿Cómo empiezas a escribir tus textos narrativos?
Cuando empiezo a escribir lo hago sin tomar notas; para arrancar sólo preciso una imagen concreta que generalmente procede de algún personaje en movimiento, alguna visión. O el ritmo de una frase que se repite, es lo que ocurrió cuando empecé La sombra del apostador. Mis novelas buscan satisfacer mi curiosidad humana, deseo descubrir quiénes son esas personas, a dónde van, cuáles son sus actitudes: los personajes buscan al autor para que este los desvele. El primer párrafo es el más difícil porque voy en busca del tono preciso, como alguien que sintoniza el dial de una radio para escuchar la música que desea. A partir de allí, me dejo llevar, y el primer manuscrito es totalmente diferente de la versión final. Corrijo doce, catorce veces cada novela. Escribo a mano y con estilógrafo, en un cuaderno de notas moleskine. Son manuscritos a los cuales sólo yo tengo acceso, están llenos de llamadas, de señales, de apartados, de flechas. Son mapas que a veces me cuesta descifrar…
¿Guarda esos testimonios de tu proceso creativo?
Algunos, otros los he regalado o tirado. Después paso todo a la computadora, allí es donde armo, corrijo, recompongo. Mi relación con la computadora es plenamente artesanal. En cambio, cuado escribo a mano siento que algo fluye de adentro hacia fuera, voy hacia lo inevitable…
¿Crees en la inspiración en el sentido de don divino semejante al genio romántico?
La inspiración aparece, se manifiesta, pero como una respuesta a muchas horas de trabajo, además está más cerca de los novelistas que de los poetas. Creo en los libros inspirados: Cien años de soledad, La ciudad y los perros, El astillero, La condición humana, El extranjero. El trabajo ayuda a la mente, a la imaginación y a la libertad para seguir adelante.
¿Cómo relacionas la búsqueda de individualidades en el mundo representado con la construcción imaginaria de la ciudad?
Me considero un escritor urbano. Casi todas mis novelas y cuentos transcurren en espacios citadinos. En ciudades como Quito, Praga, Londres, Barcelona o París. Sin embargo, no me cierro a la posibilidad de crear novelas que transcurran en otros lugares. La visión balzaciana de una ciudad no constituye mi ideal. Las grandes ciudades siempre fueron producto de la invención de los escritores.
Sí, las ciudades adquieren vida, toman cuerpo, sustancia escrita y memoria, cuando han sido recreadas por los escritores. Por citar algunas, el Dublín de Joyce, el Madrid de Juan Benet o de García Hortelano, Lima de Ribeyro o de Vargas Llosa. Porque es a partir de la literatura que estas ciudades han tomado sentido, han cobrado vida. Algo semejante he intentado con Quito, no me interesa retratarlo, sino inventar un Quito personal, crepuscular, melancólico, un tanto lluvioso…
¿La tradición novelística ecuatoriana es incipiente, te sientes padre o huérfano de la novela ecuatoriana moderna?
En Ecuador hay una larga, sostenida y compleja tradición en la poesía; en la prosa existe tradición en el cuento: “Un hombre muerto a puntapiés” (1927), de Pablo Palacio es un relato magnífico y un antecedente temático de A sangre fría de Capote. José de la Cuadra, Oñate, Valencia y Pérez Torres han mantenido vivo ese género.
En Ecuador, hay buenas novelas, pero no existe una tradición novelística como en el Perú o en el Río de la Plata. Esto puede producir un cierto desamparo. Mis filiaciones literarias van más allá de las fronteras nacionales, de modo que me considero un escritor de la lengua española… Es a lo único a lo que uno debería rendir cuentas.
