Tiene la fortuna de ser coherente en un mundo en el que pocos lo son. Javier Vásconez es una rara especie… es de los pocos escritores que no se ha doblegado ante los designios tentadores de los cargos políticos en su país. Vásconez escribe a diario. Primero, en sus cuadernos Moleskine y luego corrige en su ordenador Mac. Revisa los borradores, las hojas sueltas con párrafos y frases que ha escrito de forma caótica y en desorden. Así esboza historias que, más adelante, van a enriquecer su amplio y complejo universo literario. Vásconez es un escritor al cien por ciento: lee incansablemente, corrige mucho y vive para la literatura.
Poco a poco ha dado vida a personajes tan diversos como el doctor Kronz de su novela El viajero de Praga, sobre la cual han escrito con admiración tanto Rafael Conte como Juan Villoro. O como Roldán, el protagonista de La sombra del apostador (novela finalista del Premio Rómulo Gallegos); Félix Gutiérrez, el fotógrafo de la ciudad; el jockey Aníbal Ibarra; Ana Bermeo, la vagabunda del cuento “La carta inconclusa” (incluido en su libro Estación de lluvia); Adela la hermana melancólica de Jorge, Papi George, y también el joven Jorge Villamar, protagonista de su última novela, La piel del miedo, de la que el crítico Ignacio Echeverría escribió: “Todos los elementos que caracterizan la narrativa de Vásconez comparecen en estado de gracia en esta sugerente novela escrita con la penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente”.
Desde un sillón de su estudio tapizado con caligrafías chinas el escritor habla del miedo en la literatura. Está sentado junto a una fotografía de Kafka que sostiene entre sus manos un ejemplar del diario El País. Dice citando libremente a Benet: «El hombre, como buen animal, soporta el temor con la misma tolerancia que el conejo. Lo que no soporta es el miedo, pues eso lo convierte en un gusano».
Vásconez invoca y convoca a su propia ciudad en las páginas de sus libros. Ya sea en el Café Madrilón o en el Bar Sylvia donde el doctor Kronz se reúne a jugar ajedrez y fumar en las tardes lluviosas de Quito, este médico procedente de Praga que un día llegó a la “línea imaginaria” y se hospedó en el Hotel Majestic cuando llegó a la línea imaginaria. Pero Vásconez también convoca a sus personajes en el Mariposa Negra donde la cantante Fabiola Duarte hará su mejor show; en el hipódromo de La Carolina; en el jardín de la vieja casona construido por el catalán Jordi Sorella; en el cuarto de la casa en donde el miedo se apodera del niño Jorge y se vuelve el tatuaje de su alma; en el viejo cementerio de San Roque de su novela Jardín Capelo; en el mar inexistente y soñado por el escritor J. Vásconez del cuento “Un extraño en el puerto”; en la visión lluviosa, insistente, de una ciudad que no parecería tener otra opción que la de existir solamente en los cuentos y en las novelas de Vásconez.
A Vásconez le va más la ironía y el humor negro que las aburridas (y a veces acaloradas) opiniones políticas de la actualidad de su país, las militancias o el quehacer de los caudillos latinoamericanos; entre carcajadas y gruñidos reniega de algunas absurdas teorías y desconfía del sicoanálisis… Él ha puesto toda su lucidez, todos sus sentidos, en crear un universo literario propio, reconocible, alimentado de palabras y de recuerdos, de sueños, de relatos de infancia, con una visión muy personal de la mujer, el amor, la muerte, el miedo o la huella dejada por un sicópata como el de la nouvelle El secreto.
Es amigo de la noche y enemigo de lo políticamente correcto, de las posturas de moda, de los lugares comunes y de los estereotipos, prefiere ir a lo suyo: la literatura a tiempo completo, aunque eso sea ir a contracorriente. Cinéfilo apasionado, enamorado de las mujeres despampanantes, de piernas largas, de sedosas cabelleras y bocas rojas, de quienes algo tienen impregnado las mujeres que recorren las páginas de sus libros. Entre sus filias, las novelas de género, las policiales o de espionaje; entre sus fobias, la novela histórica o el relato costumbrista.
Vásconez sin duda ha inventado Quito y se ha dado mañas para vincularla y prolongarla en sus novelas y cuentos con Praga, Barcelona, Londres, y París. Una ciudad adormecida a los pies del volcán Pichincha, con hipódromo y con mar imaginarios…
Para construirla, ha recorrido sus calles, sus tabernas, sus parques y plazas, su hoteles y cementerios. Si el lector ha conocido París por Balzac, Buenos Aires por Borges o quizás frecuentó Barcelona gracias a la pluma de Juan Marsé, conocerá Quito, sin duda, por las novelas de Vásconez. Ese escenario para el crimen perfecto, el desarraigo o para las visitas extraordinarias de escritores como John Le Carré, Nabokov o Faulkner. Ellos son las voces que lo acompañan, que lo persiguen, que habitan en él y que comparten su mundo de moscas y de mariposas, de viajeros, de mujeres raras, de apostadores, de asesinos de niñas y secretos guardados, de tatuajes, de niños aterrados por el miedo escuchando tras las puertas las conversaciones de los adultos.
Vivir para la literatura… eso tiene su precio… le ha costado deshacerse de algunas heredades que le quedaron de lo que un día fue esa rancia “aristocracia” quiteña, hoy borrada del mapa… También ha sido editor independiente de poetas y escritores con la certeza que nadie los leerá. Alguna vez se deshizo de una magnífica araña digna de salón principal de un caserón quiteño, y con ese dinero pagó unos meses de renta y se fue a encerrar en un hotelucho de la Gran Vía en Madrid; otras veces se ocultó como un “espía” en algún hotel del centro de Quito, para poder escribir en paz con el espacio justo para él, sus cuadernos y los pobladores de sus cuentos y novelas a quienes encontraba, de reojo, deambulando por la calle que apenas divisaba desde una minúscula ventana.
Vásconez tiene lectores fieles. Porque fiel ha sido él con su obra —y con la obra de los autores ecuatorianos, que le deben algunas bellas ediciones. Desde Ciudad Lejana su primer libro de cuentos, hasta La piel del miedo, su más reciente novela, el escritor ha caminado firmemente por los terrenos sinuosos de la condición humana, cargando el peso del país andino, de la montaña que oculta a sus habitantes, del silencio de la prensa o de las intrigas del mundillo cultural. Debe ser por eso que Vásconez inventa otra ciudad, página a página, borroneando, corrigiendo mil veces, con la angustia de que a veces, ser coherente, obstinado, y vivir para escribir, parece no ser suficiente.