Caballos de silencio que llegaron
con sus pisadas de algodón al sueño,
¿qué cordilleras del largor doblaron?
y ¿en qué boscajes de aterido leño,
fantasmas de la niebla, sollozaron?Gonzalo Escudero, Estatua de aire (1951)
Borges repite en incontables líneas que una de las metáforas más arraigadas en lo humano es aquella de que la vida es un sueño. Es sabido que para Borges la literatura es la vida, por lo tanto la literatura es un sueño, “un sueño dirigido y deliberado”1, diría. Como todo tópico que se respete, éste ha sido refinado: podría decirse que la literatura es la memoria de un sueño. Todo escritor condensa los restos dispersos de visiones, recuerdos, afanes. Une lo Otro, regido por su personal y azarosa necesidad, para darle un rostro renovado a lo Mismo. En la alquimia de la escritura se opera una de las infinitas condensaciones posibles, pero, en el fondo sucede lo que Addison señala: “el alma, cuando sueña, es teatro, actores y auditorio.”2
Marcel Proust “hijo de Hipnos, capaz como Morfeo de utilizar su flor de adormidera para borrar o disolver, al crear un nuevo sueño al anterior”3, escribió en su inagotable novela: “ocurre con el sueño como con la percepción del mundo exterior. Basta una modificación introducida en nuestras costumbre para tornarlo poético; basta con que al desnudarnos nos hayamos quedado sin querer dormirnos sobre nuestro lecho para que las dimensiones cambien y su belleza sea percibida.”4 Su belleza o su horror.
Hay escritores que introducen a su auditorio al sueño o a la pesadilla de sus páginas. Son aquellos inasibles, los que nos dejan mudos e incapaces de contar del paso nada que no sea balbuceo. Sería como intentar narrar el Big Bang o el momento mismo de la Creación. ¿Cómo doy cuenta de los infinitos fragmentos de la conciencia del Marcel, de Proust? Lo traduzco, es decir lo traiciono. Solo cuando estoy leyéndolo participo de las leyes arbitrarias del sueño. Pasa con Faulkner y con Onetti, novelistas aficionados a la ebriedad (más que al alcohol). Soñadores doblemente nocturnos.
Como en la vida de una persona, en la literatura, los sueños que deben ser atendidos son aquellos que se repiten. La repetición es una llamada de atención al sentido y es, en una obra literaria individual, el cincel que talla la memoria de esa obra. La permanencia de una imagen se consigue citándola y recordándola inevitablemente. Esa es la forma a través de la cual la obra de un escritor va adquiriendo el espesor de la vida misma, vale decir un pasado o una sensación de Tiempo. La obsesión de Borges por los espejos proviene de un sueño de infancia transformado, a lo largo de decenas de libros, en marca del autor. La constante visita a las fatales preguntas individuales convierte la obsesión biográfica de un escritor en huella digital, en firma; pero también en liberación, es decir en estilo.
Javier Vásconez (Quito, 1946) pertenece a la estirpe de narradores nocturnos. Sus imágenes vienen y van una y otra vez idénticas y, al mismo tiempo, transformadas como la lluvia. En lo que podríamos llamar el nivel de la conciencia, el ángulo más visible de esta recurrencia está en el paso que sus personajes hacen de un libro a otro. El regreso de ellos corresponde al de los amigos o conocidos a los que no vemos en años y que en cada reencuentro aparecen más completos o desdibujados, más contradictorios o momentáneamente indivisibles. Pero, como en todo artista fiel a la escritura como búsqueda, en los libros de Vásconez hay una gran cantidad de cuerdas invisibles (me apropio de esta inspirada metáfora de los físicos actuales) que vibran imperceptiblemente y que van creando una música casi inaudible, dispuestas para sostener el conjunto con lazos subterráneos y misteriosos.
A lo largo de más de veinte años de escritura, en los cuentos y novelas de Vásconez hemos asistido al largo sueño de los que son soñados. En medio de una ciudad difuminada por las palabras y las pasiones de los personajes, se han filtrado recurrentes presencias fantasmales que ya forman parte del detalle en el cuadro. Alguien dijo que en el detalle está Dios. Yo no lo dudo. Muchos de esos detalles corresponden al mundo de los objetos y los lugares; y otros, al mundo de la Naturaleza. Es posible seguir la pista de varios animales que, a la sombra, acompañan a los hombres y mujeres que Vásconez ha ido reviviendo en sus libros: perros amarillos, gatos con nombre propio, mariposas, moscas impertinentes, pero, sobre todo, caballos.
Un antiguo proverbio árabe dice que el caballo es un regalos de Dios a los hombres. Los hombres hicieron de él una suntuosa arma de su poder y una de las imágenes del vértigo y la libertad. Vásconez escribe Ciudad lejana como el exorcismo del pasado de la ciudad de Quito. El mundo decadente que se derrumba es pintado con hilachas de su historia pública y privada. Los legendarios conquistadores aparecen deformados en sus lejanos herederos. Muchos de ellos están congelados en estampas ecuestres, al borde de convertirse en monumentos muertos. El primer cuento de este libro inaugural es “Historia secreta de una campanilla”. Una vieja matrona, inmóvil en su cama, es atacada por los espectros del pasado. El General Juan José Flores, fundador de la República, ha tomado el lugar de los centauros españoles, certera forma de sintetizar la ilusión de la Independencia. La agonizante dama recuerda el día de la victoria: “ardiente evocación del General que alguna vez penetró en la Plaza de la ciudad montando un garañón de paso corto, castigado bajo el radiante sol de mediodía, mientras sonaban a su espalda, con furor de fiesta, las trompetas, los tambores y los timbales en el atrio de la catedral.”5 Pero el tiempo deforma las cosas. Las alturas gloriosas del General a caballo se han transformado en la imagen de una ficha de juego: “Montando una pieza de ajedrez tallada en jade, porque luego cambiará el rumbo de la historia.”6 Ahí la dualidad del símbolo: el caballo como arma de gloria que el tiempo ha ido moldeando hasta convertir en pieza del juego. Vislumbro aquí el destino de un enorme número de empresas humanas. Pero, como el Caballo de Troya, esa maquinaria fantástica diseñada para la sorpresa, los caballos que van apareciendo en Ciudad lejana anticipan otros sentidos. En el cuento “La marquesa”, los caballos toman la forma de la pesadilla y anuncian la muerte, al igual que los animales del Apocalipsis. El Mariscal Sucre, héroe y promesa de un nuevo tiempo, es asesinado a traición. Su amante esposa lo sabe por los nocturnos mensajeros que, como muchas veces, disfrazan la muerte en el equívoco aliento de Eros:
En algún lugar del sueño había aparecido un caballo encabritado, echando abundante espuma por los ollares, un caballo cuya pestilencia ella aspiraba con placer. Al escuchar los gritos del jinete supo que habían asesinado al general en Berruecos y entonces se sintió Santa Lucía, y cubriéndose los senos con la mano se convirtió en una serpiente enroscada en las patas de una bestia enfurecida que el jinete ya no podía sujetar.7
Otra cara de esta misma imagen se repite en el cuento “Eva, la luna y la ciudad” cuando Eva escucha los sollozos del fantasma de una niña que pena en la vieja casa del centro. Esa niña es una proyección en el tiempo de la anciana de las campanillas: “La niña caminaba con actitud pausada y grave tras el caballo, ignorando su destino. Pues aquel coronel carcomido por el odio y la ambición supo ultrajarla con calculado acierto, cuando apenas contaba doce años, al ponerla en manos de la Rusa para que ésta la iniciara en los secretos del amor.”8
Trece años después cuando se publica El viajero e Praga estos mismos caballos vuelven a cabalgar. Violeta y el doctor Kronz disfrutan de la cima de su felicidad en el verano andino. Cuando todo va a terminar, ella anticipa el final por el anuncio de las bestias:
volvió a oír un tropel de caballos galopando en el sueño y contra el viento. Atravesaron a la carrera algunas calles y siguieron galopando bajo el crudo resplandor de la luna en dirección a las altas, insondables colinas a las que ella nunca llegaría. (…) los caballos extendieron el cuello para alcanzar el borde de la luna oculta entre los árboles. Luego se fueron acercando, y ella se abrió entre falsas risas el vestido: los caballos le cubrieron la cara y los pezones con una baba tibia y espesa (…) los caballos poseían un tono verdoso que después había de asociar a la muerte.9
También en El viajero de Praga los caballos del conquistador reaparecen. Ahora los jinetes se han convertido en monstruos o, más bien, en grotescas sombras de los antepasados. Kronz naufraga en un páramo altísimo, un indio aparece ante él como un vampiro asustado. El galope de los caballos irrumpen en el silencio y el indio huye despavorido. Kronz, el testigo, ve a los jinetes que se aproximan:
Cuando detuvieron los caballos frente a él, comprobó que los hombres eran idénticos. Al verlos de cerca, no obstante, descubrió que la diferencia estaba en las orejas (…) Ambos tenían el cabello del mismo color, de un color oxidado como el que se encuentra al fondo de los radiadores, pues no era un rubio normal sino un color de muerte y descomposición (…)Y como el oscuro pasaje de un sueño, los dos se inclinaron para examinarlo y se rieron al unísono de algo que se dijeron al oído mientras uno de ellos sostenía con firmeza la carabina (con la otra mano sujetaba las riendas del caballo). Ahora que los había visto de cerca, sintió a dos pasos de él esa mirada cruel y maliciosa junto a la respiración de los caballos.10
Los caballos de la conquista ceden el paso a juguetes simuladores que parodian la nobleza y el poder que tuvieron en el pasado. Así como Cervantes convierte a los imponentes corceles de los caballeros andantes en una caricatura llamada Rocinante, Vásconez transforma a esos lejanísimos héroes en un niño autoproclamado caballero que se pavonea ante sus compañeritos de escuela sobre el lomo de un “brioso bayo andaluz”11. Algo de surrealista tiene esta imagen. También Roldán en su primera aparición (“Roldán, el misterioso”) simula el poder cuando él mismo, borracho y violento, finge ser un caballo: “Roldán lanzó un grito asesino, al fin tenía cuatro patas al igual que los caballos de su abuelo.” El recuerdo del abuelo le tortura. El Coronel Castañeda representa “un invencible conquistador el Valle, como un desolado jinete que galopa sin descanso al dorso de una moneda.” Y Roldán, en cambio, es “un hombre deforme (que) es igual que un caballo ciego.”12
El abandono de la ciudad barroca aparece con nitidez en “El jockey y el mar”, primer cuento del segundo libro de Vásconez, El hombre de la mirada oblicua. El galope del caballo de Lagos representa la huida del encierro y la asfixia. El mar se abre ante el escritor como una promesa de nuevos rumbos. El jugador vive su íntimo momento de libertad. El caballo del cazador se ha transformado en Pegaso. El héroe oficial es ahora héroe anónimo. Está solo ante sí mismo. Lagos le cuenta al doctor Kronz (que nace en este cuento) el día en que acarició la victoria, mientras corría en Salinas:
así que montando un caballo flojo, sin mucha alma, por el cual nadie había apostado un centavo, me alejé hacia el punto de partida (…) De repente el horizonte se abrió por completo. Y corría con tal seguridad sobre ese caballo que poco a poco iba dejando atrás las olas y ahora avanzaba con el viento y era como si estuviera volando entre las gaviotas que seguían atropelladamente la carrera.13
Atrás queda la ciudad vieja, pero también una escritura. Mientras los primeros cuentos se esmeran principalmente en la descripción, en la elaboración escenográfica; este segundo libro quiere narrar. La nueva ciudad pide movimiento. No hay, sin embargo, un giro hacia la acción en sí misma, sino una búsqueda de renovación, producto del refinamiento en la percepción que Vásconez ha ido haciendose de su realidad y, simultáneamente, de la literatura.
El caballo alado en el que Lagos vislumbra la felicidad esconde también su rostro salvaje. Como una fuerza indomable, el animal se desboca en la carrera y desobedece al jinete: “Ese maldito caballo no daba señales de querer detenerse, y seguía corriendo y corriendo, por esa playa interminable (…) aunque ya habíamos pasado la señal de llegada.”14 Así mismo sucederá en la historia literaria de Vásconez. El caballo entrará airoso, algunos años después, en las páginas de la magnífica novela La sombra del apostador; pero no solo será la visión del caballo que corre en el hipódromo como puesta en escena de una libertad reservada a la memoria del vasto páramo o de la playa abierta, sino como centro argumental que encierra un crimen. Tanto en el cuento como en la novela mencionados, las víctimas serán los jockeys y sus muertes responderán a idéntica confrontación: una lucha de poder. Lagos, el personaje del cuento “El jockey y el mar”, ha envejecido y el Coronel lo humilla proponiéndole un trabajo de salonero. Él decide vengarse y mata a una de las mejores yeguas de su jefe. Esta escena es la semilla del tono conjetural que es la clave narrativa de La sombra del apostador. A través de la imaginación de Kronz revivimos la muerte del animal:
Debió escuchar a los perros del vecindario ladrando enloquecidos cuando accionó el picaporte de la pesebrera. Debió imaginar sus movimientos, el esfuerzo de su brazo para sujetar bien a la yegua en la oscuridad (…) ahora podía verle la cara, su mano paternal y asesina, presionando aquí y allá el cuerpo de Miss Dora, y quiso imaginar la violencia demencial con que hundía el cuchillo y lo sacaba y lo volvía a hundir…15
Este acto, a su vez, le costará la vida a Lagos. Kronz supone que su compañero de juego (ambos apostaban a los dados) fue asesinado porque su cuerpo ha sido hallado en la cuneta de una carretera de la Costa. Lo único que le queda al doctor Kronz es armar un rompecabezas y producto de sus recuerdos y de su imaginación nace este cuento tan significativo en las indagaciones artísticas de Vásconez.
La sombra del apostador es también la historia de un asesinato. Ahora se pretende matar a otro jockey: Aníbal Ibarra, y las razones son, nuevamente, el poder y, además, la codicia. Esa es la anécdota central, pero la novela se destaca en tanto se constituye un territorio imaginario propio de Vásconez, como fruto de años de escritura. La gran carga de memoria que la novela tiene proviene del pasado con el que el escritor ha dotado a sus personajes y a su literatura. La ficción se despliega como un mundo paralelo diseñado con la arquitectura del sueño cuyas leyes solo responden a la necesidad de la propia novela. Muchos lectores nostálgicos han buscado en La sombra del apostador las huellas de El viajero de Praga, sin recordar que cada novela, para estar viva, debe constituirse en un reino autónomo. Es posible que las artes visuales nos hayan acostumbrado a la producción el serie, pero la novela es, como ha dicho un importante crítico, uno de los últimos productos hechos a mano.
El mundo de La sombra del apostador está habitado por simuladores. Los apostadores son simuladores. Este rasgo no solo tiene que ver con la percepción que probablemente Vásconez tenga de un paisaje humano específico (Quito, los Andes), sino se ha convertido en un coherente recurso para diseñar la novela. El cronista que narra la gran carrera no hace sino inventar o imaginar o adivinar esa historia. Lejos está la novela clásica y su confianza en la voz que todo lo sabe (Dios). El narrador de La sombra del apostador toma el rostro del simulador. En consecuencia, la posibilidad misma del conocimiento se cuestiona. ¿Qué puedo, en verdad, saber de los otros? Poco o nada. Todos guardan un secreto, un as bajo la manga, más aun los apostadores. Y es que en todo apostador se esconde un tramposo porque, a diferencia del jugador que Dostoyevski tan magistralmente retrata, el apostador quiere ganar; en cambio, el jugador contempla, perplejo y fascinado, los enloquecidos designios del azar. El alcalde de la ciudad contrata a Roldán para asesinar al jockey y así ganar la carrera, y el Coronel ordena a Ibarra perder la carrera porque quiere ganar el dinero de las apuestas. Mientras el gran día se acerca, los hilos que tejen la novela se van uniendo casi imperceptiblemente hasta formar un conjunto de enorme fuerza estética. El contraste frente a la oscuridad moral de los protagonistas, se logra a través de personajes como Lena, la misteriosa mujer que acompaña incondicionalmente a Roldán. A diferencia de los apostadores que quieren conquistar el poder gracias a la derrota de un caballo, ella deambula por la ciudad, pedaleando una bicicleta. Lena es una jugadora. No en vano es rusa, y no en vano se puede distinguir entre la inmoralidad (que, planteada por un novelista, implica la crítica como sustrato de toda gran novela), y la amoralidad que escenifica el dilema moderno de la libertad ilimitada, es decir, trágica.
En el capítulo 20, casi al final de La sombra del apostador, Roldán acude al hipódromo para matar a Aníbal Ibarra, y Vásconez consigue uno de los momentos más logrados de su novela. En un asombroso equilibrio entre pausa y velocidad se desarrolla la narración. Para crear una distorsión elocuente, la imagen del jockey está enfocada en un primer plano cinematográfico, pues Roldán acecha a su presa a través de la mira telescópica del arma. El ritmo narrativo oscila entre el vértigo de la carrera y la parsimonia de la conciencia de Roldán: “Ahora era otro hombre, y lo sabía, pero ya no le importaba. En esa mañana de agosto quería estar solo, sin rendirse a las trampas de la compasión, cuando localizara al número ocho y empezara a disparar.”16 Pocas líneas después, el caballo de carreras irrumpe en la escena con toda la fuerza de la cual le dota la admirable prosa de Vásconez: “Apareció Solimán justo después de la curva. Aníbal Ibarra parecía volar encima de él, mientras tomaba impulso con las rodillas. Tenía la cara pegada al cuello del animal. De pronto cambió la línea para rebasar por la derecha. Ahora el caballo avanzaba radiante y como un huracán por la pista.”17 Finalmente los tiros de gracia que congelan el cuadro en un acercamiento insospechado: “Fue cuando apuntó y disparó con seguridad dos veces seguidas con la cabeza cubierta por la chompa. De inmediato sintió el relámpago de muerte, aunque el caballo siguió adelante sin perder el equilibrio.”18 Las carreras las ganan los caballos. El momento de la victoria pasa a narrarse como una lejana evocación, con lo cual se añade un nuevo efecto de sombra a la novela: “Ahora, al cabo de los años, he vuelto a recomponer la escena, pero entonces no fui capaz de entender lo sucedido. Aturdido por el sonido ensordecedor de los parlantes, asistí al acceso de pánico y a la vez de regocijo entre los que apostaron por aquel caballo. En todo caso, Solimán alcanzó victorioso la meta mientras arrastraba el cuerpo del jockey con la bota enganchada al estribo.”19
El caballo vuelve a ser heraldo de la muerte, pero Solimán sobrevive y en el pasaje más asombroso de la novela lo encontramos encerrado, cautivo en la casa del Coronel. Nuevamente será el doctor Kronz, junto al narrador, quien testifique la desproporción de la pesadilla:
El doctor y yo nos habíamos preparado para todo, pero no para lo que íbamos a presenciar. Menos aún para resistir la violencia y el miedo con que reaccionó aquel animal, cuya presencia resultaba anacrónica en la habitación. Alzó la cabeza y los ojos le brillaron bajo el fulgor de la araña. El caballo era enorme, nervioso, y parecía estar acorralado, arqueando el cuello y emitiendo más de un ruido peligroso. Al vernos entrar retrocedió hacia la ventana, pisando una botella de vodka tirada en el piso, hasta que terminó por derribar un alto budoir con patas de león donde reposaba un jarrón de plata. El estrépito producido por la caída lo enloqueció aún más, y entonces saltó limpiamente por encima de la cama, rozando con los cascos las sábanas llenas de sangre. Fue un salto salvaje, intempestivo, arrollador, como si volara por lo alto para ir a caer pesadamente al otro extremo de la cama. Como no podía continuar la carrera, ya que tenía enfrente la pared con los cuadros y las fotografías de la familia, recobró la calma y se detuvo delante del retrato de una niña vestida de blanco, enmarcado tras un óvalo de cristal. Allí se quedó resoplando y cubriéndolo con el sucio vaho de su respiración.20
He citado íntegramente la aparición de este caballo porque concentra la obsesión de Vásconez por estos animales y los variados sentidos que a su presencia les ha ido atribuyendo en sus libros. Este caballo cautivo vuelve a preceder al horror. El incesto entre el Coronel y su hija Sofía queda al descubierto como el secreto guardado con admirable pericia a lo largo de toda la novela.
La carrera y triunfo de Solimán no será la última aparición del símbolo que representa el caballo en el imaginario literario de Vásconez. En 2004 publica Invitados de honor, en donde está el relato “Billy”. Ahora el artista, personificado en William Faulkner, se convierte en personaje del escritor quiteño. Esta es una apropiación legítima. De eso se trata, justamente, la lectura y la escritura: un permanente intercambio de identidades y máscaras. En una admirable amalgama imaginativa, el autor de Luz de agosto, aparece, en el cuento de Vásconez, como él mismo, como la suma de su literatura y como un huésped en la casa de un lector con quien comparte, entro otras cosas, la afición por los caballos. Vásconez hace venir a Faulkner a Quito para dar una conferencia. Fiel al carácter de jugador del caprichoso novelista, Billy prefiere convertirse en improvisado jockey, antes que asistir a la Casa de la Cultura. Entonces vemos a Billy corriendo en el destartalado hipódromo que Vásconez ha inventado. Nuevamente el atisbo de libertad: “Podía seguir corriendo esa mañana, y la siguiente, hasta alcanzar la oscuridad del sol, sin posibilidad de vislumbrar en el horizonte la ladera del volcán.”21, pero los caballos anuncian la muerte. La victoria será inminente, pero solo para el caballo: “Parecía que iba a concluir la carrera, favorablemente para Billy, hasta que unos segundos antes de cruzar victorioso la meta, Lucio cambió peligrosamente el paso, traicionando la cadencia natural del galope (…) Billy salió despedido por los aires, tras haber perdido el equilibrio haciendo una pirueta de rana sobre la montura.”22
Este pasaje me ha recordado el mito griego en el que Pegaso (a quien, por cierto, se le atribuye haber creado el manantial que es fuente de la inspiración poética) castiga a Belerofonte, derribándolo al suelo pues su orgullo le ha llevado a volar hasta el Olimpo para estar junto a los dioses. Tal vez algo de esta mítica caída siga hablándonos del artista y su destino quien, al igual que el príncipe de Corinto, vaga rechazado por los inmortales, pero permanece atento al sueño de los mortales.