“Sin duda todo el mundo conoce los dos interrogantes que se le plantean con más frecuencia a cualquier novelista: ¿de qué trata su libro?, ¿es autobiográfico? Estas preguntas y sus respuestas nunca han tenido para mí excesivo interés; si la novela es buena, tanto las preguntas como las respuestas son irrelevantes”, escribe John Irving en la introducción a una nueva edición de su famosa novela El mundo según Garp. Esto es verdadero en todos los casos y particularmente en el de La piel del miedo, la reciente novela del escritor ecuatoriano Javier Vásconez, porque se trata de literatura de la buena, de calidad universal. La intachable prosa del autor quiteño fluye con precisión para relatar una historia ambientada en el Quito de los años 50 y 60, pero cuyo tema trasciende la época y nuestras fronteras.
Si una buena novela admite diversas interpretaciones, entonces un eje temático en Vásconez es la importancia determinante de la función paterna, ejercida por el progenitor o por su representante, para la construcción de una identidad masculina adulta y para la posición de los sujetos de ambos sexos en su relación con lo social y con lo político. Uno de los efectos del logro o el fracaso de la función paterna es el vínculo diferente que cada uno tiene con ese afecto fundamental que es el miedo. En el personaje creado por Vásconez, la consecuencia es el miedo inhibitorio que lo convierte en mero espectador. En otros, sería el gesto de ignorarlo para lanzarse estúpidamente a las fauces del lobo, o eludirlo metiendo miedo a los demás, o reconocerlo en uno mismo para poder enfrentarlo.
Jorge Villamar, el personaje de la novela, está marcado por un padre violento y a la vez ausente, quien es a su vez una víctima de la violencia política en una época (hace medio siglo) donde los gobernantes ecuatorianos disponían de gorilas para dar palizas a los escritores y periodistas adversos, o para humillarlos anulando el carácter metafórico de la expresión “hacer comer mierda”. Hoy en día, el poder dispone de suficientes jueces, fiscales, publicistas y canales de televisión, para investir a la intimidación de una apariencia legal y simbólica. Leyendo esta novela, uno podría pensar que, aunque ya no existe el cine Capitol, la escena política ecuatoriana no ha cambiado en sus caracteres esenciales, porque –como dice Jorge– “la política es solo una máscara, un recurso para acallar la conciencia individual de las personas”.
Hace años que Javier Vásconez decidió ser un escritor, arriesgarse a vivir de y para ello, y jugarse la piel en cada entrega. Toda una aventura en un país que lee poco y donde la máxima recompensa que puede recibir un buen escritor es que el poder condescendiente lo indemnice –si es un adepto– concediéndole un ministerio o una embajada, lo que equivale a intentar corromperlo. Un buen escritor no necesita ese tipo de “compensaciones”; solo requiere estabilidad y condiciones para sostener su oficio subversivo, y que el público lea su obra. ¿Qué hacen las autoridades del Ministerio de Cultura para que la producción de los Vásconez, Valencia, Donoso y otros escritores for export que tenemos, se mantenga y se conozca aquí y afuera?