La sombra de la sombra

Sobre La sombra del apostador

Por Jorge Aguilar Mora

Se dice que, al morir, Pierre Simon Laplace contempló «lo poco que sabemos, lo mucho que ignoramos». Laplace no sólo fue un científico ejemplar, también fue un sabio profeta; fue, en sus propios términos, un «matemático filosófico».

Y no fue la ciencia, sino el espíritu romántico de la unidad universal, quien le ofreció el don de la profecía. En la época de Laplace, a principios del siglo XIX, la ignorancia parecía dividida entre los misterios científicos y la inescrutable naturaleza humana.

El mismo Laplace concibió la posibilidad de curar esa aparente esquizofrenia de nuestra ignorancia: con la ciencia del azar o teoría de las probabilidades.

La búsqueda de la unidad (agregarle el adjetivo «universal» es redundante), la búsqueda de ese punto donde conocimiento y sentimiento se pudieran reconciliar, donde el destino del hombre y el del mundo se pudieran confundir, donde el azar se pudiera decir al mismo tiempo del amor y de la estructura de la materia, ha definido la identidad de estos doscientos años y ha revelado el verdadero rostro de la historia: no hay destino providencial, no hay una edad de oro en el futuro, no hay ningún tiempo prometido y privilegiado del progreso, no hay fin, ni finalidad, ni meta.

Entre las tantas formas que adoptó esa teoría del azar planeada por Laplace, la novela ha sido la que más se ha empeñado en unir los cabos de todos los horizontes de la realidad en un sólo rostro: efímero, inaprensible…

Hablar de la naturaleza siempre cambiante de la novela, hablar de la contradicción inherente a un género que nunca es igual a sí mismo son ya perogrulladas. Pero la obviedad no puede agotar, todavía, el caudal de conocimiento que aportan las novelas mismas como signos de la historia, como signos de la memoria común, como revelaciones de la única constatación posible: la vida es un regalo del azar y el azar es la fuerza de esa vida. Entre el azar y la vida se ha cumplido una complicidad en la que el hacedor se vuelve voluntariamente alimento de su hechura.

En ese sentido, la novela no puede ser sino su historia. Y quizás, sólo con la novela moderna se pueda entender cómo la historia soporta su carencia de finalidad, renueva su vitalidad y recrea con la única precisión posible la forma de los destinos humanos.

La novela latinoamericana también ha participado en esa misión del género ingeneralizable; pero ha participado con su ritmo propio, con sus problematizaciones exclusivas, con sus contradicciones singulares. Con El Periquillo Sarniento, primera novela o no, se iniciaron diversas búsquedas cuyos avatares siguen apareciendo con planteamientos gozosos, radicales, creativos. Entre las búsquedas decisivas están: una voz narrativa coherente y verosímil en las nuevas sociedades (independientes o no: en Cuba se cultivó vigorosamente la novela); una superación de la moral cristiana para acceder a un mundo de personajes que se puedan enfrentar libremente a su destino.

Esas búsquedas de la novela latinoamericana son los itinerarios más fascinantes en la cultura de este subcontinente.

Y es en la posición dentro de esas búsquedas que muchas novelas adquieren todo su sentido y que otras recobran una vitalidad que el olvido y el menosprecio han dejado marchitarse. Y es en la posición dentro de esas búsquedas que se puede descubrir cómo muchas novelas latinoamericanas son, en efecto, un género en sí mismas; son el punto más alto de un problema único e irrepetible…

Desde El Periquillo Sarniento hasta la actualidad, las novelas decisivas latinoamericanas se presentan y se reconocen también por su manera singular de recuperar el problema de otro género, de otro novelista, de otro novela, para darle una nueva solución que sea a su vez un problema.

La sombra del apostador de Javier Vásconez (Quito, Ecuador, 1946) es una de ellas.

Y es más, porque también pertenece a otra ambición decisiva del género moderno: la creación de mundos autónomos que no eviten, por ello, la penetración constante de la realidad. La primera novela moderna es también la última: Cervantes le dio al género su definición y su destino. El Quijote es un mundo cerrado, pero que magníficamente reconoce su complicidad con lo real, cuando los “personajes” leen su propia historia. Con el tiempo, la ambición ha crecido, y dentro del alfa y omega que definió Cervantes, se han incrustado otros proyectos, como el de Balzac, quien no sólo quiso crear novelas que fueran mundos, sino también mundos que fueran novelas. Y el que sin duda es el mejor novelista del siglo XX, Proust, fue más allá, un poco más allá, porque quiso hacer la novela de la vida, no del mundo. En oposición a su contemporáneo irlandés, que incluyó no la vida, sino la historia de Occidente, en un día banal de Dublín. Vida de Proust, historia de Joyce, son los dos caminos que se cruzan, se confunden, se oponen, en la novela moderna occidental hasta García Márquez, quien los reunió y los hizo estallar en una diseminación que rebasó las fronteras de Occidente. No era que antes que él no existieran canales de alimentación entre la novela occidental y la de otras culturas; pero él fue quien ofreció una novela que renunciaba a su origen y se ofrecía literalmente desarraigada para provecho de todos.

De ese caudal —y de sus fuentes, en Faulkner, en Onetti— participa toda la obra de Vásconez. Y en particular, La sombra del apostador ofrece una reflexión aguda, dolorosa, sobre la imposibilidad de construir mundos novelescos inmunes a su propia debilidad totalizadora, al mismo tiempo que admite que no hay otro destino para el novelista moderno que sustentar la autonomía de su imaginación en la constante autocrítica de lo narrado. En ese sentido, La sombra del apostador parece cerrar un ciclo en la obra de Vásconez, y es al mismo tiempo la apertura de otro. Es un auténtico quicio en donde se define el determinismo de las pasiones y el azar trágico de las debilidades humanas. Con La sombra del apostador, Vásconez se vence a sí mismo como novelista creador de mundos autónomos, y triunfa también sobre sí mismo como pensador del único mundo posible: aquél que se entrega al capricho incomprensible de los hechos.