El pathos del exilio reside en la pérdida de contacto con la firmeza y la satisfacción de la tierra: volver a casa es de todo punto imposible.
Edward Said
Si bien se puede leer El viajero de Praga (1996) como una novela de amor, de viajes, o incluso como un libro de homenajes de un autor que gusta prodigarlos a sus “invitados de honor” ―en este caso, Conrad, Kafka, Camus, Benet y Onetti―, desde mi punto de vista es ante todo una novela acerca del exilio intelectual1. Kronz me parece el personaje más logrado y atractivo de la narrativa de Vásconez, aunque hay que reconocer que la configuración del médico de Praga, exiliado voluntariamente en Quito, se da a través del juego de aproximación y distanciamiento con el más cálido personaje femenino creado por el novelista ―la enfermera Violeta―, del contrapunto con el decadente y desmedido Coronel Castañeda ―contrapunto que se despliega a través de El viajero de Praga, La sombra del apostador y algunos cuentos―, y en permanente contraste con la gris rutina de la ciudad andina donde ha venido a parar, nunca nombrada pero evidente para el lector, Quito. Kronz adquiere su forma cabal como exiliado intelectual en su aventura erótica estival con Violeta, en el verano que anuncia no propiamente la senectud, sino una suerte de acabamiento para las búsquedas existenciales del médico. Al cerrar la novela sabemos que Kronz vuelve en medio de la lluvia a su casa en Quito, a su vida de solitario y su rutina de médico y bebedor de vodka. Pero esta vuelta a la “casa” en la ciudad donde siempre llueve expresa más bien “la pérdida de contacto con la firmeza y la satisfacción de la tierra” que un retorno al hogar.
El exilio del intelectual o del artista es uno de los grandes temas de la novela moderna. Uno y otro son personajes en quienes se concentra la contraposición entre el individuo que anhela libertad para desplegar las potencialidades de su ser y la sociedad moderna que lo constriñe, pese a los valores que supuestamente prevalecen en ella, contraposición de la que además tales personajes hacen objeto de reflexión y crítica sostenidas. Las novelas que tienen como protagonistas a intelectuales y artistas son en cierto modo paradigmáticas, si ha de tomarse en cuenta el carácter esencialmente problemático del personaje novelesco, a diferencia del héroe de la épica clásica. Junto a ello habría que considerar el grado de dramatismo que implica la decisión en el intelectual o el artista, dado que el protagonista de la novela está siempre ante un mundo de posibilidades abiertas, jamás encerrado en un destino ya dado (Lukàcs). Las circunstancias y la trama azarosa de los hechos, más que fijar el curso de la vida, componen el campo de alternativas frente al cual el individuo se ve avocado a tomar su decisión ―incluso si esta se da bajo la forma de la indecisión y el inmovilismo. En la decisión, el individuo ha de enfrentarse con la responsabilidad sobre sí mismo y el mundo. El intelectual y el artista, en cuanto personajes, son ante todo figuras éticas.
La generación de artistas y escritores a la que pertenecemos Vásconez y yo se formó en un clima intelectual fuertemente marcado por tales figuras éticas. No sería exagerado decir que en los años de formación ―allá por la década de los sesenta―, y a pesar de las diferentes atmósferas sociales en que esta se realizó, queríamos forjar nuestro temple imaginando que nos enfrentábamos a las vicisitudes de los grandes personajes de la novela moderna ―desde Sorel de Rojo y negro a Rieux de La peste o Mateo de La edad de la razón―, y no se diga de los grandes artistas. Creíamos que sus circunstancias se asemejaban a las que nos habían caído en suerte, que su angustia nos tocaba de cerca. Sin embargo, en las décadas siguientes se vino encima de nosotros una serie de profundos cambios que transfiguraron el mundo de la vida y que no han dejado de poner en cuestión las convicciones y expectativas que creíamos más firmes. No solo nos quedamos “sin paradigmas”, como se suele repetir ―a menudo para eludir la responsabilidad que implica hacerse cargo de esta transformación―, sino que se sacudieron los “fundamentos” de la vida cotidiana. Aún nos hace falta el libro del historiador que nos ayude a comprender las transformaciones del último medio siglo ecuatoriano o, con el inexorable sesgo subjetivo, el libro de memorias de algún actor intelectual que narre los cambios que se han dado en los modos de convivencia y de existencia individual. Aunque la novela no se restrinja a ser una representación de estas formas, no es menos cierto que sitúa en el curso de estas modificaciones la aventura de sus personajes; más aún, en su estructura capta de manera compleja el cambio que se opera en el mundo de la vida. De ahí que uno de los indudables méritos de El viajero de Praga sea el registro crítico, desencantado, irónico, incluso satírico, de la “modernización” (o de su imposibilidad) de la sociedad quiteña.
Cada vez que vuelvo a releer las páginas de El viajero de Praga siento una especie de estupor ante lo que podría llamarse el deliberado anacronismo temático y estilístico de la novela. ¿Se podría haber escrito una novela contemporánea semejante en algún lugar que no fuese Quito?, es una pregunta que me he hecho a mí mismo en varias ocasiones. Lo cual, desde luego, no resta la dimensión universal del conflicto humano que contiene El viajero de Praga… Sin duda, en la novela se declara paladinamente la deuda de Vásconez con Kafka, Camus y Onetti, y por tanto se inscribe en una tradición, dentro de un modo de escritura narrativa. Hay un claro y fuerte distanciamiento de la retórica del realismo mágico, de lo real maravilloso y del neobarroco hispanoamericano, aunque El viajero de Praga y la mayor parte de la narrativa de Vásconez poco tengan que ver con otras vías de la narrativa contemporánea que se han puesto de moda en el periodo… El aparente “anacronismo” no constituye necesariamente una limitación estética; por el contrario, como lo prueba la novela de Vásconez, puede convertirse en un dispositivo que contribuye a convertir la novela en caja de resonancias y en teatro de sombras donde resuenan y se mueven misteriosamente viejos conocidos del lector. Se crea así una atmósfera para el extrañamiento del protagonista, sobre el que se proyecta el distanciamiento crítico del artista. Mas lo que resulta insólito es que esa atmósfera de extrañamiento tenga que ver con “Praga”, con un lugar imaginario situado en los confines orientales de la Europa moderna, o en los confines occidentales de un mundo eslavo que, en el contexto de la época en que transcurren las acciones de la novela, se confunde con “el Este”, el autoritarismo soviético, la clausura de la libertad del individuo y las inescrutables decisiones de un poder omnímodo. Lo que sabemos acerca de la vida de Kronz en Praga es poco, pero lo suficiente para comprender que el médico vive su infancia y juventud acosado por lo siniestro: brumosos recuerdos de los padres, el suicidio de su madre que se arroja al Moldava, la relación amorosa con Olga sujeta a las apariciones intempestivas de la mujer y pronto cortada por una decisión incomprensible, oscurecida aún más por lo que dice un personaje enigmático que aborda a Kronz y que, como luego se sabrá, se llama Franz Lowell. Tal vez este sea el espectro de Kafka2, que seguirá al médico en su peregrinaje por Barcelona, Londres y Quito, apareciendo en los momentos de verdadero peligro para Kronz. Aparte de espectro de Kafka, Lowell es la sombra del médico, es el solitario que al final de su vida terminará escribiéndose cartas a sí mismo, el desamparado que muere casi en brazos de Kronz en un hospital de una ciudad lluviosa encaramada en los Andes, el hombre lleno de interrogaciones sin respuesta, el exiliado absoluto, “de por vida”.
El hombre era más joven de lo que [Kronz] se había imaginado. (…) Era frágil, triste y tan culpable en el umbral de sus emociones, tan poca cosa, que fue como si el doctor se viera a sí mismo en un espejo. La boca cerrada con firmeza, los ojos alucinados, con el aspecto sumario de un insecto acorralado en su propio caparazón. (…) pensó que la visión de ese hombre podía ser el duplicado de su propia sombra. (…) El doctor se sintió un intruso, comprendió que podía haber estado ocupando su lugar. (…) Los dos estuvieron en las mismas ciudades y allí buscaron un refugio de sí mismos, tal vez huían de la misma amenaza… En cierto modo, la imagen que tenía de él abundaba en recuerdos y situaciones equívocas. En su soledad, Kronz había decidido que no tenía sentido organizar su inteligencia, tampoco pretendía una inútil comprensión del absurdo. El mundo no era más que una sustancia absurda que no se dejaba aprehender. [288-2903]
Es mérito de Vásconez el difuminar en esta atmósfera lo que podría haber sido una referencia directa a las condiciones políticas de Checoslovaquia, pese a que el relato registra que Kronz arriba a Quito en 1967, es decir, en una época en que la Primavera de Praga y el intento de crear un “socialismo con rostro humano” son aplastados por los tanques del Pacto de Varsovia, pues gracias a ello Kronz no es propiamente un perseguido que escapa de un régimen político, sino un “exiliado de por vida”, que “venía huyendo de la historia, no por razones muy concretas sino porque había intervenido el azar”. En otras palabras, y dado que el exilio tiene siempre un trasfondo político, Kronz es alguien que voluntariamente se ha puesto en la exterioridad del mundo político, que opta por un lugar radicalmente ajeno para ejercer su decisión de ubicarse en los márgenes del orden social, lo cual no quiere decir, desde luego, que tal ubicación lo convierta en un rebelde, y ni siquiera en un contestatario; por el contrario, Kronz se inhibe de cualquier acción vinculada al mantenimiento o al cambio del orden social. Tampoco es un personaje abúlico, como insinúa Moreano, pues profesa la medicina con apego irrestricto a los mandamientos hipocráticos, y actúa con firmeza cuando debe hacerlo, como demuestra su intervención en el hospital durante la epidemia del cólera. En este sentido, es un hombre moderno, incluso un heredero de la ética protestante. Sin embargo, desde su marginalidad apenas si escudriña a la humanidad con escepticismo y desencanto. Ya en Barcelona se había percatado de que “Se estaba convirtiendo en una rata de ciudad: observador y desconfiado”. Esta atmósfera de extrañamiento permite que la “realidad” a la que se enfrenta el escritor aparezca en un calidoscopio en el que se pueden percibir las facetas de irracionalidad, incoherencia y absurdo de la vida social. El ojo de Kronz, acostumbrado al diagnóstico, no convierte en folklore la realidad de esa “aldea, con edificios y casas coloniales, que presumía de ciudad” donde ha venido a parar, ni la acepta como algo dado frente a lo que no cabe otra alternativa que integrarse. Kronz prefiere mantenerse examinando los sucesos desde los márgenes de ese mundo, desde sus intersticios, antes que dejarse vencer por el acomodo y la complicidad.
Corría el año sesenta y siete. Hacía tiempo que el tedio definía la vida del doctor: una incipiente calvicie enturbiaba su relación con las mujeres, ya empezaba a envejecer. Según Kronz, venía huyendo de la historia, no por razones muy concretas sino porque había intervenido el azar. Y al llegar aquí vio la belleza salvaje, insustancial, un tanto melancólica de este país y eso le hizo daño, como hacen daño las cosas inacabadas. Vio hombres escuálidos y graves, caminando al borde de las carreteras. Secretamente se preguntó adónde iban, vio mujeres llevando niños y canastos en sus hombros, vio cordilleras y nevados, vio por último un indio, dos indios, muchos indios, y desde el principio supo que ellos también estaban solos, enfrentados a la muerte, condenados a perder.
Del resto tenía una idea vaga, era el vacío total: apenas una aldea, con edificios y casas coloniales, que presumía de ciudad. Sintió una firme, quizás una inútil voluntad de desaparecer. Y entonces decidió quedarse. [81]
Gracias a ello, el médico es un personaje cuya ética proyecta la actitud del escritor frente a una sociedad hundida en la corrupción, dirigida por elites incompetentes, en la que fallan los sistemas básicos (hospitales incapacitados para afrontar un brote de cólera, a fines del siglo xx), racista, con una población india marginada y sometida, asfixiantemente burocratizada…
Aunque carece de referencias temporales precisas, pero no de claridad en la sucesión cronológica de las acciones y situaciones, lo que es coherente con la huída de la historia, se puede considerar que la novela ―por consiguiente, también la vida de Kronz― se desarrolla en tres ámbitos: 1) Praga y Barcelona, que son las ciudades donde habita el protagonista antes de su viaje a Ecuador. En realidad, Londres es solo una estación de tránsito obligatoria después del escape de Barcelona. 2) El Ecuador, y sobre todo Quito, donde se despliega la mayor parte de las acciones del médico: su periodo obligatorio de médico rural, su trabajo en el hospital durante la epidemia del cólera, los trámites burocráticos que se verá obligado a realizar dada su condición de inmigrante. 3) El valle cercano a Quito, la casa de campo junto a Capelo, donde vive su amor estival con la enfermera Violeta. Es este tercer ámbito el que organiza la narración, pues la novela comienza por el viaje de Kronz hacia sus vacaciones en el valle, que pronto se ven interrumpidas por la imperiosa petición de dirigirse a Capelo para atender a la vieja y moribunda esposa del Coronel Castañeda, petición que lo pone en contacto con la enfermera Violeta, y termina con el retorno a la ciudad, luego del fin de su relación amorosa. Así, ya desde el segundo capítulo la novela se despliega al ritmo de la relación erótica entre el médico y la enfermera.4
Las acciones que se desarrollan antes de la llegada de Kronz a esa “línea imaginaria” que andaba buscando a ciegas, aparecen en la narración primero como evocación hacia el capítulo VI, para concentrarse luego en el relato directo, desde el capítulo IX hasta el XIV. El extrañamiento, que es la característica de Kronz, adquirirá ribetes de absurdo a partir de la emergencia del personaje desde las brumas de la infancia y juventud, de las que casi nada se sabe, y la persecución de la que tal vez haya sido víctima en Praga ―por su relación con Olga, posiblemente la hija de un pez gordo; aunque tal vez escape simplemente a causa de la paranoia desatada por el hecho de vivir bajo un poder autoritario que carece de rostro. Absurdo que continuará durante su vida de marginal en Barcelona, donde el médico se ve envuelto en un negocio atrabiliario y grotesco, el contrabando de animales exóticos, en cuyas redes cae debido a su condición de paria. Con la narración de lo que puede sospecharse que habrá sido la vida de Kronz en Praga, de su incapacidad para sobrevivir en Barcelona y su huida a través de Londres hacia ese país que le ha descrito el médico ecuatoriano Cueva, país que vislumbra en su imaginación a partir del recuerdo de un libro de Alexander von Humboldt, se configura el personaje del exiliado que, por contraste, se convierte en un doble literario del autor. Este mirará a través de los ojos del exiliado a su amada-odiada Quito. Solo la interioridad del exiliado, que de manera irremediable ha sido lanzado por fuerza de las circunstancias hacia un país que vislumbra apenas como una “línea imaginaria”, puede brindar la posibilidad de adentrarse en ese entramado de páramo, embrollado aparato barroco y amasijo absurdo. El talante de Kronz, configurado en Praga y Barcelona, es lo que permite a Vásconez mirar sin concesiones su mundo andino, quiteño, ecuatoriano. Surge con ello una pregunta acuciante: ¿Por qué es necesario este extrañamiento para mirarnos a nosotros mismos, para enfrentarnos a nuestro mundo? A este mundo se dedica una tercera parte de la obra, desde el capítulo XV al XXII. El médico cumple sus deberes de manera insobornable, aunque por momentos ese mundo que tiene frente a sí parezca derrumbarse ― efecto que se logra en la novela mediante el contrapunto entre la sobria actitud del médico y la descripción que el narrador hace de ese mundo a través de una sátira implacable. Kronz profesará la medicina, aunque deba hacerlo en páramos por donde pasan trenes cargados de indios esclavizados, enfrentándose a hacendados que habían llegado a la estupidez debido al incesto y al enclaustramiento, a empleados públicos que suspenden sus quehaceres para que un charlatán venda sus cachivaches, al caos de un hospital que en medio de una epidemia está gobernado por un demente que se cree científico y por una horda de sinvergüenzas que trafican con medicinas y placentas… ¿No habría que ver en esta sucesión de escenarios y personajes estrafalarios, donde se mueve y con los que toma contacto el doctor Kronz, un homenaje de Vásconez a Rabelais, a Quevedo, e incluso a Swift? En todo caso, el contrapunto entre Jordán, el demente director del hospital y los corruptos médicos y sindicalistas, de una parte, y de otra, Kronz y el doctor Eduardo, que en medio del caos enfrentan con vigor la epidemia del cólera, es una sátira extraordinaria del desorden de la vida pública del Ecuador contemporáneo. Vásconez es sin duda un novelista que se mueve con fluidez entre la ironía y la sátira.
Lo que quiero destacar es que en El viajero de Praga cuanto tiene que ver con la realidad social de referencia, el Ecuador, es mirado con ironía y desasosiego por el protagonista, pero solo puede ser narrado de manera satírica por el novelista. Para ilustrar esta imbricación de la perspectiva de Kronz y el punto de vista satírico del narrador citaré la confrontación del médico con los hacendados blancos e incestuosos de la agreste región montañosa adonde había sido enviado para cumplir el obligatorio periodo de medicina rural. Pocas líneas antes, el narrador cuenta que Kronz ha visto un tren que lleva indios esclavizados a unas minas. El médico se dice “Esto es el infierno (…), quizá sea el último lugar del mundo”. Ese infierno está dominado por unas cuantas familias de terratenientes bastante bárbaros.
De vez en cuando se paraban a hablar con el doctor. Sus voces eran aflautadas, rapaces y chillonas. En opinión de Kronz, todos tenían los ojos del mismo color, con un fondo verdoso y maligno como el agua podrida de un pozo, que provenían del mismo tronco familiar. Todos tenían caries en los dientes y estaban emparentados entre sí.
Estos hombres vivían con sus perros de caza, sus caballos y sus mujeres: la mayoría de las veces eran sus propias primas. Incluso se dio el caso de un tal Bueycito Dávila, quien vivió amancebado durante veinte años con su propia hija. Eran tan desconfiados y supersticiosos como los indios. Y hablaban un español rudimentario y atravesado de quichuismos. Sus casas olían a incienso, a podredumbre, a la miseria de quien vive entre orinas de guaguas y cacas de gallina. [197]
Solo la sátira tiene eficacia para desentrañar la miseria moral, la incapacidad dominante que impide un funcionamiento moderno y racional de las instituciones. Lo que para Kronz es un infierno, para Vásconez es simplemente absurdo y ominoso. Aunque el narrador sugiere que Kronz es un personaje en cierto modo cínico ―pues cuenta que ya en el hospital de Praga “cumplía a cabalidad con su tarea de ayudar a los pacientes a creer en el futuro, con frases cargadas de cinismo y tolerancia”― más bien me parece que es la concentrada expresión del desencanto moderno, alguien que ha perdido la fe en los grandes ideales (religiosos y políticos) o simplemente carece de ellos, pero que conserva un compromiso muy alto de carácter ético en su profesión. Para ser cínico, en el sentido filosófico y antiguo del término, le hace falta el desenfado y el humor ácido de un Diógenes, que en cambio sí lo tiene Vásconez. Confieso que no puedo dejar de reírme al leer los pasajes más satíricos de El viajero de Praga, aunque luego me angustie percibir que me estoy riendo de lo que fue el mundo de mi juventud y, en gran medida, de lo que sigue siendo el Ecuador contemporáneo, para desgracia de los habitantes de este país. Kronz, hombre moderno, huye de la historia hacia un mundo social que se ha paralizado, que en este sentido carece de historia. Al contrario de lo que piensa Moreano, me parece que la novela no culmina con el tema del retorno “a casa” por una insistencia en lo mítico, que sería algo característico de la novela hispanoamericana en contraste con la europea. El mito tiene como supuesto la existencia de un hogar, de una morada que acoge. La ciudad eternamente lluviosa no es para Kronz ese lugar de acogimiento, sino un agujero en que la historia se ha congelado, se ha petrificado, y adonde viene a parar porque carece de fuerza para tomar otra decisión que no sea quedarse en ella. El verano, el valle de las serranías andinas y el amor estival arrancan al médico de esa petrificación del tiempo, pero por poco tiempo. La configuración de ese mundo novelado impide la ruptura del tiempo petrificado. Creo que en ello debe verse una intervención del punto de vista del novelista, no solamente por el respeto que guarda por el mundo novelado y sus personajes, sino también porque ese mundo novelado proyecta su actitud frente al mundo social.
Se ha dicho con razón que Vásconez es un viajero de la literatura. Curiosamente, Kronz no es un gran viajero, pues se ha movido muy poco, de Praga a Barcelona, y luego, pasando por Londres, a la ciudad eternamente lluviosa de los Andes ecuatoriales. Sus viajes posteriores se restringen a sus vacaciones en Manta. El último desplazamiento que narra la novela se realiza apenas a las afueras de la ciudad, al Valle de los Chillos. Vásconez, por el contrario, ha viajado mucho a lo largo de su vida, ha residido por largas temporadas en Londres, Barcelona, París, Madrid y, desde luego, ha visitado Praga. Pero quienes lo conocen bien pueden atestiguar que es ante todo un viajero de lecturas. El título de la novela no es muy preciso en relación a Kronz. Esto lo anoto por una consideración más sobre el exilio: Kronz ha sido arrastrado hacia un lugar donde al parecer se ha paralizado la historia, un mundo abigarrado, dominado por una temporalidad premoderna. Desde el inicio es una figura que expresa el exilio intelectual, pero no es un viajero y para nada un aventurero. No encaja ni en la historia europea reciente ni en la historia premoderna de los Andes. El novelista es también un exiliado intelectual: no encaja ni en la historia reciente de su amada-odiada Quito ―de la que la mayor parte de los escritores de nuestra generación sabemos bien que es casi imposible escapar, puesto que tenemos al frente esa mole, esa especie de muro infranqueable, el Pichincha, por más que nos pasemos la vida deseando ardientemente esa huida―, ni encaja en la historia europea, que es un mundo ajeno. Para Kronz, no hay retorno posible al hogar, mientras que para el novelista, la ciudad es insoportable y la realidad absurda, aunque escapar de “casa” es de todo punto imposible, pese a que su contacto con “la tierra” carezca de firmeza y sea siempre insatisfactorio. Uno y otro viven el pathos del exilio, porque si Kronz carece de un hogar verdadero, el escritor vive escindido entre la imposibilidad de integrarse socialmente y la imposibilidad de escape.5
En conclusión, el exilio de Kronz aparece como una imagen de nuestra situación intelectual sobre el fondo de los cambios operados en el mundo de la vida durante el último medio siglo. A grandes rasgos, se puede situar que las acciones de la novela transcurren en los años sesenta y comienzos de los setenta, a pesar de que esta cronología no tiene mayor significación en el contexto interno de la novela. Pero la novela se escribe luego de una época en que se dieron fuertes movimientos de exilio político en América Latina, se publica cuando se inicia la masiva emigración de cientos de miles de ecuatorianos por razones económicas y cuando muchos jóvenes escritores plantean el nomadismo como condición de la vida contemporánea en el contexto de la globalización.
Vásconez, como la mayor parte de los escritores de nuestra generación, permanece irremediablemente prisionero en (de) Quito. Si ser escritor implica asumir una condición social marginal en esta época, esta marginalidad se duplica en países como Ecuador. Más aún cuando el escritor asume un compromiso ético de cara al desastre social contemporáneo. Creo que el nomadismo del escritor tiene que ver con su perpetuo deambular por el universo que, como lo sabía Borges, es la Biblioteca. El punto de concentración de ese universo puede llamarse Aleph, o en otras ocasiones Praga: un lugar brumoso, misterioso, incluso siniestro. Desde ese fondo insondable se viene, como Kronz, de libro en libro, de escritura a escritura, de la mano de fantasmas, se llamen estos Kafka (el escritor) o Lowell (el personaje). En ese universo campea la ironía… Pero de otra parte está la dura realidad de la vida cotidiana, la historia de un país que, a los ojos del novelista quiteño, se hunde en el absurdo. Mirado desde la altura de la responsabilidad ética del artista, quien sabe que nada puede hacer en el dominio de la ciudad (la polis) y su historia, pues apenas si se le permite hablar desde los márgenes, lo que pasa en ese mundo solo puede ser narrado satíricamente, si se quiere sortear la parálisis que provoca la decepción y el escepticismo.
La novela es un género que felizmente permite la combinación fructífera de estilos y registros, que se eleva de la sátira a la constatación más subjetiva expresada en el lenguaje sobrio de la sentencia: “sin angustia no hay amor”. Es en los encuentros “cara a cara” y en el riesgo que emana de los desencuentros donde se alcanza la concreción de la existencia y se puede advertir, no sin angustia, la más profunda y trágica verdad: “Cuando le indicó [a Violeta] que, en general, su vida era como la de cualquier otro hombre, ella no quiso creerle. «Es una experiencia inútil, y de la que no va a quedar ninguna huella», señalaba el doctor. «Es probable que el hecho de haber vivido sea suficiente. A veces me pregunto cuántos no tuvieron esa suerte.»” (361). Ya en esta dimensión de lo trágico, nada tiene que hacer la sátira, aunque sí la ironía. En efecto, ¿acaso no es irónico señalar que de la existencia no va a quedar ninguna huella en un texto que ya es en sí una huella? ¿No es irónico decírselo a la amante, quien de todas maneras llevará consigo algún recuerdo de su relación con el escéptico médico? La seriedad no exenta de serenidad e irónica resignación de este pasaje trágico anuncia en la novela el cierre de la búsqueda existencial del protagonista. Luego de ello, a Kronz no le queda otra alternativa que volver a ese lugar sin historia donde vive su radical exilio.
¿Y cuál es la suerte que el azar depara al novelista? Pues este no puede vivir sin historia(s)…