Para revisitarEl viajero de Praga

Sobre El viajero de Praga

Por Ignacio M. Sánchez Prado

La aparición de El viajero de Praga en 1996 representó una de esas bienvenidas anomalías en el concierto de la literatura latinoamericana. En primer lugar, se trata de una de las poquísimas novelas de autor ecuatoriano en alcanzar internacionalización continental, posiblemente la única en los años noventa. Más aún, se trata de una novela cuyas marcas “andinas” –si se me permite el oxidado término– operan en un registro radicalmente distinto a los regionalismos e indigenismos con las que el estereotipo identifica al Ecuador. Además, en una época en la cuál el proceso de gradual incorporación de la literatura latinoamericana al mercado neoliberal –En busca de Klingsor de Jorge Volpi aparecería tan sólo un par de años después – y a los lenguajes académicos de los estudios culturales–poscolonialismo, género, subalternismo– comenzaba su trayectoria irrevocable, Javier Vásconez decidió apostar por una literatura sin atributos, por una escritura que mantiene su compromiso de búsqueda de aquello que Alfonso Reyes llamaba “lo humano”, una experiencia pura que sólo lo literario puede configurar. A casi catorce años de esta publicación, El viajero de Praga aparece como un fantasma melancólico que acecha una literatura latinoamericana cada vez más vacía de sentido, proponiendo a sus lectores una profundidad estética y un compromiso amplio con los pliegues y márgenes de la conciencia y de la escritura que han sido dejados de lado por las marejadas de libros que invaden el mercado editorial de nuestros días. Vásconez es, en efecto, un raro en el sentido dariano del término, un autor que, al caminar por los espacios olvidados de una escritura latinoamericana cada vez más decadente, se convierte en un referente posible para la reformulación radical de una tradición.

El viajero de Praga parte de referentes literarios familiares –un médico, la lluvia incesante– para recorrer una ruta que invierte los viajes interiores y exteriores de la tradición latinoamericana. Josef Kronz invierte dos de las figuras esenciales de la práctica literaria latinoamericana: el cosmopolitismo y el exilio. El viajero de Praga subvierte la narrativa latinoamericana de formación, por lo menos en su articulación moderna: en vez de plantear un sujeto periférico latinoamericano que encuentra su ser en la cosmópolis, Vásconez construye un hombre de la periferia de Occidente que sólo puede asumir su derrota existencial en un margen del mundo que, más que bárbaro, es demasiado civilizado. Kronz es un anti-Oliveira, a la vez que es un anti-Levi-Strauss. Ante la falsa elección de la redención por el cosmopolitismo o por el regreso al origen, Vásconez hunde a su personaje en una modernidad inescapable y sombría, en espacios urbanos que se definen y suceden por su ruina y decadencia.

Javier Vásconez es un magnífico heredero de Onetti. Vásconez quizá sea el escritor que mejor ha comprendido los recovecos estéticos y existenciales del autor de El astillero. Al igual que Díaz Grey: “En algún momento Kronz divisó, sepultadas bajo la lluvia, las primeras luces de la ciudad. Hizo un esfuerzo para cerrar la ventanilla, mientras el carro avanzaba junto a un muro demolido. De nuevo caía una lluvia intermitente, sucia y oblicua sobre la ciudad”. En estas tres frases, entretejidas a partir de los leitmotivs de la lluvia y la ruina, cierran el libro en la clave estética sostenida a lo largo de la narración: una textura derrotada y melancólica, que sin embargo permite ubicar en Kronz la abismal confrontación del hombre con el mundo. El viejo Georg Lukács solía decir que la novela es el arte nacido del rompimiento del vínculo natural del sujeto con el todo. Si esta aseveración es cierta, El viajero de Praga, al igual que las novelas de Onetti, representa uno de los puntos altos y, paradójicamente, luminosos del arte: una dolorosa  y sublime demostración de la nostalgia por un vínculo que sólo existe como espectro que acecha la memoria.

Una reedición amplia de El viajero de Praga, que el lector de estas líneas tiene en la mano, es un motivo para celebración. Ciertamente, resulta alentador que la novela de Vásconez haya sobrevivido la primera década de existencia y llegue ahora a una edición que, espero, la convierta en el clásico literario que merece ser. Sin la escritura de Vásconez, la literatura latinoamericana sería un poco más vacía y bastante menos sublime. El viaje de Kronz hacia el amor, la enfermedad del alma y la lluvia incesante es uno de esos raros trazos de literatura en una región donde los escritores insisten en adjetivar sus narrativas.