Probablemente el fracaso sea la forma más elevada de la libertad; el triunfo parece llevar en sí una decisión que no le corresponde al individuo, sino _ en todo caso _ al destino. El destino empuja en una única dirección, desoye la voluntad de aquel en quien influye o a quien ha designado; el individuo, que es capaz de elegir, y que es poseedor de sus propias decisiones, expresa, al fracasar, cuanta libertad le ha cabido o ha propiciado en sus diversas acciones. Los personajes de Javier Vásconez _ quizá digan algunos de sus lectores _ están abocados al fracaso desde un principio, han nacido para la frustración, se debaten inútilmente en una prefijada línea hacia la derrota y el silencio. Pero quienes han seguido los seguros pasos de este narrador ecuatoriano _ Ciudad Lejana (1982), Angelote, amor mío (1983), El hombre de la mirada oblicua (1989 ), Cafe Concert (1994 ), El secreto (1996), El viajero de Praga ( 1996 _ saben bien que sus personajes están embellecidos por una autonomía nada común. Los personajes de Vásconez son dueños de sus propias decisiones, eligen todos y cada uno de sus pasos. Y la más rotunda prueba de que son libres es su fracaso.
Vásconez ha hecho entrega a los lectores de una colección de cuentos con el título genérico de Un extraño en el puerto ( México: Alfaguara-Libri Mundi, 1998). Algunos de estos cuentos ya habían sido publicados con anterioridad; de este hecho _ y de otras sagacísimas consideraciones _ da cumplida noticia Mercedes Mafla en el breve e imprescindible ensayo que precede al volumen, “Vásconez: “Un Universo unitario y cpiclico”.
El comentario que aquí se inicia no pretende ser exhaustivo ni dejar las puertas cerradas a futuras valoraciones. Se centrará en el relato que abre el volumen y que da título a la reunión de cuentos, “Un extraño en el puerto”. Persigue demostrar que Vásconez ha conseguido un desarrollo narrativo singular en que la cualidad esencial se halla en las insólitas libertad y autonomía que poseen los personajes respecto del mismo narrador.
El cuento se abre y se cierra con la obstinada presencia de un imposible puerto en la ciudad de Quito. He aquí una primera voluntad de ese narrador cuyo nombre coincide con el del autor, J.Vásconez. Y no es casual la elección de tan curiosa nominación, de semejante homonimia, tampoco una ligereza o un gesto de vanidad. J. Vásconez no aparece en el relato como creador de una historia ( más exactamente, de dos historias que al final confluyen), como omnipresente y omnipotente inspirador y fabulador de situaciones y personajes. Tampoco aparece en el relato como aguzado observador de cuanto le rodea, en el recodo calmo, bienintencionado y sospechoso del costumbrismo. J. Vásconez se detiene más de una vez en hacer explícita la razón que le mueve a la escritura: “Sólo tenía la necesidad de completar esta historia” (p.13), “De vez en cuando yo interrumpía mi tarea, apresado en el laberinto de escribir un cuento” (p.15). Pero no sólo eso, a esa confidencia que dirige al lector, se suma otra aún más comprometedora, J. Vásconez afirma que tiene ante sí dos personajes que se le escapan: “dudé de su existencia ( del doctor) y de que pudiera tener una vida propia, pero él había regresado para recordarme lo contrario” (p. 12), “sin saber dónde estaba y cómo proseguir la historia de María, porque nuevamente me había negado la posibilidad de completar su vida” (p. 19).
El primer elemento, la intervención del narrador en el mismo relato dando cuenta de su empeño por escribir historias, no es nuevo. La perspectiva fue abierta por Miguel de Cervantes. Pero en el caso de “Un extraño en el puerto”, el narrador pone especial énfasis en su quehacer, en el obstinado esfuerzo que realiza por llegar a un final que desconoce tanto en el inicio del relato como en su desarrollo. Algo así como esto: J. Vásconez muestra explícitamente ante el lector no sólo el fatigado y esforzado empeño de composición, sino la dimensión huidiza y _ por tanto _ autónoma de sus personajes, puesto que sus biografías y sus acciones le son negadas al narrador y éste sólo es capaz de llegar hasta ellas tras el lento y cuidadoso avance de la narración misma.
El segundo elemento, la particular biografía de los personajes y el desconocimiento de sus futuras acciones, resulta especialmente novedoso y arriesgado. Desajusta el viejo principio según el cual el narrador debe poseer cuantos datos convienen a la narración que despliega y escribe. ¿Qué está ocurriendo? J. Vásconez imagina a un viajero que desembarca en ese puerto imposible en los Andes. Ese viajero no es otro que el doctor Josef Kronz, el personaje central de El viajero de Praga (1996), que de nuevo deambula por la imaginación del escritor en busca de un lugar en un nuevo relato. ¿Y María? Este personaje también ha surgido de las noches de vigilia de J. Vásconez, pero convive con él en un mismo vecindario, coincide con él en la tienda de la señora Maruja, en el restaurante París, confiesa haber leído El secreto. Y, lo más importante, cuantos datos son aportados de su biografía, se escapan a menudo del dominio del narrador, puesto que es un personaje de idéntica identidad a la de J. Vásconez. Por otro lado, resulta llamativo que al lector avisado le recuerde otro personaje del Viajero de Praga, la primera persona a quien atiende el doctor Kronz en su primera salida bajo la lluvia inacabable: “Después subió la escalera y vio a los viejos, que parecían moverse con indecisión entre las sombras. Pero esta vez había una novedad: una niña había sufrido un ataque de epilepsia” (México, Alfaguara – Libri Mundi, 1996, 10).
Dos personajes desembarcan de una novela, le llegan al lector del otro lado de las páginas de un libro distinto al que tiene ahora entre las manos. Dos personajes conviven con el narrador en una vieja y continuada compañía. Se acomodan y debaten en su imaginación y en su recuerdo. Quizá pretenden urdir una nueva historia, un nuevo relato que el narrador va tramando en el papel a medida que los personajes se van mostrando: “Desde el estudio podía imaginar la llega del barco con bandera italiana, ingresando muy lento en la noche andina” (pp.11-12), “Ya no importaba lo que vendría después, porque estaba seguro de conocer esa historia de la muchacha abandonada por el padre” (p.13).
Vásconez ofrece en las páginas de “Un extraño en el puerto” algo más que una experiencia narrativa insólita o nada común. Muestra una perspectiva inusual en que el narrador se convierte en una personaje más entre sus personajes. El azar quizá posibilitara en la realidad que el doctor Josef Kronz y María coincidan tras un ataque de epilepsia de la joven. Pero es J. Vásconez quien ha posibilitado que ambos personajes llegaran a habitar un mismo mundo, una misma ficción. El acierto del narrador supera ese hecho: ha sido capaz de conseguir que Josef Kronz y María deambulen por las páginas de su relato buscándose mutuamente y que al final desaparecieran como el sonido de esa sirena con que se cierra la narración.
Hay unas palabras en la última página del cuento que probablemente nunca olvide. En ellas, el narrador reafirma no sólo la dimensión del escritor, no sólo la perspectiva del lector que es, también, de su relato, sino _ sobre todo _ el empeño que ha puesto por ser un hombre libre por encima de un hombre imaginativo: “Asombrado y feliz por el giro que tomaban las cosas, con la seguridad de que al fin actuaba libremente fuera de mi imaginación” (p.31).