“Angelote, amor mío” treinta años después

Sobre el cuento homónimo

Por Juan González Soto
Universidad de Tarragona

En la ya tan distante 1982 aparecía «Angelote, amor mío» en un volumen de cuentos que la editorial El Conejo publicaba bajo un título común, Ciudad lejana. Este título ya parecía preludiar la urbe imaginada que Javier Vásconez, nuevo cartógrafo de una orografía que sólo vive en su imaginación, había de revisitar, una vez y otra vez más, en su rica obra narrativa. Veinte años después, en 2002, Alfaguara reeditaba aquel primer libro. El cuento volvió a publicarse en la antología Estación de lluvia (2009). Yo, humildemente conformado con la edición de Alfaguara que recuperaba y volvía a poner en circulación la primera, recibo esta de ahora con particular alegría, y quedo poco menos que fascinado al releer Angelote, amor mío en la edición de Doble Rostro. Presidido por el diseño de Sandra Araya, acompañado por las ilustraciones de Ana Fernández y prologado por Luis Antonio de Villena, Angelote, amor mío viene a celebrar los treinta años de su primera edición.

Estos tres decenios no han logrado envejecer esta breve narración, acaso fundacional de su narrativa, que Javier Vásconez vuelve a entregar a sus lectores. «Angelote, amor mío» es un relato en que nada se narra y todo queda entendido. Julián, secretario, amante, y acaso alcahuete o celestino, de Angelote-Jacinto, en el velatorio de éste nombra no sólo recuerdos, sino también sentimientos vividos en presente. Ante el ataúd, evoca antiguas y cercanas presencias. Alguna vez Javier Vásconez ha afirmado que la poesía no es en realidad literatura, sino la urgencia de una voz humana pugnando por decir algo, algo que sólo puede ser expresado por el poeta. En definitiva, para Javier Vásconez, poesía es lenguaje puro. Tengo para mí que estas afirmaciones vienen bien para calificar este relato a medio camino entre el monólogo interior y el diálogo elegíaco.

No tan sólo el título del cuento, sino el preciso inicio del texto, y también, desde luego, la frase-párrafo final, muestran la forma de un diálogo entre Julián y Jacinto. Se trata, claro es, de un diálogo imposible, de un diálogo que, truncado, se convierte en monólogo interior, ya que Jacinto está de cuerpo presente ante su interlocutor. El amante se entrega ante el amado en una suerte de elegía en que rememora, sin recelo ni malicia, las supuestas perversiones sexuales de su amado. Se trata de señalar, y hacerlo con el dedo índice bien marcado —atinadamente lo sostiene Luis Enrique de Villena en su prólogo a esta espléndida edición, “Heterodoxia, voluta, barroco”— que los perversos son los otros, los que miran mal.

Para ese sostenido monólogo de Julián frente su amado, para el recuerdo de las relaciones entre ambos y las de Jacinto en sus diversos encuentros amorosos, para la breve evocación de un mundo que avanza ante un ataúd, la materia literaria que emplea Javier Vásconez es la de un relato lírico, un relato en que es la poesía el sustento y la única materia capaz de colmar enteramente ese mundo que Julián nombra y que frente el féretro de su amado acaba. De ese mundo parece despedirse Julián con el agrio sabor de la sordidez contenida en el pequeño paquete que la hermana del difunto le entrega al salir del velatorio y que en una taberna abre. A sí mismo, en su monólogo, y a su amado muerto, como colofón a la elegía, dice: «Angelote, si hasta la risa te quitaron».

Tarragona, 9 de enero de 2012