Javier Vásconez tiene una obsesión: la ciudad. Toda su literatura camina desde ella y a partir de ella. Sus textos son la historia clínica de unos lugares, unos seres y unos sentimientos que se entrecruzan lentos en el corazón de la vida urbana, repetida y asfixiante.
Aquella ciudad lejana de Vásconez vuelve a ser contexto, escenario y personaje. Se trata de un noveaoso formato, bellamente presentado, en el que viene un solo cuento, «Café-Concert».
En él habitan personajes de la mediocridad y la sordidez. Vásconez los pinta con poesía circular, como si no pudiera seguir escondiéndolos en su memoria, como si el río Machángara y el centro colonial y el barrio Viílaflora y todos los paisajes desesperados de la Urbe confluyeran hacia un final: la necesidad de enfrentar esos retos que a uno lo rondan, lo acosan y no lo dejan seguir por la vida hasta cumplirlos.
En «Café Concert», el único personaje que respira es el fotógrafo Félix Gutiérrez. Los otros, atados a sus cuellos las cuerdas de la bohemia y el fracaso, están asfixiados.
Gutiérrez sobrevive porque es capaz de ir detrás de su obsesión y alcanzarla.
Esa parece ser la moraleja: la única justificación a la existencia humana es la vitalidad de realizar un sueño.
Publicado en El Comercio, Domingo 25 de diciembre de 1994