Los poetas van de la metafísica al crimen, no sin antes pasar por la cocina.
Javier Vásconez, La piel del miedo
Como temíamos, la salida a la luz de esta nueva novela de Vásconez ha traído consigo la lluvia, ha provocado que comience la estación invernal en esta “ciudad pequeña, provinciana, oculta como un hongo entre la cordillera, [que puede] llamar la atención de los viajeros por los velos de niebla enroscados sobre las cúpulas de sus iglesias”, y que sin embargo “porque (…) vivía encerrada en sí misma, con sus calles tan empinadas como laberínticas, [provocaban en Jorge Villamar, el protagonista de La piel del miedo] el deseo de huir, de desvelar el secreto de su singularidad.” La ciudad bajo la lluvia, este hongo que parece ocultarse al pie de la montaña maciza en la que se abren hendiduras por las que durante las noches sopla un viento que suena como un concierto de metales y baterías, que hasta puede convertirse en la música de fondo del horror, la ciudad sobre la que también fulgura el resplandor de las apacibles luces del alba, es la ciudad entrañable de Vásconez, amada y amable, a la vez que el hueco del que se quiere huir. La estación lluviosa es propicia sin embargo para la lectura. Uno se arrellana en el sillón, la copa de brandy o la taza de café a la mano, y se adentra en lo que el crítico Ignacio Echavarría ha llamado el “estado de gracia” que provoca esta novela.
En mi comentario partiré de una frase que pronuncia uno de los personajes más amables que ha creado Vásconez y que aparece en varias de sus narraciones, el inquietante e irónico doctor Kronz: “Los poetas van de la metafísica al crimen, no sin antes pasar por la cocina.” Seguramente Kronz ―para quien, además, la puerilidad es una característica del poeta―, a semejanza del novelista que esta vez se esconde detrás del médico checo para embromar a algunos de sus amigos, considera que poeta es el hacedor de versos o de textos líricos, y que por tanto pertenece a una clase de escritor diferente a la del novelista. Se podría decir incluso que pertenece a otra “especie”. En lenguas como la alemana no existe tal diferencia, la categoría “poeta”, Dichter, engloba a prosistas y versificadores, a narradores, dramaturgos y poetas líricos. Unos y otros tienen que vérselas con el lenguaje, con esa peculiar tensión entre el lenguaje cotidiano y el lenguaje poético o literario que ha sido irreductible a las explicaciones teóricas y que constituye la textura artística, la dimensión estética de la obra. En este sentido, no cabe duda que Javier Vásconez es poeta, uno de nuestros mayores poetas. Y en verdad, y a su pensar, también Vásconez va de la metafísica al crimen, no sin antes pasar por la cocina. A su pesar, porque Vásconez suele insistir sobre su pretendida ajenidad a la metafísica, sobre la desconfianza que le inspiran los teóricos, y entre ellos, los filósofos, lo que no le impide desde luego husmear entre las páginas de uno que otro filósofo, u opinar en torno a la supremacía que habría alcanzado, según él, el aristotelismo sobre el platonismo. Como sabe cualquier aprendiz de filósofo, nadie está exento de la metafísica, menos aún quienes hablan acerca de la condición humana, del miedo que atraviesa la formación de la subjetividad, de la amistad y el amor, como acontece en las novelas, como sucede a lo largo de esta novela. No quiero decir con ello que esta sea un aparato discursivo para sostener alguna tesis: nada más ajeno a Vásconez que la argumentación de posiciones; ni siquiera sus personajes serían capaces de semejante actitud. Entre Sartre y Camus, siempre Vásconez ha preferido al segundo, sin vacilación alguna. Pero esto no quiere decir que no exista una densidad de pensamiento en torno a la condición humana a lo largo de la ya extensa obra de Vásconez; una densidad de pensamiento más poética que filosofante, pero que pone ante nosotros preguntas esenciales que van más allá de la evidencia de lo dado, de lo cierto. Quizás a ello sea a lo que se refiere el doctor Kronz con el término “metafísica”.
De la metafísica a la cocina hay, desde luego, más de un paso. Algún kantiano o tomista podría suponer que hay una caída. Yo diría que más bien se trata de un tránsito desde el duro hueso de las entidades abstractas a las esencias de las hierbas que deben ser combinadas a través de prolijas operaciones del olfato y el tacto, de la vista y el gusto, atentos a la escucha de viejas sabidurías que se superponen unas a otras, hasta dar con la composición adecuada para una carne, un pescado, un camarón.
—Es una lástima que los años no pasen en vano, querido Vásconez, y que ya no nos sea posible, por un sentido de prudencia, derivar hacia lo que sería un crimen que cometeríamos contra nuestros propios cuerpos, es decir, sentarnos sin miedo alguno (¡otra vez la piel del miedo, en este caso bajo la forma metafísica de la salud!), sentarnos sin miedo alguno, digo, ante una mesa infinita de espléndidos manjares, como la mesa en torno a la que se sientan los comensales de la fiesta dominical en el hotel Dos Mundos, ese refugio del joven protagonista de la novela.
A semejanza de la cocina, la novela –supongo yo– el algún sentido más que el poema en verso, requiere de una paciente, meticulosa y cotidiana elaboración en que se cortan, se combinan, se adoban los distintos componentes para dar con la configuración exacta de los personajes, las referencias internas precisas, la construcción de ambientes, la sucesión cabal de los acontecimientos, tanto en la cronología de los sucesos como en su aparición en el tiempo narrativo de la novela. Es lo que en el caso de La piel del miedo deviene en esa escritura que Ignacio Echavarría caracteriza como “penetrante plasticidad de una prosa parsimoniosa y envolvente”.
Pero lo terrible que revolotea en la frase del irónico doctor Kronz es que el poeta va, pasando por la cocina, de la metafísica al crimen. Porque así como Vásconez ha sabido en esta novela crear los espacios festivos del banquete en el hotel Dos Mundos, en el que se sirve un estupendo viche de pescado, y del burdel Mariposa Negra en el que resuenan los boleros a cuyo ritmo viven sus melodramas personajes estrafalarios, tristes, o incluso rozados por cierto hálito sublime ―como la cantante Fabiola―, por contraste Vásconez nos arroja a los ámbitos de lo siniestro, de lo pavoroso, a los lugares inhóspitos de una infancia marcada por el dolor, la orfandad ―por la ausencia del padre y el derrumbe de la madre―, por la enfermedad y el miedo. Nos envía hacia los ámbitos de una puerilidad amenazada por el deseo que aflora con una violencia que empuja en dirección al placer y el goce, y que bien puede acabar en el crimen ―como de hecho acontece con uno de los personajes comparsa de esta novela, Ramón, el amigo y compañero de juegos e iniciación del protagonista― o en el fetichismo ―como en la escena grotesca en que el joven Cornelio Enríquez, que devendrá Presidente de la República, disfraza a una prostituta para que se asemeje a la imagen de la Virgen a la que se venera en el colegio al que asiste. O hacia la búsqueda atormentada de ternura, como acontece con el protagonista y la cantante Fabiola. O simplemente hacia la sordidez, el abandono y la desesperanza.
— ¡Desconfíen, amigos míos, de los poetas, quienes pueden acabar en el crimen! Recuerdo a una adolescente que luego de leer varias tragedias de Shakespeare comentaba que el gran poeta inglés le había dejado la impresión de ser un asesino en serie. Magistral, desde luego, pero asesino en serie. “¡A cuántos personajes da muerte violenta en sus tragedias!”, sentenció. Por suerte, no creo que a ningún gobernante se le ocurra colocar un ejército al mando del poeta Vásconez, ¡que los dioses nos libren! Si hago esta alusión es porque debo confesar que con Vásconez solíamos reunirnos para comer juntos los primeros jueves de cada mes, y, recordando a Quincey y a Chesterton, dedicábamos a menudo nuestras conversaciones de sobremesa a comentar algunos crímenes vinculados a las intrigas políticas. ¿Cómo no comentar el miedo a morir envenenado por los agentes de Putin que expresaba en algunas entrevistas el brillante ex campeón mundial de ajedrez, Gari Kasparov, durante la campaña presidencial en que fue derrotado, después del asesinato de un ex espía ruso que fue envenenado con polonio radioactivo en el hotel Milenium de Londres? Además, con “polonio”. ¿Acaso no se llamaba Polonio el cortesano intrigante, padre de Ofelia y Laertes, a quien asesina Hamlet en la alcoba de su madre?… El crimen, la poesía… En verdad, Vásconez no es capaz de matar una mosca fuera de sus novelas y cuentos. No creo que haya tenido jamás una pistola en sus manos. Sin embargo, en La sombra del apostador nos mostró cómo atravesaría la ciudad un asesino para disparar contra un caballo o un jockey. Pero en esta nueva novela, ya al inicio mismo de La piel del miedo, coloca al lector en el vórtice del terror que sacude al niño que escucha detrás de una puerta los disparos de su padre en el corredor de la casa contra el fantasma de su enemigo.
Javier Vásconez ha dicho que repudia la política desde niño, y algo de ese repudio a la violencia que surge de la intriga y la ambición de poder cruza por momentos la novela, sin que de ninguna manera esta sea una novela sobre la política. Cuando Vásconez me propuso hace algunos meses que presentara la novela, lo hizo bajo el presupuesto de que, a diferencia de él, yo estaba atravesado en cierto modo por la política. En el Ecuador, por una especie de maldición, la mayor parte de las conversaciones terminan enredándose en los sucesos políticos, en las intrigas, en las recurrentes teorías sobre la conspiración. Yo siempre le he dicho a Javier que nos repugnan cuestiones parecidas en la política, que por igual repudiamos la política tal como se la entiende de manera corriente, “periodísticamente” para decirlo de algún modo, esto es, como los juegos del poder: intrigas, conspiraciones, demagogia, propaganda… A nuestra edad ―aunque desde luego en esto él se anticipó con bastante tiempo a sus contemporáneos― sospechamos de las grandes causas, de los ideales pomposos, de las utopías y los mitos. En La piel del miedo, Vásconez decanta esa repugnancia suya por la política, en el sentido señalado, al rememorar un siniestro episodio de la historia ecuatoriana, el atentado que sufrió uno de los más importantes periodistas de mediados del siglo pasado. Vásconez es un novelista que, cuando toma elementos anecdóticos de la historiografía o de la memoria colectiva, los transfigura para poner de relieve algún aspecto de la condición humana; en el caso señalado, lo que importa es llegar a la descomposición de la subjetividad ante la traición, la deslealtad del poderoso con sus amigos cuando ya no le son útiles para sus fines, o visto desde el otro lado de la escena, desde la perspectiva de la víctima, cuando sucumben las defensas sicológicas que sostienen la dignidad y libertad individual. El historiógrafo captará de inmediato que un hecho que causó estupor durante el tercer gobierno de Velasco Ibarra, el asalto del grupo de pesquisas que fueron llamados “Pichirilos” ―porque eran pequeños de estatura― al periodista Alejandro Carrión, Juan sin Cielo, asalto ordenado directamente en el Palacio de Gobierno, y que, según se comentaba en las tertulias de cantina en aquella época, habría concluido en la macabra escena de hacerle comer estiércol ―que es en realidad una vieja práctica de tortura―, se traslada en la novela al gobierno de Camilo Ponce Enríquez, apenas encubierto bajo el nombre de Cornelio Enríquez, a quien se solía representar con un rostro que semejaba al de un vampiro en las caricaturas de la revista La calle, que dirigía su implacable adversario Alejandro Carrión. Cornelio Ponce, a juicio de quien fuera su mejor amigo de la juventud, Rogelio Villamar, padre del protagonista, es un traidor, y a criterio de Fanny, madre del protagonista, un fanático. ¿Qué hay más terrible en un gobernante que la deslealtad y el fanatismo? Hacia esta pregunta nos encamina el novelista, más allá de la destrucción de Rogelio Villamar y de su obsesiva contraposición a Cornelio Enríquez, que termina en lo que es una exacta inversión del banquete festivo, la repugnante cena en uno de los siniestros sótanos del poder. Vásconez de ninguna manera se detiene en las anécdotas; las toma solamente como pre-texto para construir ambientes y relaciones complejas entre sus personajes.
Desde un punto de vista, se podría decir que La piel del miedo es una novela de fantasmas, aunque no en el sentido de una novela gótica. Para comenzar, como en Hamlet, también en esta novela de Vásconez el padre, Rogelio Villamar, es un espectro. Pero a diferencia de la tragedia shakespereana, acá el hijo no ha de escuchar al espectro para vengarlo, sino que se verá condenado a perseguirlo como un fantasma que retorna en la pesadilla o en la imaginación del niño desolado, agobiado por la enfermedad y el desamparo; que retorna también en el derrumbamiento de la madre y la infinita tristeza de la hermana. Es un espectro que se configura y muta en los relatos de las posibles vidas que podría tener el ausente y que surgen en la imaginación y en el sueño ―quizá pequeño contrabandista de alcohol, quizá periodista en Panamá. Como sucede con los fantasmas, cuando parece estar en la cercanía, cuando parece que puede ser alcanzado al fin, se desvanece. Así como Vásconez dice desconfiar de la metafísica y de la política, también dice desconfiar del psicoanálisis. Nadie ose de hablar de Lacan en su cercanía. Sin embargo, creo yo que esta novela, precisamente por ser una novela de fantasmas y fantasmagórica, será una pieza de caza para freudianos y sobre todo para lacanianos. Una novela de fantasmas que se desplazan de un lugar a otro.
A los fantasmas se asocia el dolor, el miedo, el desamparo. Siendo una novela que narra el tránsito de la infancia a la juventud, que gira por entero en torno al protagonista, no es lo que se suele denominar “novela de formación”, no es una bildungsroman. No hay formación; más bien está construida como un movimiento a través de la desolación y el miedo hasta alcanzar cierta aturdida libertad.
Mas también hay otros significantes que van de esta novela, como sucede en las obras anteriores de Vásconez, hacia otras de sus narraciones, que se desplazan por el mundo de nuestro autor. En estas páginas vuelven a escena Kronz y el jockey Rosendo, que vienen de El viajero de Praga y La sombra del apostador, dos estupendas novelas de Vásconez. Señalaré otros dos evidentes desplazamientos de significantes que ustedes encontrarán con facilidad apenas se adentren en el libro: el protagonista es Jorge Villamar, J V, como J. Vásconez, personaje de otras narraciones que además es periodista, como Javier Vásconez, el novelista, que en su juventud fue periodista ―aunque, por suerte para él, no periodista político sino cultural. Pero erraría por completo quien interprete que tras Jorge Villamar se enmascara el novelista ―aunque, como sucede en toda obra novelesca, el personaje de alguna manera presta su máscara a ciertas figuraciones del autor: “Madame Bobary soy yo”, decía Flaubert, y Borges ironizaba sobre su inceszante construcción del personaje Borges en “Borges y el otro”. Asimismo, Fabiola Duarte, la cantante de boleros nacida en Manabí, recuerda a Gipsy Rodas, la cantante de Café concert que añoraba que le fotografíen frente al mar, pero aunque aquella es en cierto modo el doble invertido de esta última, ambas están condenadas a la frustración y el fracaso. Si en El viajero de Praga hay un médico loco a quien irresponsablemente se le ha encargado que dirija un hospital, que se dedica a “investigar” sapos en medio de una epidemia de cólera, en esta nueva novela de Vásconez aparece un adolescente que sueña en el tatuaje perfecto, que dice ser hijo de un “investigador” que se dedica a los murciélagos. Ya hemos dicho que a un personaje de la política ecuatoriana, aludido/eludido en la novela, se lo representaba en las caricaturas de la época como un vampiro. Este chupa la sangre, como el estilete del artista del tatuaje. La memoria mueve sus estiletes para narrar sobre la piel la historia del miedo de un adolescente…
“Esa noche, en la alcoba del Hotel Dos Mundos, con el frío pegado a los huesos, tuve el privilegio de escuchar la lluvia cayendo sobre la noche de la ciudad. Unas veces era cruel, otras tan protectoras como la sombra del volcán”. Esta noche, gracias a Javier, también nosotros, tal vez con el frío pegado a los huesos debido a algún pacto secreto que tiene él con los demonios del invierno, tenemos el privilegio de adentrarnos a la experiencia del placer de la lectura de una estupenda novela. Y yo he tenido el privilegio de decirles algo sobre la novela para incitarles a gozar de ella, por lo que le agradezco enormemente a mi amigo, el poeta Javier Vásconez.