Categoría: OtroLunes conversa

¡Caray, yo no soy un tubérculo!

Teresa Dovalpage es una de mis autoras cubanas preferidas. Y es que, desde que un día de fines de la década del 90 se me ocurrió dedicarme a leer y hacer antologías de la narrativa cubana escrita por mujeres, en la isla y el exilio, fui creando mi “altar personal de narradoras” y, aunque persigo todo lo que publican las que llamo “mis chicas” (incluso aunque, al modo de los niños enamorados, muchas de ellas no sepan que así las llamo), en ese altar coloco solamente los libros de esas autoras cuyos libros he leído más de una vez: Aida Bahr, Ena Lucía Portela, Anna Lidia Vega Serova y Mariela Varona, en Cuba y Daína Chaviano, Achy Obejas, Karla Suárez y Teresa Dovalpage en esa “otra orilla” de la que tanto se debate en estos días de marzo de 2012 en que cierro esta entrevista.

Y esa razón: la pasión que me despierta la obra de Teresa desde aquel lejano día en que me envió a La Habana el manuscrito digital de su novela inédita entonces Posesas de la Habana, basta para comenzar esta entrevista con palabras de otros dos escritores, para que nadie piense que mi juicio es parcializado.

Los dos autores que cito: Manuel Vázquez Portal y Félix Luis Viera son conocidos por no prodigar elogios si una obra no se lo merece. Los conozco bien y sé que cuando una obra no es buena (incluso aunque se trate de un amigo) Vázquez Portal prefiere asumir un silencio cómplice y respetuoso hacia el esfuerzo que significa haber escrito un libro; y también sé que cuando una obra no es buena, Félix Luis Viera, apasionado como es, prefiere llamar a las cosas por su nombre: “hoy hay mucha mierda etiquetada como literatura”, me dijo en nuestro último encuentro en ese monstruo mexicano que llaman D.F.

En un artículo muy elogioso sobre una de las novelas de Teresa, Félix Luis Viera dijo claramente que ella es “una de las autoras cubanas —entiéndase cubanas en el exilio y en Cuba— más destacadas en los años recientes”. Y en un comentario reciente, Vázquez Portal, asegura que “Ocurre que a Teresa  Dovalpage  le sobra el talento para fabular y como ya no puede jugar a las muñecas, se le derrama por la literatura (…) además de ingenio literario es poseedora de un sentido del humor que sólo a las personas muy inteligentes les asiste”.

Con esos elogios de colegas que no suelen elogiar, empiezo entonces esta entrevista.

 

1,- De tópicos… típicos, pero necesarios

¿Cuándo descubres el deseo de ser escritora?

Me parece que allá en la adolescencia. Claro, es difícil ubicar un punto exacto en el tiempo, pero recuerdo que desde niña fui una lectora impenitente, así que di el brinco de lectora a escritora casi sin darme cuenta. Un día, sencillamente, me senté a escribir. De ahí salieron unos cuentos horribles, según mi madre. Pero ya no había vuelta atrás: la escritura se inocula en la sangre como un virus y no te puedes librar de ella después.

 

¿Existió alguna influencia familiar que te impulsara al mundo de la escritura?

En sentido contrario, sí. Mi abuela, cada vez que me veía plantificada ante la máquina de escribir (una Underwood del año del ruido) me decía: “Mija, levántate de ahí, sal pa la calle, búscate un marido, que te vas a volver  boba con tanta escribidera.” Y como la adolescencia es la etapa de hacer precisamente lo opuesto de lo que nos dicen que hagamos… Por otra parte, en mi familia (con excepción de abuela, por supuesto), todos eran lectores voraces y consuetudinarios. Había una excelente colección de libros en casa, eso tampoco se puede descartar. Mi abuelo tenía las obras completas de Galdós, de Unamuno… todavía recuerdo el olor de aquellos libros con sus cubiertas de piel. Así que hubo de todo.

 

¿Recuerdas algunas de tus primeras lecturas?

¿Primeras, primeras… como de los tiempos primitivos? Pues me acuerdo de Cuentos y estampas —tú sabes que los libros rusos de los años 70, al revés de los dibujos desanimados, tenían su gracia. Y luego Little Women, que fue lo primero que leí en inglés, Colmillo Blanco, Los Tres Mosqueteros

 

¿Qué libros o autores han marcado cambios o el desarrollo de tu carrera como escritor?

Los naturalistas españoles del siglo 19, en primerísimo lugar. Cuando leí La Regenta, de Leopoldo Alas, me quedé deslumbrada, fue un amor a primera página. Tanto, que mi novela La Regenta en La Habana, que saldrá este año con Edebé, es una reescritura (un poco fresca, tengo que admitirlo) de la obra del Maestro Clarín. También leí todo lo que pude de Galdós, de Cervantes, de Lope de Vega (aprendí “Quiero escribir y el llanto no me deja” a los ocho años, ya ves si una era un bicho raro), en fin, los clásicos que me hicieron apreciar la belleza de nuestro idioma, la magia de la palabra escrita. Contemporáneos me gustan muchísimo Enrique Vila Matas, Álvaro Pombo, Almudena Grandes, Rogelio Guedea, Ana Cabrera Vivanco… Cada uno de ellos ha sido una influencia en un momento dado. En inglés una de mis autoras preferidas es Ann Tyler; su novela The Accidental Tourist es deliciosa.

 

La Habana y Taos, ¿antípodas o complementos intercomunicados para la escritora que eres?

Complementos, sin duda que complementos. Aunque parezcan lo contrario (el trópico y el desierto, el verde y el castaño) tienen mucho en común. Aquí se habla español —un español un tanto antiguo y con adiciones de Spanglish, pero español al fin. El ritmo de vida es mucho más lento que en otras ciudades americanas; por tratarse de un pueblo chico hay un espíritu de comunidad que permite llegar a conocer a casi todos los vecinos… Vamos, no es La Habana en pequeño ni nada parecido, pero me resulta más familiar que, por ejemplo, San Diego, otra ciudad donde viví varios años y a la que también le tengo un cariño especial, pero por distintos motivos.

 

2.- De tópicos… menos típicos, pero igual de necesarios

Tu primera novela se publicó en inglés. La pregunta sería: ¿la escribiste en inglés?

Escribí A Girl like Che  en inglés porque no tenía idea de cómo llegar al mercado en español desde San Diego, California, donde vivía entonces. En aquellos momentos no sabía de agentes literarios ni de Writer’s Market, nada… Mis tres libros siguientes fueron en español (Posesas…, Muerte de un murciano… y Por culpa de Candela), sobre todo por el espaldarazo que significó publicar en España. Pero he seguido escribiendo en inglés. Mi novela Habanera, a Portrait of a Cuban Family, se publicó en 2010 con Floricanto Press y ahora acaba de salir una colección de cuentos, también en inglés, The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond, con University of New Orleans Press. Además de enseñar en la universidad (español, por supuesto), trabajo como reportera para nuestro periódico local, Taos News. Allí escribo artículos en inglés y tengo una columna semanal en español. De modo que los dos idiomas se reparten mi lengua y mi escritura. Mitad/ half.

 

Aprovecho la circunstancia para retomar una discusión de estos años: ¿se puede ser cubano escribiendo en inglés?, ¿no es el territorio de la lengua un elemento vital para definir eso que algunos llaman “cubanidad”?

Hombre, en cuanto a la primera pregunta, claro que sí. ¿A ver qué voy a ser sino cubana, después de vivir 29 años en Cuba? No importa a dónde haya ido a parar después ni en qué idioma escriba o hable… Y sobre el territorio de la lengua —me gusta la frase, eh— el otro día precisamente leí un artículo muy sesudo (y farragoso) sobre la escritura en otro idioma distinto del materno y el sentido de “traición” que esto implicaba y me quedé flipando pepinos. Bueno, flipando cactus. Es como si uno aprendiese piano, compusiera diez piezas para piano y no pudiera tocar el violín ni componer para violín porque le estaría haciendo traición… a la pianidad. Faltaría más.

Desde luego, también depende del tema que trate. Por ejemplo, mi cuento “Goodbye, santero,” que es parte de la colección The Astral Plane… sucede en Taos, entre taoseños, de manera que resultó mucho más fácil escribirlo en el idioma que hablaban los personajes a fin de conservar sus giros lingüísticos y sus dicharachos, que a veces ni tenían traducción.. Mientras que La Regenta en La Habana, que sigue dos líneas argumentales: una reescritura del final de la obra de Alas y la vida de una profesora cubana que enseña La Regenta en la Universidad de La Habana, pedía a gritos el español.

 

Me gusta poner a mis entrevistados ante la disyuntiva de tener que mirar a sus libros y recordar de qué va cada libro y qué significado tuvieron, en su momento, para sus carreras literarias. Hagámoslo entonces.

A girl like Che Guevara, novela, 2004:
un reto, probarme que podía escribir en inglés, y no sólo emails o cartitas. Recordar las escuelas al campo, el olor de los surcos mojados y de la plasta de vaca. Mi primer libro publicado, un suspiro de alivio. Se lo mandé a mi abuela: “¿Ya ves que para algo sirvió el sentarme ante la Underwood?” Y ella “Qué es esto, chica, yo no entiendo ni papa de lo que dice aquí. Pero al menos tienes marido.”

Posesas de La Habana, novela, 2004:
un desahogo, pintar a mi familia con los colores más feos posibles, quizá para terminar agradecida de que no fueran tan malos como los describía. Mi primer libro en español, mi preferido todavía.

Muerte de un murciano en La Habana, novela, 2006:
un ejercicio literario basado en una historia que oí contar en La Habana, una historia más vieja que andar a pie: el fulano (extranjero en este caso) que va por lana y sale trasquilado. Cuando quedé finalista del Herralde, una sorpresa. ¿De verdad a la gente le gusta lo que escribo?

Por culpa de Candela, relatos, 2009:
de todo como en botica, una colección de cuentitos que ya se habían publicado en distintas revistas y periódicos. Mi favorito es el que le da título al libro, basado un poco en mi vida en San Diego.

Habanera, a Portrait of a Cuban Family, novela, 2010:
mezcolanza mutante, empezó como memorias, pero llegó un momento en que me di cuenta de que había inventado mucho. Sobre todo cuando le mandé el manuscrito a mi madre (ella sí lee inglés) y me dijo: “Cochina, ¡yo jamás en la vida le pegué los tarros a tu padre, borra eso!” No me quedó otro remedio que convertirlo en ficción.

El difunto Fidel, novela, 2010:
un híbrido, nació como obra de teatro que escribí para Aguijón Theater. Transformada en novela corta, la mandé al concurso Rincón de la Victoria en España y ganó el premiecito, de modo que le tengo un afecto muy particular.

Llevarás luto por Franco y otros cuentos, relatos, 2012:
pura diversión, el goce de escribir. Los más entretenidos (para mí, al menos) son los que se basan en experiencias más o menos reales, como “El retrato astral.”

The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond, relatos, 2012:
recholata in English, otra colección de cuentitos. Ahora que me doy cuenta, me ha dado por lo astral últimamente, qué metafísica me he vuelto, ¿no?

 

Ya desde Posesas de La Habana, que fue la primera obra tuya que leí en manuscrito cuando me la enviaste a Cuba para publicarla en la Colección Cultura Cubana de la editorial Plaza Mayor, descubrí en ti una capacidad especial para estructurar personajes muy definidos, casi perfectos, en su psicología y movimiento dramático dentro de tus novelas. ¿Cómo se arman tus personajes en tu cabeza para que luego se escapen así, tan libres, en las páginas de tus novelas y cuentos?

¡Gracias, Amir! Yo también me acuerdo de la correspondencia que mantuvimos entonces, y cuánto te lo agradecí. Mijo, es que una necesita todo el apoyo moral que puedan darle, sobre todo al principio, y más teniendo en cuenta mis antecedentes familiares… La mayoría de mis personajes están basados en gente que conozco o que he tratado, aunque un poco desfigurados, por supuesto. Los de Posesas… fueron facilísimos de captar: ¡se trataba de mi propia familia!

En general procuro que los personajes sean creíbles en sus motivaciones y que tengan su propio estilo. Quiero decir, que hablen como la gente y no en diálogos envarados o ñoños. Para eso ayuda mucho el leerse en alta voz., para “oír” a los personajes y  asegurarse de que tengan el tono adecuado, de que no desafinen, para seguir con las comparaciones musicales. La práctica del teatro ayuda mucho aquí.

 

¿Cómo sabe Teresa Dovalpage que una historia es para un cuento o para una novela? Pregunta pretexto para que me definas, desde tu estilo propio, qué diferencias esenciales hay entre estos géneros, más allá de su extensión, si tenemos en cuenta que Borges dijo que toda historia, sea larga o corta, terminada o en suspense, responde al deseo ancestral del ser humano de volver a vivir la experiencia de sentarse alrededor de una hoguera a escuchar las historias de los cazadores o de los más viejos de la horda.

Esa cita me encanta…El problema es que no estoy segura de cómo contestar a tu pregunta, pero voy a intentarlo. A veces un cuento viene “redondo,” vaya, que te llega con su principio y su final y no hay más que escribirlo, es como si te lo dictaran. Pero otras, en el proceso de escritura, una va descubriendo que no, que ahí hay más material y la cosa se alarga, pica y se entiende…Y cuando vienes a ver te encuentras metida de cabeza en una novelonga, que fue lo que me pasó con Orfeo en el Caribe, que sale a fines de este año. Y bueno, mientras la horda no le empiece a tirar piedras a la pobre cuentera, porque es hora de irse a cazar o a dormir, pues le vamos echando ganas…

 

¿Y por qué el teatro? ¿No sientes ese miedo que la mayoría de los narradores confiesan tener ante un género tan difícil?

Mira, yo escribo mis obritas y si alguien las representa, bien, y si no, también. Sin contar con que las obras de teatro se pueden refreír (o reciclar, para usar una palabra más fina) y convertirse en novelas. Que fue lo que pasó con Hasta que el mortgage nos separe. Rosario Vargas, la directora de Aguijón, nos había perdido a un grupo de autores nuestra versión hispana de La muerte de un viajante; yo le mandé la mía y la representaron en Chicago, fue una experiencia maravillosa. Unos meses más tarde vi un concurso para novela corta, el Rincón de la Victoria, y como no tenía nada nuevo a mano usé la obra como esqueleto, le insuflé palabras y carne fresca y la mandé. Así que quién dijo miedo…

 

3.- De otros tópicos nada agradables… pero latentes

La nostalgia, ese animal silencioso. ¿Lo padeces o, como decimos en buen cubano, lo desmayas?

Lo desmayo, lo desmayo… La nostalgia jamás de los jamases me ha atacado. Hay veces que me gustaría sentirla porque debe ser buena inspiración literaria, pero ni fu ni fa. El animal silencioso no se me acerca, no me enseña ni las orejas. Tal vez la razón sea que no dejé atrás nada que recuerde con añoranza. Lo cierto es que estoy satisfecha con la vida que me he creado aquí, en medio del desierto, con mi marido Gary y con nuestros perros y gatos; con nieve los inviernos y el olor a lavanda en los veranos…

Nunca he soñado con el Malecón, ni con el Coppelia, ni tan siquiera con las palmas. Al contrario, entre mis pesadillas recurrentes está una en que me veo de vuelta en La Habana, allá en Carlos III  y Espada, donde vive mi madre, y de repente… ¡paf! descubro que se me ha perdido el pasaporte y que no puedo salir del país. He oído de otra gente, todos cubanos, que también la padecen, con pequeñas variantes. ¿No será parte de nuestro subconsciente colectivo ese sueño del pasaporte?

 

Eres, según ridículas estrategias divisorias, una “cubana de afuera”. ¿Qué opinión te merece ese intento de desacreditar al escritor, algo que, como sabes, está presente por desgracia en las dos orillas más claras del “asunto cubano? Lo digo porque, al menos yo estoy harto de escuchar a escritores y políticos de la isla decir que nuestra literatura es menor porque “perdimos las raíces”, “la nostalgia y la frustración los ahoga” y cosas similares; pero también estoy cansado de oír a escritores y políticos del exilio decir que la literatura dentro de la isla es “castrista”, “apolítica por miedo”, “falta de libertad”, etc.

Tienes razón, son ridículas como estrategias, y si no fueran molestas, como piedrecillas en los zapatos, hasta risa darían. Tengo amigos escritores que viven en Cuba a quienes les fastidian también, y con toda razón, semejantes letreros. En lo personal, ahora que estoy “afuera” escribo más sobre Cuba (y sobre cualquier otro tema) que cuando estaba “adentro” así que mira tú… En cuanto a la pérdida de las raíces, mi primera reacción a la frase es: “¡Caray, yo no soy un tubérculo!” Y ya te dije lo que opinaba de la nostalgia. Por lo demás, todas esas etiquetas son tonterías. Cito de memoria una frase de mi admirado amigo Félix Luis Viera; “lo que importa es escribir, y lo demás es mierda.”

 

En la casi olvidada polémica de Sartre y Camus sobre el papel del escritor en la sociedad, ¿de qué lado te colocas ahora mismo?

Más bien camusiana. Como escritora de ficción, mi papel es entretener al lector, divertirlo, hacerlo pasar un buen rato. Pero no concientizarlo políticamente (qué horror), al menos no de una manera tan cruda que el libro parezca un panfleto. Espero que los lectores conozcan cómo es la vida en Cuba al leer mis novelas y cuentos, pero yo no les voy a poner el biberón en la boca ni a agitarles el dedito en la cara: “fíjense qué malo es lo que pasa allí porque…” Para eso se escribe un artículo de opinión o un ensayo.

Ahora, cuidadín, que no estoy diciendo que el escritor no deba meterse en política o que tenga que aislarse en una torre de marfil o tras una muralla de píxeles. ¿Qué puede hacer un escritor comprometido? Firmar una carta de denuncia, protestar ante una embajada, participar en una manifestación, hasta unirse a una expedición armada si es lo que le provoca. Lo que quiero decir es que el tema político, metido a pulso en una obra de ficción, rechina, aburre, cansa. Ni la política ni la literatura ganan nada con ello.

 

Finalmente, otro tópico: ¿en qué nuevo proyecto anda tu taoseña cabecita?

Mi taoseña cabecita está dándole los últimos toques a un proyecto muy divertido que hice hace poco con las escuelas de Taos. Es un libro bilingüe, Leyendas nuevo mexicanas en escena, que tiene mucho sabor local. Incluye una obra de teatro, escrita por los propios estudiantes, sobre mitos y leyendas de la región —La Llorona, las verónicas que salen en Semana Santa, una curandera… Por otro lado (el lado más creativo) estoy terminando un obrita de teatro temporalmente titulada Escuela de escritores, un homenaje a Feliz B. Caignet.

Siento que algunas presencias me abrigan

LUIS YUSEFF  (Holguín, Cuba, 1975). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Tiene publicados «El traidor a las palomas» (Eds. Holguín, 2002); «Vals de los cuerpos cortados» (Eds. Holguín), «Yo me llamaba Antonio Boccardo («Eds. Almargen), Esquema de la impura rosa (Eds. Vigía), y «Golpear las ventanas» (Ed. Letras Cubanas), todos en el 2004; «Salón de última espera» (Casa Editora Abril, 2007), «Los silencios profundos» (Eds. Holguín, 2009), «La rosa en su jaula» (Ed. Oriente, 2010) y «Los frutos de Taormina» (Eds. Matanzas, 2010).

Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de la Ciudad de Holguín, Premio Alcorta, Premio Anual de Poesía “América Bobia” y Pinos Nuevos, en el 2003; Premio Calendario (2005), Premio Nacional de Poesía “Adelaida del Mármol” (2008), premio de poesía de La Gaceta de Cuba (2009), Premio de poesía José Manuel Poveda de la Editorial Oriente, Premio de poesía José Jacinto Milanés 2010 y Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén 2012 con el libro Aspersores. Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelanda. Ha sido el compilador principal de las antologías «Memoria de los otros» (cuentos, 2006), «El sol eterno. Antología de poetas jóvenes holguineros» (2009) y «La isla en versos. Cien poetas cubanos» (2011), publicadas por el sello Ediciones La Luz.

Luis Yuseff, poeta cubano

Luis, te has convertido en el poeta más joven en ganar el premio de poesía de mayor relevancia en Cuba, el Nicolás Guillén, y lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es la siguiente pregunta: ¿Desde la infancia sabías que le ibas a dedicar tu vida a la literatura? Háblame de tu niñez, la familia y el barrio.

Nada me hizo suponer que iba a dedicarme a la literatura, siempre fui un niño relativamente “normal”. En casa teníamos un patio grande donde crecía una mata de mangos, una de ciruelas y otra de limón, y aquello era un bosque para mi hermana Yudith y para mí. Los muchachos del barrio venían con nosotros, pues en sus casas casi nunca dejaban que entráramos demasiados niños y en la nuestra no existían limitaciones de ese tipo, al contrario, nos cuidaban a todos y eran recibidos con mimos como si fueran de la familia. Nos gustaba escaparnos al río que pasa por el fondo del patio; pero a nuestros padres y abuelos no les agradaba la idea que saliéramos de pesca en esas aguas infectadas de desechos albañales. Sin embargo para nosotros nunca significó nada toda aquella contaminación que dura hasta hoy, sino que éramos seducidos por los peces de colores que milagrosamente sobrevivían allí; las cercas copadas de coralillos y cientos de abejas y mariposas, todo esto fue desapareciendo después de unas espantosas fumigaciones esparcidas por unas ruidosas avionetas.

Por otra parte mi infancia siempre tuvo una especie de ángel guardián, la bisabuela Silvina, ciega, pesaba cerca de 300 libras, y casi siempre estaba sentada en un butacón de la cocina. Todas las mañanas le daba un beso, y ella me regalaba alguna “chuchería”, después la ayudaba a ir hasta el jardincito y allí le contaba los marpacíficos que amanecían abiertos. No conservo en la memoria nada más cercano a lo que tengo hoy como hecho poético que ese recuerdo.  También contaba algunas historias de mi bisabuelo mambí, que no conocí y que su propia hija, es decir mi abuela, casi tampoco conoció pues murió cuando ella apenas tenía 7 años. Atesoro unas pocas páginas del pequeño carné que lo acreditaba como veterano de la Guerra de Independencia, milagrosamente sobrevivieron a las inundaciones que el ciclón Flora provocó en los valles del río Cauto.

 

¿Siempre estuvo la Poesía?

Ya te digo, ella siempre ha estado. Pero te soy sincero, antes de la Poesía me sentí más atraído por  la Ciencia, una fascinación que no termina, pues todavía le echo de menos a los laboratorios de Química, que fue la carrera que estudié en la Universidad de Oriente. Y no creo que esa haya sido una elección equivocada, porque de lo contrario estaría negando todo lo que significó para  mí descubrir el microscopio en las clases de Botánica. Recuerdo que la maestra le aconsejó a mi mamá que me llevara a un psicólogo porque no era normal que un niño de mi edad se tomara con tanta seriedad las aspiraciones de convertirse en un “científico”, por suerte mi madre siempre ha sido una mujer sensata y no hizo caso. Después llegaron la Física, la Biología y finalmente la Química.

Estando ya en la universidad me sentí tentado a cambiar de carrera, pues me inquietaba la urgencia de escribir y no tener el tiempo suficiente para leer todo lo que hubiera querido y escribir un poco más. Pero no lo hice. En la vida, a veces, ocurren algunos ordenamientos secretos que ni siquiera uno mismo alcanza a sospechar que están ocurriendo, así que terminé mi carrera, me vine a Holguín, y durante diez años estuve trabajando en un laboratorio de Inmunología, a la vez que escribía. Allí concebí mis primeros libros y algunos de los que vendrían después.

 

¿Anhelabas ser otra cosa en la vida?

Ahora, que he publicado algunos libros y también visto algunas de las estructuras más insospechadas que sostienen a la vida ―y a ambos lados he encontrado gente buena y gente mala, dolor y alegría― creo que lo que mejor me hubiera sentado era tener un terreno fértil para, como Emily Dickinson, sembrar rosas, ese tópico que pertenece a la prehistoria de la Poesía y del que tanto huyen los poetas más aventajados de la posmodernidad.

 

¿Recuerdas lo primero que escribiste?

Sí. Y también lo he olvidado.

 

¿Qué otras pasiones ocupan tu tiempo?

Aparte de la edición de libros, me gusta la promoción de la literatura, ya sea con presentaciones en escuelas o universidades o a través de la confección de proyectos que me llevan a estudiar la obra de mis contemporáneos. Por estos días trabajo en la preparación de una selección, “Poderosos pianos amarillos”, en colaboración con el poeta y amigo Eliécer Almaguer, y que consiste en una compilación de poemas cubanos “a/por/para/con” Gastón Baquero, de quien celebraremos el centenario de su nacimiento en 2014.

 

¿Qué problemas te ha causado ser poeta?

A mí, ninguno. Pero eso no niega que para otros el hecho de yo serlo si lo tengan como un problema; pero de eso no me gusta hablar porque es como mirar al pantano cuando se tiene delante el San Sebastián… de Guido Reni.

 

¿Qué relación mantienes con otras manifestaciones del arte?

Hace algunos años leí en una carta de sor Juan Inés de la Cruz unas palabras que me gusta citar: “¿Cómo entender esto sin música?”, eso justifica mi pasión por ese arte.

Súmale al pedido de que se me permita en otra vida ser un jardinero que cultiva la rosa, la posibilidad de que también me sea otorgado el don de cantar como Enrico Caruso o como Bola de Nieve…

 

¿Tiene que existir alguna circunstancia especial para escribir?

Salvo la necesidad de no tener a mi lado a un solo ser humano que me interrumpa o sentirme “bombardeado” por el infiernillo musical caribeño, nada más necesito para escribir poesía. Pero esa es una necesidad que se parece a las urgencias de casi todos los seres humanos con una mediana sensibilidad al ruido, así que no creo que el mío sea un carácter excepcional.

 

¿Cómo es tu proceso de escritura?

Bien espaciado. Puedo estar hasta dos años sin escribir un solo verso. Por eso no me interesa la opinión de algunos sobre el hecho de si escribo “poco” o “mucho”. Nunca se saber en los cenáculos literarios cuándo realmente uno está escribiendo mucha, poca o ninguna poesía, porque las conversaciones no suelen ser diáfanas y mucho menos sinceras, desligadas de pobrezas personales. Sé de escritores que pueden pasarse veinte años sin publicar un libro y cuando finalmente lo hacen, no te convencen de que su silencio haya valido la pena… Por tanto escribo cuando puedo, y ese “poder” lo asocio a períodos casi siempre cortos pero intensos, que disfruto en la medida de lo posible, porque lo que viene luego, entiéndase proceso de conformación de un libro, selección de poemas, se me vuelve tedioso; pero es la parte de la que ningún escritor puede prescindir porque nadie mejor que él mismo para saber a dónde quiere dirigir su propuesta. Hasta la mano amiga, movida por las mejores intenciones, puede resultar intrusista. Lo mejor es trabajar solo.

 

¿En la poesía escoges los temas o ellos te seleccionan a ti?

No creo casi nada en lo de “escoger o ser escogido” por un tema poético o no… No se me ocurriría llevar a un puesto de guardia médica a un ser querido si no sospecho que existe la “urgencia”. Lo mismo sucede cuando decido escribir un poema: si hay “urgencia” entonces se lleva al papel.

 

Hazme un inventario de tus lecturas,  autores preferidos.

Todos poetas: las obras completas de Gastón Baquero, Dulce María Loynaz, y Eliseo Diego; Martí, sobre todo el prosista; algo de José Lezama Lima, un poco de Virgilio Piñera, todo de Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges, César Vallejo, Roberto Juarroz, Octavio Paz. También Juan Gelman, Gonzalo Rojas. La Generación del 27: Luis Cernuda, Lorca, Alberti. Gracias a las traducciones: Kavafis, René Char, Paul Celan, Jacques Prévert, Rimbaud, Szymborska, Milosz, Pessoa, T. S. Eliot, Silvia Plath…

 

¿Te ha perseguido el fantasma o el espíritu de algún escritor?

Por suerte no, porque no me gustan los espíritus obcecados. Pero si lo que quieres decir es si tengo alguna figura tutelar, entonces te digo que sí. Desde hace algunos años me acompañan las fotografías de Dulce María Loynaz y Gastón Baquero. Siento que algunas presencias me abrigan.

 

¿Te formaste con autores o libros específicos?

Pienso que la formación de un escritor no termina por el simple hecho (o no tan simple, para ser justo) de haber publicado algunos libros. Ese es un proceso que se bifurca o se concentra en la misma medida en que uno intuye lo que desea hacer (ser) como escritor. Entonces puedo decirte que los libros que leí con fruición hace 20 años puede que ahora mismo ya no me digan nada; pero también puede sucederme que el influjo, la seducción no cesa con otros libros que leí hace igual cantidad de tiempo. Por eso retomo cada año algunos poemas, algunos autores que son paradigmáticos y otros jamás vuelvo a visitarlos. Pero no es una ley de vida. Prefiero ser flexible con mis criterios y también con mis lecturas.

 

¿Te sientes discípulo de alguien?

De nadie en especial. Esa es una responsabilidad que no debo compartir con otros. Lo que si puedo decirte es que he encontrado poetas, sobre todo cubanos, que no dejan de iluminarme. Y aquí también hay aprendizaje. Me espanto cuando descubro que existen galaxias insuperables entre los poetas y su obra. Los que más admiro, los que más han ayudado a conformarme como escritor y sobre todo, como ser humano, son aquellos en los que no he logrado escindir sus dos frentes. Lo otro me parece una pose, malabaristas intelectuales, puro derrochadores de egos que espolean los mejores espíritus de una época.

 

¿Hay algún texto que haya marcado tu escritura?

Cuando tenía catorce años leí por vez primera “Eternidad”, de Dulce María Loynaz. Siempre he dicho que ese pequeño poema fue revelador para mí. Desde ese día nunca más volví a leer un poema como lo hacía hasta ese momento, quedé convencido de que el lector de versos obligatoriamente necesita sentirse involucrado con el texto, de lo contrario la lectura se convierte en tedio. Y eso es responsabilidad de quien lo escribe no de quien los lee, por más que también existe una pereza intelectual en algunos lectores que muchas veces justifica su distanciamiento de la Poesía como género, a la vez que les impide proveerse de buenos libros, de relecturas reconciliadoras.

 

¿Cuáles serían los poemas cubanos que incluirías en tu antología personal?

Sin orden ni concierto y recurriendo a la austeridad, pues las impresiones de antologías son limitadas: José Martí con unos cuantos Versos sencillos y Versos libres; “Palabras escritas en la arena por un inocente”, “Palabras de Paolo al hechicero” y “Saúl sobre su espada” de Gastón Baquero; Poema CXXIV (Isla mía…) de Poemas sin nombre, “Al Almendares”, “Eternidad”, “Carta de amor al rey Tuk-Tank-Amon” y “La novia de Lázaro”, de Dulce María Loynaz; “El primer discurso”, “El sitio en que tan bien se está”, “Nombrar las cosas” y “Nostalgia de por la tarde”, de Eliseo Diego; “Ah, que tú escapes”, “Noche insular, jardines invisibles”, “La madre” y “El pabellón del vacío”, de José Lezama Lima; “La isla en peso”, “Vida de Flora” y “Solicitación de canonización de Rosa Cagí”, de Virgilio Piñera; “Soneto de las contradicciones”, de Gertrudis Gómez de Avellaneda; “Poema a Gala”, “Este poema es la exaltación”, “De María García Granados a José Martí” y “Poema para la mujer que habla sola en el parque de Calzada”, de Lina de Feria; “Poemetos de Alma Rubens (XIV, XV, XVVII, XX)”, de José Manuel Poveda; “Nocturno y elegía”, “Elegía sin nombre”; “Poema impaciente” y “Canción sin tiempo II”, de Emilio Ballagas; “Una dulce nevada…”, “El distinto” y “Carta a César Vallejo”, de Fina García Marruz; “Aguas”, de Delfín Prats; “Repaso final”, de Antón Arrufat; “¿Y Fernández?”, de Roberto Fernández Retamar…hay más, pero estoy agotado…

 

¿Qué significa cada uno de tus libros o acaso son etapas superadas?

Algunos de mis libros incluyen poemas que fueron escritos muchos años antes de ser publicados, eso se debe a que en su momento no encontraron lugar dentro del libro que trabajaba con intención de publicar, y quedaron en una gaveta. Puede ser que se adelantaron a su momento o que llegaron tardíamente. Por eso casi nunca puedo referirme a cada libro mío como si fuera un ciclo cerrado, rigurosamente cerrado. Esas estructuras muchas veces alcanzan a trasvasarse y encajar armónicamente en otras estructuras. Tu buena intuición de escritor es quien te dice finalmente qué poema se queda y cuál no; pero hay tantos modos de conformar un libro como poetas existen.

Tampoco reniego de lo escrito, la vergüenza o la virtud que otorga solo me toca a mí.

 

¿De todos tus libros cuál tiene mayor significado?

El más atendido por los críticos fue Salón de última espera (2007), Premio Calendario; sin embargo no es el cuaderno de mayor significación para mí. Obligatoriamente tendría que hacerte un análisis alejado de apasionamientos, pero como no pretendo emitir una autovaloración pública de lo que he hecho hasta hoy, solo te voy a decir que El traidor a las palomas (2002), con una tirada de apenas 300 ejemplares agotados, sigue aportándome lectores. Existen otras razones para defender este cuaderno prístino, pero no me seduce la idea de realizar una anatomía comparada. Pienso que mi vida como escritor es relativamente bien corta, y que tiene que pasar mucho tiempo; tiene que existir un alejamiento que no puede ser el de una década nada más. No me trates como si fuera un ancianito adorable…

Al final cada uno se queda con lo que mejor le va, sin importar para nada cuán importante fue la circunstancia del escritor. De eso se ha hablado mucho, no creo que yo esté aportando algo nuevo.

Hace algunos días escuché una entrevista a Joaquín Sabina donde decía que el artista siempre termina decepcionando a sus seguidores porque es un asunto intrínseco a la evolución, ya no solo como artista sino también como ser humano. Si no cambias los modos, dicen que te repites, y si cambias entonces consideran que los traicionas. Ahora recuerdo a Abel Pose, en El largo atardecer del caminante: “Nada más negativo para un hombre que tener que vivir empeñado en alcanzar un destino impuesto o imaginado por los otros.”

 

Ya vas dejando de ser un poeta joven ¿Eso te espanta?

“El poeta no tiene otra edad que la plenitud de sus versos…” No son palabras mías, eso le escribió Gastón Baquero a Cintio Vitier en una carta de 193… Y me parece muy sabio.

 

¿Qué satisfacción has sentido con la literatura?

La de encontrar algunos lectores que subrayan mis versos, porque eso es lo que hago yo con los poemas a los que siempre quiero volver. Y también la de haber encontrado un modo de comunicarme, no solo con desconocidos, porque escribiendo poesía uno se conoce mejor así mismo.

Nada más, porque todo lo otro se te da, pero también puede que se te quite o se te niegue.

 

¿Eres poeta todo el tiempo?

Esa no es una condición de la que uno puede rehusar, como si fuera un traje que te pones o te quitas, de lo contrario sería fingido todo lo que hemos hablado hasta ahora. Te digo que esa es una condición de la que no puedes rehusar como tampoco puede deshacerse el cirujano de la suya ni tampoco un astrónomo. Ahora, ni uno ni otro se pasa la vida frente a un quirófano ni calculando la edad de las estrellas, y mucho menos se llevan a la cama un bisturí o un telescopio, a no ser que sean mentes fetichistas, creo yo.

 

Háblame de tu vínculo con la ciudad, los amigos y los cafés.

He permanecido la mayor parte de mi vida viviendo en Holguín, pues ni siquiera en los años de estudiante universitario me alejé de la ciudad donde nací. Eso supone un vínculo casi visceral con este sitio, también con algunos amigos, cuya nómina varía, unas veces para bien otras para mal… Sobre los café, que no son tantos en cualquier ciudad de provincia como lo es Holguín, cada día me alejo más, la rudeza de los tiempos que corren no alcanzan a justificar lo áspero que suele ser el trato que nos damos los cubanos, unos a otros. Una vez me sentí tan ofendido en uno de esos sitios que hasta sentí vergüenza de los míos, quise escribir algo, una crónica, un artículo bien crítico, pero terminé por escribir un poema, “Efecto café bulevar”, que no es otra cosa que una reconciliación con mi época, con mi cultura, con mi país… Es una pena, de verdad, pero a ser maltratado por espíritus concentrados en sus miserias, prefiero quedarme en casa donde me gusta recibir únicamente a los amigos, y brindarles una taza de café, de ese que se cosecha en las montañas orientales, recién colado, café carretero que tan bien cuela mi padre…

 

¿Qué importancia le concedes a la familia y la familia a tu obra o al tiempo que le dedicas?

Nunca he sido un incomprendido, jamás he tenido que restarle tiempo a mis estudios de universidad, cuando fui estudiante, ni después cuando quise dedicarme a la literatura. Siempre he estado rodeado de mucho amor. Todas las carencias, toda la alegría, y todo el dolor lo hemos compartido del mismo modo. Si algo nos asusta es la certeza de que el tiempo se le acaba a los seres que amamos. Pero ya lo dijo el viejo Eliseo, “aquí no pasa nada, es la vida…”

 

¿Cómo definirías a un poeta?

Como un cristal. Existe una ciencia, la Cristalografía, que estudia estas caprichosas estructuras: los hay azules, como el cariño; los hay rojos, como la sangre; negros como la noche; verdes como la esperanza; violetas como las pasiones carnales; dorados como las promesas; blancos como la bondad; grises como la hipocresía. Algunos son opacos, otros brillan. A veces son frágiles, pero otros son prácticamente infracturables como el diamante, cuya variedad polimórfica es el carbono, y que puede convertirse en diamante, pero para eso hay que someterlo a altas presiones.

Lo heroico, realmente, no es ser cristal, sino escoger el color predominante.

 

¿Consejos para los poetas que comienzan en ese difícil arte de escribir versos?

Leer y escribir. Escribir y leer. No escuchar los cantos de sirenas ni el graznido de los cuervos. Mantenerse alejado de los espíritus viles. Concentrarse. Iluminar. La auténtica poesía a veces es premiada (reconocida) otras no. Y por último: amar la Belleza pero sin olvidar que la belleza mata.

 

Ganaste el Premio de poesía La Gaceta de Cuba 2009, y eso te permitió viajar al Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los encuentros de poesía más importante del mundo ¿Qué te aportó el premio y qué el viaje?

Creo que todos los poetas cubanos deberían de tener la oportunidad de asistir a ese festival. Recuerdo con asombro la tarde de la clausura, de pronto comenzó a caer un aguacero torrencial, todos sacaron capas y paraguas y no se movieron durante las 4 horas que duró la lectura. El respeto de un público que acude masivamente a las presentaciones de los invitados es lo que más me ha admirado en años. Por mucho tiempo olvidé los versos de Juan Manuel Roca donde asegura que en Medellín “crecen por igual las orquídeas y la rabia…”

 

Para culminar el año 2011 te has ganado el Premio Nacional de Poesía Nicolás Guillén, ¿cuál es el camino?

Supongo que tendré que seguir escribiendo, todo lo demás es circunstancial, realmente circunstancial… Este premio es bien importante en el panorama literario cubano, históricamente polémico, lo que no le quita relevancia. Sé que muchos amigos se alegran de que haya sido yo el premiado, me convierte además en el autor más joven en obtenerlo. Aspersores, es un cuaderno bien intimista, yo diría que “doméstico”, escrito casi para ser leído únicamente en casa. Parece que eso fue lo que llamó la atención a los miembros del jurado. Se escribe, muchas veces bien, pero a veces nos olvidamos de esa “tripa dolorosa”, que es como le dice Juan Gelman al corazón.