De esta novela de Javier Vásconez, me impresiona, pasando por alto las analogías o lazos que advierto entre ella y mi novela Sexto sueño (las dos Violetas, el gato, la gata, el alcohol —«vodka fiction«, «tequila fiction»— el bolero final, el país invisible marginado de la Historia), esa atmósfera donde el tiempo fluye de tal manera que parece liberarse de la linealidad del lenguaje. ¿Dónde está el presente del relato? No es la flecha, no es el ciclo (a pesar del repetido leit-motif de la lluvia), es el estar ahí, el tiempo de la eternidad (¿un aleph?). Una forma de narrar que se corre el riesgo de construirse palabra a palabra y que exige de los lectores el detenimiento que impone la lectura de poesía. El sintagma de apretada unidad se disuelve en un enjambre, y toda la novela es una borradura del tiempo entendido como estructura dramática.
Vuelvo a la imagen del país invisible como lugar de la enunciación. Desde que conozco autores y libros de cierta rara literatura ecuatoriana me impresiona una afinidad soterrada que ahora vuelvo a descubrir en El viajero de Praga y en algunas declaraciones de Vásconez. Un escritor cubano-puertorriqueño, Eduardo Lalo, en su libro Los países invisibles, habla de los países condenados «al lado oscuro de la geografía<», y de la necesidad de asumir esa invisibilidad para potenciar una visión crítica de Occidente, justo ahora, cuando ya ningún país es del todo visible, pues «el mundo ya no es el mismo porque ya no es diferente», y una histórica ciudad europea recuerda «a un centro comercial de una ciudad insignificante como San Juan, con las mismas cadenas de tiendas, los mismos zapatos en las vitrinas, con idénticos restaurantes de comida rápida.» En esta novela de Vásconez, también se asume la invisibilidad como potenciadora de revelaciones. A propósito de la publicación de una edición revisada de su libro, el autor habla sobre el lugar de la enunciación:
Tal vez escribí El viajero de Praga, entre otras cosas, porque estaba convencido —ingenuo de mí, desesperado de mí— de que la literatura estaba en otra parte. Buscaba otras estaciones donde apearme, otras ciudades y filiaciones literarias. En definitiva ambicionaba escribir una novela que me vinculase sin complejos con la literatura de otras latitudes y me permitiera sentarme a la misma mesa de Kafka, fumar durante la noche con Onetti, tomar whisky con algunos escritores de talento incomparable de la novela negra, jugar al juego de los espías con John Le Carré. Además aspiraba a renovarme interpretando los textos de otros.
El premio de la lectura fértil es una especie de renovación, pero, cuando se sienten afinidades de origen misterioso con un texto ajeno, el efecto es de ida y vuelta a otra versión, inquietante, de un paisaje familiar. Así me impresiona El viajero de Praga. Me cautiva, me deslumbra, me des-ordena, el lenguaje atravesado por las sombras, las brumas del alcohol, las teatrales cortinas de humo; un lenguaje sumergido en la borrachera del sueño. Errores de comunicación que parecen errores de traducción. Un lenguaje desplazado: «Las palabras sonaron como una campanada en su cabeza, no por el sentido que tenían sino por lo que ocultaban… y por las circunstancias en que fueron formuladas…». Dos personajes se comunican habitualmente en un lenguaje que no es el vernáculo de ninguno, en un tercer idioma que es tierra de nadie.
Si Kafka no quiso, realmente, escapar de la esfera del padre, Josef Kronz no sólo lo quiere, sino que lo logra, o aspira a lograr ese «estar solo y que lo dejaran en paz», como se dejan solos los muertos. Kafka en Ecuador es impensable porque no hubiera sido Kafka sin su posición de satélite rebelde en torno al padre. Kronz se instala en la línea imaginaria con la impenetrable paciencia del gato callejero que abusa de él.
El viajero es un relato de aventuras, una novela de amor, un relato de viajes, porque «un médico puede ser al mismo tiempo un actor y un enfermo, un imitador de voces y un impostor». La fiesta de un Kafka erótico según Bataille (no tengo el original en francés): «He constructed perilous edifices… as if the words were only there to astonish and disorientate, as if they were addressed to the author himself who never seemed to tire of proceeding from astonishment to bewilderment». (Ensayo sobre Kafka en La littérature et le mal.)
Y ese personaje que no quiere ni anhela nada, el espectro del deseante Josef K., sin embargo, en las aguas del sueño, es capaz de una relación erótica, como un fantasma que reencarnara en uno de esos instantes rituales en que se abren los cielos y se alinean los planetas para comunicar la pluralidad de mundos que habitan en este. Kronz es un solitario que ejerce con abnegación el oficio de sanar, un muerto en vida que le arrebata vidas a la muerte, un hombre dulce, cuya «culpa kafkiana», permanece en el misterio, acaso porque «la frontera entre su mundo interior y el exterior había desaparecido».