Categoría: Unos escriben

El convite de Javier Vásconez

Familias de escritores: fotocopistas del cosmos, legisladores del caos. Entre éstos y aquellos, decidirse.

Gesualdo Bufalino1

 

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Parece claro que para Javier Vásconez la literatura es un convite por el cual el escritor pide acompañamiento en su peripecia de escribir. Una de las imágenes que tal vez ilumine el proceso de la escritura es, precisamente, la de una fiesta que se organiza con y para los amigos, pues, ¿qué es la literatura sino un empeño permanente por agasajar al lector y festejar la lengua que nos otorga sentido? En esta comprensión, Vásconez practica el lema de que un escritor escribe porque ha leído lo que otros escribieron, lo cual es indispensable para seguir asumiendo la función esencial que ocupa la lectura en la escritura: un autor también es –debería ser– un lector voraz; un escritor se hace porque ha aprendido a escuchar las palabras de otro. Entonces, ¿a quiénes invita un escritor cuando escribe? Entre otros, sus convidados son los escritores, su familia de escritores.

En todo hecho de escritura se plasma una amalgama de voces que ha definido la trayectoria del autor: el escritor es alguien que actualiza la voz múltiple de una tradición; el escritor es un fondo de voces que se incrusta en la memoria del que aquí y ahora habla. Por eso los cuentos de Invitados de honor2 nos recuerdan, en primer lugar, la función de convite que tiene la literatura. Incluso en épocas en que la misión encomendada a las letras tenía que ver con proyectos claramente cívicos o sociales, la literatura siempre ha sido un acontecimiento festivo alternativo (en cambio, el poder estatal entiende la fiesta como lucro del mismo poder: para el Estado es una oportunidad de renovación del pan y circo). La fiesta de las letras exige una dimensión que instaura otro tiempo y otra potencia de la vida, y es una ocasión para sortear el peso de las estructuras que el poder con su univocidad impone.

En los cinco cuentos del libro varios escritores reconocidos se descubren como personajes que andan por las calles de Quito: la francesa Colette, el checo Franz Kafka, el ruso Vladimir Nabokov, el polaco Joseph Conrad y el norteamericano William Faulkner. Ellos no son únicamente autores admirados por Vásconez, y con quienes ha aprendido parte de su oficio, sino que son convertidos en personajes de literatura. Todos ellos, gracias a la magia de la ficción, arriban a Quito, y en esta ciudad viven experiencias sustantivas. Hasta la literatura “ecuatoriana” se verá afectada por la presencia de estos autores.

El de Vásconez es uno de los gestos más potentes en la historia del cuento ecuatoriano, pues no solamente pone nuestro escenario local en diálogo con lo que está más allá de nuestras fronteras –ya se sabe, el territorio que promete la literatura es más vasto que el de la nación y el Estado: la literatura es una institución pública, un discurso y un sistema transnacional con bordes elásticos– sino que grandes autores de varias lenguas se encarnan en el Ecuador gracias a la ficción. Así se confirma el afán transnacional de toda literatura, que tiene que ver más con el territorio de la lengua y de las lenguas (gracias a la traducción) que con los límites fijos de un solo país. Detrás de estas historias parecería dibujarse la convicción de que, metafóricamente, los grandes escritores deben revivir en el Ecuador. La literatura ecuatoriana también se alimenta, entonces, de tradiciones internacionales a la par que de los destinos que se han definido dentro del país.

¿Qué le produce, pues, a la literatura ecuatoriana un libro que abre sus aduanas de modo tan decidido? Invitados de honor supone el reconocimiento de que hoy, como nunca antes, las letras ecuatorianas deben ser medidas en una dimensión internacional o, para empezar, hispanoamericana, esto es, en el contexto de toda la lengua española y de la gran literatura mundial. Pero, ¿cómo llegan a las tierras del Ecuador los escritores ya nombrados? Gracias al hecho de que la literatura no se refiere a la realidad sino que construye símbolos que hubieran podido existir bajo otras circunstancias. La literatura es un poderoso instrumento que modifica lo que llamanos realidad.

 

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En el cuento “Madame”, Colette llega a los Andes ecuatorianos en 1943 huyendo de los horrores de la guerra. Gracias a las gestiones de un ingeniero español, de apellido Benet, consigue alquilar un local a precio razonable para montar un cabaret cerca del parque El Arbolito. El permiso para abrir el salón lo consigue con la ayuda del poeta Alfredo Gangotena y del escritor Gonzalo Zaldumbide. Este cuento trata de la persistencia de la memoria que no nos deja en paz. Colette debe lidiar con Mugget, un parroquiano atormentado por el recuerdo de Evangelina, una muchacha que baila en el cabaret y que es el cruce femenino entre el pecado y el amor.

Mugget cree haber hallado el amor, pero Colette le advierte: “el corazón es bastante acomodaticio, acepta cualquier cosa, y no es muy exigente. En cambio, el cuerpo siempre sabe lo que quiere” (15). Las mujeres cumplen un papel principal en la ilusión del amor. Ya en la Biblia o en Las mil y una noches las mujeres son agentes del deseo: ellas crean ese artificio llamado amor, por el cual, sin embargo, damos hasta la vida. Una de las características más fuertes de la prosa de Vásconez es que los personajes de Invitados de honor saben hablar. Sus palabras siempre traen una sapiencia propia.

“El baúl de Lowell” narra un episodio de la vida de Josef Kronz, el médico protagonista de El viajero de Praga, a quien le encargan un baúl que ha pertenecido a un tal comisario Lowell, que ha muerto en un sanatorio de Quito. En el baúl hay documentos que le revelan a Kronz la verdad de acontecimientos pasados, vividos en Praga, cuando mantenía una relación amorosa con Olga. Esta narración plantea que la vida, a veces, funciona como un interrogatorio, pues es un camino que se hace, más que de respuestas, a base de preguntas. Interrogamos para conocer, para convencernos, para amar, para engañarnos, y, sin embargo, según se consigna en los diarios de Lowell, el interrogatorio conduce a descubrir “lo más abyecto que tienen los hombres” (41).

Kronz se entera de que el celoso comisario Lowell inventó una persecución a Lola sólo para cortar la relación entre ella y Kronz. Este comisario praguense, Franz Lowell, muere en un hospital en Quito, indocumentado, y de él sólo quedan su baúl y retazos de sus diarios. En la lejana Praga, Lowell consigue separar a Olga de Kronz; cuando al fin estos hombres se encuentran saben que ambos la han perdido y todo lo que hicieron no ha servido de nada más que para rumiar la soledad y el desamparo.

“Thecla teresina” ofrece las andanzas de Nikolai por los barrios de Quito en compañía de la colegiala Zulema. Nikolai consigue llevarla al campo en una excursión a la caza de mariposas y allí debe sentir el peso de su edad cuando un joven que los persigue se adueña del corazón, y probablemente del cuerpo, de Zulema. Por las calles empinadas de la capital ecuatoriana, el visitante ruso recorre los colegios femeninos y se solaza mirando a las niñas jugar en el patio. Pero en el campo, hacia el sur de Quito, Nikolai se descubre nuevamente solo sin una sola presa capturada: ni la mariposa ni Zulema. Esta trama que pone a Nabokov detrás de una lolita en los Andes es conmovedora, pues muestra la proyección de nuestras pasiones.

En “El enlace” topamos a un Conrad que se hace pasar por ciudadano paraguayo, que llega a Quito rodeado por el misterio de una misión secreta. El bibliotecario Raúl, que tiene en su despacho una gran fotografía de Conrad, es inquietado por Eugenia, que trabaja en un hotel en el sur de la ciudad, debido a la llegada de David Butler. Su pasaporte está lleno de sellos, pues el hombre ha recorrido muchos países. Su presencia enigmática deja intranquila a Eugenia. No se entiende muy bien por qué, pero el hombre genera una secuela de misterio y de ilusiones que, sin duda, afectan la vida de Eugenia asombrada de haber conocido a un hombre que ha viajado tanto. La causa escondida del viaje de Butler es la de dejarnos un motivo para la literatura, enlazar nuestra literatura de adentro con la de afuera.

Promovido por el Departamento de Estado norteamericano, en “Billy” vemos llegar a Quito, en visita oficial, al escritor William Faulkner. En el Hotel Majestic, donde se aloja, se cruza rápidamente con un escritor uruguayo, llamado Juan Carlos, quien le pide un autógrafo. En la conferencia de prensa hace una revelación que cuestiona una tendencia de nuestro relato ecuatoriano: “Escribir novelas es imponer una anomalía a los otros, pero escribir una novela indigenista, ¿eso qué es?” (112). Sus respuestas, escuetas y cortantes, parecen ahuyentar cualquier conversación posterior: “Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en silencio” (112), proclama, como si insistiera en el hecho de que la verdadera literatura se halla sólo en las páginas de los libros y no en los añadidos postizos de la burocracia ilustrada.

Aficionado a los caballos, Faulkner se escapa al hipódromo donde decide sustituir a un jinete en la carrera  y se accidenta. Por este motivo deja plantado a don Benjamín Carrión, el presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, lo que crea tensión en el mundo cultural y diplomático. Pero, en realidad, Faulkner se alegra de este inconveniente que lo salva de representar un papel acartonado que no es natural en él.

 

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 Como lector que lee en Ecuador, no puedo ocultar mi asombro al ver a estos escritores universales andando por los barrios que me son conocidos y entrañables: La Floresta, La Mariscal, El Dorado, el centro histórico de Quito, La Alameda… Con esto Vásconez ha conseguido acercar a nuestro suelo las tradiciones literarias que ellos representan. Estamos, entonces, ante una narrativa que visiblemente profundiza un proyecto ya existente en el país: a partir del surgimiento del Estado ecuatoriano nuestra literatura se armó gracias a un contacto con el exterior. Aunque se puede reprochar el carácter imitativo de nuestras literaturas de entonces, el afán de entender nuestras letras en un contexto mayor ya estaba allí (basta recordar el gesto de Juan León Mera de enmarcar su novela Cumandá en el conjunto de las letras españolas).

Con otros recursos, sin duda más expresivos, Vásconez logra actualizar en el siglo XXI lo que los primeros escritores ecuatorianos entendieron bien: que éramos parte de un mundo más amplio que se expandía gracias al inmenso mar de la lengua española. “Digamos que todavía existe un país aislado, pequeño, en donde por lo general no ocurre nada” (130), dice Vásconez: la frase es exagerada e  incluso puede pecar de antihistórica, pues en nuestro país ha ocurrido y ocurre mucho, entre otras cosas, estas visitas imaginarias que el mismo Vásconez inventa para solaz de los buenos lectores.

Con esto, Vásconez nos ha presentado a la familia de escritores que ha hecho posible su interesante proyecto narrativo, que lo sitúa como uno de los cuentistas más hábiles y amenos de hoy.

En el abismo de Vásconez: el fin de la utopía

Los escritores estamos obsesionados por el dolor, las enfermedades, la muerte, el tiempo, la codicia, el amor y los sueños de los hombres.

Javier Vásconez

El vacío había llegado a ser una forma de vivir.

El viajero de Praga

 

Dentro del ámbito de los nuevos modos narrativos, de las diferentes escalas de la postmodernidad, el desagarrado mundo de Vásconez surge por encima de modas y de conceptos teóricos. Se aleja de la tradición de la narrativa ecuatoriana para instalarnos en un mundo más abierto, que permite recoger de modo más amplio las zonas de una realidad signada por el vacío y las grandes debacles cotidianas. En este quicio de siglos, en el que reaparecen más que nunca temas como la soledad, la angustia y la enfermedad del hombre, su obra aborda la realidad con la complejidad de unos personajes que se mueven en el plano del escepticismo y que ya hace tiempo renunciaron a las grandes utopías.

Desde una labrada y pulida escritura armada con una prosa densa y equilibrada emerge el mundo de Vásconez. La arquitectura de sus novelas es impecable y ajustada hasta el mínimo detalle. Todos los elementos aparecen concatenados para crear un mundo que nos lega un logrado contrapunto ficcional. En su universo literario ya nos son familiares el doctor Kronz, el coronel Juan Manuel Castañeda, Violeta, Roldán, el fotógrafo Félix Gutiérrez etc.,  personajes que deambulan  por mundos que se reconstruyen cada día, que se deshacen y se levantan para volver a caer.

Dentro de su ya extensa obra narrativa se entrecruzan tres temas esenciales: la distopía, el viaje y la debacle existencial. Junto a ellos la falta de toda esperanza, la inutilidad de todo gesto de redención y la perenne enfermedad del que apuesta su vida desde el vacío, desde el convencimiento de la imposibilidad de la utopía. Son personajes instalados en la inacción, pero claramente dibujados, apenas una pincelada basta para transmitir el desolado mundo en el que se encuentran ubicados.

Los seres humanos que pueblan sus historias son viajeros, apostadores, espías; en todo caso seres que buscan fuera de sí, porque en su interior ya no se encuentra  la esperanza o no reside ninguna fuente efectiva de búsqueda;   seres que perviven en la mascarada de sobrevivir o sobrellevar otro día haciendo frente a su más descarnada intemperie. No hay grandes cambios en sus vidas, se someten diariamente a una rutina que no ponen en entredicho; nada sucede, en apariencia, de extraordinario y, es en esa  ausencia de acción donde se cifra  por lo general la gran distopía que recorre sus vidas; a medida que se dejan guiar por cada uno de esos actos cotidianos se alejan de la consecución de la más mínima utopía: […]si es que podía llamarse vida a esa sucesión de días muertos, tediosos, que giraban sin cesar en el vacío.

La dimensión mítica que parece en las novelas de Vásconez le une a Faulkner; percibimos una franja literaria reconocible: el sur de los Estados Unidos en Faulkner, la región andina del Ecuador en Vásconez, y en ambos una misma tendencia al fatalismo, al pesimismo. Una atmósfera de decadencia que termina envolviendo a todos sus personajes.

 

Si pensamos en la condición existencial de sus personajes, nos damos cuenta de que la esencia de su vacío no es consecuencia de una situación de crisis profunda debido a una terrible posición de violencia o destrucción masiva a gran escala como pudiera corresponder a la época de entreguerras; su crisis existencial se debe a la incapacidad para actuar más allá de su propia supervivencia, al desinterés para realizar acciones que conlleven cierto heroísmo, dicho heroísmo se canaliza simplemente en el marco de la supervivencia cotidiana. Hay, por lo tanto, una parálisis en la acción, similar a la que se quiere mostrar sobre lo que ocurre en un país como Ecuador.

No hay tampoco grandes tragedias, sin embargo se dejan llevar, son extranjeros, extraños a sí mismos, de los que en todo momento huyen (a través del alcohol, el ejercicio de la medicina, el asesinato, el espionaje). Ajustan sus pasos para sobrevivir un día más, afuera de sí mismos. Son personajes que sobreviven, que viajan, cuyas vidas se bifurcan en mil caminos que no llegan a ninguna parte, que se instalan en la náusea cotidiana.

En Vásconez está presente el mundo andino, su honda y estática realidad, pero dicho mundo, escenario de sus novelas, ya no puede reducirse a los tópicos del pasado, no es el mundo maniqueísta planteado en los años 30 por Icaza, ni tampoco el controvertido mundo de Alfredo Palacios, es un mundo oscuro, siniestro, captado con gran maestría a través del logrado uso del tiempo y de una atmósfera densa que nos transmite una oscura realidad. Vásconez se aleja en su obra  del pintoresquismo y de los elementos estereotipados propios de la narrativa del pasado y se sitúa en una temática más amplia que compendia mejor la difícil tensión entre lo regional y lo global en que sobrevive el hombre contemporáneo, cuyas angustias más centrales como la alienación existencial,  adquieren un sentido universal.

El periplo narrativo de Javier Vásconez lo consolida como uno de los narradores esenciales en la definición del Ecuador; pero ahí quedaría trunca su narrativa ya que en ella hay un ajustado ritmo en el que el ámbito andino forma parte del tramo del viaje, constituye otra de las estaciones del vía crucis de los personajes de Vásconez.

Quito aparece como un lugar en el que recalan los personajes, como una escala, pero en general debido a su encierro es trascendida por ellos; se recrean en otros ámbitos de acción; Ecuador está como una presencia difusa y a veces incluso dolorosa por su estatismo, por la ausencia de futuro que hay en los seres que allí residen. Vásconez transmite la densidad psicológica de su región, pero no de la forma que pudo hacerse en el pasado, desde un punto de vista antropológico o político, dicho punto de vista no podría comprender la nueva realidad del inicio del siglo, de ahí que Vásconez, sin desdeñar los aportes de la tradición para el ámbito andino, trascienda aquella forma de nombrar la realidad, y vuelva a nombrar literariamente a Quito, lo que quiere decir refundarlo, asentarlo en una nueva y más amplia visión, legándonos así al modo onettiano una ciudad que reconocemos, en cada uno de sus libros.

En el mundo de Vásconez los personajes sobreviven de la nada, ajustan sus vidas a una rutina que les permita, en la repetición de actos, justificar su existencia; son mundos cerrados, que lo mismo pueden situarse en algún lugar de los Andes que en los recuerdos de un país de Europa del Este. No hay plenitud en sus vidas, tratan de “reponer” (curar) las vidas de los otros o espiar en ellas (como Smiley) para ajustar sus pasos a una difícil justificación vital. Así George Smiley, el protagonista de su última novela El retorno de las moscas, al llegar a Quito señala:

De golpe fue como si regresara a un amanecer de invierno, en el que las húmedas calles de Budapest estaban desiertas… y experimentó la misma sensación de pérdida, de desamparo, como si hubiera errado el blanco durante toda su vida.

La literatura puede ser vista, por lo tanto, como una nueva forma de recreación, de dar realidad a una región que ha sido tratada fragmentariamente, y atendiendo a su marco indígena sin acercarse a otros encuadres de la realidad tan legítimos  como el indigenismo para representar a un país andino como Ecuador. De ahí que Vásconez en relación con la actividad literaria de su país haya señalado:

Este país desconoce los estímulos literarios. De mi parte hay una obstinada resistencia contra la mediocridad y la parálisis de la “gran costumbre”, como diría Julio Cortázar. Ecuador siempre aparece en mi obra. Pero he intentado interiorizar y describir desde otros ángulos a la gente de este país. No me interesa la ciudad como historia. Ni como retrato de costumbres, sino como escenario de unos cuantos personajes. Me interesa inventar la naturaleza de esta ciudad. Evocar su vibración, su atmósfera, la luz que irradia –esto para mí es muy importante- y, por último, captar su densidad sicológica.

Su escritura muestra una gran capacidad a la hora de presentar ambientes. Es una pluma certera que con apenas unos mínimos trazos de pincel deja definida la ciudad, el rostro de una persona y a través de él (de su mirada) su alienación y su estado de desolación y desamparo. Podemos decir incluso que las profesiones elegidas por Vásconez: médico, fotógrafo, espía, incluso asesino, se sitúan en posturas similares a las del escritor, puesto que permiten una disección de las zonas presentes y ocultas de esa realidad.

La realidad postmoderna ya no es tan fácil de compendiar, de definir en unos límites precisos; sus personajes navegan entre diversos puertos y no persiguen nada preciso, ya estén en el Ecuador o en cualquier otro lugar, hace tiempo que dejaron de ser “perseguidores”, se encuentran perdidos en una atmósfera urbana, que corresponde a una ciudad andina bien caracterizada, pero cuyos anhelos y modos de alienación podrían ser experimentados en cualquier ciudad del mundo, puesto que no es la ciudad sino los personajes los que traen consigo esa angustia y contribuyen a la inercia.

Vásconez nos transmite –si bien como decíamos no hay esa crisis profunda de agonía existencial- la alienación del individuo no centrada en su pertenencia a la periferia, sino una alienación marcada por la despersonalización; personajes como nuevos “extranjeros” camusianos en una sociedad cada vez más globalizada y por lo mismo, sujetos a nuevos horrores. Asimismo,  de un modo camusiano hay en los personajes de Vásconez un sentimiento de “caída”. Así vemos que en determinados momentos del doctor Kronz, protagonista de El viajero de Praga se señala: “ni siquiera tenía la certidumbre de ser él mismo. ¿Fue siempre así? (99).

Los personajes viven a pesar de la propia voluntad, no se trata de ir a contracorriente sino de verse desde fuera en un mundo que es ajeno, pero del que a su pesar forma parte. La ausencia de lucha, de ahí la distopía. Nos encontramos con personajes, anclados en el vacío, convencidos de la imposibilidad de la utopía.       Así Kronz en el hospital “más de una vez, al mirarse en el espejo, había dudado si aquel hombre vestido de blanco era él”. Asimismo, en su última novela a su llegada a un aeropuerto de Los Andes, George Smiley “Experimentó la misma sensación de pérdida, de desamparo, como si hubiera errado el blando durante toda su vida (48)”.

Nos acerca a la realidad ecuatoriana pero sin detenerse ahí, sino mostrando sus contradicciones y redescubriéndola y a la vez rescatándola en la universalidad. Puesto que en él queda trascendida la literatura como representación de la realidad o de determinadas ideologías por un mundo  cuyo principio básico es la creatividad. El Ecuador que hay en sus novelas es insondable, se intuyen las vidas sombrías y la morosidad con que son presentados; tanto la acción como los personajes procuran una ambientación en la que apenas sin ser nombrado se insinúa un gran abismo.

El engranaje de cada novela permite una continuidad con el mundo mantenido en la siguiente, pero a la vez ampliar el campo de significación a  un nuevo tramado con nuevos hilos que entretejen una realidad que sigue siendo insondable y que muestra, -en las nuevas tramas presentadas- que el hombre sigue siendo sometido a los mismos impulsos distópicos: “Se dijo que siempre sería un extraño, donde quiera que fuera. ¿Por qué tendría siempre la sensación de estar en la orilla equivocada del río?” reflexiona el doctor Kronz (107)

 

Si nos preguntáramos si es posible la utopía en Vásconez habría que responder que decididamente no; al modo de Dostoievski o Kafka, resurge ahora con más fuerza la alienación humana y la angustia que el hombre arrastra. El mundo de Vásconez hay que entenderlo desde esa conciencia de alienación y de vacío. Sin embargo, si bien en Kafka la realidad les supera igualmente, los personajes ponen una voluntad de entender, aspecto que no encontramos en Vásconez, sino desde los límites difusos del sueño: “…hay que seguir soñando para darle un sentido a este vacío” (El viajero de Praga: 57).

Sus personajes, y en particular Josef Kronz se sitúan siempre a la intemperie, en el límite de la demencia. Dentro de las ideas de Kronz aparece continuamente la idea de enfermedad: “Al doctor, de pronto, se le ocurrió una idea descabellada. El mundo como un vasto hospital” (27). La enfermedad, el tedio, la sensación de angustia, la enfermedad de los personajes que habitan el Ecuador no es tan distinta a la que puede experimentar un médico venido de Praga: “Sí, el mundo está enfermo… Totalmente enfermo. Ahora lo normal es ser uno de ellos. La gente sana no existe, va siendo una rareza – había comentado Kronz a un colega del hospital” (9). Unida a la enfermedad, la muerte permanece como un elemento central y clave de esa distopía en la que se encuentra asentado el mundo de Vásconez. La pasividad del Ecuador, la inacción de los personajes los sitúa próximos a la idea de la muerte:

Ahora no había nada al otro lado del valle, salvo la sombra de la cordillera: porque ni siquiera el imperturbable rumor del río podía ahuyentar la certidumbre de la muerte (94).

La enfermedad, la inutilidad de buscar la felicidad, la creencia en el desamparo hacen de Vásconez un narrador en el límite del existencialismo, con personajes siempre extranjeros, camusianos. Kronz tiene miedo de depender de alguien (Olga, Violeta), le da miedo la esperanza, siente una “gran incapacidad para esperar” (69), esto le lleva al desarraigo continuo. De ahí el absurdo del mundo y la inutilidad de todo gesto que aparecen  en cada uno de los elementos de los protagonistas, sobre todo de Kronz:

En su soledad, Kronz había decidido que no tenía sentido organizar su inteligencia, tampoco pretendía una inútil comprensión del absurdo. El mundo no era más que una sustancia absurda que no se dejaba aprehender (290).

Junto al absurdo aparece la idea de culpabilidad; no dejan de ser dos manifestaciones de un mundo que se deshace, de una consciencia de la enfermedad inherente al hombre, que nace imposibilitado para la felicidad. El mismo enfermo Franz Lowell señala: “En un hospital, o dentro de una cárcel, uno no pasa de ser enfermo o culpable” (296).

Enmarcando las sensaciones de los personajes está la presencia de la lluvia que todo lo embarga, que nubla la existencia de los personajes como de las ciudades; que convierte a los seres en simples fantasmas opacándolos tras su vértigo; esa lluvia cuyo significado se revela en la banalidad del vivir, en la inutilidad de todo esfuerzo por llevar una vida más plena o simplemente por establecer nuevas pautas cotidianas, y en este caso, Quito si queda singularizada:

Para el doctor, ninguna otra ciudad poseía, como ésta, la virtud de ocultarse tras la lluvia, anulando así su propia identidad y negándose a celebrar el vértigo de la noche (263).

Apenas hay cuestionamientos sobre la felicidad; por lo tanto, si no existe cuestionamiento tampoco inquietud para esforzarse en lograrla; sigue presente la inacción, incluso para pensar sobre temas que atañen a la vivencia más honda del ser humano: “Kronz pensaba que la soledad  -¿acaso la felicidad?- de un hombre comienza cuando la luz no ha penetrado del todo en su alma y aún persiste la borrachera del sueño (180).

Curiosamente los personajes viven en ciudades con puerto, estamos ante el deseo del viaje, la continua presencia del movimiento de una ciudad a otra pero que no cambia nada en lo respectivo a las vidas de los personajes; puesto que el viaje no les conduce a ninguna parte, el viaje no cambia su hastío vital, cada viaje les instala en la misma alienación y en el mismo dominio de la desesperanza:

Kronz perdió la capacidad de desear y soñar. Se estaba convirtiendo en una rata de ciudad: observador y desconfiado. Era una sombra solitaria que medraba por los cafés y en cuyos espejos se veía reflejado con el rostro demacrado y ensimismado (130).

Los ritmos de cada novela son diversos y los personajes, si bien han ganado en complejidad, permanece esa distopía, esa imposibilidad de búsqueda de una salida alternativa a ese “dejarse vivir”, a ese no creer en la posibilidad de una plenitud que no puede lograrse. En todo momento y situación, relacionado con cualquier aspecto de su vida, aparece la alienación continua en la que se encuentran instalados los personajes:

Día tras día Kronz se asomaba con expectación a la ventana, pero su ánimo se había ido aflojando en  la espera. Pensaba una y otra vez en Violeta, restregando su cara contra el vidrio. Entonces tenía la impresión de ser un extraño de sí mismo. Esta sensación había aumentado, sobre todo tras haber aparentado ser lo que jamás fue, un hombre hecho para la esperanza de una mujer (49).

Las circunstancias les vienen impuestas a la mayoría de los personajes, no luchan para cambiar la realidad. De este modo, es como puede entenderse la aceptación del crimen en La sombra del apostador, el crimen no es una transgresión, es un acto más, no tiene ningún contenido moral, puede verse en esto la proximidad con obras como El extranjero o La caída de Camus.

 

En su última novela, El retorno de las moscas Vásconez incursiona en el tema del espionaje,  dicho tema conecta con el oficio de la escritura, Vásconez ha señalado “Todos, absolutamente todos, practicamos una especie de espionaje”. El escritor tiene del mismo modo que George Smiley, el espía protagonista de la novela “un instinto certero para integrar las zonas más inquietantes de la realidad” (El retorno de las moscas: 26).   Dicha novela de algún modo condensa su arte literario; el espionaje como tema central de la misma es en muchos aspectos revelador de la mirada del escritor, que se acerca, bucea en las vidas de los demás para recrear una realidad que está delante de sus ojos. Así lo que le llevó a Smiley al espionaje fue, quizás la misma que motiva al escritor “la pasión constante, casi despótica, de intervenir y de manipular hasta la obscenidad la vida de los otros (El retorno de las moscas:85).

El novelista Vásconez ya no es del mismo modo que Stendhal el que pasea un espejo a lo largo del camino, no le interesa recrear el camino sino una atmósfera determinada de ese viaje. El escritor, cual espía se vuelve cronista de la enfermedad continua del hombre, de la falta de voluntad en que se halla instalado. Los personajes de sus novelas siempre están, como el George Smiley “acostumbrados a improvisar un viaje en todo momento” (46). En Vásconez encontramos un nihilismo que lo enlaza con el pesimismo más descarnado del Céline de Viaje al fondo de la noche; un profeta de una decadencia anunciada en cada uno de sus personajes; todo ello encauzado a través de una escritura que no señala sino que vislumbra y deja intuir la gran debacle que azota a cada uno de los personajes.

La ruptura de la lengua, la capacidad de sugerencia que traslucen sus frases nos lleva a una narrativa que enmarca una atmósfera; todos intuimos la inercia del Ecuador tras sus palabras, pero esa inercia se engloba en una mayor que es la decadencia del hombre contemporáneo, la gran debacle de entre siglos, la alienación, la soledad en medio de la muchedumbre, nueva “Guerra fría” en la que no hay tregua ni salida y cada día se convierte en el “fondo de la noche” celiniano.

Hay en esta última novela un deseo de interconexión, de juego intertextual con otros personajes literarios, como en un deseo de mostrar la literatura o al escritor, al autor como un continuo espía, como si los personajes creados estuvieran ahí para ser recreados de nuevo en otra novela, para recobrar vida, para seguir viviendo (Cortázar, Jonh Le Carré, Kafka…), como único modo de sobrevivir a cada día.

Las reflexiones realizadas sobre el amor, lo único que podría salvar, lo que salvaba en sus anteriores novelas (sobre todo en el caso de Kronz y su experiencia con Violeta) nos devuelven aquí mayor desamparo:

¿No es un juego o un disfraz el amor? Su verdadero rostro, ¿no es acaso más intrincado de lo que muchos creen? ¿No está íntimamente relacionado con la traición? Quizás añoraba la voz y la presencia de Ann tanto como los altibajos de su relación, justamente porque carecía de consuelo y de esperanza (63).

¿Qué le une a Smiley con los demás personajes? Quizás que cumple con su trabajo, y ve su trabajo como un modo de no pensar, de apartarle de su vida personal, de desentrañar los entresijos de la vida de los demás como un modo de huir de la suya propia, la misma búsqueda de Karla, ¿no es quizás una búsqueda desesperada de sí mismo?.

En el espacio latinoamericano la reflexión que aparece en los textos narrativos de Vásconez se sitúa en el espacio de Los Andes, pero proyecta en el ámbito universal la pertinencia de una nueva reflexión para repensar desde la narrativa el escenario andino y latinoamericano.

Todo ello contribuye a hacer de Javier Vásconez un autor con una voz propia, complejo en la representación de las relaciones humanas, que expresa el aislamiento y la inercia del Ecuador pero situándolo en las tensiones que vive el hombre contemporáneo.

La narrativa de Javier Vásconez, el tejido de la ciudad inmóvil

La narrativa de Javier Vásconez (Quito, 1946) arranca en la década de los ochenta con la compilación de relatos Ciudad lejana (1982), -que vuelve a recoger en versión definitiva en 20021– una obra en la que ya deja asentada su intencionalidad constructiva, el rigor de su escritura y la personal consciencia de que un escritor debe ser dueño de un universo propio e intransferible. Regida en su comienzo con una demoledora cita de William Blake, «Los tigres de la ira son más sabios que los caballos de la instrucción», la obra constituye el basamento de su narrativa posterior, pues esa ira, o la reacción ante la desolada constatación de lo perecedero, en el espacio que generan esos once cuentos, -en cuyo recinto personajes y gestos entrelazan una insaciable concurrencia- hacen de Ciudad lejana un imprescindible punto de apoyo para la presentación del universo creativo del escritor ecuatoriano. Pero no sólo establecen esos relatos un punto de convergencia y de recurrencia en su obra, sino que responden a un mismo escenario, el del pasado de su ciudad, Quito, aunque no desde un punto de vista descriptivo e histórico, sino desde una perspectiva ficcional, en la que domina la visión de una antigua ciudad aislada, poblada por habitantes que son víctimas del delirio o de la ilusión en un marco de decadencia de los antiguos ideales. Porque la necesidad de inventar una ciudad fue desde el comienzo meta obsesiva en su proyecto narrativo, ya que Vásconez ha creído siempre que el escritor debe poseer un universo único, un espacio que debe poblar con criaturas de su propia invención, que a la vez respondan a un plan preconcebido de antemano y cuyos destinos conciten a una personal visión del mundo. Obstinado en crear espacios autónomos, en la línea de William Faulkner, al que considera el narrador más influyente en la narrativa hispanoamericana2, necesita explorar y habitar esos espacios, que una vez poblados, las criaturas traspasan de improviso hacia otros habitáculos que la escritura va creando. Javier Vásconez es autor de una exigente y cohesionada obra, con la que se ha convertido en uno de los valores más sólidos del panorama literario de su país,  dos novelas, El viajero de Praga (1996) y La sombra del apostador (1999), y otras colecciones de cuentos como El Hombre de la mirada oblicua (1989) y Café Concert (1994), relatos que selecciona junto con la novela corta El secreto (1996) en un volumen de 1998, Un extraño en el puerto. Esta obsesión constructiva, conscientemente ejercida, es declarada por el autor en torno a un espacio cercano, reconocible, que su escritura teje y entrevera, por eso confía en una entrevista:

Ecuador siempre aparece en mi obra. Pero he intentado interiorizar y describir desde otros ángulos a la gente de ese país. No me interesa la ciudad como historia. Ni como retrato de costumbres, sino como escenario de unos cuantos personajes. Me interesa inventar la naturaleza de esta ciudad. Evocar su vibración, su atmósfera, la luz que irradia -esto es para mí muy importante- y, por último, captar su densidad sicológica. De hecho Quito ha pretendido olvidarse de sí misma, dar la espalda a su pasado barroco y español, rechazando de algún modo su modesta tradición europea (Querejeta: 21-22).

Mercedes Mafla, en uno de los mejores estudios sobre su obra, complementa esta opinión al señalar que, a diferencia de otros narradores coetáneos, Vásconez irrumpe en la literatura ecuatoriana recreando «el desmoronamiento de los grupos antaño poderosos frente a la inminencia de una tardía modernidad» y, citando a Eliécer Cárdenas en una reseña de su primera colección de cuentos, justifica que «la decadencia, el eclipsamiento de los viejos valores señoriales» es el tema más apreciado por los narradores del momento porque tal vez responda a una «una necesidad nacional», a la urgencia por «abolir el pasado, sepultarlo con un epitafio literario que rezuma rabia pero también nostalgia» (Mafla: 46). De parecida opinión es Fernando Tinajero al referirse a las décadas de los años sesenta a ochenta en la literatura ecuatoriana y advertir «un claro despertar de los géneros narrativos, que vuelven con frecuencia al tema de las frustraciones políticas y existenciales de la década anterior»  con un cúmulo notable de títulos, entre los cuales hace referencia a «esas breves piezas maestras que son Ciudad lejana» (Tinajero: 807-808).

Esa nueva veta, que se afianza en la narrativa del Ecuador por esas fechas, adopta en estos primeros relatos de Vásconez el espacio y el tiempo ritualizado de la Colonia proyectada desde siglos lejanos hasta el siglo XX, a través de anónimos personajes pero también de la sugerencia de emblemáticos nombres, para explorar, a través de ellos el pasado de la ciudad. Se puede decir que esos relatos incorporan por sus intersticios esa historia, pero no buscan de modo directo los hechos relevantes, sino que se limitan a la sugerencia de un determinado ambiente, casi siempre a través de personajes laterales o intrahistóricos, porque propician una mirada de ese lejano motivo desde sus márgenes. Y todo ello entendido desde una perspectiva que podemos emparentar con la condición posmoderna que una estudiosa de la novela histórica, como María Cristina Pons, señalaba para la nueva narrativa histórica latinoamericana, en la que se «niega el proyecto de emancipación propuesto por la modernidad»3 en tanto en cuanto ésta no ha resultado una oferta convincente para el presente de esas naciones. En esa línea, los relatos de  Vásconez ambicionan un universo constituido por un espacio generador y desgarrado en el que la violencia, la soledad, las pasiones, el desencanto y la frustración son las notas más decisivas: «He asistido a la ruina del Quito antiguo, a lo que hoy día llamamos la ciudad vieja, que era una forma de vivir y de ver las cosas. Ahora todo aquello es una Ciudad lejana, fuera de tiempo, un retablo barroco o un lugar anclado en la historia» (Querejeta: 23), confiesa. Y más adelante insiste en esta perspectiva de su narrativa desde mismo vértice que establecen los relatos de Ciudad lejana:

Es un recorrido por el centro de la ciudad y por su pasado -barroco y lleno de iglesias- en donde transcurrió mi infancia tratando de hacer saltar con un alfiler los ojos de vidrio de los santos o levantando la falda de las vírgenes, y terminaba decepcionado al encontrarme con unos muslos apolillados. Algunos de esos cuentos son retablos barrocos. Rinden tributo a ciertos barrios de esta ciudad. Es un compendio sobre la arquitectura del Quito antiguo con sus fachadas, su manierismo y la decoración interior de las casas coloniales. Es un libro sobre los horrores y terrores de mi infancia (Querejeta: 24-25).

Desde luego que el lector encuentra en esta colección un intento fundacional de espacios y de personajes muy visible en la mayor parte de los títulos, intento realizado sobre todo en torno a una serie de recurrencias que construyen el ambiente de la ciudad, pero también de una familia, la familia Castañeda. Tres tipos de personajes encarnan y propician la mirada intrahistórica de ese espacio recuperado: la mujer anciana o viuda, abandonada o decrépita que convive con sus sirvientes; la voz adulta que recrea los recuerdos de su infancia elitista y su convivencia jerarquizada con los criados; y los personajes marginales que desde su especial postura se yerguen como acusadores de un orden dominante. En todos esos relatos el juego temporal de pasado presente se nos concita como una sugerente e incisiva dualidad de contrastes.

No es casual, por eso, que el relato «Historia secreta de una campanilla» esté colocado al inicio del libro, pues su intencionado sesgo se proyecta en los textos sucesivos. Ese toque de campanilla, leitmotiv simbólico de la autoridad perdida, llama la atención respecto a un pasado, y alcanza un significado fetichista, enunciador en su repique, de un tiempo que fue y que ya no es, el tiempo dorado de los próceres, marcado por la «ardiente evocación del General que alguna vez penetró en la Plaza de la ciudad montando un garañón de paso corto» (Ciudad lejana: 14), con el que se inició una época de pujos aristocráticos, apariencias y lujo, de la que tan sólo queda el eco de esa campanilla, que antaño «significó la gloria familiar» (Ciudad lejana: 21), y que ahora repica inútilmente la patrona. La duplicidad temporal del monólogo, pues el presente de decrepitud de la anciana convoca el tiempo pasado de la historia, emerge con el recuerdo de la figura del General Juan José Flores, ese bisabuelo evocado, en su añorado don de mando pero también en su visible realidad de tosco oportunista con que se inserta en el tiempo: «recuerda la patrona que su bisabuelo fue un mulato sin pasado, triunfador general republicano, un canalla con talento que se supo aprovechar del ajedrez, o sea de la historia» (Ciudad lejana: 14). La historia oficial nos dice que el General venezolano, Juan José Flores, en una mañana de mayo de 1830, mediante una asamblea de vecinos y notables, declaró que la antigua Presidencia de Quito se separaba de la República de Colombia y se constituía en estado independiente, dando así el primer paso para la constitución de la República del Ecuador de la que fue presidente durante dos periodos entre los años 1831 y 1845. Ambicioso, soberbio, pero con notable carisma, ese mesiánico general marcará en la memoria de la anciana el comienzo de una época que, a través de la escritura Vásconez, se presenta con esperpéntica sugerencia. No en vano la patrona es heredera del mismo linaje que en ese presente concluye para siempre. Los dos epígrafes, al comienzo del texto, inciden además en esta lectura, -uno de Shakespeare, «Atrás, estercolero, ¿osas desafiar a un noble, tú?», y otro, una cita bíblica del Libro de Ezequiel, que reproduce los mandatos de Yahveh al profeta, «Y comerás pan de cebada y lo cocerás con los excrementos que salen del hombre y a la vista de ellos»(IV,12) – ambos bien expresivos, el primero, de la marcada jerarquía social, y el segundo, de la mísera condición humana que se hace muy evidente en la vejez de la patrona. Con todo ello, y con este relato inicial, se fortalece de manera clara esa intención que traslucían las palabras de su amigo Javier Ponce cuando se refería a los comienzos del autor ecuatoriano: «Los pecados y los hábitos secretos y bárbaros de una aristocracia andina, comenzaban desde entonces a habitar su literatura» (Ponce: 12). Pero para cumplir ese objetivo era necesaria esa dualidad temporal en la construcción del relato, pues de ese modo se engarza la mirada irónica y deformadora; construcción instaurada tan sólo por la única voz narrativa de la patrona que se corresponde además con otra dualidad en el funcionamiento de los personajes, es decir de la relación jerárquica de ama y criada, invertida por necesidad, pues la patrona exhibe una total subordinación física a ésta. Así, atraída al presente, se nos delimita no sólo la diferencia de clases, sino la pugna que existe entre ellas: Frente a la libertad de Brígida, la patrona ha dejado transcurrir la mitad de su vida en la clausura del dormitorio (Ciudad lejana: 16), viviendo de recuerdos, abandonada al alcohol, pues «Antes del mediodía ya estará borracha, esperando la llegada de la Brígida» (Ciudad lejana: 19), proyectándose en un presente de decadencia extrema que refuerza el espacio de la casa, desprovista de muebles, oculta por gruesos cortinajes, que la aíslan en su soledad y en su grotesca dependencia para realizar cualquier acto físico, del cuidado de la criada. «¿Dónde estará la Brígida?, piensa la patrona tocando esa misma campanilla que hoy día es su única comunicación con el mundo, con la ciudad extraña y lejana que se extiende ahí afuera» (Ciudad lejana: 15), una ciudad, un tiempo, una historia sobre la que se insiste en proyectar la inútil autoridad del toque de la campanilla y que, casi al final de su monólogo, la patrona acepta que ha concluido «como un viejo álbum de familia» (Ciudad lejana: 22). Por eso la última imagen del relato presenta la angustia, ya terminal, de esa anciana inmóvil en la cama, alcanzando a ver la partida alegre de la sirvienta, y cómo Brígida, «cargando su atado de ropa, se marcha danzando al son de una campana. De una campana que no es la suya, mientras en la calle un esplendoroso cielo azul parece inundarlo todo» (Ciudad lejana: 24), gesto que marcaría de forma emblemática el comienzo de la nueva época, el fin de la sometida servidumbre y el acabamiento del antiguo régimen.

Es este un relato que introduce a dos de los personajes recurrentes de la obra de Vásconez y con los que comienza a erigir su mundo propio, el de la mujer de la aristocracia, sea patrona o marquesa, y el famoso General, el prócer de un tiempo pasado, así como incorpora los dos tiempos: la utópica edad lejana de la ciudad, proyectada en un presente de decadencia no exento de irónica circularidad. Pero si este cuento funciona como marco e inicio que emblematiza el contenido del libro, los relatos que se suceden a continuación ejercen el carácter de retablo de ese tiempo inestable, en su juego temporal de pasado y presente, con la concurrencia de otros personajes que va trabando la enunciación del eminente apellido Castañeda, recurrente saga de prelados, nobles y damas aristocráticas que, en la ciudad creada por Vásconez, se resisten al cambio o que contemplan incrédulos la disolvente aparición de la nueva época. Pero la ciudad pervive en el presente y de ello es prueba la circularidad manifiesta en el relato que cierra la colección, como clausura y cierre del tiempo que se vive: «Eva, la luna y la ciudad». Ya que ese fotógrafo, «cazador de lunas» (Ciudad lejana: 137), que se ha refugiado en la casa ruinosa, que antes compartió con Eva, con sus retratos y sombras amenazantes, ha llegado a pensar «que la fotografía no era una ventana para entender, sino una prisión para descifrar desde dentro la vida de la ciudad» (Ciudad lejana: 133). La ciudad como ámbito y objetivo inasible, por tanto, es el tema de este cuento, al igual que en los restantes,  y en él se deslizan sus habitantes, como esa mujer vestida de negro que, saliendo tras la sombra de una criada, Brígida, hablaba con el retrato del Coronel Juan Manuel Castañeda, en clara alusión al título que abre el libro; así como Eva, ambiciosa, sensual y fantástica, percibe, gracias a su especial sensibilidad, las imágenes del pasado que clausuran el mundo elaborado en el resto de los cuentos. Por esa razón, este mismo personaje femenino se perfecciona como un imposible correlato de la ciudad abierta hacia el presente, «un sueño engañoso que la ciudad vieja me había proporcionado» (Ciudad lejana: 146) según el fotógrafo, y al mismo tiempo a través de este título queda establecido el cerco que ofrece autonomía a ese mundo ficticio asediado en los relatos anteriores.

La ciudad como espacio en el que viven y pasean insomnes las figuras del pasado y del presente es el marco en el que perviven las individualidades, pero también los genéricos representantes de esa segunda clase sometida en la que se perfila el nuevo tiempo. Prueba de que el autor encontró un elemento estético de importancia en la construcción de dualidades, lo ofrece el que aproveche el mismo paradigma del relato de apertura en otros que aparecen a continuación, como es el caso de «La marquesa» y «Mamía linda». En ellos el centro vuelve a ser la mujer de la aristocracia, que se niega a aceptar el presente y es víctima del cambio de costumbres de los tiempos, con lo que se sume en la soledad y en el abandono, siempre ante la amenazadora presencia de la muerte. En «La marquesa», -situado en la compilación inmediatamente después de «Historia secreta de una campanilla»- hay escasa diferencia en la presentación de los personajes, aunque en este caso el barroquismo del decorado y la abundancia de la vegetación tropical propicia una variante de la misma decadencia. En todo caso el personaje sufre un proceso de desposesión, iniciado en el comienzo, hasta hacerse evidente su desnudez:

Desprovista del corpiño que la incomodaba tanto, la marquesa fue quitándose con una suerte de lánguido impudor las otras prendas de vestir: una enagua de organdí vaporoso, una cinta de color carmesí que sujetaba su larga cabellera, un calzonario de seda rosa, un par de borceguíes rematados en lazón de raso, un camafeo de oro viejo que colgaba entre sus senos… Desnuda en medio de la penumbra, los espejos se negaban a reproducir su silueta recortada como un helecho (Ciudad lejana: 27).

El relato que nos ocupa tiene un referente histórico, pero a Vásconez no le interesa la descripción explícita, porque no busca individualizar los motivos sino convertir a sus personajes en grandes símbolos universales de la soledad, la decadencia y el deterioro del ser humano. De este modo, y a través de las fantasmagóricas apariciones dibujadas en el anochecer del jardín abandonado, puede entreverse la vida de otro personaje ilustre de la historia ecuatoriana,  la de doña Mariana Carcelén y Larrea, Marquesa de Solanda (Gangotena y Jijón: 115-121), viuda del General cumanés Antonio José de Sucre, con la que contrajo matrimonio en abril de 1828 y con la que convivió apenas dos años, pues fue asesinado en Berruecos en 1830, lugar al que hará referencia el texto en su parte final, y dato que propicia que el lector avisado pueda, -cosa que no es estrictamente necesaria- identificar a la innominada marquesa.

Vásconez vuelve a marcar en este cuento la misma intencionada dualidad que en los relatos anteriores de aristócrata y criada, esta última ausente, lo que refuerza la sensación de soledad: «Pero era inútil que deseara compartir su angustia y su soledad con alguien, porque María descansaba plácidamente en el pueblo» (Ciudad lejana: 28). Es éste sin duda un relato más evocador que el precedente en el plano de los recuerdos personales, al poner en pie a figuras de antaño que reviven en el presente su impotencia ante el trascurso del tiempo, como cuando ese sujeto femenino evoca la música del piano, viejo e inservible, pero que propicia la reviviscencia de su primer amor: «Revivió una noche en casa de los Castañeda, cuando las notas del piano se habían prolongado en frufrúes de seda hasta el amanecer» (Ciudad lejana: 28), gesto con el cual integra a la Marquesa en el círculo aristocrático de la emblemática y ficticia familia de la narrativa del escritor ecuatoriano. A ello se une que otras imágenes, igualmente fantasmagóricas, nos devuelven sus emociones, como las que se originan en el momento de descender a su abandonado jardín, presa de un confuso vendaval, cuando el espejo le reproduce su imagen solitaria: «Contempló la marquesa su propia figura disminuida en los cristales de la ventana, casi oculta tras los flecos de la manta» (Ciudad lejana: 29), acompañada de un siniestro galope de caballos. Piano y galope, fundidos en la música, son indicios de un presentimiento de muerte bien marcado por el desenlace del cuento, real y fantástico a la vez, pero en todo caso expresivo de su inminente situación de viuda: «la marquesa supo que habían asesinado al general en Berruecos y entonces se sintió Santa Lucía, y cubriéndose los senos con la mano se convirtió en una serpiente enroscada en las patas de una bestia enfurecida que el jinete ya no podía sujetar» (Ciudad lejana: 32). Al fin y al cabo también la Marquesa puede ser un paradigma universal de cuanta mujer, joven y hermosa, es arrancada de su amante por los avatares incomprensibles de la violencia.

En la resistencia al paso del tiempo que estas mujeres aristocráticas simbolizan, es el cuento «Mamía linda» aún más significativo. Esa Niña Mercedes, a la que visitaba su prometido Rosendo Sánchez con casaca azul y sable al cinto, quería vivir en el pasado: «Rechazó el paso del tiempo. Rechazó las campanadas de relojes, cuyas manecillas ahora reposan en silencio, a la hora de la siesta. Así la ciudad perdió, definitivamente, el sentido el tiempo» (Ciudad lejana: 83). Convertida en Mamía linda, atrapada como en una fotografía durante más de medio siglo, espera en la noche, varicosa e impedida, que la sirvienta anuncie a sus visitantes amorosos desde la primera y aciaga confusión con Rosendo, porque «jamás ocultó el secreto placer de recibir cada noche a un nuevo caballero en su lecho de encajes» (Ciudad lejana: 84). Si en este presente no se reconoce a la muchacha que recibía vestidos de París porque ahora se consume en degradante y agónica putrefacción en la soledad de su lecho (Ciudad lejana: 87), -de nuevo Vásconez emplea idéntico juego temporal- al mismo tiempo la casa colonial, sus puertas y mobiliario, junto con su sufriente imaginería, se desmoronan, y así lo ejemplifica ese «inmenso Cristo, erecto como un tirano inquisidor sobre peana de oro y plata en los sombríos recovecos del salón» (Ciudad lejana: 85). Un cuento éste cuya mirada percibimos potenciada por el humor, sobre todo en las páginas finales, en las que, en medio del desmoronamiento físico, -que en su hipérbole grotesca recuerda a la Mamá Grande garciamarquiana-, los encuentros amorosos con don José se convierten en sesiones sadomasoquistas: «De vez en cuando cruzaba la calle para transformar el cuerpo de Mamía linda en un campo de moretones» (Ciudad lejana: 87) y en la divertida confusión de identidades que cierra el cuento.

Son pues, estos tres títulos, variantes de la misma imagen, ancianas agónicas o mujeres que rompen con pasados de esplendor, todas ellas entroncadas con un mismo ambiente ciudadano en el que domina el palacete de los Castañeda. Es evidente que  la cita de este edificio en el relato «Mamía linda» como el lugar que alberga los últimos momentos de la protagonista propicia su ubicación en el espacio y su identificación como perteneciente a la misma saga aristocrática.  Lo mismo sucede en otros cuentos que hacen referencia a la misma familia por medio del ejercicio de recuperación de la memoria, incluso tras una mirada infantil, en los titulados «El caballero de San Juan», «Recuerdos en el fondo de un espejo» y «La sangre», que remiten todos a indagaciones en el pasado familiar. En el primero, la voz narrativa, que se retrotrae a la infancia, se presenta en el pasado como «un Julio César de cartoncillo y tambor de hojalata, iniciando el ascenso de las escaleras con aprobación de mamá, como si fueran los Pirineos» (Ciudad lejana: 39), al recorrer los salones y galerías de la vieja casa heredada, cuyos muros sostienen la imponente «presencia inconfundible del Obispo Castañeda» al lado de otros «retratos familiares [que] soportaban la fiereza de mis ataques» (Ciudad lejana: 35). La presencia del Obispo Castañeda, cuya fama prolonga la madre (Ciudad lejana: 41), aparece por un lado como ese «Prelado noble e ilustre en la época colonial, [que] ahora me juzgaba desde su retrato con ojillos de rata» (Ciudad lejana: 40), pero por otro, el ilustre apellido se presta a introducir irónicas alusiones acerca de una familia que se resiste al cambio y prolonga contradictoriamente su grandeza: «Aprendí entonces que se puede ser romano, es decir poderoso, si detrás hay plata y obispos ilustres» (Ciudad lejana: 36), o en su infantil megalomanía, reforzando la idea: «Me tranquilizaba pensando que yo era rey» (Ciudad lejana: 42). De nuevo encontramos las dos clases sociales jerarquizadas, representadas aquí por el niño de nueve años de la familia aristocrática y por el negro Ramón, que le advierte: «cuidado niño, cuidado que los otros lo van a golpear» (Ciudad lejana: 37), así como por la resistencia de la criada Petamaría que «nunca admitió, por lo demás que pasara la infancia degollando azaleas y perritos como si fuesen galos» (Ciudad lejana: 37). El conflicto social queda en este relato expresado a través de parecido paradigma que en los precedentes, pues frente al mundo de los criados existe el de los amos: el niño epiléptico, caprichoso y violento, la madre consentidora y débil de pujos aristocráticos, que con humor se describe en el cuento:

Pobre mamá, siempre sujeta a su pasado de conventos, obrajes y alcabalas me cambió la vida proporcionándome aquel disfraz de Julio César, afirmando además que la familia Castañeda estaba a la par de Margarita de Navarra y César, cayéndose de su jamelgo en plena batalla de Farsalia» (Ciudad lejana: 41).

Aún más, el traje de romano con el que el niño va a la escuela después de su ataque epiléptico lo inviste, irónicamente, como superior en su clase social : «Al fin y al cabo, yo era superior a todos ellos ya que padecía síncopes de familia ilustre. ¿Quién era, por ejemplo, el pecoso Murieta?» (Ciudad lejana: 41). Pero si este cuento evidencia sobre todo esa dualidad social en cuanto tiene de antecedente en la colonia, en cambio «Recuerdos en el fondo de un espejo» introduce el pasado en el presente, pues una voz, que confiesa su rechazo (¿Por qué volví a esta ciudad con sabor a muerte? Ciudad lejana: 97), pero también su nostalgia, retorna a recuperar su infancia y encuentra la ausencia de cualquier cambio dentro de una casa en la que, «los ilustres retratos de familia todavía acechan a mi alrededor con rostro grave, desdeñoso, terrible, ejerciendo un curioso magnetismo sobre mí» (Ciudad lejana: 95). La casa colonial, con su lujo desvaído y su inevitable ruina, «caverna infame, inhóspita, donde los ratones anidan con absoluta libertad en los armarios, tras los cortinajes, bajo el tocador de tía Esther» (Ciudad lejana: 96) encierra, en este caso, a personajes como el aristocrático y conservador tío Reynaldo que, en su locura actual, («Odio esta raza de enanos que habitan la ciudad, odio a los hombres porque no significan nada para mí…» Ciudad lejana: 97), hace revivir un  pasado imposible: el enfrentamiento y la venganza contra otro personaje histórico, el general liberal Eloy Alfaro. Dentro de la historia ecuatoriana este general, amigo y seguidor de Juan Montalvo, tras la revolución de 1895, ejerció como presidente del Ecuador en dos periodos sucesivos (1896-1901; 1906-1911) y trató de realizar reformas progresistas, muy criticadas en su país, como la reducción del poder de la Iglesia, la libertad de cultos, el matrimonio civil, el divorcio y la nacionalización de los bienes eclesiásticos.  En el fondo, este cuento, como el titulado «La sangre», hacen referencia a los dolorosos recuerdos de las guerras civiles que jalonan esos años, de ahí las premoniciones, los presentimientos de malos augurios que siembran el apocalipsis en la ciudad («Dice que entonces vio la iglesia hundirse en la tierra fatal de sus antepasados» Ciudad lejana: 125) para ofrecer el significado más auténtico del enfrentamiento: «Dice que el abuelo disparó porque no podía admitir invasores en su tierra, menos aún si estos eran liberales» (Ciudad lejana: 127). De este modo, en estos tres cuentos, con levísimos pero acertados rasgos históricos, se hace alusión al ámbito ecuatoriano, pero sin interferir en la interpretación más universal y arquetípica.

Varios cuentos dentro de la colección presentan personajes marginales o insólitos, que completan el recinto de la Ciudad lejana en la obra del escritor ecuatoriano, como «Sor Juana Rosa», cuyo entorno colonial emana de la ambigua milagrería inquisitorial en la que se  combina  superstición religiosa y erotismo, pues al  recibir a la «Santa de las flores» (Ciudad lejana: 56),  «la mirada voluntariamente cruel, inquisidora, del canónigo sucumbió ante la belleza melancólica de Sor Juana Rosa» (Ciudad lejana: 57) que acto seguido se abandona a una histriónica felación que le practica la Santa con sus «labios sensuales y carnosos» (Ciudad lejana: 60), mientras musita: «Sor Juana llegarás al reino de las flores» (Ciudad lejana: 61). O «Cristo Rey», donde el bandido desafiante, Bautista Semblantes, apodado Cristo Rey, es conducido a la horca ante la mirada de la ciudad, aun cuando la muchedumbre lo aclama con pasión, pues es acusado de diversos delitos, entre ellos de escupir al cuerpo del Señor y de haber robado a la Iglesia y a la ilustre familia Castañeda. El texto, lleno de duplicidades y de ironías, presenta el desafío del orden social y actualiza el conflicto irónico y jocoso entre pueblo y aristocracia,  presente en  similares historias de ejecuciones reales de la Colonia.  Ambos pueden ser arquetípicos de esa época virreinal, pues como señala Mercedes Mafla:

Estamos en el momento en el que las colonias españolas vivían una auténtica secularización de la mística, una especie de estetización de la vida cotidiana. Vivir en un teatro permanente (el theatrum mundi) era la regla, de ahí que tanto Juana Rosa como Doña Celestina o Bautista Semblantes (autoproclamado Cristo Rey) lleven nombres motivados, nombres que nos remiten a una duplicación evidente (Mafla: 56).

Dentro de ese mundo recobrado y que va trabando la ciudad de Vásconez otros aristócratas del pasado se adaptan mal al paso del tiempo, e incurren en la marginalidad, como son los casos de los personajes centrales de  «Angelote, amor mío» y  «Roldán, el misterioso». El primero constituye un gran hallazgo como construcción narrativa, lo que explica también el reconocimiento que obtiene en México en 1980, en el concurso de la revista Plural. Ese gran monólogo, lleno de desesperación y dependencia, de un sujeto masculino, antaño sexualmente sometido al fallecido4, que va identificándose poco a poco como antiguo secretario, y que ahora ejerce como médico ginecólogo, constituye una excelente pieza de lenguaje trabajada al mismo tiempo con empeño musical. La sorpresa, el contraste, son características de éste y otros personajes del mismo libro; maldad y ternura se aúnan, y ello se despliega muy especialmente a la hora de la evocación del personaje central de este cuento en una deliberada confusión entre lo sexual y lo religioso que explica bien la sumisión del narrador: «Arcángel anal, ojo de Dios persignando tus vicios» (Ciudad lejana: 66). Pero no sólo eso, se observa que el escritor entra también en el juego intertextual que aprovecha para sumergir al personaje evocado en su ámbito ciudadano, como homenaje evidente a uno de los grandes narradores de su país, Pablo Palacio: «Has sido la Diabla en los abismos de la Alameda en esas noches donde aparece un hombre muerto a puntapiés, en el infierno de esta ciudad conventual»( Ciudad lejana: 66)5, así como posteriormente el sujeto narrativo, que  se reconoce como «un medicucho que explora, día a día, la vagina de tus vírgenes»(72), se identifica con la conocida expresión de Onetti: «Yo ahora soy un hombre tranquilo, solitario, que fuma en medio de la noche»6 (Ciudad lejana: 70). De este modo ambas referencias literaturizan y distancian pero también conectan a sus criaturas con la tradición a la que pertenecen.

A esta conexión umbilical se añade un excelente dominio del lenguaje evidenciado en todos los relatos, pero especialmente en este cuento, «Angelote, amor mío», que no sólo hace explícitas las dificultades del narrador en cuanto a su memoria («Bruma de ángel que te has disuelto en la memoria de la ciudad» Ciudad lejana: 77), sino también en su traspaso a la palabra, dentro de una articulación metaliteraria. Por eso acabará confesando las dificultades de plasmación («Yo soy tu fiel servidor, pero no estoy seguro que sea tu fiel contador» Ciudad lejana: 77) que se concitan en el despliegue de rigurosas potencialidades escriturales, pues el relato adopta una estremecedora ambigüedad desde la que el personaje evocado se nos comunica también mediante procedimientos lingüísticos especialmente efectivos, como los ingeniosos eufemismos y paranomasias: «Un arcángel mostraba su sexo a punto de reventar: acólito como yo en noches de hambruna» (Ciudad lejana: 68); «que mi pene porfiando entrara y empujase con furia tu ojo vital, tu estrella de anís en tu ano lunar» (Ciudad lejana: 69); «mientras hundía aún más mi campanilla en tu altísimo campanario» (Ciudad lejana: 76), frases que hiperbolizan carnavalescamente los contactos sexuales. Es evidente que el personaje de Angelote es siempre producto de una ciudad y se debe a un entorno con el que umbilicalmente está unido, el del universo global de la escritura de Vásconez, por ello resulta inevitable la conexión con una misma familia, la aristocrática familia Castañeda, emblemática del espacio creado en torno a ese mundo venido a menos, tal y como se puede observar en todos los relatos de Ciudad lejana.

Pero sin duda, si queremos buscar un personaje productivo para la construcción de la ciudad de Vásconez es el de Roldán. Presentado en el cuento titulado «Roldán, el misterioso» por el capitán Romero como «Roldán, el misterioso: un hombre maltrecho y medio paralítico» (Ciudad lejana: 102) y también como «el astuto soplón con quien frecuentaba ciertos sitios, lo guiaba por la ciudad, conseguía información de primera mano y nunca pagaba a las putas» (Ciudad lejana: 102), Roldán remite, por un lado, al pasado de decadencia pero también al presente abyecto de la ciudad. En él decadencia y marginalidad han llegado a su coincidencia pues, procedente de la renombrada familia Castañeda, se ha convertido en  el «rey indiscutible de la noche, las putas, los abismos de la luna y la ciudad» (Ciudad lejana: 109). Es así como Roldán representa el corazón mismo del recinto urbano, sus insólitos y degradantes sucesos, en medio de los cuales no puede evitar padecer una enfermiza soledad, aunque al mismo tiempo los fantasmas de sus sueños evocan a antepasados ya conocidos y temidos, como el perfil aguileño de su abuelo, los retratos de la casa colonial,  las porcelanas y los gobelinos del salón. Ello fortalece su memoria, temerosa y acomplejada, frente a ese abuelo amenazante, el coronel Juan Manuel Castañeda, que cobra vida entre las sombras del pasado: «otra vez el Coronel acuñado como una moneda en su memoria» (Ciudad lejana: 105). Un abuelo al que todos temían porque se había impuesto como invencible conquistador en la Región del Valle, con sus arrogantes galopadas en las que demuestra la superioridad de los caballos frente a todo ser humano, y desde luego del propio Roldán, minusválido desde niño. Y ser deforme en una casta aristocrática implica también un esfuerzo suplementario de afirmación, una necesidad de buscarse a sí mismo. Es así como este personaje, inútil para el esfuerzo físico, y rechazado por la opinión del abuelo, llegará a odiar a los caballos y cuanto ellos significan de poder y alcurnia social, y en consecuencia a la vida misma, en la que se siente perdedor. La ciudad a la que llega («Una ciudad sin horizonte: una ciudad colgante como los altares de sus iglesias» Ciudad lejana: 115), es así el único asidero para un hombre, que cargado con un maletín de plástico y  sus torpes muletas, se interna en todos los estratos de la sociedad, y en cuya trayectoria, que exige el exacto dominio de sus sentimientos, un tú que duplica su interioridad le convence de apostar por el futuro: «compensarás esa impresión adueñándote de la ciudad y sus enigmas. Y tú pensarás, Roldán -rey indiscutible de la ciudad, los naipes y el billar- pensarás que después de todo eres el misterioso Roldán» (Ciudad lejana: 114).

Esta figura de Roldán, que se trasvasa a otros textos del ecuatoriano como «Un resplandor en la ventana», -incluido en la colección El Hombre de la mirada oblicua- texto  que remite a su primera visita a la ciudad, frente a la cual sopesa su horizonte de perspectivas, («Divisó por encima de la niebla la ciudad estéril, sin esperanza ni compasión que se levantaba como un sueño brumoso al pie de la cordillera», Hombre de la mirada…:31), al descubrir un recinto de pesadilla, violencia y crimen, así como no puede evitar la referencia a su origen, pues había llegado «con el propósito de escapar a la tiranía del viejo Coronel, el veraz, el que tiene y tenía las llaves de estas tierras» (Hombre de la mirada…: 29). Del mismo modo Roldán retorna en otro relato, «Crónica de la sangre» (Hombre de la mirada…: 67 y ss), en el que, con la excusa de indagar en un asesinato por él cometido, se desgrana la amplia crónica familiar de los Castañeda, sobre todo de los abuelos, esos grotescos personajes emanados de tiempos lejanos, entre los que se cuentan la famosa abuela adicta a la morfina que el Coronel obtenía para los caballos del hipódromo. Y tras definir esa crónica la actitud arrogante de una familia que se proyecta en la intocada diferencia de clases, con el temor a mezclarse con los sirvientes, se apunta el fracaso de la trayectoria familiar en la figura de Roldán, quien, tras trasponer esa barrera de clase, culmina su transgresión en un hondísimo odio al abuelo. Esta figura se convierte en punto de fundamental enlace para ir tejiendo el ambiente total de esa ciudad que es en definitiva lo que persigue la narrativa total del escritor ecuatoriano, una ciudad que aúna pasado y presente, y cuyo presente es consecuencia del pasado. Por eso el personaje de Roldán va siendo diseñado y retomado en momentos varios de su vida en otros textos, aunque es en su última novela, La sombra de apostador de 1999, donde se recuerda su pasado, se reproducen anécdotas vividas y se nos muestran sus rasgos con mayor dimensión, con el objetivo de completar y acentuar la dimensión de su maligno carácter. Es así como partiendo del momento de su salida de la cárcel, Roldán va a involucrarse en otro hecho delictivo, el asesinato del jockey Aníbal Ibarra que trabaja en el hipódromo del Coronel, acto del que decide programar «una acción perfecta, una auténtica obra de arte» (La sombra del…: 40), aunque al final, y tras varias peripecias, encuentra el amor de Lena, la mujer extrañamente vinculada a la muerte y que supone para él la constatación de lo perecedero.

Otros varios personajes pueden citarse dentro de estas recurrencias del mundo de Vásconez, pero aparte del fotógrafo Félix Gutiérrez que, procedente de «Eva, la luna y la ciudad» de Ciudad lejana, declara su nombre en «Café Concert» (Un extraño en el puerto: 76), y pasa a integrar el espacio de otra de sus novelas, como es el caso de La sombra del apostador (14), el personaje más capital y  sugerente que compone ese espacio urbano es el Doctor Kronz. Con una renombrada ascendencia que se puede remontar al famoso Díaz Grey de Onetti, su aparición en el «El Jockey y el mar» de El Hombre de la mirada oblicua nos lo diseña ya en su consultorio contemplando la ciudad desde arriba y presa de un oscuro sentimiento de nostalgia:  Podía verse a sí mismo andando por las calles de Praga, contemplando las maniobras de una barcaza en las tranquilas aguas del Moldava y visitando otra vez sus casitas bajas, su gente, que tenía algo de silenciosa, de patriarcal y soñolienta. En las noches de invierno podía ver el vaho subiendo hasta las inmediaciones del cementerio judío donde la muchacha pálida y terrible estaría esperándolo con una rosa roja en la mano (El Hombre de la mirada…:10).

 

Su origen, Praga, las recurrentes imágenes a las aguas del Moldava, y la muchacha del cementerio judío serán después elaboradas con mayor amplitud en su novela El viajero de Praga, procedencia que, como resulta evidente,  también lo religa al famoso Josef K. de Kafka y lo diseña como un solitario y errante buscador, convencido de que no hay fórmulas verdaderas contra la muerte y la desdicha (El Hombre de la mirada…:10).  Esto último es lo que lo relaciona, en el cuento titulado «El Jockey y el mar», con el jockey Lagos, con el que, todos los jueves, juega una partida de dados, pero cuya  inesperada muerte le hace rememorar, e incluso adivinar, la vida de su amigo, tan próximo al mundo del Coronel, que sigue rigiendo con despotismo su vida y actividades: «Aquel hombrecito tímido, tan orgulloso de su pasado, a menudo le hizo ciertas confidencias acerca de su vida con el Coronel y el hipódromo de La Carolina» (El Hombre de la mirada…:10). Lagos como Kronz en la novela de El viajero de Praga, se presupone como un  deseoso de la utopía, ese horizonte de utopía que viven los habitantes de las grandes urbes y que lo lleva a la evasión hacia los grandes espacios: «Quiero andar descalzo por una playa llena de sol y recorrer otra vez esos prostíbulos, donde siempre hubo alegría, donde se respira otro aire, Doctor», deseo que más sintéticamente está expresado a continuación  en una frase casi emblemática de su trayectoria: «Y luego el mar se me abrió en el horizonte…» El Hombre de la mirada…:19-20). Aunque previamente deberá cumplir su destino, liberarse del resentimiento que le corroe y lesionar los bienes (matar la yegua) del Coronel. Gran perdedor, el jinete trunca su destino en la muerte, y la figura de doctor Kronz comienza a partir de ahí el mismo desarrollo («Su amistad con el jockey había empezado cuando la vida quiso que tuvieran idénticas miserias: entonces los juntó como se juntan dos dados sobre una mesa» El Hombre de la mirada…: 21), para justificarse y hasta apuntalarse con notable dimensión en su primera novela El viajero de Praga. Claro que el personaje no se quedará ahí y traspasa los muros de otros textos en los que con nombre o sin él se da vida a doctores que nos lo recuerdan, es el caso de «El diagnóstico» de El Hombre de la mirada oblicua, o las varias apariciones de La sombra del apostador7. Como se puede observar son tantas las recurrencias de motivos y personajes en este complejo ámbito urbano que Vásconez imagina que sólo resta reafirmarnos en que, si por algo se puede definir su narrativa, es por el pertinaz intento de tejer ese espacio fundador en el que muchos personajes pugnan por vivir y convivir con sus tristezas y sus ilusiones fallidas, con sus odios y sus esperanzas. Intento que además se trasluce, como problema de escritura,  en la autorreferencialidad que ejerce sobre sus textos, como cuando en el magnífico relato titulado «La carta inconclusa» pone en pie a la inolvidable Anita y ese sujeto narrativo se atreve a reconocer que «si ahora le escribo es porque el recuerdo de lo que construimos juntos es más poderoso que el olvido o la distancia, Anita. Inventamos entre los dos una Ciudad, le dimos un sentido nuevo a sus calles y plazas, fuimos transformando poco a poco su topografía original» (El Hombre de la mirada…: 50). O, años después, en las líneas iniciales de La sombra del apostador se reconoce por parte del sujeto narrativo que «Para inventar esta ciudad me ha bastado echarme en la cama con unos cuantos libros y dejar que la higuera vaya alargando sus ramas hasta el borde de la ventana» (La sombra del…: 7). Un mundo, una ciudad,  a la  que el propio narrador se incorpora como personaje, tal y como puede apreciarse en  diversos lugares de sus textos, pero sobre todo en el último título citado La sombra del apostador, donde irónica y unamunianamente responde las preguntas tópicas de una entrevista radiofónica: «Ciertamente, soy un topo que trabaja perforando las tinieblas e incursiona en el terreno del enemigo. Escribir es algo así como ejercer la forma más descarada del disimulo» (La sombra del…: 37). Procedimientos de ficción y de escritura con los cuales la obra de este escritor ecuatoriano da muestras de su lucidez, de su capacidad para articular un mundo propio, a la vez que responde a una tradición, latinoamericana y ecuatoriana, y con una muy trabajada escritura que expresa una personal visión del mundo que sin duda seguirá organizándose en sus futuras ficciones.

Javier Vásconez: Lluvia, ciudad y memoria

Siempre serán los escritores los más universales y cosmopolitas de entre los hombres. Su fácil capacidad para adaptarse a culturas diferentes a las suyas y hacerlas semejantes por las palabras hace del escritor un ser transparente para las fronteras, y tal vez también por eso tan perseguido. Comienzo este análisis sobre la obra del escritor ecuatoriano Javier Vásconez para justificar que, ante tal situación, son el estilo y las palabras de sus relatos los que únicamente delatan su procedencia. Y en este autor son probablemente tres elementos los que nos hacen descubrir su pertenencia al mundo que conoce y describe. Lluvia, ciudad y memoria van a ser los elementos que nos trasladen por su obra porque son las señas de identidad que hacen de Vásconez un escritor desde sus raíces proyectado hacia el exterior.

Si la primera es la cortina que separa su mundo del nuestro, la cascada a través de la cual penetra el lector en un espacio mágico para él, la ciudad es el paisaje elegido por el autor para representar la obra. Tras ellos la memoria será el brazo ejecutor de sus desvelos de escritor, de su mensaje de hombre que vive y recuerda, que recuerda imaginando a la vez lo que no es, o tal vez sí desde otro punto. La lluvia es mero pretexto que acompaña y guía, rosa de los vientos que sirve de punto de referencia. La ciudad es elemento esencial por cuanto que vertebra y estructura las historias que se narran y a las que da cobertura espacial. La memoria es el hilo conductor que traslada a los personajes adelante y atrás en el tiempo y, en definitiva, lo que les hace existir o llorar por lo que dejaron de ser.

 

1.- La lluvia

En la narrativa de Vásconez la lluvia mancha todo aquello que toca. Una lluvia intermitente y sucia que dura meses abre y cierra la novela El viajero de Praga. Una lluvia que no sólo es externa al hombre, sino que refleja su propio estado interior, en este caso, el del doctor Kronz, abandonado por Violeta, vacío y solo, que no le encuentra sentido al dolor del mundo, a pesar de tener que encontrarse constantemente con él por su profesión. Una lluvia común a todas las ciudades tristes, que invade no sólo los espacios externos, sino que se hace notar en los gestos cotidianos. Una lluvia que cambia el orden de las cosas y llega a alterar las rutinas cotidianas, y que hace que el hombre se sienta parte de un sueño superior a él.

En este sentido, el sueño aparece en la obra de Vásconez asociado con el agua o con la niebla. Llama la atención en todos sus relatos cómo los seres que los pueblan viven en un estadio intermedio entre la realidad y la ficción, como si aquello que les sucede no terminara de pasarles del todo. O como si encarnaran el poema de Octavio Paz en el que escribe: «Mis pasos en este calle/ resuenan en otra calle/ donde oigo mis pasos/ pasar en esta calle/ donde/ sólo es real la niebla.» Así, si en el relato «Un extrao en el puerto», el narrador inventa el contenido de una escritura que suplanta a la vida, en la novela El viajero de Praga, el protagonista camina en una ciudad sin armonía y triste, llena de seres marginales, ante los cuales tiene la impresión de «ver las cosas como a través de una cortina de humo», reproduciendo «en la realidad lo que antes había vislumbrado en algún sueño». Sueño y realidad que confundidos apuntan a la posibilidad cervantina o unamuniana de que otro ser superior también esté soñándonos a nosotros. Quizá por eso, los personajes de Vásconez saltan de unas obras a otras buscando su verdadera identidad, e incluso el propio escritor se busca a sí mismo como un personaje más de sus relatos.

De aquí que el único momento en que el hombre se acerca infructuosamente a los dioses es mientras está creando. Aunque al final, como ha escrito el autor, cada libro sea una «Renovada forma de fracasar».

 

2.- La imaginación

Escribe Vásconez en uno de sus relatos que «escribir es una forma de conjurar el descontento». Podría pensarse que el escritor se presenta, a la luz de estas palabras, como un hombre infeliz que busca el sentido en una vida paralela a la suya. Una vida construida con palabras, donde Él elige cómo son las cosas y hacia dónde proyectan su mirada las personas. No ha de extrañarnos, por tanto, que el narrador del relato que da título al libro «Un extraño en el puerto» empiece a perseguir por las noches con su imaginación a un personaje que le absorbe la vida y que se impone como una realidad superior a la de la propia existencia. También el lenguaje se contamina de la ficción, y el escritor emplea fórmulas verbales como «recordé cuando la vi por primera vez» cuando en realidad no es el recuerdo sino la imaginación la que está dando vida a este ser.

Imaginación y memoria se funden en la narrativa de este ecuatoriano hasta confundirse. La imaginación como sustituta de la vida es uno de los grandes temas que palpitan en las obras de Vásconez. En ocasiones lo que se nos muestra es el flashback del cinéfilo cuando lo que se imagina es la vida que se tuvo y se perdió, aquellos momentos que sólo imaginándolos vuelven a revivir ante nosotros. En su novela El viajero de Praga, la memoria es tan importante como lo que acontece en el presente. También Félix Gutiérrez, uno de los protagonistas del relato «Café Concert», ese lugar habitado por artistas e intelectuales, quiere regalarle a Gipsy, la cantante boliviana que alegra con su voz el local, el mar. Una sola mirada de aquel ser frágil le compromete a llevar el océano a que aquella mujer, cuyo único deseo es fotografiarse junto a sus aguas. En este caso serán una pintura y una cámara de fotos los instrumentos de la capacidad mágica del arte de transformar nuestras vidas, y llevarnos hasta los lugares que existen con más fuerza entre sus formas que en el propio mundo. Por eso, mientras él está fotografiándola, ella es consciente de su auténtica realidad, y empieza a cantar un canto de sirena que los une por un instante en su secreto. Después la vida se impondrá de nuevo, pero ya no podrá volver a ser igual, porque cuando se ha rozado, aunque sólo sea por un instante el milagro, éste salvará para siempre de la rutina y el desamparo.

No en vano las mujeres son en la obra de Vásconez umbrales en el tiempo; demostración total de que es con los personajes de Vásconez con los que realmente viaja el lector. En El viajero de Praga, por ejemplo, una novela donde las mujeres se suceden, éstas aparecen indicando al lector que el protagonista se halla en otro tiempo y espacio: Violeta y Olga: cuyos recuerdos se entremezclan trayendo de lo lejos el pasado gris ó viejo mundo de Praga; Isabel en América; o, antes en Barcelona, doña Encarna, la Roja. Y siempre, quizás eco también de la nostalgia, sugerencias de lo sexual que impregnan cada encuentro del autor con cada una de ellas.

 

3.- La ciudad

Si el rostro de los sueños para Vásconez coincide con el de la literatura, el de las pesadillas tiene el nombre de la ciudad. Por eso a Roldán, protagonista de «Un resplandor en la ventana», que visita por primera vez la ciudad, le persiguen las sombras y los gemidos a lo largo de las calles de una ciudad que le ofrece su rostro oscuro, hasta hacerle tocar los límites de la locura. También el lenguaje se tiñe del ambiente y lo retrata. La prosa se carga de metáforas que degradan la realidad y la animalizan. De este modo Roldán escucha el llanto de un niño que gime «como una perra en celo», «el olor se agazapa en la oscuridad de los patios», el protagonista siente que le invade una «culpa con mirada de perro», y los hombres o las sombras que le persiguen le hacen sentir como «un venado tras el que corren una jauría de perros».

La ciudad se transforma así en una alegoría del mundo opresivo en el que el hombre vive. Los personajes duermen en hoteles como exiliados de su propia vida. Roldán usa los recuerdos de su hacienda como un somnífero para evitar sentirse extranjero en sus sueños. Hoteles llenos de ruido donde hasta una mariposa en la habitación es el índice de la culpa y del miedo.

La ciudad es también un lugar de persecución. Y ésta es otra idea reiterativa en Vásconez, quien tiene una sorprendente capacidad para describir escenas románticas y mágicamente lúgubres. Algo del relato gótico se ha quedado prendido en su pluma y surge de manera especial cuando Ésta acelera los pasos huidizos de alguno de sus personajes. Pero hay aún más. La ciudad es también el lugar de la muerte. Así Camacho, el protagonista de «El secreto», se refugia en su capacidad de perfección para conseguir ser un dios con el único arte que es capaz de realizar hermosamente: el asesinato. Este poeta de la muerte usa el hotel como lugar de reflexión, lugar de imaginación de cada uno de sus asesinatos. La ciudad, en este caso, será el tablero de ajedrez donde Camacho realiza sus jugadas mortales.

Afirma Vásconez en una entrevista que le hicieron en Babelia: «yo entiendo que el poeta y el asesino aspiran a la perfección». Creo que difícilmente se puede encontrar una expresión que defina tan bien toda la concepción de la literatura de este escritor. La literatura o la perdición. El Camacho de «El secreto» o el Roldán de La sombra del apostadorson los dueños de abrir o cerrar la espita de la vida de sus víctimas porque el asesinato es su lugar de huida de la mediocridad.

En este sentido, para Vásconez la ciudad y el miedo se muestran como los dos rostros de una misma herida. La ciudad le ofrece al hombre el espejo en que mirarse. Es ésta y no otra la razón por la que los protagonistas de sus textos deambulan perdidos en un estado constante de extrañeza, midiendo con éste su capacidad de desarraigo y de soledad. Quizás sea ahora cuando mejor pueda evocarse la apoteosis a la que llega Roberto Bolaños en Los detectives salvajesal dejar caer a sus personajes sobre la urbe que los engulle y amamanta.

Pero la ciudad no es sólo el espacio físico que angustia, sino que es también el símbolo opresivo de unos comportamientos sociales hipócritas que se reflejan perfectamente en el relato «Angelote, amor mío». Un relato perfecto para descubrir la crueldad infinita que pueden alcanzar los hombres. En este texto, magnífico, un hombre, ante el cadáver de su amante homosexual, pasa revista a una relación que se ha forjado contra todo. A pesar de que la voz narrativa, en un monólogo ó diálogo denso y sentido, va dirigida al muerto, de quien se afirma que es un demonio por saltarse las leyes sociales, es al final del relato donde, tras el gesto cruel de la hermana del muerto, queda claro quién encarna el mal y quién el bien.

El mal por antonomasia se encarna ahora en la sociedad. Una sociedad hipócrita que rechaza a aquellos que no respetan sus costumbres. No es de extrañar, por tanto, que con este relato Javier Vásconez ganara la primera mención de la revista «Plural». Posiblemente, sea éste el relato en el que con mayor densidad expresiva se refleje la contradicción del mundo. El propio Vásconez ya recoge esta oposición en las palabras de su narrador, quien al dirigirse a su ante muerto, lo llama ángel, pero también demonio. Es éste un texto duro y crítico con el mundo que no permite que dos hombres se amen. Tema tabú, éste de la homosexualidad, «para casi todo el género humano», como llegaría a escribir Reinaldo Arenas y que en Vásconez se halla lejos de la frivolidad con que ha sido tratado por otros escritores como el peruano Jaime Baily.

En esta ocasión Vásconez es un ejemplo perfecto de las posibilidades infinitas del lenguaje como creador de realidades contradictorias: ternura y dureza conviviendo juntas en el idioma, ironía y patetismo, y al fondo de todo este lienzo de crueldad, la terrible soledad del hombre ante un universo que intenta hacer de él un miembro más de la falacia. Un mundo en el que la verdad y la mentira, como en la vieja historia tantas veces contada, han cambiado sus vestiduras y ya no es posible reconocerlas. Un ejemplo perfecto de cómo la literatura puede llegar a asfixiar. Cómo la mejor y más bella prosa puede conducir, desbocada, a la blasfemia. Pero las sociedades civilizadas, las que generan holocaustos y violaciones de todo tipo, no están preparadas para reconocerse en dichos actos. Y por todo eso paga el escritor: el Sade que desvela lo que todo el siglo XVIII conocía; el Canetti o el Primo Levi que han de tragar saliva antes de hablar, y respirar a pleno pulmón aún después de haber hablado. Y todavía hay quien duda. Y si el escritor no está manchado ya, lo acaba estando con la sangre de las víctimas que hablan por su boca; como Alejandra Pizarnik lo hizo con su relato sobre la condesa que asesinó a más de medio millar de doncellas.

Escribió Alfonso Reyes hace medio siglo que la literatura «no es una actividad de adorno, sino la expresión más completa del hombre». Desde esta perspectiva, sólo el escritor hace suyos el terror y la violencia de sus personajes, sus dolorosas frustraciones, sus identidades prohibidas, como la homosexualidad, con la que el autor persevera en luchas que vienen de atrás y de otros no menos célebres escritores latinoamericanos por el reconocimiento de las identidades, bien sea de carácter racial, político, religioso o sexual. Es el empeño por ignorar las risas de esa vetusta burguesía aristocrática que en cinco siglos sólo parece haber mudado el color de su piel, y a veces ni eso, pero que continúa expulsando a los judíos de sus barrios.

Por lo demás, qué decir de un autor que, además, sabe seducir al lector y hacerle olvidar las prisas desde la primera línea. Su escritura está pensada para leerse de un tirón; sobre todo en sus relatos, género que domina a la perfección y en el que figura con un estilo propio. Pero sobre todo, y esto es lo que hace de este autor un «escritor visible», pese a ser ecuatoriano, porque Vásconez domina el símbolo y la metáfora como pocos, y esto es, en definitiva, lo que ha caracterizado siempre a la mejor literatura: su pervivencia por encima de los arquetipos o merced a ellos. Su forma de narrar es cosmopolita en tanto que los personajes que enhebran la trama de sus narraciones son habitantes del mundo porque a él se han lanzado huyendo. La descripción de esta realidad es lo que hace de Vásconez un escritor dotado de una prosa cruda sobre cuyas líneas, sin embargo, penden mocárabes de realismo mágico que sazonan su escritura. Porque durante años, o tal vez décadas aún, va a ser muy difícil evitar que América Latina siga rezumando realismo mágico por cada uno de sus escritores. Y eso alimentará su literatura y la mantendrá viva a ella.

Paradójicamente, esta magia se contrapone con la oscura realidad que habitan sus protagonistas, pues los personajes de Vásconez atraviesan constantemente un desierto que tiene no poco de existencialismo.

La literatura es un oficio de solitarios

Javier Vásconez. Retrato

Javier Vásconez nació en Quito. Estudió literatura en la Universidad de Navarra y posteriormente en Vincennes en París. En 1982 publicó Ciudad lejana, y en 1983 ganó la Primera Mención en la revista Plural de México con el cuento “Angelote, amor mío”. Su obra comprende El hombre de la mirada oblicua (1989), la novela El viajero de Praga (1996), la nouvelle El secreto. En 1998 apareció Un extraño en el puerto. En 1999 publicó la novela La sombra del apostador (finalista del Premio Rómulo Gallegos). En 2001 el cuento “Angelote, amor mío” fue elegido por el diario El País para aparecer junto con otros veinticuatro cuentos de escritores españoles y latinoamericanos como uno de los representantes del género en lengua española en Internet. En 2004, Invitados de honor y en 2005 su novela El retorno de las moscas. En 2007 publicó Jardín Capelo (finalista del Premio Rómulo Gallegos).En 2009 apareció en la editorial Veintisieteletras una selección de sus cuentos con prólogo del escritor argentino Horacio Vázquez Rial bajo el título Estación de lluvia. En 2010 la editorial Alfaguara publicó una edición especial de El viajero de Praga con prólogo de Juan Villoro. En 2010 Planeta de Colombia, y Viento Sur en España, publicaron su novela La piel del miedo. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al alemán, francés, inglés, hebreo, sueco, griego y búlgaro.

 

Javier, ¿cuándo nace tu relación con la literatura? ¿Qué escritores son tus referentes o tus autores de cabecera?

A los diecisiete años, o quizás un poco antes, publiqué un cuento malísimo en el periódico del colegio. Pero no me senté en serio a escribir hasta mi vuelta de Europa. Porque viví largamente en España y en Francia, también en Inglaterra. Por algunos años viajé por aquí y por allá, y no deseaba convertirme en un escritor a tiempo completo. Pensaba que no era suficientemente maduro, pues todo lo que escribía iba a parar al basurero. Me faltaban lecturas, experiencia, conocimientos. Hasta que me llegó la hora. Publiqué mi primer libro, Ciudad lejana, después de los treinta. Intentaba ser riguroso con las palabras. Sólo a la madurez y con el oficio uno empieza a darse cuenta con exactitud sobre la importancia de cada palabra en un texto. En otro orden de cosas, crecí en una casa poblada de libros. Mi padre era historiador y escritor. En la casa había libros de historia, literatura, biografías, filosofía, pintura. Creo que la lectura, ese viaje desde la inmovilidad de un sillón, o tendido en la cama, es esencial para un escritor. Siempre fui un lector compulsivo, atento, pues he leído indiscriminadamente. Mis escritores preferidos son ingleses y norteamericanos, también algunos latinoamericanos y españoles. Voy a nombrar a los principales, o mejor, a los que en este momento se me vienen a la cabeza. Shakespeare. Cervantes. Quevedo. Cernuda. Jorge Carrera Andrade. Faulkner. Melville. Kafka. Conrad. Proust. Rulfo. Onetti. Clarice Lispector. Borges. Pavese. Juan Benet.

 

Tus libros han tenido una buena acogida por parte de la crítica, medios y sobre todo de los lectores. ¿Qué me puedes decir sobre tu propia narrativa?

A menudo me sorprendo cuando advierto este fenómeno. Para la mayoría los críticos son considerados los malos del cuadrilátero. Sin embargo, algunos de ellos parecen haber sido condescendientes, incluso generosos conmigo. Qué bien, me digo, los críticos merodeando por mi universo literario. Siempre he simpatizado con los malos de las películas. La atención de los críticos a mi obra quizá se deba a que llevo muchos años escribiendo, incluso a mi obstinación.

Digamos que toda mi obra, entre muchas apuestas, está levantada sobre mapas literarios de otros escritores. En algunos casos hay un trabajo de interpretación, incluso de reescritura. Pero lo más significativo es que a veces he logrado que se colara a través del ojo de la cerradura algo del propio Vásconez. Un universo construido como un homenaje a Kafka, en El viajero de Praga. A Onetti y Faulkner, en La sombra del apostador, también he homenajeado a Céline, a Nabokov y a Le Carré. En algunas ocasiones, los homenajes son evidentes, como en los relatos de Invitados de honor. En otros, son más difíciles de localizar. Así pues, he modelado una poética del ocultamiento a partir de invasiones, superposiciones y recreaciones, utilizando con plena libertad distintos géneros. Y he cavado obstinadamente como un topo en la obra de otros escritores, con la idea de salir transformado de esta aventura.

En mis cuentos, más que en cualquiera de mis novelas, el secreto constituye un detonante y funciona muy bien. Una novela es una construcción, una obra de ingeniería. Es un entramado de personajes, cada cual con su drama a cuestas, con sus sentimientos. La novela tiene sus deudas con otros géneros y, sin lugar a dudas, está muy lejos de la limpieza del cuento. En cambio, el cuento es como un resplandor, una fábula. Se agita igual que una libélula antes de convertirse en mariposa, es más intelectual. La novela es una especie de “tratado” sobre la vida de los hombres.

 

En 2010 publicaste la novela La piel del miedo. ¿Qué me puedes decir de este libro?

La conservé por mucho tiempo como un secreto y la escribí finalmente en un año y medio, o quizás en dos, cuando agarré “al vuelo” la primera frase. Fue como si alguien me la hubiera susurrado, o dictado al oído, en absoluta intimidad. Esa oración es la que marca el ritmo, la cadencia, proporcionando el tono aparentemente vertiginoso al conjunto de la novela. ¿Qué más puedo decir? Que La piel del miedo es una suerte de “tratado” fantasioso sobre la epilepsia y el miedo, entre otras cosas. Ese miedo que tanto nos paraliza, pero que también nos impulsa a vivir, y a seguir escribiendo. Ese miedo, del que Benet ya nos advirtió que nos transformaría en gusanos. ¿Recuerdas La metamorfosis? También toco otros temas tan diversos como la traición, el amor, la amistad… La piel del miedo, probablemente sea mi novela más personal, y por suerte ha sido muy bien recibida en distintos lugares, lo cual me reconforta, no lo voy a negar…

 

Me imagino que tu cuento “Angelote, amor mío” desde su publicación causó polémica, ¿qué opinas de este texto tan conocido?

Sí, “Angelote, amor mío” causó polémica desde su comienzo. Por el tema de la homosexualidad, el cuento resultó bastante incómodo para muchos, y ha tenido un recorrido desigual, lleno de sobresaltos. Más de una vez ha sido prohibido en algunos colegios de Ecuador. Ahora está traducido al inglés. En 2001 “Angelote, amor mío” fue elegido por el diario El País, de España, junto con otros veinticuatro cuentos de escritores españoles y latinoamericanos, como candidato para circular en Internet como uno de los representantes del género en lengua española. Sin embargo, yo prefiero otros cuentos: “La carta inconclusa”, “Un extraño en el puerto”, “Un resplandor en la ventana” o “Thecla teresina”.

 

Ecuador es un gran país, pero, ¿qué pasa con su literatura? ¿Por qué no se la lee en el exterior?

Yo no voy a una librería preguntando por literaturas nacionales. Nunca. No creo que nadie lo haga. Busco autores concretos, individuales. Así descubrí a escritores tan diferentes como Kafka, Rulfo o Joyce Carol Oates. Para mí es más importante la lectura de un escritor, con todo lo que esto implica, que la visión de las literaturas nacionales ofrecida por los académicos. Un escritor pertenece a una lengua, no a un país. Si algún día nos leen a los ecuatorianos será porque escribimos en español, en español de Ecuador, desde luego. Ya que ahí está el verdadero matiz.

 

¿Qué opinión tienes sobre nuestro pequeño mundillo literario? ¿Sobre todo de los clásicos egos, vanidades y luchas por territorios tan comunes para todos?

El mundillo literario existe en todas partes. Los hay en Madrid, Barcelona, Londres y París… A lo mejor es necesario participar en él, para estar al tanto de lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero hay que guardar las distancias y conservar la independencia, hay que saber alejarse para poder trabajar. La literatura es un oficio de solitarios, de obstinados, de fanáticos que le robamos horas al sueño. Bueno, por lo menos los novelistas. Incluso cuando nos ponemos a beber. Siento desconfianza ante los bohemios, a pesar de que yo amo la noche. Aquí, en Ecuador, nos tomamos demasiado en serio las genialidades inventadas por nuestros amigos en las noches de tragos. Muchos de esas genialidades no son más que tonterías o mediocridades provincianas.

 

¿Qué piensas de la nueva literatura ecuatoriana? ¿De los nuevos escritores ecuatorianos?

Igual que en las películas de Clint Eastwood, hay escritores buenos, malos y feos como en todas partes. Por lo demás no hay muchos nuevos novelistas a la vista. Abundan, eso sí, los poetas, como coliflores. O los que se autodenominan a sí mismos como poetas. No los he leído a todos, eso sería imposible. Pero he leído a María Fernanda Pasaguay, Juan Pablo Castro, Eduardo Varas, Cecibel Ayala, Yanko Molina, Solange Rodríguez, Rafael Lugo… A algunos les hace falta vuelo, mucho rigor, ambición literaria, incluso un verdadero proyecto. Una cosa es ser escritor y otra es borronear con más o menos virtuosismo un texto… Pero quiero que esto quede claro, he dicho algunos. Otros ya están encaminados. Al fin y al cabo son jóvenes, y tienen la vida por delante para romperse la espalda escribiendo. Si supieran todo lo que les espera…

 

¿Actualmente en qué proyectos literarios estás?

Estoy enfrascado en una novela corta (una historia muy extraña entre el páramo y la ciudad de Nueva York) sobre la que prefiero no hablar mucho.

Mi deseo es ser yo mismo

Javier Vásconez. Retrato

El escritor Javier Vásconez presentó el pasado miércoles en la capital ecuatoriana su nuevo libro, Estación de lluvia, una selección de cuentos que fueron reescritos en unos casos y afinados por el autor en otros, durante seis meses.  Vásconez, quien es autor además de obras como El viajero de Praga, Ciudad lejana, El retorno de las moscas, Jardín Capelo y La sombra del apostador es además de escritor, un lector incansable. Ni bien termina de crear una obra y ya comienza a trabajar en la siguiente. “Tengo que trasladar al papel el libro que tengo en la cabeza”, sentencia  mientras habla con entusiasmo de su nueva publicación Estación de lluvia.

 

¿Cómo define el contenido de Estación de lluvia?

Es una selección de cuentos de todos mis libros. Hace dos años, en Madrid se contactó conmigo Viviana Paletta, editora de la editorial española Veintisiete Letras, para hablar sobre mis cuentos. Y a partir de este encuentro nació la idea de publicarlos. Me pidió un título para la obra y definí que se llamaría Estación de lluvia.

 

¿Por qué?

Sencillo. La lluvia es constante en mis novelas y en mis cuentos. Y la palabra estación tiene dos sentidos: por un lado están las estaciones de trenes y buses, que también aparecen en todos mis libros, rodeados de viajeros y en época de lluvias.

 

¿Los cuentos fueron transcritos de un libro a otro?

Trabajé casi seis meses sobre muchos de los cuentos que se están publicando. En unos casos los   reescribí,  los pulí, los cincelé a fondo. Algunos de ellos, como «La carta inconclusa» o «El hombre de la mirada oblicua», son cuentos que si bien conservan la misma temática, desde el punto de vista estilístico, hay un
mayor cuidado, una mayor exigencia.

 

Con ocasión de este libro, algunos críticos literarios como Arturo García, Eduardo Becerra y Guido Tamayo han comparado su trabajo con los de Hawthorne y Kafka, de Melville, Onetti, García Márquez, entre otros, ¿qué le hace sentir esto?

Me siento un modesto representante ante estos monstruos de la literatura.

 

¿A quién de los escritores nombrados quisiera parecerse usted?

A ninguno. Quien intenta parecerse a otro escritor nunca llega a ninguna parte. Mi deseo es ser yo mismo. Quiero que a través de mi estilo, de lo que yo haya escrito quede algo que valga la pena.

 

¿Por qué considera que ha sido tan elogiado este, su último libro?

Lo que pasa es que estos cuentos los estoy publicando luego de que han pasado más años. Ahora tengo más experiencia, probablemente, tengo más lectores, pero también tengo más críticos, como es lógico en el recorrido de la vida de un escritor.

 

El crítico colombiano Guido Tamayo dice que es evidente su ubicación (la de Javier Vásconez) dentro de una ciudad de Quito que se debate entre un pasado amenazado por el olvido y la desidia, y un pálido presente signado por una modernidad enceguecedora. ¿Así ve usted a Quito?

A Quito la veo de distintas formas. En cada uno de mis libros es otra ciudad. Si se compara la ciudad de Quito de El viajero de Praga, con la de La sombra del apostador o con la del libro El secreto nos damos cuenta de que hay muchas ciudades de Quito. Y es lógico: Quito es una ciudad que posee muchas miradas, muchos espacios, muchas posibilidades. En varios casos no he querido nombrarla y escribir sobre la ciudad desde la ambigüedad, un poco como desde debajo de la lluvia. Mi relación con la ciudad de Quito siempre ha sido y será conflictiva, pero es mi ciudad, en la que nací y a la que amo. Espero seguir escribiendo sobre ella.

 

Y en esa misma perspectiva, ¿cómo ve al Ecuador?

Al Ecuador le veo cada vez más desdibujado en muchos aspectos.

 

¿Por ejemplo?

Es tan largo y complejo todo lo que tendría que decir en relación a mi país… El Ecuador es muy rico en muchos aspectos, sin embargo, también es un país muy conflictivo, hay muchas tensiones entre las regiones, tensiones sociales, hay una falta de claridad en la visión de fondo del Ecuador.

Me parece que pocas veces se ha intentado hacer una relectura a fondo del Ecuador. Creo que seguimos, a veces, anclados; seguimos asidos a una serie de prejuicios, de rencores, que en muchos casos son del pasado. Deberíamos pasar la página e intentar todos los ecuatorianos entrar en la modernidad.

Javier Vásconez en Cambio 16

Javier Vásconez. Retrato

Viento Sur, la aventura editorial de Gorka Ochoa se estrena con la nueva novela de un autor siempre subyugante y todavía por descubrir.

El miedo capitaliza su no­vela. ¿Es una manera de exorcizar sus fantasmas?

El miedo probablemente sea el telón de fondo de la nove­la. Pero en La piel del miedo hay muchos más fantasmas que los personales. En casi todos mis libros anteriores existe el mismo proceso de exorcismo. Supongo que es parte del oficio de escritor, aunque en La piel... hay por añadidura algunos elemen­tos autobiográficos. Alguien ha señalado que es además una novela de fantasmas, no en el sentido gótico, sino por la cautela y prudencia casi imperceptible con que se deslizan los personajes por la novela.

 

Ese miedo se entrelaza con la enfermedad del protago­nista. ¿Es una manera de otorgarle aún mayor vulnera­bilidad para que el lector sienta compasión por él?

La enfermedad de Jorge Villamar es sólo un detonante para adentrarse en algo tan humano como el miedo. Creo haber tratado las crisis del protagonista como cual­quier experiencia, ya sea és­ta amorosa o la participa­ción en una guerra. Una no­che estalla la violencia en el hogar de Jorge gracias a un padre alcoholizado y perse­guido por la violencia políti­ca, y ahí comienza todo… El miedo es uno de los gran­des temas literarios. Desde la Biblia hasta Dante, Sha­kespeare y Kafka. Y toda la novela negra. He cuidado el tratamiento no sólo del mie­do, sino de la enfermedad del muchacho. No quería caer en «lo barato», en lo sentimental. Por eso he tar­dado quince años en encon­trar el tono adecuado para abordar y escribir con dis­tancia un tema tan delicado.

 

Deja pasar por la novela un desfile de personajes que quedan grabados en la conciencia del lector. ¿Qué im­portancia tienen en la tra­ma?

Es la historia de un joven y su familia en una ciudad concreta. Un joven peculiar, sensible, que padece epilep­sia, y que inventa y sueña a Fabiola Duarte (una cantan­te con la que tiene su primer amor), a su padre ausente e incluso a la misma ciudad en la que vive. Es una nove­la de muchas historias entre­lazadas entre sí por el miedo y la memoria. Historias re­lacionadas con la hípica, con la enfermedad, con el amor, con la traición, con la violencia sexual y la amis­tad. En el universo literario por el que he venido transi­tando y construyendo, situa­do en una ciudad algo difuminada por la lluvia y no siempre nombrada, hay personajes que van y vienen de una novela a otra, de un cuento a otro.

 

¿Es el mercado editorial es­pañol una jungla por la que es muy complicado transitar y escalar?

Es una jungla en la que no siempre salen ganando los mejores escritores, sino los que tienen más «palancas», los mejor relacionados. Al­gunas editoriales poderosas afirman estar sometidas a la ley del mercado, es decir, a lo que se vende más, pero no estoy muy seguro de eso.

 

Alterna en su producción literaria el relato corto y la novela. ¿En qué género se siente más cómodo?

El año 2009 salió Estación de Lluvia. El cuento es un género mayor, de dudosa tradición en España. Sin embargo, muy cotizado y admirado en América La­tina. Escribo cuentos y no­velas con la misma pasión, pero, claro, depende mi estado de ánimo. La nove­la es una construcción, al­go que uno va alimentan­do día a día y requiere per­severancia. El cuento es un resplandor o una pesa­dilla.

Brevísimo muestrario

A continuación, por cortesía del autor, ofrecemos a nuestros lectores una muestra de cada uno de sus libros publicados: un cuento de cada libro de cuentos y un fragmento de cada una de sus novelas, gracias a una selección preparada para este dossier por el propio Javier Vásconez.

 

Algunas portadas de sus libros

El miedo nos impulsa a mejorar, a crecer

Desperté en medio de la no­che con el ruido de los disparos en el corredor. Fue como si re­botaran desde el rellano de la escalera hasta mi conciencia y, unos segundos después, el es­truendo había prendido como un relámpago dentro de mí».

Javier Vásconez. Foto: Miguel Gener, El País

Para el escritor ecuatoriano Javier Vásconez, los comienzos de sus novelas son la chispa de arranque del motor creativo. Por eso, se toma los meses o años que necesite hasta encon­trar el tono. Así le pasó con La piel del miedo, su novela más re­ciente, que presentó en el país.

La piel del miedo transcurre en esa Quito imaginada, tan aplaudida por la crítica. Con ese telón de fondo, que se ubica entre los años 50 y 60, se desa­rrolla la historia de Jorge Villamar, afectado por la epilepsia, quien en su madurez intenta rescatar pedazos borrosos de una vida signada por el temor.

Vásconez, invitado a la próxi­ma Feria del Libro de Bogotá, habló con EL TIEMPO.

 

¿Cuándo sintió que estaba listo para narrar la historia?

Les doy mucha importancia a las primeras palabras de mis novelas y mis cuentos. Es como si me dieran la pauta de quién y cómo va a contar la historia. Así me di cuenta de que tenía que comenzar con esa frase vio­lenta, en la que se cuenta la primera crisis del muchacho, en una noche de crisis familiar, con el padre enloquecido co­rriendo por la casa.

 

¿Es esta una reflexión sobre la memoria y los recuerdos?

Toda mi literatura es un ejer­cicio sobre los recuerdos. La no­vela sin memoria y sin una rela­ción profunda con el tiempo se­ría simplemente una crónica con personajes, que es lo que es­tá ocurriendo en la literatura actual. La piel del miedo está contada de forma memoriosa, muchos años después de que el niño tuvo esa crisis y se convir­tió en un adulto reflexivo.

 

¿Qué lo llevó a volver al miedo?

El miedo, que es quizás otro de los protagonistas, nos impul­sa a mejorar, a conquistar nue­vas posibilidades y a crecer. Y para un escritor, por lo menos para mí, se trata del miedo a la impotencia a escribir, a la pági­na en blanco, a seguir adelante, a la imposibilidad de la perfec­ción, a lograr la adjetivación perfecta y la atracción del len­guaje. El miedo es algo que va mucho más allá de esa sensa­ción primaria, es algo que atra­viesa la vida humana.

 

¿Cómo estructuró a Jorge Villamar, el protagonista?

Mi relación con los persona­jes siempre es visual y después, auditiva. Primero aparecen, lo­gro perfectamente ver su aspec­to, su vestimenta, cómo cami­nan. En muchas ocasiones ten­go la impresión, incluso, de que me hablan, y ahí me doy cuenta de que el personaje está hecho.

 

¿Qué tanto trabajó el rasgo de la epilepsia en Jorge?

He hecho lecturas exhausti­vas sobre la enfermedad, pero en este caso hay algo más auto­biográfico: yo la he padecido. He querido convertir el tema de la epilepsia en un material li­terario.

 

¿Cómo es su Quito literaria?

He escogido una serie de elementos de la realidad, como esa sensación de laberintos y de encierro, esa que puede producir Quito, sobre todo por estar construida al pie de un volcán activo (Pichincha). Le he añadido elementos como la lluvia, el miedo y la oscuridad, y a partir de ahí he inventado esta ciudad personal. Siempre he pensado que las ciudades existen en el momento en que los escritores escriben sobre ellas; antes de eso son un lugar en el mapa.

 

¿Cuál es su mirada sobre la literatura ecuatoriana?

Ecuador se ha caracterizado por una riqueza muy grande en la poesía, desde el siglo XIX. También ha habido cuentistas geniales. En la novela no hemos tenido la misma suerte.

 

Desconocidos

Ecuador no tiene una industria del libro pujante, sino editoriales modestas que no logran promover a sus autores hacia afuera.

Un fabulador exiliado en la sierra

Javier Vásconez. RetratoSiempre lo abrí para iniciar una lectura sin prejuicios, que suponía debía hacer sobre un autor ecuatoriano, pero no, no lo leí durante doce años desde que lo compré. El libro me acompañó por varios lugares. Pasó de la casa de mis padres, por un cuartucho que arrendé cuando me fui a vivir solo, luego estuvo metido en una caja de cartón por un año en el departamento de unos amigos y más adelante retornó a la casa de mis padres.

Y el ‘milagro’ se produjo el verano de 1996. Ciudad lejana apareció en la primera casa que arrendé en Quito después de siete años de estar fuera del país. Al desempacar las cajas de cartón que había encargado a mis padres todo ese tiempo, lo reconocí y tomé asiento. Abrí sus páginas una por una y, como si el brebaje del polvo me hubiera drogado, me pasé una hora y media leyendo los cinco cuentos que escogí al azar. La frase que me iluminó fue la que en los últimos años he tratado de descifrar cómo nació, cómo llegó al pulso de su autor y cómo pudo engarzar un cuento que tiene la nobleza de enriquecerse con el paso del tiempo.

 

«De Eva no he vuelto a saber nada a partir de aquel día en que pretendí abandonar la ciudad vieja para internarme, sin propósito alguno, en los vericuetos de la nueva».

 

Así de simple, así de fuerte, así de profunda, así de todo es esa entrada del cuento más admirado, para mí, de los tantos que ha escrito Javier Vásconez: “Eva, la luna y la ciudad”.

En lo personal me trasladaba a las mismas sensaciones y aromas del Quito que un día abandoné jurando no volverlo a ver jamás. Y, en el fondo, narrando una historia que la había vivido en soledad una noche, en un sueño quizá o en una borrachera sin compasión. Luego vino la pasión y el fanatismo. Leí todo ese libro, compré El hombre de la mirada oblicua y un buen día supe que Vásconez lanzaba su primera novela, El viajero de Praga.

La primera conversación fue el 22 de octubre de 1997. Fue una mañana clara, invadida de nubes transparentes y con un café de por medio. El centro de la plática fue Quito, La Habana, México, la novela policiaca, la literatura ecuatoriana y ni una sola palabra sobre la obra del autor de Ciudad Lejana. Al final, la despedida, generosa de su parte, fue con un regalo: un ejemplar de un libro desconocido para mí: El secreto. De ahí en adelante, ya no paramos. Hemos hablado de todo, en diversos lugares, a cualquier hora, sobrios o semiborrachos, de frente, por teléfono, vía e-mail. Hubo un tiempo que nos distanciamos y supe después que estaba embriagado con su última novela, La sombra del apostador. Y entonces, saltó la propuesta que me ardía en los labios más de un año atrás: «Quiero que estés en mi libro de entrevistas». Y las razones no podían ser sino literarias. Había descubierto un autor ecuatoriano que hacía, de verdad y sin aspavientos, literatura por la literatura. Una frase de Mercedes Mafla fue certera y definitiva antes de la decisión de entrevistarlo: «Vásconez ha mantenido la conversación más frontal y, al mismo tiempo, la más imaginativa, consigo mismo y con su realidad». Cuando indagué sobre su vida, todas las versiones eran contradictorias. Entonces, decidí quedarme con la que me haría luego de cada conversación con Javier Vásconez, un quiteño nacido en Quito, en 1946, de carácter recio. Irónico, a ratos severo, incansable provocador de imágenes cuando de metaforizar se trata y con una voz que a mi hija Amanda sorprende cuando contesta el teléfono. «Es muy ronca, papi».

Y esa voz denota un aire marino que envuelve la vida misma de Vásconez. Si se le pregunta dónde le gustaría vivir, responde «frente al mar».

 

¿Cuál es el primer recuerdo de su vida?

No puedo asegurar si el primer recuerdo de mi vida estuvo relacionado con el mar, porque estaría haciendo literatura. Recuerdo la importancia que  el mar tuvo para mí, a los cinco años. Hicimos un viaje a Playas. Fue la primera vez que vi el mar. Así me adentré por esa playa tan amplia y bonita. Eso me produjo temor, pero al mismo tiempo una increíble fascinación. Entonces comprendí que soy un exiliado en la sierra. Me cuesta vivir entre montañas, entre volcanes. No dejo de admirarlos, pero mi elemento natural es el agua.

 

Si se le consulta sobre la primera gran obra que leyó y lo deslumbró, de nuevo, tiene que ver con el mar.

Creo que fue Moby Dick. No obstante, hay otro autor al que yo admiro muchísimo, que también está relacionado con el mar, Conrad.

 

Y abunda en el tema:

Hasta que leí un libro impactante, lo cual me hizo pensar que estaba frente a otra cosa, a una obra maestra, y fue Moby Dick. Lo leí dos veces seguidas. Ese fue mi primera incursión por la gran literatura. Ocurrió cuando tenía 15 años. La complejidad de la novela, su sintaxis interior y su estructura, la simbología y ambición con que está escrita fue una revelación para mí. A riesgo de parecer cursi, debo decir que sentí algo muy cercano al asombro, como contemplar un paisaje insondable, distante, difícil de captar a primera vista en su totalidad. En mi ingenuidad, pensaba que Melville había escrito el libro para mí. Esa es una característica propia de una obra maestra. Creer que fueron escritas para uno, como si se tratara de una carta personal. De ese modo penetré en el universo personal de un escritor. Así comprendí, agradecido y feliz, lo que es la buena literatura. Es como recibir una ofrenda, un regalo excepcional otorgado por alguien ajeno a tu vida. En mi opinión, todo escritor, cuando recién lo descubres, tiene que seducirte y hipnotizarte con su mundo interior, construido con palabras. Así me convertí en ferviente lector de Melville. Bartleby el escribiente es uno de mis libros preferidos. Es fundamental para la comprensión de la literatura moderna. En Melville se anuncia a Kafka, y a toda esa literatura relacionada con el arte de escribir. Es una novela corta genial.

 

¿Por qué vives en Quito si no te sientes bien en ella?

Es verdad, no tengo ningún apego ni arraigo especial con la ciudad de Quito, prefiero otras ciudades pero aquí nací. Por lo tanto, la considero mi ciudad. Además, la conozco bien. He ascendido por sus escaleras que no van a ninguna parte. Conozco su perversidad cortesana, la sordidez de sus tabernas y bares. Estoy familiarizado con su jerga popular, con la inclinación de sus habitantes por la elipsis y el hipérbaton, y el color violeta de sus amaneceres. He padecido su humor desgarrado y violento, detrás se oculta  una enorme ternura. Y también estoy familiarizado con sus zonas de belleza, porque Quito es una ciudad excepcional para ser fotografiada, aunque nadie parece darse cuenta de ello. En general, los fotógrafos la ignoran.  Esta ciudad tiene sus cosas buenas, puesto que me ha permitido escribir. Aquí he escrito la mayoría de mis libros. Por otro lado, es la ciudad de mi infancia, de mis contradicciones. Mantengo con ella una relación de amor y de odio. Sin embargo, yo podría vivir en cualquier parte. De hecho he vivido en Barcelona, Madrid, Roma, Londres y París.

 

Y Quito, la ciudad de Javier Vásconez, rodeada de montañas y nevados, contaminada por todas partes, tiene un puerto, deja escuchar la sirena de un barco y hasta tiene un aliento marino. «Te aseguro que dejará de llover y hasta llegaremos a ver la llegada de un barco», dijo en una entrevista. Es decir, este autor ‘inventó’ la ciudad con la que muchos quiteños soñamos. Al mismo tiempo, le dio un lugar en la geografía literaria universal, para que quien no la conozca físicamente, la encuentre en los libros de Vásconez en su idealización mejor lograda. «Las ciudades existen cuando los escritores escriben y se ocupan de ellas, antes son apenas una mancha sin importancia en el mapa», dice.
En 1982 aparece Ciudad lejana, cuando su autor tenía 36 años, un poco tarde para algunos.

“Supongo que soy un escritor tardío. Sí, nunca me arrepentiré por el hecho de haberme tomado con calma la compulsión de publicar. Pues siempre he pensado que en este país hay demasiado apresuramiento. Cualquiera publica una colección de cuentos, una novela inacabada o un puñado de poemas, y los resultados son nefastos. Ciudad Lejana, desde el comienzo, fue un proyecto ambicioso. Quería dar una visión personal y por lo tanto diferente de la ciudad barroca, del Quito antiguo y colonial. En ningún caso, quise que fuera un retrato pintoresco de la ciudad colonial, sino más bien la radiografía de un grupo de gente, la cual empezaba a estar a en retirada», reflexiona sobre sí mismo y sobre Ciudad Lejana, sin dejar de mirar la ventana.

 

Antes había escrito mucho, varios de esos borradores están guardados en algún lugar de su residencia, una casa de los años sesenta, en la zona más movida de Quito, rodeada de enredaderas y en donde se respira un aparente aire aristocrático, pero que después de cinco minutos se descubren unos cuantos cuadros coloniales, miles de libros empastados, y el aroma penetrante del cigarrillo. Su interés por la escritura empezó cuando tenía 14 o 15 años:

«Nunca estuve en contacto con escritores ni con intelectuales. Los conocí a casi todos a mi regreso de Europa, en los años setenta”.

 

¿No influyó el hecho de que tu padre fuera escritor?

“Publiqué mi primer cuento en el periódico del colegio Spellman. La noticia no fue recibida con entusiasmo en mi casa, y menos aún por mi padre. Siempre hubo libros en casa. De hecho, crecí entre libros. Es falso creer que uno se vuelve lector, por el hecho de haber vivido rodeado de libros. Hay gente que no tiene dinero, y sin embargo a la hora de leer o conseguir un libro son capaces de cualquier cosa. No hay nada que los detenga. Los conozco bien. Son una raza en extinción. Son vampiros. Se alimentan de papel y tinta. Viven en las bibliotecas. No es conveniente convidarlos a tu casa, porque te llevarán un libro. Son insoportables y peligrosos. Confunden las cosas, como el sentido de la vida”, afirma irónicamente.

 

En otra ocasión y entrevista Vásconez comentó:

“Escribir es una pasión practicada por muchos años Al principio fue algo secreto, personal, sólo me permitió aislarme del mundo. Empezó siendo un juego, a los diecisiete años. Después, con los años, el juego se volvió serio, como todos los juegos, y me ganó la partida. Hoy día no sé hacer otra cosa. Estoy envenenado de literatura.»

 

Y no se queda ahí, siempre reitera una afirmación que dice mucho de su trabajo y describe bien el resultado:

«Mi formación ha sido siempre solitaria. Yo nunca participé en un taller literario. Al contrario, como escritor he seguido un doloroso camino circular. Muchas páginas rotas, algunos viajes, muchos errores, debilidades, pérdida de tiempo, lecturas desordenadas. He sido un asiduo lector de buena y mala literatura, lo cual tiene su lado bueno y malo. Un escritor se hace no sólo a partir de sus lecturas, sino a partir de sus fracasos.»

 

Su mayor ejemplo, la perseverancia y la exigencia consigo mismo. En la víspera del lanzamiento de su novela, La sombra del apostador, revisó conmigo dos veces el discurso y encontró ‘errores’. Se sentía insatisfecho, nervioso, angustiado. Y con el borrador de esa novela sucedió algo parecido. Una copia, fechada en junio de 1999, me la obsequió para que la leyera como un ‘apostador sin sombra’. De esa copia, muchas cosas cambiaron, para bien de la última versión y del lector.
Conserva la barba que estuvo de moda en los años setenta y ochenta. Por su casa han pasado muchos escritores y amigos que refieren de Javier Vásconez su grandeza literaria, pero desconfían de su carácter. Por eso, tal vez, Diego Cornejo dijo que «los amigos de Javier Vásconez son aquellos que pasan por la estrecha retícula de su diatriba luminosa». Javier suspira, mira hacia abajo, pone su dedo índice sobre la sien y responde:

«Es una leyenda fabricada por Diego. Esas diatribas luminosas, a las cuales él se refiere, supongo tienen que ver con el rigor literario. Eso es fundamental. Exigencia que, por supuesto, empieza antes conmigo. No exijo a nadie lo que no soy capaz de exigirme a mí mismo. Los ecuatorianos nos exigimos muy poco. Tenemos una capacidad extraordinaria para mentir, hacer trampa, y bajar la guardia en todos los terrenos. Por razones políticas, esa fue una práctica corriente en los setenta. Eso nutrió, me parece, la mediocridad, el conformismo y hasta el amiguismo. En realidad, todavía, muchos siguen comportándose de esa manera. A pesar de que las noticias llegan tarde, supongo que ya se han dado cuenta de que ya cayó el muro de Berlín.»

 

Alejado de las corrientes y círculos literarios, según él, muy apegados a las ideologías de moda, este escritor empecinado, confiesa, a veces con timidez, su devoción por el oficio de editor, otra de sus obsesiones donde no perdona nada. Su editorial lleva el nombre de Acuario. Hay varios libros editados por él que ya forman parte de la historia bibliográfica del Ecuador, ya por su calidad, por el autor escogido o por el momento en que fueron publicados: Los amantes de Sumpa, de Iván Carvajal; Obra poética, de Gonzalo Escudero, y, Obra poética, de Jorge Carrera Andrade.
¿Para qué escribir si hay miles de libros publicados?

Un escritor vive condicionado por  las necesidades que arrastra desde muy atrás, de la adolescencia, o del primer texto que admiró, quiso imitar y hasta superar. Escribir es como respirar. Debe ser una deformación profesional. Me siento incompleto. Pues mi verdadera voz está en lo que llevo escrito. Intuyo, es una suposición, que los escritores tenemos muchas vidas, y vivimos vidas prestadas. Somos un disco donde están grabadas infinidad de voces. No me interesa el realismo o el costumbrismo. Por eso he inventado un país y una ciudad, por cierto muy personal, ya que en literatura es lo único que cuenta. Además, cada época necesita ser reescrita, porque cada época vuelve a hablar sobre lo mismo: el amor, la muerte, la codicia de los hombres, el poder. Es sobre lo que hablan siempre los escritores. Los temas  en realidad no cambian. Pero todo, claro, es un lugar común…

 

¿Eso me llevaría a pensar que tu generación cometió el error de no escribir acerca de esta realidad?

No voy a hablar de mis colegas. Además, me considero incapaz de responder aquí a una pregunta tan amplia. Sin embargo, a título personal, puedo afirmar que todos los recuerdos, visiones, lecturas, pensamientos y experiencias que yo he acumulado de este país, los he puesto sobre el papel después de darle un sello personal. Sin embargo, me sorprende ver que no hay un crítico capaz de ordenar y jerarquizar nuestra literatura. En poesía quizá sea diferente, pero los criterios empleados para leer o analizar una novela son obsoletos. Pasan por los consabidos filtros políticos, sociológicos, antropológicos y argumentales. Sospecho, con riesgo de equivocarme, que estos criterios son muy limitados.

 

Lo que más destacan los críticos y lectores de Vásconez es el universo literario que ha creado desde su primer cuento, “Historia secreta de una campanilla” hasta su última novela La sombra del apostador. Incluso, parece ser el único autor contemporáneo que ha fijado su labor creativa alrededor de esa construcción de forma firme, coherente, sostenida y con resultados admirables. La crítica Mercedes Mafla es quien mejor ha indagado y analizado su obra, acierta cuando afirma: «tan intensa es la rebeldía del escritor que, inconforme con inventar una realidad paralela a través de sus relatos, se ha empeñado en que ésta tenga la consistencia de un ‘universo unitario y cíclico. No estamos, sin embargo, delante de una empresa realista, sino más bien ante una particular concepción de la realidad, entendida como la confusa y siempre sorprendente mixtura de aquello que miramos, recordamos o soñamos«.
Y el propio autor, cuando se le consulta sobre su formación y universo literario, responde:

«Escribo sobre mi pasado y escribo acerca de una ciudad a la cual he inventado durante todos estos años. No obstante, al referirme a ella, me he tomado ciertas libertades. No le doy importancia a su realidad histórica. La he construido, ladrillo a ladrillo, usando la imaginación. Es complicado seguir mis huellas, si es que alguien piensa seguirlas, más aún entender de verdad al escritor que he llegado a ser. A veces percibo contradicciones, porque mo es mi fuerte la línea recta.

 

Pero para llegar a eso, Vásconez tuvo una presencia fuerte de autores que están en las entrelíneas de sus cuentos y novelas. A Faulkner lo leyó íntegro. A la lectura de Absalón, Absalón, cuando tenía 18 años, la define como “un momento iluminador de mi existencia. En efecto, hubo un lector ingenuo antes de esta novela, y después de esta novela. Su lectura significó una crisis y una revelación”. Y añade:

«Al acabar el libro supe que estaba frente a un monstruo literario. Faulkner no es sólo un escritor, sino que es toda una literatura».

 

El otro autor es Juan Carlos Onetti. Afirma haberlo descubierto tarde y tímidamente, en comparación con otros escritores latinoamericanos. Esa experiencia, significó el contacto directo con una tradición y con el Río de la Plata. Ahí se escribía en serio, con buena tinta, sin el pintoresquismo retórico al que nos tenían habituados ciertos escritores latinoamericanos. Me refiero a Asturias, Alegría o Icaza. En relación a Rulfo, «otro encuentro sorprendente». Una de las cosas buenas que nos brinda la literatura es la relación con el azar. Una día entras a una librería y compras un libro, digamos que de Onetti, o de Juan Rulfo. Vas a tu casa y te topas con ese vagón de carga que es la prosa de ese autor. Pura atracción fatal. La razón no interviene para nada. Pasa a un segundo plano. De hecho, su tesis en la Universidad de Navarra versó sobre Juan Rulfo. De pronto hace una revelación:

«En muchos aspectos, el doctor Kronz (protagonista de El viajero de Praga) está tomado del hombre Onetti. Me ayudó mucho el libro de Luis Haars, cuando cuenta que lo veía caminar por Buenos Aires, una sombra que iba empujando el viento helado del invierno. Esa es una de las imágenes iniciales con la que nació el doctor Kronz”.

 

Otro aspecto que se rescata de la lectura de su obra es la presencia o influencia de la novela policiaca y la novela negra. Sobre esto, Vásconez no da muchas vueltas y entra de lleno, afirmando:

«Creo que la novela negra y, por añadidura, la novela de espionaje está presente en todo lo que he escrito. Dashiel Hammet, Chandler o Le Carré son escritores notables. No creo que nadie haya escrito con tanta inteligencia sobre la guerra fría como Le Carré. Sus espías no son buscadores de información política, sino que poseen una personalidad minada por las dudas. Un Smiley, por ejemplo, está más cerca de los héroes de Conrad que los de un vulgar aventurero. Es indudable que tengo una deuda con la novela negra.

 

Un análisis interesante de Mercedes Mafla señala que El secreto, Café Concert y Un extraño en el puerto son una síntesis de la poética de Vásconez. El autor no acepta globalmente la afirmación porque tiene otros elementos para la polémica:

«Supongo que tiene que ver con la siguiente reflexión: ¿donde empieza realmente la diferencia entre un hombre que anda por la calles, digamos un dentista, y un asesino que viaja a lado tuyo en el autobús? ¿En qué instante ese hombre normal, padre de familia ejemplar,  se vuelve peligroso y se transforma en un asesino?  Incluso, hay quienes piensan que por abundar en este asunto hago una apología del crimen en El Secreto. No me interesan las objeciones morales, sino lo que está relacionado con el mundo psicológico y, aunque resulte pedante, con el aspecto metafísico del asunto. Quise ponerme en lugar del criminal. Me preocupa el asesino sofisticado, aquel ingeniero del mal, que calcula y mide cada paso de su vida. Es un personaje fascinante. Como escritor, debo sentir asombro frente a la realidad. Esta es una de las razones por las que escribo, de lo contrario me aburriría en el acto. Si después de leer una novela no siento ese misterio y no posee el don de lo insondable, estoy seguro que esa novela  no es buena y va a dejar de interesarme. Sin embargo, no confundamos el suspenso con lo que estoy diciendo, aunque a veces no sé dónde localizarlo. Tal vez en el lenguaje…

 

¿Algún título?

Los adioses, de Onetti. La metamorfosis, de Kafka. El corazón de las tinieblas, de Conrad. El extranjero, de Camus. Pedro Páramo. Absalón, absalón. Lolita. Todas poseen esa cualidad que está por encima del escritor. Es como una bruma que se queda flotando y uno se olvida de su estructura, hasta que uno encuentra eso que logró Henry James en La vuelta de tuerca. Para mí esto es fundamental.

 

Kundera dice que «hay un Kafka para cada necesidad»

Se puede decir lo mismo de Cervantes. Todo gran escritor es un camaleón.

 

¿Por qué el doctor Kronz es checoslovaco?

«Cuando escribí “El Jockey y el mar” yo no sabía que el doctor Kronz iba a ser checoslovaco. Le leí el cuento a un amigo y me hizo la misma pregunta, pero no pude contestarle. Muchos años después, cuando le conocí mejor al doctor Kronz, después de haber escrito otros cuentos y principalmente El viajero de Praga, comprendí por qué tenía que ser checoslovaco. Kronz se ha impuesto como personaje, gracias a una serie de elementos literarios y oníricos. De algún modo, representa la soledad de Kafka, combinada con la figura un poco mítica de Onetti, en Buenos Aires, cuando andaba por los cafetines en los años cuarenta. Pero también es un homenaje a Kafka, por supuesto.»

 

Siempre me inquietó aquella afirmación de que Vásconez, con El viajero de Praga, «ingresó de manera consistente y definitiva en la galería de narradores ecuatorianos de primera fila», según Agenor Martí. En la relectura, siempre se ha dicho, las zonas oscuras se aclaran y las claras adquieren otras tonalidades. «Esta novela – como dice la presentación de la obra – es la historia íntima y nostálgica del checoslovaco Kronz, y narra la naturaleza compleja, distante e intangible de un hombre que se abandonó a las manos del destino, cuando emprende un viaje del que parece no haber retorno».
La lluvia recorre, como un intruso, a lo largo de la novela. Parece un manto necesario para cobijar el mundo que observa el narrador. Y sobre todo hay pasajes que conmueven y deleitan o quizá constituyen una perturbadora forma de decir que la literatura tiene otro «menú de opciones». Por ejemplo:

 

«Cuando el doctor Kronz leyó en el boletín del hospital que se precisaban voluntarios para dictar un seminario en Barcelona estampó sin demasiada fe su nombre en el tablero que colgaba a la entrada del hospital. Estaba convencido que nunca haría ese viaje, así que se olvidó del asunto».

 

Ese pasaje desata la explosión narrativa que cautiva al lector.
Pero a Vásconez no le gusta comentar sobre lo publicado. Es más parece un pariente lejano del que ya no se habla ni se lo invita a cenar y menos a pasar unos días en casa.

«No tengo una idea muy clara de la novela. Los libros después de escritos pasan a un segundo plano. Mientras los escribo conservo una relación muy intensa con ellos, se podría decir que es física y hasta incestuosa. Después de publicados, me sorprendo cuando ciertas personas comentan cosas sobre lo que han leído. Escribir El Viajero de Praga fue como participar de un viaje y una aventura. Antes sólo había escrito El secreto”.

 

Sobre El Secreto la crítica ecuatoriana no fue tan generosa o atenta. Sin embargo, esta nouvelle es anterior a Plenilunio de Antonio Muñoz Molina.  Juan González Soto, crítico catalán, habla en buenos términos de las dos, pero fundamentalmente pone en el lugar adecuado a El Secreto.
¿Le faltó audacia, rigurosidad, empeño o extensión para que, a nivel internacional  El Secreto tuviera el mismo o quizá mayor recibimiento que tuvo Plenilunio?

Mi propósito fue colocarme en el terreno ambiguo y penumbroso de un asesino, que camina detrás de una niña por una ciudad. En las novelas relacionadas con crímenes, el policía es un representante de la ley y del sistema. Así nos convertimos en cazadores y seguimos encantados al asesino. Mi apuesta fue hacer exactamente lo contrario: en vez de ayudar al lector a descubrir al asesino, seguramente en compañía de un detective, quise hacer algo bastante arriesgado. Quise resaltar el lado humano de todo asesino. Me aburre contar una historia sólo por el hecho de contarla. Eso para mí no tiene sentido. Me gusta raspar y encontrar los enigmas ocultos debajo de la realidad. En todo caso, la novela fue mejor recibida afuera que aquí. Y en términos generales, muchos la leyeron desde el punto de vista esencialmente moral. En literatura la ambigüedad, los juegos, tienen más interés que lo otro. Si sólo hubiera sido la historia de un asesino de niñas, habría sido una novela como cualquier otra, pero esta nouvelle posee su secreto. Por eso se llama así. El secreto es mucho más que un título. Detrás hay varios secretos.

 

¿Cómo se explica aquella afirmación tuya de que «el asesino y el poeta andan tomados de la mano»?

En mi opinión, los poetas se han movido siempre en el terreno del absoluto. De alguna manera, los asesinos hacen lo mismo. Habitan  esa misma zona de la realidad. Es algo que lo he pensado muchas veces.

 

Un aspecto de la narrativa de Vásconez que, de verdad, atrae es el tratamiento a sus personajes femeninos. No hay atrevimiento al afirmar que en la literatura ecuatoriana no hay un universo tan bien encuadrado y acentuado con las mujeres. Cada una de ellas, en los cuentos y novelas del autor, tienen un peso gravitante en el equilibrio narrativo: cuando aparecen en escena tienen el poder de mitigar la nostalgia y en la medida que crecen miran con otros ojos el escenario, de modo que dislocan la visión machista de varias obras ecuatorianas. Y esto se explica, gracias al propio autor, del siguiente modo:

«De todas las mujeres que he conocido ninguna se propone aparecer fijada a una sola visión. Todas poseen una gran capacidad para el cambio. Mi descripción adolece de cierta vaporosidad, pues así las veo. Los hombres, en cambio, estamos empeñados en ser, pese a que detrás de esta ilusión hay una gran mentira. Deseamos representar un solo papel, engañándonos cuando únicamente somos el malo, el poderoso, el débil o el galán. Las mujeres, en cambio, no pretender representar un solo papel, sino que actúan alternativamente en varios papeles. La historia les ha obligado ser más moldeables.

 

Con el lanzamiento de la novela La sombra del apostador, Vásconez pisa fuerte en el terreno de la literatura. Incluso existe el comentario que ese libro pudo haber ganado, sin dificultades, el premio Alfaguara 2000, aunque el autor no lo presentó a concurso. Independientemente, la obra tiene varios elementos que devuelven a la misma visión del universo de Vásconez. Por ello, aquí se reproduce íntegra la entrevista realizada el 8 de diciembre de 1999.
¿Cómo nació la obra?

Escribir El viajero de Praga fue como cumplir con una ceremonia y un ritual. Me despertaba cada mañana, encendía un cigarrillo, y empezaba a trabajar guiado por el doctor Kronz. La novela estaba ahí. Sólo tenía que seguir los pasos del doctor. En cambio, La sombra del apostador, es el producto de una serie de visiones, voces y fragmentos que no se dejaban atrapar. Nació con la imagen de una niña encerrada en una casa llena de perfumes y un caballo galopando en un hipódromo. Pero nada parecía tener sentido.

 

¿Y de ahí qué vino, cómo fue creciendo, cómo se fue materializando la escritura?

La sombra del apostador es un diálogo entre varios personajes: Roldán, Sofía, Lena, el Coronel. Me costó organizar este material. Pues estaba atado de pies y manos. Hasta que al fin capté el tono mítico con que debía ser contada esta historia, como si todo hubiera ocurrido muchos años atrás. Por otro lado, me di cuenta de que me hacía falta libertad literaria para escribirla. Entonces ignoré la verosimilitud y di más importancia a la veracidad de la ficción. En ese instante se me abrió la novela… Así empezó la escritura fluida. Escribí los tres primeros capítulos bajo un impulso creador muy poderoso, después sobrevino una especie de bloqueo o de parálisis. Fue cuando tuve conciencia del narrador J. Vásconez.

 

Háblame de los homenajes…

El Viajero de Praga y La sombra del apostador están llenos de homenajes. Hay homenajes, explícitos y casi desvergonzados, a varios escritores que admiro. Entre ellos están Cervantes, Kafka, Onetti, Camus, Celine, pero también he homenajeado a escritores como Le Carré y Chandler. Estos homenajes aparecen en casi todos mis libros, desde que empecé a escribir.

 

¿Fundamentalmente es un homenaje a la literatura? Porque se nota muchísimo trabajo de investigación, los caballos, lo del hipódromo, Quito mismo. ¿Cómo fue esa investigación, tardaste en ubicar los sitios o es ficción pura?

Toda ficción parte de una semilla, o de un germen que está relacionado con la realidad. Nunca hubo un hipódromo importante en Quito. Hace muchos años existió La Carolina. Fue un proyecto precario y sin mayor resonancia. No obstante, para escribir esta novela leí libros y reportajes sobre los hipódromos de Londres, París y Buenos Aires. También leí una biografía del jockey Shoemaker y otra de «Tiny» Wells. Dispuse de un material bastante amplio para informarme, aunque como tu bien sabes, esta anécdota del hipódromo pasa a ser secundaria en la novela. Hay otros elementos tan importantes como la carrera, el amor, la corrupción y el poder.

 

¿Cómo es posible que un escritor ecuatoriano con todas las dificultades que tenemos, con todas las carencias culturales, trabaje a tiempo completo?

Mi relación con la literatura es el producto de una pasión. Escribo porque quiero, nadie me ha obligado. Escribo con un ojo entrenado para ver de manera diferente las cosas. Y eso toma tiempo. A pesar de todas las limitaciones de este país, creo que nos quejamos demasiado. La literatura es lo que a mí me permite vivir, sin asfixiarme, puesto que la realidad no responde a ciertas perspectivas deseadas.

 

¿Eso te hace feliz?

Escribir y entregarse a literatura no son ingredientes para la felicidad. Porque incluso en sus mejores momentos, durante su etapa más creativa, escribir produce angustia y una sensación de incertidumbre. Es igual a lo que ocurre antes de una carrera. Nunca se sabe si el caballo va a ganar o perder. Es en el desafío, y en esos instantes donde radica la felicidad. No creo que la literatura sea un refugio para tristes. Aquí creemos, erróneamente, que con la literatura uno puede aislarse del mundo, y no es así. Para escribir es necesario estar en contacto con la vida.

 

En la novela aparece Roldán, quien es un asesino que aparentemente se lanza a un proyecto con todas las de ley. ¿Por qué de nuevo este personaje en la literatura de Vásconez?

He dicho en varias ocasiones que estoy construyendo un universo unitario y cíclico. Roldán ha circulado por algunos cuentos anteriores (“Crónica de la sangre”, “Un resplandor en la ventana”), y al contrario de lo que dices es un hombre lleno de terrores. Recuerda los capítulos del hotel, cuando recibe esa misteriosa llamada telefónica. Luego, los reflexiones que se hace al contemplar el cementerio, aparte de su soledad y de los recuerdos de su infancia, todo eso lo convierte un ser angustiado. Pero al mismo tiempo, es un profesional dispuesto a cumplir a cabalidad sus propósitos. En todo caso, Roldán no puede a renunciar a la muerte.

 

¿Quien es J. Vásconez para Javier Vásconez?

J. Vásconez para Javier Vásconez es un personaje, gracias al cual he podido moverme con soltura y libertad por los pasadizos de esta novela. Es un personaje, un narrador que me ha ayudado a descubrir, con sabiduría y calma, ciertas sutilezas y recovecos de la narración.

 

¿Se te ha aparecido J. Vásconez en algún momento?

J. Vásconez apareció pro primera vez en “Café Concert”. Luego, en otro cuento: “Un extraño en el puerto”, y por último en esta novela. Al contrario de lo que me ha ocurrido con otros personajes, quienes han sido el producto de una visión súbita y poderosa, como es el caso del doctor Kronz, sobre el que creo haber hablado cuando lo vi caminar una tarde lluviosa por la Mariscal, en cambio J. Vásconez es como un iceberg salido bruscamente de la nada. Quizá estoy haciendo trampa, quizá lo he vislumbrado arrinconado en un pequeño periódico de provincia, teniendo que escuchar y tragarse todos los acontecimientos y la mugre que ocurre en la ciudad.

 

¿Con la creación de este personaje la literatura ecuatoriana entra en otra dimensión?

No podría responder a esa pregunta. A veces me pregunto si de verdad existe la literatura ecuatoriana. Quizá sólo sea una lista de novelas más o menos logradas, y para decirlo con honestidad, lo que se destaca es la poesía y el cuento que han tenido continuidad. Tenemos Carrera Andrade, Gangotena y César Dávila, pero en novela andamos por la cuerda floja. Hay épocas de silencio, es como si el país le hubiera dado la espalda a la novela.

 

Quito casi siempre está presente en tu obra, pero en La Sombra del apostador es otra ciudad, no la de las calles del centro colonial precisamente, sino la de las expresiones de la gente. Hay tantos espejos donde uno puede mirarse.

El Quito sobre el que hablo es una invención. En ningún momento he pretendido que el Quito de mis cuentos y de mis novelas sea real o auténtico. En esta novela hay incluso una buena dosis de libertad fabuladora en cuanto a tiempos y épocas.

En “Un extraño en el puerto” Quito incluso tiene un puerto y se oye la sirena de un barco.

 

El Quito de tus novelas, ¿es el que desearías que sea o el que puede ser posible algún día?

Es un Quito imaginario y el que nunca va a existir, porque no se puede cambiar la geografía. También es el Quito de mi infancia, de una época que ya sucumbió, es el Quito barroco del centro, con sus iglesias y sus campanarios, con sus pasajes y zaguanes. Pero sobre todo es un Quito inventado. Aunque también es el que va creciendo con otras opciones de vida. Sin embargo, deseo insistir que todos estos Quitos, esta acumulación de Quitos, como cuando uno inventa un personaje, no corresponden a una sola persona ni está tomado únicamente del Quito real.

 

¿Por qué la intriga es importante como una forma de trabajar la literatura?

En esta novela estuve más preocupado por captar esas voces dispersas, confusas, por reunir y comprender a todos los personajes que se iban configurando de manera casi automática en mi cabeza, que por la intriga. Una novela es una visión del mundo, es una relación con el lenguaje y también es una forma de adentrarse por ciertas zonas enigmáticas de la realidad. Alguien dijo que no se debe juzgar un texto por lo que anuncia sino por lo que tiene de inexplicable, con La sombra del apostador espero haber alcanzado, de algún modo, esa región donde convive con el mismo derecho lo inexplicable y lo misterioso, donde a veces, sólo a veces accedemos a la áspera realidad de la literatura.

 

Hay gente que relaciona la obra de Vásconez con la película de Sebastián Cordero, Ratas, ratos y rateros por el enfoque de la realidad ecuatoriana.

No creo que exista relación entre el cine de Cordero y mis obras. Yo respeto su película, la verdad es que me gustó mucho. Pero hace muchos años que yo estoy metido de lleno en el mundo marginal.

 

Con La sombra del apostador, ¿cuánto ha crecido Javier Vásconez con respecto a su novela anterior El viajero de Praga?

Quizá soy más sabio y por lo tanto más humilde. Porque escribir es como caminar por los hilos de una telaraña.

 

Quito, 8 de diciembre de 1999 y 29 de julio de 2000,
además de varios apuntes de algunos encuentros  en distintas fechas desde 1997.

Las ciudades son mi paisaje preferido

Javier Vásconez. Retrato

En pocas palabras, ¿cuál sería el argumento de Jardín Capelo?

Es la historia de una vieja casa colonial, de cuyas paredes brotan los murmullos y las huellas de un a familia. Pero también es la historia de un joven barcelonés, Jordi Sorella, que viaja a los Andes a construir un jardín, acaso un paraíso, y entonces comete el error de enamorarse, por lo que acaba metido en un infierno…

 

Jardín Capelo refleja la decadencia de una familia terrateniente, burguesa, y quizá también la  decadencia de una época (aunque en la novela no se precisa, se intuye: tal vez mediados del siglo XX). ¿Por qué te interesó trabajar este tema en tu nueva novela?

Es cierto que Jardín Capelo trata de la ruina de una familia, no creo que sea, sin embargo, una novela rural. Más bien es una novela de atmósferas, de personajes. Recuerda que parte de la novela transcurre en Barcelona, otra en París, en Quito y el resto en la casona de Capelo. El tiempo que se maneja en la novela es a propósito ambiguo. Transcurre en los años cincuenta en Barcelona y en Quito, años noventa en París, hasta llegar a la actualidad otra vez en los Andes. En todo caso, el tema de la decadencia es tan recurrente en mi obra como el amor, los viajes, la enfermedad y la soledad. Simplemente, está ambientada en una vieja casona del Valle de los Chillos, a veinte kilómetros de Quito. Una casona que aún se la puede visitar, aunque en la actualidad es un club deportivo. Esa casa perteneció alguna vez a mi familia. Ya lo dije. De todas mis novelas es la más personal, pero la menos autobiográfica.

 

Saturnino Collaguazo es un personaje gravitante a lo largo de la historia. Tiene un contacto muy particular con la naturaleza, pero es capaz también de grandes misterios. ¿Cómo trabajaste a este personaje, que es un indígena? ¿Qué rasgos querías destacar en él?

Arriesgarme a escribir acerca de Saturnino Collaguazo fue una osadía, pero a mi gustan los desafíos, sobre todo a la hora de sentarme a escribir. No existe literatura sin riesgo. Durante mucho tiempo este personaje, este guardián de la noche, del jardín, de Lorena me produjo bastantes problemas. No conseguía entenderlo. Tenía demasiados prejuicios. Me sobraba información negativa, sociológica, hecha de lugares comunes acerca de lo que debía ser un personaje de esta naturaleza, hasta que un día mientras iba en el carro lo vi con claridad. Lo vi bailar como a un dios griego, desnudo, enloquecido, en medio de un bosque. Algo parecido me sucedió con el doctor Kronz. Fue como una revelación…

 

En esta novela algunos de los personajes van en busca del amor y de alguna forma lo hallan, pero el precio que deben pagar es muy alto. Es imposible, en esta historia, un amor feliz, gozoso, sereno. ¿Por qué estos amores contrariados?

La literatura, mi literatura está hecha de pérdidas. En serio, ¿existen los amores felices? Nada obsesiona más a un ser humano que la conciencia del fracaso en el amor. De eso nos nutrimos los novelistas. La historia de Lorena y Jordi es igual a cualquier historia de amor, con sus matices y variantes. Pero los escritores seguimos hablamos fatigosamente de amor, desde Shakespeare hasta nuestros días. Y cuando una historia de amor forma parte de una novela, es decir, cuando se transforma en recuerdo creo que estamos ante un drama porque ese sentimiento sólo se alimenta de ausencia. Es como si algo nos quemara en la memoria, y entonces tenemos la obligación de ponerla en palabras, de contarla…

 

Los personajes femeninos son frescos, nada complicados, en contraposición a varios de los masculinos: que son hoscos, desafiantes, o débiles. ¿Cómo delineas los comportamientos y los temperamentos de tus personajes? ¿Piensas en el género en el momento que les impones un carácter o es igual construir personajes femeninos y masculinos?

No creo que Lucinda o Matilde sean personajes nada complicados. Desde que empecé a escribir he tenido mucho cuidado con mis personajes, sin importar si éstos eran hombres o mujeres. Lo que cuenta es que sean convincentes. Quizás porque un personaje es lo que más se recuerda de una novela, al menos ese es mi experiencia como lector. A menudo yo olvido la estructura, la composición y la trama de muchas novelas, incluso he pasado por alto el estilo- al cual  yo le otorgo especial importancia-, pero algunos personajes de Faulkner, por ejemplo, me han acompañado durante años, he dialogado con ellos mi intimidad…

 

¿Qué te evoca el nombre de Jardín Capelo y por qué lo escogiste como título de la obra?

Como si se tratara de una novela gótica, quise hacerle una homenaje, a esa vieja casona donde transcurrió parte de mi adolescencia. En el siglo diecisiete, Capelo perteneció a la iglesia, por eso lleva el nombre de los tapados usados por los obispos. De esa hermosa casa de baldosas azules sólo queda esta novela, es decir, ciento sesenta páginas escritas sin nostalgia. Es una ceremonia del adiós, ya que para eso sirve la literatura.

 

Quito está presente en esta obra, aunque no se llame Quito. ¿Qué relación tienes literariamente con la ciudad, tú ciudad?

Sí,  he hablado de Quito y de muchas ciudades, las ciudades son mi paisaje preferido. Cada ciudad posee un carácter determinado, un estilo, una forma de hacernos sentir las cosas. Entre mis personajes, la desdicha o el amor no es igual en Barcelona que en Quito. He escrito acerca de Praga, de Londres, de París, de Barcelona. Mi relación con Quito es compleja, como la de todos los amores imposibles… Algún día escribiré sobre Guayaquil, sobre todo acerca del río Guayas al cual yo considero uno de los más hermosos del mundo, y que ustedes, los guayaquileños, no parecen haberse dado cuenta…

 

¿Cuál es tu opinión de la Feria del Libro de Guayaquil?

En mi opinión es una gran iniciativa el haber impulsado la feria del libro en Guayaquil. Me parece un acierto de la Alcaldía. El año pasado fue de lo más comentada, asistió mucha gente, hubo tanta alegría y comunicación entre sus participantes que vale la pena repetirlo, hasta convertir a Guayaquil en la ciudad de la feria del libro…

 

Muchas gracias, Javier.

Torcer el cuello a las palabras

Javier Vásconez. Retrato

Ha viajado mucho. De todos los países en los que ha estado, ¿cuál ha sido el qué más le ha impresionado y por qué?

Me gusta volver a los lugares que conozco. Es muy distinto viajar que hacer turismo. Viajar por un país cuya lengua desconoces, es como empezar a escribirlo. Eso me pasó en Marruecos. De México quedé deslumbrado por la diversidad, riqueza, intensidad de su cultura. Irlanda me gustó  por su misterio, por la pasión por sus poetas.

 

Quito es recurrente en sus historias. ¿Qué significa para usted la capital? ¿Y qué tiene está urbe que no ha podido encontrar en otras ciudades cosmopolitas?

Nací en Quito, viví frente a La Compañía en la casa de mis abuelos. He utilizado a Quito como escenario de mis novelas y cuentos, junto con ciudades como Barcelona, París, Londres y Madrid. Pero le faltan muchas cosas que añoro de otras ciudades. Cines, teatros, grandes librerías, cafés.

 

Háblenos de su oficio. ¿Cómo es la vida de un escritor?… No tiene horarios, no recibe un sueldo mensual, no tiene un jefe…

Mi vida es ordenada, sencilla. Salgo a caminar, escribo, leo mucho. Antes escribía por la noche. Ahora, prefiero hacerlo muy temprano en la mañana. Trabajo de cuatro a seis horas, pero cuando estoy embalado puedo prolongarme hasta la madrugada. Por las tardes me dedico a mis labores de editor.

 

¿Cómo es su relación con la lengua española. ¿Qué opina de esta materia prima del escritor?

Todo escritor mantiene una relación conflictiva con la lengua. De humildad, de curiosidad, de fascinación pero también de asombro, pues el instrumento de su trabajo. Al principio era el verbo. Así empezó el mundo y así empieza la literatura, aunque yo me considero un perdedor frente a la desmesura de la lengua.

 

¿Cómo encuentra aquello que algunos llamamos “la inspiración” para empezar a escribir y cómo logra mantenerla para llegar al clímax de una historia y lograr un buen final?

Algunos creen que la inspiración es algo que uno puede tomar o dejar. La inspiración viene con el trabajo. Es un hecho que hay cuentos y novelas inspiradas. Los adioses, de Onetti. “Luz de Agosto”, de Faulkner. “El hombre muerto a puntapiés”, de Pablo Palacio, etc.

 

¿De joven qué leía? ¿Quiénes fueros sus referentes literarios?

De niño leía lo que lee todo el mundo. Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Zane Grey. Luego descubrí los fantasmas de Shakespeare, con sus monstruos podridos por el poder. La Celestina de Rojas, Lope de Vega. Hasta que leí Moby Dick, de Melville, y entonces comprendí los alcances de la literatura, y no digamos cuando me interné en El Quijote.

 

El viajero de Praga cumple 10 años. ¿Cómo nació esta novela? ¿Esta última versión que presenta es la definitiva? ¿Qué ha cambiado en el camino y por qué?

Esta versión es especial y la definitiva porque lleva un prólogo del escritor mexicano, Juan Villoro, y un DVD con ensayos críticos, artículos de prensa, videos, etc. Escribí El viajero de Praga, entre otras cosas, porque estaba convencido de que la literatura estaba en otra parte. Deseaba escaparme de los sórdidos «huasipungos» literarios de nuestra sofocante república de las letras. Quería explorar el horizonte y apartarme de toda esa palabrería incoherente, confusa, atestada de mala conciencia denominada indigenismo, costumbrismo o mundo andino. Buscaba otras estaciones donde apearme, otras ciudades y filiaciones literarias. En definitiva, ambicionaba escribir una novela que me vinculase sin complejos con la literatura de otras latitudes y me permitiera sentarme a la misma mesa de Kafka, fumar durante la noche con Onetti, tomar whisky con algunos escritores de talento incomparable de la novela negra, jugar al juego de los espías con John Le Carré.

 

Alguna vez aseguró que un escritor no se hace sólo de sus lecturas, sino también de sus fracasos. ¿Cuáles son sus lecturas formadoras, y sus fracasos formadores?

De Shakespeare aprendí el valor de la individualidad y la importancia de los personajes, todo lo humano y el sentido del espacio. En literatura hay dos grandes polos: la lengua y lo que yo llamo lo «humano». Son muchos los escritores por cuya obra he transitado, así sería interminable enumerarlos. ¿Fracasos? Cada mañana, al empezar a escribir estoy preparado para el fracaso.

 

Escribir no es precisamente sinónimo de felicidad. ¿Alguna vez se le ha ocurrido no serlo?

Escribir es sinónimo de felicidad cuando uno logra torcer el cuello a las palabras.

 

¿Qué es lo mejor y lo peor de ser Javier Vásconez?

A lo mejor es sólo una máscara. Pero hay la leyenda negra de que soy un energúmeno.

 

Hay quienes pronostican el final del libro. ¿Cuál es la razón de ser de la literatura en los tiempos actuales?

Puede ser que desaparezca el libro. Pero la gente adora que le cuenten historias.

 

¿De qué habla su siguiente novela, y cómo surgió como tal?

Del miedo. Se titula La piel del miedo. Tarde veinte años en encontrar la voz, el tono con que debía ser contada. Y dos años en escribirla.

 

¿De todo lo que ha escrito, qué novelas o cuentos han cambiado profundamente su manera de ver el mundo?

Fue suficiente con escribirlos. Son los lectores quienes tienen la última palabra.

De viaje con Vásconez

Javier Vásconez. Retrato

Hace veinte años que conozco a Javier Vásconez, nuestros encuentros e intensas conversaciones en su casa, bares de rock y cafés siempre fueron viajes imaginarios por la literatura y la vida, como el que vamos a emprender en esta ocasión. «Comencemos de una vez», dijo Vásconez con determinación. Tomó asiento frente a un gran ventanal que daba a un jardín interior. Mientras observaba con su habitual curiosidad e ironía los altos bambúes y la pequeña fuente de piedra, señaló que eso era un remedo quiteño de un jardín japonés.

 

Casas, Ciudades y Libros

Vásconez, tu vida ha estado marcada por viajes y contrastes culturales. ¿Cómo fue vivir tu niñez en casas coloniales de la ciudad, luego ir a una hacienda a las afueras de Quito y posteriormente trasladarte a otros países?

Sí, es verdad. Hay muchos cambios en mi vida, algunas ciudades y muchas casas abandonadas. Pero también hay hoteles, pensiones, lugares de paso. Comencemos por las casas. Nací en una casa descrita en el cuento Billy, de Invitados de honor. Sorprendentemente, yo no sabía eso. Tampoco sabía que perteneció a mi abuelo paterno. Fue mi hermana, quien al leer el cuento, me informó  que yo había nacido allí. Es curioso que ignorara este hecho, aunque siempre me ha llamado la atención la arquitectura caprichosa de esa villa italiana, colgada sobre la pendiente de la calle al estilo de tantas casas quiteñas suspendidas del cielo. Al poco tiempo mis padres se trasladaron a una casa de la calle Carvajal y Mercadillo, frente a la Universidad Central. Allí pasé parte de mi infancia. La casa  lindaba con el misterio y los arrebatos de la quebrada de Miraflores, frecuentada por algunos indios y pastores de borregos. Incluso había algunos rateros inofensivos. Utilizando una soga me descolgaba por una ventana y me iba a conversar con todos ellos. Supongo que escuchaba un tanto atemorizado sus historias de fantasmas, de robos y de peleas a cuchillazos. A la casa de la calle Carvajal también iba Ana Bermeo -un personaje popular llamado la Torera-, escribí sobre ella en La carta inconclusa publicado en el libro de cuentos El hombre de la mirada oblicua.

Otro lugar fue la casa de mis abuelos en la calle García Moreno, frente a la iglesia de La Compañía. Cuando mis padres salían de viaje me dejaban tres o cuatro meses con los abuelos. Probablemente allí capté por vez primera el espíritu melancólico de Quito, el desamparo de sus tardes lluviosas y el sonido de sus campanarios. Recuerdo la tristeza que me invadía al atardecer cuando las beatas vestidas de negro merodeaban por los alrededores de las iglesias. Esas mujeres me provocaban  desconfianza, miedo; siempre tan severas, siempre juzgando a la gente que iba por la calle. El centro de Quito nunca ha sido de mi agrado y nunca lo será. Tengo malos recuerdos de él. Para mi gusto allí hay demasiados objetos religiosos relacionadas con el pecado y la culpa.  Reconozco que es un bello centro colonial, probablemente uno de los más fastuosos de América Latina. Sin embargo, el centro histórico siempre me ha producido una sensación de laberinto y encierro. De murallas y conventos que parecen construidos para que uno se pierda en ellos. Además, carecía de árboles y de sitios donde jugar. Estaba atravesado de pasajes, callejuelas, zaguanes donde dormían algunos borrachos. Si a los fríos patios de piedra se añadía la ausencia de mis padres, el desamparo era mayor.

 

¿Cómo eras de niño?

Fui un niño temperamental y solitario. Me movía sin cesar por esas casas atiborradas de objetos de la más diversa índole, donde se amontonaba todo tipo de muebles, cuadros de ángeles, espejos, esculturas de santos y de vírgenes; recorría con avidez esas habitaciones donde también encontraba cacerolas desfondadas, aros de bicicletas, cajones con fotos y alambres y reverberos inutilizados. Todo eso era un mundo fascinante, por el que yo me desplazaba rebuscando y “moneando” esos objetos, para emplear un término muy criollo. Había baúles llenos de libros y papeles atados con cintas. Así leí algunas cartas de amor, de negocios, de viajes, de mis antepasados que se habían trasladado a París, Bélgica o España.

Más tarde cuando mi padre viajó de diplomático a Colombia, mi madre decidió mudarse a Capelo, en el valle de los Chillos. Sector que aún conserva el mismo nombre. Esa fue la época más feliz de mi existencia. Era una casa hermosa, con un gran jardín y árboles centenarios, alegre, muy luminosa. Poseía una amplia galería de baldosas azules en la que me sentaba a leer, y una entrada formada por un amplio arco de plátanos en cuyas ramas habitaba una colonia de búhos. Algo de eso se encuentra en El viajero de Praga y también en Jardín Capelo, novela inédita. Entonces descubrí que lo colonial, o sea las viejas casas criollas, no estaban necesariamente asociadas con lo tenebroso y lo sombrío, ni con el aspecto más sórdido de la religión sino con la alegría de las flores y los pájaros. Ahí empecé a leer en serio.

 

Estos contrastes de las casas del centro y luego trasladarte a Capelo, la oscuridad de las primeras y la luz de la segunda quizás ha marcado tu literatura a la hora de crear ambientes o describir emociones.

Sí, supongo que podría ser el inicio de algo. Imagino que cualquier experiencia, ya sea un sueño o la lectura de un libro, un viaje cualquiera, en definitiva todo lo que vivimos se transformará con el tiempo en materia verbal, en la poderosa semilla de un cuento o de una novela. La literatura es parte de esa experiencia, de eso que llamamos vida; camina de forma paralela a ella. Sin la enigmática voz de la vida no hay literatura, sin ese narrador misterioso que es la vida no existiría la literatura.

 

Volviendo al tema de los viajes, alrededor de 1958 vas a Estados Unidos, España y a Inglaterra.

A los nueve años fui de interno a un colegio a las afuera de Miami, el Miami Country Day School. Fueron días privilegiados, colmados de libertad y de juegos, a diferencia del colegio  Borja en Quito, el cual era severo y tan religioso y represivo donde todo funcionaba a través del miedo. De modo que salir de ese colegio para ir a un establecimiento americano, con profesores normales y con un trato especial hacia los niños, representó un cambio radical. Fue cuando comprendí que la justicia no era sólo para los adultos. Sumado a ello que me enamoré por primera vez de la señorita Mary, una rubia platinada y bastante cinematográfica.

Luego, mis padres viajaron a España y me enviaron a un colegio en Inglaterra, el Mount Saint Mary´s College. Ahí tuve que adaptarme hasta encontrar una forma de sobrevivir. Nadie podía entender que fuera ecuatoriano. «Es una línea que divide la tierra en dos partes», me decían mis compañeros. Ser invisible tiene sus ventajas porque desarrolla ciertas cualidades como la astucia y la capacidad de adaptación, igual a la de un espía. Así pues, había que defenderse, sobre todo frente a un mundo tan arrogante y agresivo como el de los ingleses. Luego -como es lógico- me hice amigo de un argentino y de los irlandeses que estudiaban en el mismo colegio. El argentino sólo aguantó seis meses. Se pasaba evocando su país, lloraba por Buenos Aires. Con los irlandeses fingí ser malo frente a los ingleses. Este fingimiento se convirtió en una forma de sobrevivencia y así me percaté que los andinos podemos ser duros como una piedra, resistentes, estoicos, tercos.

Pertenecía al club de los Birdwachers. Hacíamos grandes caminatas por el campo, provistos de libros para comparar los pájaros que encontrábamos por el camino. A medida que ibas descubriendo las distintas especies de aves, la señalabas en el libro, algo como avizorar un fantasma en un castillo. Caminábamos kilómetros sin importar la calidad del terreno que tuvieras que atravesar, una aventura típicamente inglesa. Luego pertenecí al club de lectura, siempre fui un niño lector no solo de los típicos libros para esa edad, como Julio Verne o Alejandro Dumas, sino libros de viajes y de aventuras. De la afición por la filatelia aprendí toda la geografía que conozco – que hoy esta cambiada por la globalización-, y me convertí en coleccionista de estampillas con bellas imágenes de animales, árboles, pescadores o mujeres llevando canastos en la cabeza. Así exploré un mundo que estimulaba la imaginación.

 

Después que estuviste en Inglaterra regresaste a Quito…

Permanecí dos años en Inglaterra. A mi regreso ingresé en el colegio Spellman donde escribí mi primer cuento. Fue la época en que empecé mis recorridos por la ciudad de Quito. Como mi madre no poseía una casa en la ciudad, había contratado a una señora del colegio para que me diera el almuerzo. La señora no era muy honrada y me daba una comida detestable. En vez de quejarme, me convertí en una especie de vagabundo. Inventé un programa especial, que consistía en colarme durante la hora del almuerzo en las casas de algunos compañeros. Así conocí distintos grupos sociales y especialmente a algunos de sus miembros, de ese modo compartí la comida con familias de la costa o extranjeras. Entonces este ir y venir me permitió descubrir otro mundo, muy diferente al que estaba habituado en mi familia. Probé otra comida, advertí otra actitud frente a ciertas cosas, algunos de ellos incluso practicaban otra religión… Simultáneamente me desplazaba en bicicleta o a pie por la ciudad, y como era buen estudiante nadie me preguntaba dónde había estado, ni qué hacía en mis horas libres. Me convertí en un visitante habitual de los barrios del sur y me enamoré cuando apenas tenía catorce años de algunas mujeres mayores que yo, tanto en San Juan como en la Magdalena

 

Un largo viaje  por la ciudad…

Sí, fue un largo viaje de reconocimiento por la ciudad. Algo que he seguido haciendo cuando visito una ciudad desconocida. Porque al contrario de lo que ocurre en la selva, en una ciudad es preciso perderse si deseas conocerla.

 

Después de graduarte viajas a España, a la universidad de Navarra a estudiar literatura y luego a París. Estamos en los años 70 y según afirmas en otra entrevista fue para ti una época de deslumbramiento.

En 1965 fui a Bogotá a visitar a mi padre, luego viajé a Madrid y posteriormente a Navarra. Llegué a Madrid en pleno verano y con dos meses de anticipación para matricularme en la universidad. Me hospedé en un Hostal de la calle Leganitos. En esa época llevaba en la cabeza la idea de una novela. Durante todo el tiempo leía a Faulkner, tengo un par de capítulos de esa novela. Pero me sucedió algo determinante. Recuerda que estábamos en plena época franquista y que había represión en Madrid. Los libreros se cuidaban de vender ciertos libros. Sin embargo, aquel librero de mirada suspicaz, me condujo a un cuarto trasero y me ofreció tres libros fundamentales: La ciudad de los perros, Volverás a región de Juan Benet  y Trópico de Cancer de Henry Miller. Yo tenía tantos prejuicios que jamás podía pensar que un autor peruano produjera tal novela. Después a Vargas Llosa, y a ese monumento a la lengua española que es el libro de Juan Benet, y finalmente el delirio de Miller, tuve una profunda crisis no sólo literaria sino emocional. Por un buen tiempo dejé de escribir. Esa crisis se acentuó con mi llegada a una ciudad tan provinciana como Pamplona.

 

¿Lograste adaptarte a Pamplona?

Intenté adaptarme al ritmo de la ciudad. No fue fácil si no hubiera sido  por algunos amigos mexicanos que aún conservo. Gracias a ellos, leí a Borges y Cortázar, a Sábato, y ese gran descubrimiento de Camus con El extranjero en primer lugar. Mi amigo argentino, Luis Cardini, al ver mi biblioteca y los libros sobre la mesa comentó: Si no has leído a Borges estás perdido. Me proporcionó tres libros suyos… y entonces hubo otra crisis. Comprendí que debía olvidar la novela que había escrito, y entré en una época de grandes lecturas. Así descubrí la poesía mejicana, a Octavio Paz, a Sabines, a Gorostiza, a Villaurrutia; ahondé en la lectura de Neruda. Fueron tantas las lecturas durante esos años, de escritores como Rulfo -al que después dediqué una tesina acerca de sus personajes-, pero también fumé por primera vez marihuana, aunque nunca tuve demasiado apego por ella. Yo prefiero la ginebra y el whisky. Mis amigos mejicanos recibían marihuana en pequeños sobres por correo enviados por sus tíos o primos, ¡ cómo ha cambiado el mundo…!

 

Luego que te gradúas en Navarra en 1970, viajas a París para continuar con tus estudios…

Por temperamento he estado siempre en movimiento, en una permanente búsqueda intelectual. Hacía -en la medida de mis posibilidades – muchos viajes a Barcelona y Madrid. Me trasladaba sobre todo a Barcelona porque en ese momento era la ciudad más europea de España, aunque yo me vivía en Madrid, hasta que apareció Javier Ponce. Con él decidimos abandonar Madrid, que ya no nos decía nada, y nos fuimos a París. Fue cuando le expropié la máquina de escribir a Javier Ponce, bajo el pretexto de que los poetas no escriben a maquina, y ahora creo es exactamente al revés. Soy yo quien escribe a mano y él lo hace en computadora,

París no fue amable conmigo, tenía problemas de salud y mi moral estaba por los suelos. No tenía trabajo, pasé mucha hambre. Sin embargo, seguí adelante con mis lecturas y escritos, después de todo vivía con una estudiante, y eso en París era más importante que comer. No sabía que buscaba, y seguramente estaba perdido. A pesar del inicial deslumbramiento por la ciudad, también surgieron algunas dudas sobre mi propia escritura. Luego, en casa se enteraron de que supuestamente me había hecho comunista y me cortaron todo tipo de apoyo. Encontré trabajo en un hotel donde se hospedaban algunos clientes ingleses, este trabajo de guardia nocturno me lo cedió el poeta Daniel Leyva, un amigo mejicano. Empecé a atender a los ingleses, quienes lo primero que solicitaban era compañía femenina, y yo recibía buenas propinas. Durante la noche leía y escribía. A veces invitaba a los amigos a desayunar, pues tenía a mi disposición la despensa del hotel. Iban  Javier Ponce, mi amiga Genvieve y Daniel y todo esto acompañado por unas bellísimas francesas que venían por la noche al hotel y participaban alegremente de esos desayunos…

 

Fue una época de intensas discusiones políticas…

En París viví varios años. Y en la universidad de Vincennes me encontré con la  vanguardia política y literaria latinoamericana, algunos incluso estaban al borde de armar una guerrilla, ir al Salvador, a Guatemala o a los Andes peruanos. En Saint Michel, la mayoría de ellos iban a ser grandes poetas, escritores, políticos, artistas, directores de cine. ¡Qué ocurriría con todos ellos ¡Porque nunca he visto un grupo tan fascinante de soñadores y delirantes. Todo iba acompañado con una gran dosis de sexo, alcohol y droga. La enfermedad, que siempre me ha acompañado, me impidió vivir a fondo esas experiencias. Quizás me salvé por eso. Tenía que dormir bien, cuidarme un poco, ser cauteloso.

Es curioso que una enfermedad me haya salvado, porque yo soy de los que puedo llegar a los extremos. Probablemente, aquella enfermedad me hizo comprender que los excesos y todos esos jóvenes brillantes, con sus textos filosóficos y su retórica política, no iban a ninguna parte. Yo no tenía ninguna seguridad de eso, sólo me guiaba por la intuición. Dentro de ese mundo, siempre en el terreno de amistad, tomaba tragos con ellos, los escuchaba, pero terminaba por replegarme. A todo esto hay que recordar, que existía el fenómeno de la revolución cubana, la cual influyó poderosamente en mi generación. De Cuba venían las innovaciones literarias, artísticas y políticas. Lezama aparecía y descubría el barroco, la Casa de las Américas publicaba profusamente a escritores de toda América latina. Estas innovaciones llegaban de inmediato a París porque se había convertido en la capital sudamericana de Europa. Si por un lado fue una época brillante, en la cual tuve la suerte y el privilegio de participar, pues conocí a mucha gente loca y muy capaz, sin embargo creo haber intuido a tiempo que todo eso no era más que una gran representación…

 

Conociste algunos escritores…

De vez en cuando salía con el poeta peruano Rodolfo Hinostroza, quien me introdujo en el mundo de la astrología. Incluso escribió un libro muy experimental en el que se combinaba por igual la poesía con la astrología. Asistí a algunos coloquios de Vargas Llosa, Cortázar, Carpentier, Sarduy. También iba a beber con otros dos grandes amigos, el poeta mejicano Daniel Leyva, de quien ya te hablé, y Willy Merino, un genial conversador y poeta argentino. Con ellos nos reuníamos una vez por semana en un café de Saint Mitchel. Esas veladas duraban hasta que nos echaban del café.

En una ocasión me encontré con Julio Cortázar e iniciamos una breve amistad epistolar, nos enviamos notas relacionadas con Lautremont y el manejo singular del espacio en sus cuentos, y también el misterio de los gatos que a él tanto le interesaba.

En la universidad de Vincennes tomé cursos con Alfredo Bryce Echenique y Saúl Yurkevich. Bryce era buen profesor y tenía una gran paciencia para soportar a quienes lo instaban a que volviera al Perú a hacer la revolución. Con Yurkevich inicié largas conversaciones sobre Pablo Palacio, aunque nunca le impresionó el escritor lojano. Recuerdo que una ocasión me comentó: «Le falta el dominio de la lengua para ser genial».

También nos veíamos con Alexis Naranjo, hacíamos largas caminatas por las orillas del Sena, visitábamos algunos cafetines comentando autores clásicos y nuevos. Alexis  estudiaba lingüística y durante esos largos paseos me divertí mucho. Otro amigo emblemático fue Eduardo Bronchalo, a quien dediqué el cuento Café Concert. Creo que aprendí más con estos amigos que  en las aulas de Vincennes. París te enseña a vivir y a pensar. Parodiando al maestro, yo diría que París no sólo es una fiesta sino que es un centro de sabiduría, es la libertad de sus calles y la intensidad de sus cafés. A los cafés españoles la gente va a tomar vino y a comer tapas, a charlar, a celebrar la fiesta de la vida. En cambio, los cafés parisinos son más intelectuales. Allí no sólo acudía como mirón, sino que me replegaba a leer y a escribir. A pesar de haber escrito Thecla teresina y algunos capítulos de La sombra del apostador en el café Comercial de Madrid.

 

¿Admiras  y lees mucha poesía…?

Coincidiendo con la opinión de Antonio Gamoneda, el poeta español, para mí la poesía no es en realidad literatura, sino una voz humana pugnando por decir algo que sólo puede ser expresado por un poeta. Es lenguaje puro. En cambio la novela es como la Torre de Babel, una construcción; es sin duda una ficción y un universo maleable dominado por la pluma de un escritor que elabora un argumento, conduce una trama, crea personajes, controla ambientes y organiza una trama. A mi juicio el carácter híbrido de la novela refuerza su vitalidad y constituye su gran cualidad. Por lo demás, también están esas «verdades del alma» sobre las que hablaba Faulkner. En todo novelista hay un salvaje o un bárbaro que se encuentra enfrentado a la sociedad.

 

De París regresas a Quito. Estamos en los ochenta y escribes Cuidad Lejana.

Antes hice varios viajes por Ecuador. Descubrí la vocación ecuatoriana por el aislamiento. A veces pienso que los escritores de este país intentamos ocultarnos en el fondo protector de nuestros cráteres, aunque ese aislamiento nos ha hecho mucho daño. Partiendo de ese descubrimiento, he pretendido abrir nuevas rutas, creando algunos vasos comunicantes con los escritores de otros  países. Esa fue una de las propuestas de El viajero de Praga.

A mi regreso a Quito me establecí en un apartamento del parque Santa Clara, al que ahora he vuelto. Aquí empecé a escribir mi primer libro en la máquina expropiada a Javier Ponce. Desde el principio se llamó Cuidad Lejana, y desde el inicio tuve claro el orden de los cuentos en el libro. Fue penoso y traumatizante escribirlo. Fue como llevar a cabo una venganza contra las sombras y fantasmas de mi pasado. Lo escribí con lentitud, por suerte ahora eso ha cambiado.

 

Fue cuando abriste una librería en Quito.

La librería de El Cronopio, en la cual entré en contacto con algunos escritores, artistas e intelectuales del país. Por lo general gente de izquierda que eran las personas más interesantes durante esa época. Fueron años de discusiones políticas y literarias, aunque no colaboré cien por cien con ellos, pero a algunos les llegué a tener bastante desconfianza, sentía aprensión frente a ellos porque utilizabn la política para promoverse personalmente. Por su manera de llevar las relaciones con Cuba. Siempre hubo algo que me disgustaba, algunas actitudes incomprensibles, incluso lamentables. Al comienzo participé en reuniones y discusiones, pero finalmente volvía a la soledad del parque Santa Clara, a mis cuadernos y a mis lecturas donde me pasaba semanas enteras sin salir ni ver a nadie.

 

Después de escribir Ciudad lejana te casaste y regresaste a España ¿Cómo fue este nuevo viaje?

Fueron años enriquecedores, pero también fue una época en la que estuve muy enfermo y solo. Hasta que felizmente me casé con Lucía, quien ha sido mi compañera y cómplice de todos mis viajes y aventuras literarias. Sin duda, ella  ha sido mi testigo en cada página que he escrito. Con Lucía nos trasladamos a un apartamento de la calle Coruña, al cual subía la niebla desde Guápulo y había un ambiente desolador. El pequeño jardín, detrás de la embajada argentina, siempre estuvo inundado de niebla. Ahí concebí la ciudad cubierta por la niebla, la ciudad de Quito envuelta con la luz del invierno. Así surgió el libro de cuentos El hombre de la mirada oblicua.

Después fuimos a Barcelona, alquilamos un viejo y espacioso apartamento en la Rambla de las Flores, a unos pasos del célebre mercado de la Boquería donde se encuentra el restaurante frecuentado por Carvallo, el detective de Manuel Vázquez Montalbán. Terminé de escribir El hombre de la mirada oblicua. De nuevo entré en contacto con España. Hice varios viajes y conocí la hermosa Galicia. Me atraía la cultura celta. Releí a Juan Benet, a Marsé, Cernuda, María Zambrano, Onetti, Broch, Canetti y Kundera. Descubrí al poeta Francisco Brines y las novelas de Mutis, puse especial atención en la nueva generación de escritores tanto españoles como latinoamericanos. Durante un verano escribí, en un pueblo de Galicia, concretamente en Corrubedo, La carta inconclusa. Una noche, cuando caminaba por las Ramblas de Barcelona se me cruzó una mujer ataviada de manera extravagante, a quien asocié inmediatamente y de forma arbitraria con Ana Bermeo, la Torera. La semejanza de aquel travestí con el personaje quiteño me impulsó a escribir ese cuento, en el que hice una suerte de experimento: unir dos ciudades tan distintas como Barcelona y Quito; la una, ciudad marítima y la otra de montaña.

 

Estamos en los noventa y tienes un período de gran actividad literaria hasta hoy día. En Barcelona escribes El hombre de la mirada oblicua. Y en 1996 publicas El viajero de Praga,  El secreto y luego La sombra del apostador, Un extraño en el puerto. También te conviertes en editor…

Regresamos a vivir en una casa de la calle Reina Victoria, en el barrio de la Mariscal, un barrio bohemio, en el cual han vivido judíos, franceses, alemanes, y algunos profesionales de clase media. La Mariscal podría ser  nuestro Greenwich Village o nuestro Coyoacán. En el segundo piso de esa casa, frente al volcán Pichincha, escribí todos los libros mencionados. Al mismo tiempo trabajaba como editor con Enrique Grosse en Librimundi, para sacar adelante su editorial. Publicamos cuentistas ecuatorianos traducidos al inglés,  francés y alemán; a poetas como Gangotena y algunas novelas. Por mi cuente edité bajo el sello de Acuario a Jorge Carrera Andrade y a Gonzalo Escudero, entre otros.

 

Tu casa era como un puerto

Todos éramos amigos y confidentes. Es verdad que tenía el aire de un puerto. Veníamos de muchas partes, teníamos distintos intereses. Eso fue posible gracias al espíritu bohemio y nocturno del barrio donde está ubicada esa casa,  el barrio de La Mariscal. Es cierto que se convirtió en un lugar de reunión y de encuentro con otros escritores, poetas y artistas en general. Hubo lindas noches de copas y de conversaciones interminables hasta la madrugada. La casa se prestaba para esas tertulias.

 

Territorios y Fronteras literarias

Retomemos el tema sobre tu imposibilidad de entender este país, pese a que en tus obras hay una suerte de entendimiento, una interpretación del país…

Bueno, si he podido llevar a cabo esa reflexión ha sido gracias a las lecturas, a los viajes y los fracasos. Una de las cosas que me di cuenta es que la historia del Ecuador y sus interpretaciones están plagadas de lugares comunes, de frases hechas; muchas cosas se repiten. He buscado nuevos horizontes, nuevas respuestas a una serie de inquietudes que el país me planteaba, como por ejemplo las literarias. Fue un proceso arduo y solitario a la vez, pues había que releer e interpretar de nuevo el país. Desde un punto de vista personal descubrí un país secreto y decidí internarme en ese secreto. A partir de esa experiencia escribí Ciudad lejana, El viajero de Praga, etc. Entender lo que estaba ocurriendo fue un ejercicio complejo… En todo caso, sigo sin tener ideas muy claras al respecto…

 

¿De dónde vino el doctor Kronz?

A veces pienso que alguien va delineando por mí los personajes de mis novelas y cuentos, así nació el doctor Kronz y los otros personajes. Lo primero que veo es una imagen borrosa. Así vislumbré a Violeta, de niña, acercándose una noche de luna donde los caballos. Luego, la vi sentada con el doctor en la cocina de la casita de Capelo. El Dr. Kronz surgió como personaje central de El viajero de Praga -no sé si lo visualice o lo imaginé- cuando vi a un hombre de mediana edad caminando con aire de derrota junto al muro de una casa. Usaba un abrigo y un sombrero, pero no le vi el rostro. Durante días esta imagen me cautivó y me produjo una inquietud muy especial. Desde el primer momento supe que era un médico checo y que acababa de llegar a la ciudad. Supe que debía llamarse Kronz. Con estos datos escribí el cuento El jockey y el mar. Cuando le mostré una primera versión a Alexis me preguntó por qué era médico y además checo. Yo no supe responderle. La pregunta me pareció superflua… Aquel personaje tal vez sea un homenaje a Kafka o a Onetti, yo no lo sé, pero luego este mismo personaje se encuentra con un jockey en el bar Silvia entre las avenidas Colón y 10 de Agosto. Esto te demuestra que en el mundo de la escritura yo suelo desplazarme de la oscuridad a la luz, sin haber encontrado sentido a las cosas…

 

Si bien es cierto que hay referencias a muchos escritores en tus novelas y cuentos, pero es en Invitados de Honor y en El retorno de las moscas donde haces un peligroso viaje al adentrarte en el territorio de otros autores. ¿Cómo consigues el equilibrio entre el mundo de esos autores y el tuyo?

Invitados de honor es la posible biografía de cada uno de esos escritores, o mejor dicho, lo que cada uno de ellos hubiera querido hacer en la vida. Por lo que se deduce de sus obras, Kafka pudo haber sido un comisario inquisidor, Conrad un coyotero o un contrabandista, y Colette la regente y propietaria de un cabaret. Para escribirlos hubo que lograr el equilibrio adecuado entre ficción y verdad. Yo comprendía el peligro que eso entrañaba.  Las historias debían estar ajustadas a la verdad. De modo que me volqué a la obra de todos ellos. También leí sus biografías, cartas, comentarios en revistas especializadas, entrevistas, artículos de periódicos.

De lo que originalmente fue el sexto relato de este libro, que al inicio se llamaba La Guerra fría, salió el esquema de la novela El retorno de las moscas. A mi entender el trabajo que hacemos los escritores y los espías es semejante. Nos pasamos observando a la gente, vigilando cada uno de sus pasos. La mente de un escritor, igual que la de un espía, es como un libro de bitácora: registra todo lo que pasa a su alrededor. De ahí mi interés por la novela de espionaje, por eso he seguido las huellas de John Le Carré.

 

La nouvelle  «El secreto«, Animales y otras artes

En tu obra existen muchas referencias a insectos, mariposas, caballos, gatos,  por qué  tu interés.

De la nouvelle El secreto puedo decir que la escribí en un arrebato creativo. Con anterioridad, había estado obsesionado por el tema de los asesinos, pero la inspiración no venía hasta que cayó en mis manos el reportaje de Francisco Febres Cordero. Fue una prueba contra el tiempo. Fui a la cárcel para conocer a quien había asesinado a todas esas niñas. Una vez trazado la estructura del relato, sólo tuve que ir detrás del asesino. Eso no representó mayor problema, lo difícil fue entrar en su cabeza sin traicionarlo.  El grueso del texto lo despaché en pocas semanas, pero encontrar la frase final me tomó como dos meses.

 

¿Existen otros secretos…?

Si miramos con atención a una persona, a los animales que nos rodean o un cuadro colgado de la pared, vemos que siempre hay algo oculto. El deber de todo escritor es mostrar el lado oscuro, el misterio de las cosas porque ahí nace la literatura. Si sólo me limito a contar una historia corro el riesgo de no ir más allá de lo anecdótico. Por lo tanto es necesario revelar el secreto de las cosas para que empiece la verdadera literatura.

Se equivocan los que piensan que los animales son lindos. Yo siento una mezcla de fascinación y horror por todos los animales. Son como el diseño hecho por un dibujante propenso a imaginar pesadillas. Hasta el momento el mundo animal sigue siendo un secreto. Parecen testigos resignados, pacientes, silenciosos o agresivos de nuestra crueldad. Es imposible imaginar tantas metáforas monstruosas como las que nos brindan los insectos, es como estar en un infierno irreversible de antenas y de ruidos incesantes, sólo de pensar en un ejército de insectos moviéndose, batallando, intrigando, conspirando alrededor mío me produce verdadero horror. Señales, trazos, mensajes. Los insectos son los signos de puntuación de la naturaleza. Experimento el mismo cuando me encuentro ante la mirada vacía de un gato. Al parecer nos está enviando un mensaje desde otra dimensión. María, no me vas a creer, pero yo tengo un libro pintado por gatos. El mundo de los caballos es diferente. Mi relación con ellos es más cercana. Seguro que es por mi interés por los hipódromos. Lamentablemente, no tenemos un hipódromo en Quito. Por eso inventé uno en La sombra del apostador. En El viajero de Praga también hay el episodio de un caballo encerrado en un corral. El caballo monta a una yegua. Esto impresiona a una niña- Violeta- gracias a la belleza y sensualidad de la situación.

 

¿Y las mariposas?

Me intriga el hecho que las mariposas lleven impresas obras de arte en sus alas, verdaderos tatuajes por interpretar que podrían ser la envidia de un pintor abstracto, con tal audacia en la combinación de colores, propia de la naturaleza. El cuento Tecla Teresina, además de ser un homenaje a Navokov, quien está vinculado a las mariposas y a la evolución, también es un homenaje a las niñas.

También he dedicado algunas páginas a las moscas, siempre me he preguntado qué hacen las moscas en la oscuridad…

 

En tu obra a menudo haces referencias a la fotografía y a los fotógrafos.

Desde muy joven estuve vinculado a la fotografía. En las casas donde viví siempre encontré fotografías de niños muertos, algunos álbumes de familia. Fotos de ciudades como París, Berlín, Buenos Aires, Madrid, Roma. Bellas fotos en blanco y negro que me ofrecían la posibilidad de soñar y hacer viajes prolongados. La fotografía es una especie de metáfora de la memoria y del tiempo. De ese modo iba armando mi propia ciudad, a la vez que me preguntaba quién era la pareja sentada en una estación de tren a la cual yo había empezado a dotar de una historia mientras me miraba fijamente desde el pedazo de una cartulina. A menudo me he valido de ella como recurso narrativo, además cumple la función no sólo de evocar el pasado, sino de mostrar un escenario con la ironía y los matices propios de este arte. Si la utilizo en mis libros es porque deseo apartarme del tiempo estrictamente narrativo, a fin de crear una atmósfera y una situación de ambigüedad.

Imagino que tanto la literatura como la fotografía están emparentadas con la memoria. Una fotografía es el instante congelado de una vida. El cine no posee esta característica, ni me produce tanto misterio como cuando veo una fotografía. Al observar una foto yo me pregunto cómo y por qué el fotógrafo disparó el obturador precisamente en ese instante. Esa imagen es como un trozo de eternidad, tal vez por eso me seduce tanto. Las fotografías pertenecen a quienes las miran obsesivamente. Alguna vez quise ser fotógrafo. Cuando pasé un tiempo en Roma, andaba de arriba abajo con una cámara, bajo la promesa de hacer la fotografía del siglo. Debo de haber fotografiado todas las ruinas, fuentes, dioses, todos los emperadores romanos. Por suerte me di cuenta a tiempo que mi vínculo con ella fue siempre demasiado analítica. Pues nunca logré captar la magia y esa interrogante que existen en las buenas fotografías.

 

Y la música…

Adoro la música en el cine, en el escenario de un show o de una orquesta de jazz, en un local nocturno donde haya una cantante agarrada a un micrófono, es decir, amo la música como espectáculo. Pero no la soporto si estoy a solas porque entonces se apodera de mi conciencia y me impide pensar.

 

La mayoría de tus personajes desde Angelote amor mío hasta El retorno de las moscas viven pasiones intensas, amores imposibles, celos, se consumen y sueñan, pero no tienen una expresión exterior.

El amor, ¡qué pregunta! ¡Cómo si resultase fácil hablar de eso! A mi juicio haría falta todo un manual para tocar ese tema. Hay buenas y malas formas de abordar el amor en la literatura. Espero no haber incurrido en la segunda. “Enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible”, decía Borges. Sí, supongo el amor es un tema recurrente en mis libros. Pero yo creo que más que del amor trato del deseo. Se podría decir, sin temor a equivocarme, que algunos de mis personajes están más obsesionados en imaginar el amor que en vivirlo. Algunos incluso se consumen con la posibilidad del amor. Por ejemplo, el fotógrafo de Eva, la luna y la ciudad.

 

Si pudieras describir con alguna imagen como es tu mente, como lo harías, es como una casa, un puerto, un calidoscopio…

Es un torbellino. Algo totalmente incomprensible. Sin embargo, todo parece estar en su sitio, en medio de ese torbellino. La imaginación a veces me juega malas pasadas, a veces tengo que filtrar las sensaciones y emociones. Todo obedece a  un orden enigmático, funciono por asociaciones. En mis primeros cuentos había tal cantidad de vivencias, de experiencias en algunos personajes que muchas veces se me estropeaban…

 

Pese a ello hay una estructura, una arquitectura hecha…

A pesar del caos y el desorden aparente existe la voluntad de una estructura. Pero ha sido un largo proceso ordenar todo eso porque mi cabeza siempre está en ebullición. Delinear personajes y ambientes, controlar sus sentimientos, otorgarle verosimilitud a una historia, afinar el estilo, seleccionar los escenarios, en fin… supongo que todo eso es parte del oficio.

 

De la epilepsia has dicho que muchas veces te salvó…

Toda enfermedad es una traición a la vida. Sin embargo, hoy día la epilepsia es mi gran compañera. No podría vivir sin ella. Así que he terminado por aceptarla, pese a haber sido una limitación frente a tantas cosas. Lo más angustioso durante una crisis es que las palabras pierden sentido, únicamente te queda el vacío y la ilusión de ellas. Son luces aleteando en la penumbra. El mundo ya no puede ser nombrado. Pese a la opinión de algunos médicos, la epilepsia puede destruirte, pero también te dota de antenas especiales para captar las zonas más invisibles de la realidad, te aproxima al lado oscuro de las cosas, aunque yo sería incapaz de expresar con palabras toda esa avalancha de sensaciones. Daría lo que sea por transmitir todo lo que percibo de la gente, pero jamás lo voy a conseguir. Ningún escritor sería capaz de hacerlo, pues nadie soportaría un libro así. Lo grave de la epilepsia no es la enfermedad en sí, sino el aspecto social de la misma, el espanto que produce en otras personas al ver un ataque o la impresión que causa en ellos. Las crisis suelen enviar mensajes anticipados, aparecen algunas señales, no llega al instante. Veo el anuncio de algo que es muy difícil de descifrar, entonces aparece un resplandor angustioso antes de que uno pierda el sentido de las cosas para luego quedarte sin palabras… ¡Imagínate lo que eso significa para un escritor…!

 

Tal vez por ello, sumado a toda tu experiencia vital, la epilepsia te ha dado sensibilidad frente a lo marginal y lo fronterizo…

No lo sé, María. Por el momento es mi aliada. Espero que no me traicione…

Quito. Agosto, 2006

Mientras más se nombra una ciudad, o cualquier lugar, más lejos estamos de él

Javier Vásconez. Retrato

Usted es un escritor de ciudades. Las suyas son reales, tipo Joyce, o inventadas tipo Onetti con Santa María…

Una ciudad existe a partir de que un escritor la inventa. Antes de eso es simplemente una mancha en un mapa, carece de interés. Una ciudad se convierte en mito en cuanto ha sido tocada por el lenguaje escrito, es decir, por la sensibilidad de un narrador.

 

Quito es una realidad que usted relee o que usted reinventa.

La ciudad de Quito, sobre la que  he venido escribiendo desde mi primer libro, es mitad inventada y mitad real. Es real en el sentido de que en ella hay una serie de referentes que son verificables. Por ejemplo, las montañas que la rodean, la luz que la envuelve, la lluvia o la bruma. Pero hay otros elementos que me he tomado la libertad de inventar. En El retorno de las moscas, por ejemplo, hay una serie de personas que parecen esperar en el Aeropuerto la posibilidad de abandonar la ciudad, de la cual no pueden salir ya que al parecer están atrapados en ella. A lo largo de mis libros hay varios episodios de esta índole que no están relacionadas con el realismo.

 

En su obra se colige que se trata de Quito, pero usted no la nombra.

Creo que mientras más se nombra una ciudad, o cualquier lugar, más lejos estamos de él. Henry James fue un maestro en el arte de invocar fantasmas. Nos hizo ver las cosas más invisibles, por el simple hecho de utilizar el recurso de la ambigüedad. Faulkner no se quedaba atrás. Este recurso es el mismo con el que se inventa los milagros, y yo lo he empleado porque no he deseado escribir acerca de Quito de una manera estrictamente realista. Sin duda existe una literatura urbana en el Río de la Plata, la cual ha sido ampliamente abordada por escritores como Borges, Sábato, el mismo Onetti o Manuel Puig. Lo mismo se puede decir de México. También contamos con el Caribe de Cabrera Infante, de Piñera, de Carpentier. Un Caribe que se extiende hasta Colombia. Pero curiosamente una de las zonas más olvidadas, más secretas, menos tratadas, es la región de los Andes. Muchos piensan que aquí no existe una literatura urbana, y que todo es todavía muy rural. De ahí la ambigüedad con la cual yo hablo de Quito. Pues mi proyecto ha sido involucrar simbólicamente a esta ciudad con toda la región de  los Andes.

 

En su obra también hay referencias al uso de tiempos verbales. A la preferencia que hay en esta zona por el subjuntivo o por el condicional. ¿Cómo lo explica usted?

Sí, opino que en Quito hay un abuso en el empleo del gerundio, del subjuntivo y del potencial. Tiempos equívocos en el momento de la acción. Por eso he señalado una constante, la oblicuidad a la de expresarse, si se puede generalizar, de los hombres y mujeres andinos. Es esta oblicuidad con que, de algún modo, nos enfrentamos con el tiempo, con el amor o con el trabajo. Somos expertos en el tal vez, en el quizás, en los tiempos donde la acción se torna ambigua, difuminada. Nos cuesta muchísimo definirnos, responsabilizarnos y preferimos escudarnos en las sinuosidades verbales a fin de eludir ciertas tareas. Esto me ha ayudado a crear algunos personajes obscuros, laberínticos, terriblemente sutiles en determinados momentos.

 

Ha contrapuesto a esa materia prima de esos personajes, sus invitados de honor, venidos de otras cosmovisiones… Colette,  Nabokov, John Le Carré.  

En Ecuador vivimos en un cráter. Vivimos aislados culturalmente. Por eso me he tomado la libertad de invitar a mí mesa, por así decirlo, a una serie de escritores a quienes admiro, a los cuales he seguido sus pasos y los he leído profundamente. Me refiero a Nabokov, Conrad, Faulkner… Ha sido una libertad y también un capricho por parte del autor de traerlos hasta aquí y hacer que actúen en esta ciudad.

 

Con esas realidades, ¿cómo definiría su obra que, en lo formal, es extremadamente clásica?

Me inclino por lo clásico a la hora de escribir. Hace tiempo que perdí interés en los experimentalismos que estaba en boga en los 60 ó 70. La mejor conquista a la que se puede acceder es definiéndose como un  clásico. Sin embargo, en mi caso también hay cierta desesperación de crear vasos comunicantes con otras literaturas, con otras culturas, con otros escritores. Al utilizar el recurso de los homenajes hechos a otros escritores he extendido una serie de redes, de puentes para probarme, como una forma de desafío, que desde aquí, desde este país  culturalmente aislado es posible escribir en todas la direcciones y estar en contacto con cualquier tipo de literatura.

 

El doctor Kronz aparece por primera vez en Jockey y el Mar, fue protagonista de El viajero de Praga, aparece fugazmente, a veces, en sus otras novelas. ¿Él es la otra mirada?

El doctor Kronz ha sido mí gran compañero de viaje. Quizá su extrema lucidez, su inteligencia y su mayor generosidad consista en haberme guiado como hombre para conocer mejor mi propia literatura e incluso entender a los otros personajes.

 

¿Cómo apareció el doctor Kronz?

Fue vislumbrado, para decirlo de algún modo, hace muchos años mientras yo caminaba una tarde por La Mariscal. Alcancé a ver un hombre de mediana edad, encorvado que, con enorme soledad, avanzaba pegado a un muro y que  me invocaba que contara su vida.
A los pocos día de este esta visión, que no estoy seguro si fue real o producto de mi imaginación, escribí el cuento El Jockey y el Mar. Al comienzo no supe por qué era checo ni por qué era médico. Fue necesario que empezará a escribir El viajero de Praga para entender la razón por la que este médico era checo y por qué venía de Praga. Ahí me di cuenta de que detrás estaba la sombra de Franz Kafka.

 

¿Por qué es médico?

Pertenezco a una vieja familia obsesionada por las enfermedades. He crecido escuchando diagnósticos. Así pues, el hecho de que el doctor Kronz fuese médico era lo más natural del mundo.

 

¿Cómo definiría su filiación literaria. ¿Y en la conformación de su estética personal ha sido esencial la búsqueda de un estilo?

Siempre  he creído que la literatura bien escrita es determinante. Es la única literatura a la cual me he aproximado con verdadera admiración. Sin importar si ésta es inglesa, argentina o norteamericana. A menudo he pensado que en Ecuador el lenguaje riguroso se concentra, sobre todo, en la poesía y en algunos casos en el cuento, pero no así en la novela.
Una de las propuestas que me hice cuando me propuse escribir novelas es que éstas tuvieran el mismo cuidado, el mismo rigor. Creo que la literatura es sobre todo lenguaje.
En cuanto al proceso de mí estética, no creo que nadie puede hablar de estas cosas. Supongo que es un proceso lento.  Un proceso hecho de experiencias, de lecturas, de fracasos. A medida que uno avanza por ese campo minado que es la escritura, uno va descubriendo sobre la marcha cuáles son las metas a las que uno desea llegar.  Eso sólo se da gracias al rigor y a la exigencia.

 

Hay mujeres en su obra. Pero el prototipo mayor pudiera ser el de una mujer distante, difícil de aprehender…

Es una pregunta un poco difícil. Hay mujeres, como usted dice, de distinta índole que aparecen en mí obra. Las muy jovencitas que aparecen en Tecla Teresina o la que aparece en Un extraño en el puerto. Una especie de niña loquita, que a través de su epilepsia y de sus visiones se vuelve un ser entre encantador y delirante.
Hay mujeres de índole más humilde, sensibles como es Violeta en El viajero de Praga. Es una mujer que procede por cierto de una zona rural, enfermera, sensible, bastante misteriosa  en algunos aspectos, indecisa incluso y que tiene un amor pasajero con el doctor Kronz.
Por otro lado hay mujeres duras, ancianas en algunos aspectos hasta tiránicas, viejas aristócratas desagradables como algunas que aparecen en Ciudad lejana. He intentado que el abanico de mujeres que aparecen en los cuentos y novelas sea de mujeres interesantes, ricas, conflictivas.

 

¿Cuál es la relación de esas mujeres con el amor?

La relación de estas mujeres con los hombres… Ahí sí le diría que efectivamente hay un elemento de misterio, de indecisión, de sorpresa o quizá esa es la forma como el narrador ve estas mujeres y por lo tanto eso es lo que transmite al lector. Analizar esa situación me llevaría al terreno de la divagación.

 

Hay moscas en todas sus obras. O casi en todas. Y en su más reciente obra publicada las hay desde el título: El retorno de las moscas

Efectivamente las moscas son una obsesión permanente. Siempre he dicho que entre las moscas y los hombres hay una especie de hermandad increíble. Donde hay moscas hay hombres y donde hay hombres hay moscas. No están siempre relacionadas con la muerte. También con lo lúdico. Es interesante verlas bailando o comportándose lujuriosamente frente a una ventana llena de luz. Las moscas pareciera que a veces tienen un especie de extraño sentido del humor. Se aproximan, te zumban en la oreja y son increíblemente molestas, como muchísimas personas.

 

El tema de los espías también es recurrente. ¿Cómo lo incluye en su estética personal?

Lo que me ha fascinado del espía es su capacidad para cambiar de identidad, para andar por el mundo con una maleta de pasaportes y de nombres. Esos seres solitarios tienen amores diversos con mujeres en diversas ciudades y llegan a perder la conciencia de sí mismos. Esto no se pelea con algunos elementos de mi estética y sobre todo de mi estética andina: esa capacidad de espiarnos, de mirarnos. Esto es muy importante porque detrás de cada escritor siempre hay una espía que se adentra en la condición humana y que busca aquellas razones por las cuales se llevan a cabo ciertos procesos de poder, codicia, odio…

 

La literatura tiene que descubrir esas zonas desconocidas de la naturaleza humana, dice Kundera en su último libro El Telón. ¿Comparte ese juicio?

Estoy totalmente de acuerdo. La historia de la novela no es solamente la historia de la forma de la novela sino de nuevas maneras de narrar lo que es la condición humana y la conciencia humana, porque es ahí donde comienza la verdad del ser humano.

 

¿Cuál es en ese campo su aporte?

Eso no lo sé. Sería demasiado vanidoso y arrogante de mi parte tratar de situarme en esa historia de la novela.

 

Pero qué elementos de la conciencia humana son claves en su obra.

Podría considerarme un escritor urbano para quien el elemento intimista de sus personajes tiene muchísima importancia. Pero estoy demasiado ocupado en este momento en la escritura de la novela que ya he empezado a preparar, El retrato del ensimismado, como para plantearme lo que he podido haber aportado, si he aportado en algo, a la historia de la novela.
Es una pregunta tramposa en la cual no he pensado.

 

¿El entorno, el tiempo que le tocó vivir es muy importante en su estética?

La relación de mi escritura con el tiempo que me ha tocado vivir es de pesimismo. En el conjunto de mis cuentos y novelas hay pesimismo, escepticismo, una cierta visión negra. No tengo demasiada fe en este país. Pareciera que estuviéramos atascados y que no termináramos de querer salir. Como que al otro lado de la cerradura, no vemos nada.