A veces no puedo dejar de pensar que corren tiempos difíciles para la educación superior universitaria. Al menos así parece en los Estados Unidos. El fin de semana pasado uno de mis colegas asistió a un congreso sobre financiamiento para proyectos orientados a estudiantes de bachillerato. La idea era conocer más sobre nuevas formas de integrar a los muchachos al ámbito de la investigación, en este caso mediante esquemas de colaboración profesor-estudiante. El anuncio prometía información sobre posibilidades para las humanidades y las ciencias sociales y al final todo fue gato por liebre: no hubo nada novedoso ni prometedor. Dice mi colega que varios oradores insistieron que la misión de la universidad moderna era preparar estudiantes para ser exitosos en la vida, entendiendo por éxito una situación económica holgada. Bueno, no hay nada malo en eso, pero la idea de una educación eminentemente utilitaria, centrada en una expectativa económica deja por fuera varias profesiones que pueden ofrecer una vida digna pero no riquezas. Además, esa visión del rol de las universidades forma parte de toda una corriente que cuestiona el pensamiento crítico, la formación humanística de los estudiantes e incluso la noción de aprendizaje no productivo, es decir aquel que no se refleja en el corto plazo en alguna forma de ganancia material. ¿Quién gana en el largo plazo? Para mí serían ciertas élites a las que el pensamiento crítico no les sirve, grupos de poder que buscan gente altamente especializada en ciertas áreas, pero incapaz de articular algo fuera de esos ámbitos concretos, especialmente cuando se refiere a la negociación y defensa de intereses colectivos.
La definición de lo que es una universidad y de sus políticas de enseñanza parecen llevar un rumbo al que muchos les cuesta asomarse. Al nivel más superficial se encuentra la tecnología, desde las (ya viejas) plataformas de enseñanza que permiten la comunicación constante con los estudiantes, o el colgar documentos, audio y video en la red, hasta las que implican nuevas formas de interacción, como lo serían los blogs o las clases con imagen y sonido en tiempo real. Para ofrecer estas últimas se encuentran disponibles en el mercado servicios—ya no hablamos de programas sino de otras cosas, disponibles un poco fantasmalmente en la red—que le permiten al profesor ver y oír un máximo de 100 estudiantes, aunque ya con 10 se hace difícil distinguir en una pantalla de computadora quién es quién. Junto con la tecnología viene un cambio de paradigma. No hace mucho un experto anunciaba que el futuro de la educación universitaria estaba en la red. Universidades líderes en educación a distancia no son, necesariamente, instituciones sin fines de lucro, sino todo lo contrario: se enseña como negocio. Esto último genera más recelo, más desconfianza. Ahora bien, hasta hace poco cuando oía hablar de educación a distancia yo pensaba en lo viejos métodos que llegaron a América Central gracias a la cooperación española. Era una educación destinada a adultos trabajadores, quienes podían mejorar sus ingresos con un título técnico y que estaban dispuestos a trabajar con sus libros desde casa y de cuando en cuando visitar a un tutor en algún edificio rentado especialmente para ese efecto. El prejuicio señalaba que la educación a distancia estaba destinada a ciudadanos de segunda clase, gente que no podría nunca sobresalir. Lo curioso es que la Universidad a Distancia, al menos en Costa Rica, todavía sigue brindando servicios y su editorial es la más grande de América Central.
En este momento la educación a distancia es otra cosa. Se puede obtener un doctorado en muchas ramas y la experiencia le ha servido a profesionales para actualizar conocimientos e incluso hacer contactos con gente de diversos países. Sentarse frente a una computadora ya no implica un aislamiento total y en un curso dado puede converger gente de Alemania, Italia y Colombia. Un profesor amigo me contaba que su universidad imparte ahora una maestría en literatura, con catorce estudiantes en el campus y más de doscientos en línea. Mi amigo alababa la calidad de varios de sus estudiantes virtuales y la misma libertad que el sistema le otorgaba a él, pues podía seguir sus andanzas por el mundo sin que por ello dejara a sus estudiantes sin atención. ¿Implica también un intercambio a un nivel humano como se concebía en el siglo pasado? No necesariamente, aunque conozco algunos casos en los que han surgido amistades a partir de esas experiencias internaúticas.
Una de las cosas que no parece resuelta por completo es el acceso a materiales, aunque en sus versiones más simples se recurren a formatos como .doc o .pdf para hacer circular artículos o ensayos. La solución, sin embargo, está casi a las puertas. No hace mucho Apple anunció una alianza con las tres editoriales que controlan el 80% del mercado de textos educativos en los Estados Unidos. Apple ya había invertido en esas empresas anteriormente, pero gracias al nuevo convenio se hace pública la alianza y algunos millones de dólares estarán disponibles para que las editoriales desarrollen materiales interactivos para el iPad. Quizás en un futuro muy cortos los jóvenes ya no llevarán en sus mochilas el peso de los libros, sino el ligero poder de un iPad. En uno de mis cursos un estudiante me preguntó qué habría de malo en ello. Mi respuesta fue que preferiría una plataforma más democrática, donde el acceso a la información no estuviera mediada por los intereses de grandes conglomerados editoriales y de Apple.
Un último elemento que marca el ambiente en que se desenvuelven las universidades en la actualidad —al menos las americanas—es la aparición de un nuevo campo de estudios, “Critical University Studies”. Jeffrey Williams, profesor de Carnegie Mellon University, ubica las primeras publicaciones en esa área en la década de los noventas, cuando empieza a manifestarse una creciente influencia del pensamiento del mundo de los negocios en los recintos universitarios, lo que al cabo de los años llegará a conocerse como la corporativización en el manejo de la educación superior. Su principal rasgo es que la administración de las universidades pasa de manos del profesorado a profesionales en negocios.
En la década del 2000, el énfasis de las publicaciones en “Critical University Studies” pasa al análisis de las nuevas formas de concebir y administrar las universidades. Se estudian temas como el deterioro de las condiciones de investigación, la contratación de más personal de tiempo parcial en detrimento de profesorado de tiempo completo—con sus derechos y privilegios—, y sobre todo una relación nada amigable con los estudiantes en términos de cargas de trabajo, deudas por estudio y explotación de estudiantes graduados como mano de obra barata.
Aparte de otras consideraciones teóricas que Williams apunta, lo que más me llama la atención es que “Critical University Studies” asume la universidad contemporánea como problema, sea en cuanto a un progresivo alejamiento de paradigmas que se daban por descontado, sea por la pérdida de poder de decisión del profesorado, el cual a su vez desprecia en muchos sentidos a los administradores, a quienes identifica con el “lado oscuro” de la educación. Este cambio tiene su lado bueno, pues la universidad como torre de marfil está en crisis. Sin embargo, debe buscarse un equilibrio entre la mentalidad utilitaria y la consecución de ciertas metas de formación de los muchachos.
Recuerdo un discurso de la rectora de McDaniel College, repetido año a año durante el tiempo que trabajé para esa institución. A manera de estímulo o provocación para los estudiantes de primer ingreso ella solía decir que hoy estábamos preparando a los muchachos para carreras que ni siquiera se habían inventado. La frase al principio me sonaba bonita, pero como muchos otros vacíos rápidamente empezó a resonar su absurdidad. No se puede entrenar para algo que no existe como no se puede solucionar un problema que no se ha dado. En ambos casos se puede anticipar—o sería más correcto decir “prevenir” en cuanto a problemas—pero ese mismo acto se enfrenta con las limitaciones que impone la incertidumbre del futuro y las herramientas con las que disponemos. Diseñadas para hoy, acaso para el más inmediato futuro, es ingenuo anunciar una influencia en lo que no se sabe qué va a ser o pasar. Los cambios acelerados que estamos experimentando no responden tampoco al futuro sino a la dinámica social, política, económica e ideológica del pasado más reciente. Podemos resistirnos, pero la resistencia a ciegas implica la desaparición. Podemos adaptarnos, con lo que estaremos unos pasos atrás de la realidad sin garantizarnos la supervivencia. Tal vez la palabra sea “reinventarse”, pero ése es un término manido ligado a la literatura de autoayuda, sus vicios y fantasías. Creo que debemos asumir la incertidumbre, plantear una estrategia y buscar un balance entre tradición y cambio.
